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CATALINÓN:        Ya vienen todos aquí.
TISBEA:        Y ya está tu dueño vivo.
JUAN:          Con tu presencia recibo
               el aliento que perdí.
CORIDÓN:          ¿Qué nos mandas?
TISBEA:                           Coridón,  
               Anfriso, amigos...
CORIDÓN:                        Todos
               buscamos por varios modos
               esta dichosa ocasión.
                  Di lo que mandas, Tisbea,
               que por labios de clavel     
               no lo habrás mandado a aquél
               que idolatrarte desea,
                  apenas, cuando al momento,
               sin reservar en llano o sierra,
               surque el mar, tale la tierra,     
               pise el fuego, el aire, el viento. 
TISBEA:           (¡Oh, qué mal me parecía        Aparte
               estas lisonjas ayer,
               y hoy echo en ellas de ver
               que sus labios no mentían!)      
                  Estando, amigos, pescando
               sobre este peñasco, vi
               hundirse una nave allí,
               y entre las olas nadando
                  dos hombres, y compasiva  
               di voces que nadie oyó;
               y en tanta aflicción llegó
               libre de la furia esquiva
                  del mar, sin vida a la arena,
               de éste en los hombros cargado,      
               un hidalgo, ya anegado;
               y envuelta en tan triste pena,
                  a llamaros envïé.
ANFRISO:       Pues aquí todos estamos,
               manda que tu gusto hagamos,    
               lo que pensado no fue.
TISBEA:           Que a mi choza los llevemos
               quiero, donde agradecidos
               reparemos sus vestidos,
               y a ellos los regalemos,     
                  que mi padre gusta mucho
               de esta debida piedad.
CATALINÓN:     Extremada es su beldad.
JUAN:          Escucha aparte.
CATALINÓN:                  Ya escucho.
JUAN:             Si te pregunta quién soy,    
               di que no sabes.
CATALINÓN:                   ¿A mí
               quieres advertirme aquí
               lo que he de hacer?
JUAN:                             Muerto voy
                  por la hermosa pescadora.
               Esta noche he de gozalla.    
CATALINÓN:     ¿De qué suerte?
JUAN:                         Ven y calla.
CORIDÓN:       Anfriso, dentro de un hora
                  [los pescadores prevén]
               que canten y bailen.
ANFRISO:                           Vamos,
               y esta noche nos hagamos     
               rajas, y palos también.
JUAN:             Muerto soy.
TISBEA:                      ¿Cómo, si andáis?
JUAN:          Ando en pena, como veis.
TISBEA:        Mucho habláis.
JUAN:                       ¡Mucho encendéis!
TISBEA:        ¡Plega a Dios que no mintáis!

Vanse todos. Salen don GONZALO de Ulloa y el REY don Alfonso de Castilla
REY: ¿Cómo os ha sucedido en la embajada, comendador mayor? GONZALO: Hallé en Lisboa al rey don Juan, tu primo, previniendo treinta naves de armada. REY: ¿Y para dónde? GONZALO: Para Goa me dijo, mas yo entiendo que a otra empresa más fácil apercibe; a Ceuta, o Tánger pienso que pretende cercar este verano. REY: Dios le ayude, y premie el cielo de aumentar su gloria. ¿Qué es lo que concertasteis? GONZALO: Señor, pide a Cerpa, y Mora, y Olivencia, y Toro, y por eso te vuelve a Villaverde, al Almendral, a Mértola, y Herrera entre Castilla y Portugal. REY: Al punto se firman los conciertos, don Gonzalo; mas decidme primero cómo ha ido en el camino, que vendréis cansado, y alcanzado también. GONZALO: Para serviros, nunca, señor, me canso. REY: ¿Es buena tierra Lisboa? GONZALO: La mayor ciudad de España. Y si mandas que diga lo que he visto de lo exterior y célebre, en un punto en tu presencia te podré un retrato. REY: Gustaré de oírlo. Dadme silla. GONZALO: Es Lisboa una octava maravilla.

De las entrañas de España, que son las tierras de Cuenca, nace el caudaloso Tajo, que media España atraviesa. Entra en el mar Oceano, en las sagradas riberas de esta ciudad por la parte del sur; mas antes que pierda su curso y su claro nombre hace un cuarto entre dos sierras donde están de todo el orbe barcas, naves, caravelas. Hay galeras y saetías, tantas que desde la tierra para una gran ciudad adonde Neptuno reina. A la parte del poniente, guardan del puerto dos fuerzas, de Cascaes y Sangián, las más fuertes de la tierra. Está de esta gran ciudad, poco más de media legua, Belén, convento del santo conocido por la piedra y por el león de guarda, donde los reyes y reinas, católicos y cristianos, tienen sus casas perpetuas. Luego esta máquina insigne, desde Alcántara comienza una gran legua a tenderse al convento de Lobregas. En medio está el valle hermoso coronado de tres cuestas, que quedara corto Apeles cuando pintarlas quisiera, porque miradas de lejos parecen piñas de perlas, que están pendientes del cielo, en cuya grandeza inmensa se ven diez Romas cifradas en conventos y en iglesias, en edificios y calles, en solares y encomiendas, en las letras y en las armas, en la justicia tan recta, y en una Misericordia, que está honrando su ribera, y pudiera honrar a España, y aun enseñar a tenerla. Y en lo que yo más alabo de esta máquina soberbia, es que del mismo castillo, en distancia de seis leguas, se ven sesenta lugares que llega el mar a sus puertas, uno de los cuales es el Convento de Odivelas, en el cual vi por mis ojos seiscientas y treinta celdas, y entre monjas y beatas, pasan de mil y doscientas. Tiene desde allí a Lisboa, en distancia muy pequeña, mil y ciento y treinta quintas, que en nuestra provincia Bética llaman cortijos, y todas con sus huertos y alamedas. En medio de la ciudad hay una plaza soberbia, que se llama del Ruzío, grande, hermosa, y bien dispuesta, que habrá cien años y aun más que el mar bañaba su arena, y agora de ella a la mar, hay treinta mil casas hechas, que, perdiendo el mar su curso, se tendió a partes diversas. Tiene una calle que llaman Rúa Nova, o calle nueva, donde se cifra el oriente en grandezas y riquezas, tanto que el rey me contó que hay un mercader en ella, que por no poder contarlo, mide el dinero a fanegas. El terrero, donde tiene Portugal su casa regia tiene infinitos navíos, varados siempre en la tierra, de sólo cebada y trigo, de Francia y Ingalaterra. Pues, el palacio real, que el Tajo sus manos besa, es edificio de Ulises, que basta para grandeza, de quien toma la ciudad nombre en la latina lengua, llamándose Ulisibona, cuyas armas son la esfera, por pedestal de las llagas, que, en la batalla sangrienta, al rey don Alfonso Enríquez dio la majestad inmensa. Tiene en su gran Tarazana diversas naves, y entre ellas las naves de la conquista, tan grandes que, de la tierra miradas, juzgan los hombres que tocan en las estrellas. Y lo que de esta ciudad te cuento por excelencia, es, que estando sus vecinos comiendo, desde las mesas, ven los copos del pescado que junto a sus puertas pescan que, bullendo entre las redes, vienen a entrarse por ellas. Y sobre todo el llegar cada tarde a su ribera más de mil barcos cargados de mercancías diversas, y de sustento ordinario, pan, aceite, vino y leña, frutas de infinita suerte, nieve de sierra de Estrella, que por las calles a gritos, puesta sobre las cabezas, la venden; mas, ¿qué me canso?, porque es contar las estrellas, querer contar una parte de la ciudad opulenta. Ciento y treinta mil vecinos tiene, gran señor, por cuenta, y por no cansarte más, un rey que tus manos besa. REY: Más estimo, don Gonzalo, escuchar de vuestra lengua esa relación sucinta, que haber visto su grandeza. ¿Tenéis hijos? GONZALO: Gran señor, una hija hermosa y bella, en cuyo rostro divino se esmeró naturaleza. REY: Pues yo os la quiero casar de mi mano. GONZALO: Como sea tu gusto, digo, señor, que yo la acepto por ella; pero ¿quién es el esposo? REY: Aunque no está en esta tierra, es de Sevilla, y se llama don Juan Tenorio. GONZALO: Las nuevas voy a llevar a doña Ana. [Dadme, gran señor, licencia.] REY: Id en buena hora, y volved, Gonzalo, con la respuesta.

Vanse todos. Salen don JUAN Tenorio y CATALINÓN
JUAN: Esas dos yeguas prevén, pues acomodadas son. CATALINÓN: Aunque soy Catalinón, soy, señor, hombre de bien, que no se dijo por mí, "Catalinón es el hombre", que sabes que aquese nombre me asienta al revés aquí. UAN: Mientras que los pescadores van de regocijo y fiesta, tú las dos yeguas apresta, que de sus pies voladores, sólo nuestro engaño fío. CATALINÓN: ¿Al fin pretendes gozar a Tisbea? JUAN: Si el burlar es hábito antiguo mío, ¿qué me preguntas, sabiendo mi condición? CATALINÓN: Ya sé que eres castigo de las mujeres. JUAN: Por Tisbea estoy muriendo, que es buena moza. CATALINÓN: Buen pago a su hospedaje deseas. JUAN: Necio, lo mismo hizo Eneas con la reina de Cartago. CATALINÓN: Los que fingís y engañáis las mujeres de esa suerte, lo pagaréis en la muerte. JUAN: ¡Qué largo me lo fiáis! Catalinón con razón te llaman. CATALINÓN: Tus pareceres sigue, que en burlar mujeres quiero ser Catalinón. Ya viene la desdichada. JUAN: Vete, y las yeguas prevén. CATALINÓN: (Pobre mujer, harto bien Aparte te pagamos la posada.)
Vase CATALINÓN y sale TISBEA
TISBEA: El rato que sin ti estoy estoy ajena de mí. JUAN: Por lo que finges ansí, ningún crédito te doy. TISBEA: ¿Por qué? JUAN: Porque si me amaras mi alma favorecieras. TISBEA: Tuya soy. JUAN: Pues, di, ¿qué esperas? ¿O en qué, señora, reparas? TISBEA: Reparo en que fue castigo de Amor el que he hallado en ti. JUAN: Si vivo, mi bien, en ti, a cualquier cosa me obligo. Aunque yo sepa perder en tu servicio la vida, la diera por bien perdida, y te prometo de ser tu esposo. TISBEA: Soy desigual a tu ser. JUAN: Amor es rey que iguala con justa ley la seda con el sayal. TISBEA: Casi te quiero creer, mas sois los hombres traidores. JUAN: ¿Posible es, mi bien, que ignores mi amoroso proceder? Hoy prendes con tus cabellos mi alma. TISBEA: Ya a ti me allano, bajo la palabra y mano de esposo. JUAN: Juro, ojos bellos, que mirando me matáis, de ser vuestro esposo. TISBEA: Advierte, mi bien, que hay Dios y que hay muerte. JUAN: ¡Qué largo me lo fiáis! Ojos bellos, mientras viva yo vuestro esclavo seré, ésta es mi mano y mi fe. TISBEA: No seré en pagarte esquiva. JUAN: Ya en mí mismo no sosiego. TISBEA: Ven, y será la cabaña del amor que me acompaña, tálamo de nuestro fuego. Entre estas cañas te esconde, hasta que tenga lugar. JUAN: ¿Por dónde tengo de entrar? TISBEA: Ven, y te diré por dónde. JUAN: Gloria al alma, mi bien, dais. TISBEA: Esa voluntad te obligue, y si no, Dios te castigue. JUAN: ¡Qué largo me lo fiáis!
Vanse y salen CORIDÓN, ANFRISO, BELISA y MÚSICOS
CORIDÓN: Ea, llamad a Tisbea, y las zagalas llamad, para que en la soledad el huésped la corte vea. ANFRISO: ¡Tisbea, Lucindo, Antandra! No vi cosa más crüel, triste y mísero de aquél que en su fuego es salamandra. Antes que el baile empecemos, a Tisbea prevengamos. BELISA: Vamos a llamarla. CORIDÓN: Vamos. BELISA: A su cabaña lleguemos. CORIDÓN: ¿No ves que estará ocupada con los huéspedes dichosos, de quien hay mil envidiosos? ANFRISO: Siempre es Tisbea envidiada. BELISA: Cantad algo mientras viene, porque queremos bailar. ANFRISO: ¿Cómo podrá descansar cuidado que celos tiene?
Cantan
MÚSICOS: "A pescar sale la niña, tendiendo redes, y en lugar de pececillos, las almas prende".
Sale TISBEA
TISBEA: ¡Fuego, fuego, que me quemo, que mi cabaña se abrasa! Repicad a fuego, amigos, que ya dan mis ojos agua. Mi pobre edificio queda hecho otra Troya en las llamas, que después que faltan Troyas, quiere Amor quemar cabañas; mas si Amor abrasa peñas, con gran ira, fuerza extraña, mal podrán de su rigor reservarse humildes pajas. ¡Fuego, zagales, fuego, agua, agua! Amor, clemencia, que se abrasa el alma. ¡Ay choza, vil instrumento de mi deshonra, y mi infamia, cueva de ladrones fiera, que mis agravios ampara! Rayos de ardientes estrellas en tus cabelleras caigan, porque abrasadas estén, si del viento mal peinadas. ¡Ah falso huésped, que dejas una mujer deshonrada! ¡Nube que del mar salió, para anegar mis entrañas! ¡Fuego, zagales, fuego, agua, agua! Amor, clemencia, que se abrasa el alma. Yo soy la que hacía siempre de los hombres burla tanta. ¡Que siempre las que hacen burla, vienen a quedar burladas! Engañóme el caballero debajo de fe y palabra de marido, y profanó mi honestidad y mi cama. Gozóme al fin, y yo propia le di a su rigor las alas, en dos yeguas que crïé, con que me burló y se escapa. Seguidle todos, seguidle, mas no importa que se vaya, que en la presencia del rey tengo de pedir venganza. ¡Fuego, zagales, fuego, agua, agua! Amor, clemencia, que se abrasa el alma.
Vase TISBEA
CORIDÓN: Seguid al vil caballero. ANFRISO: Triste del que pena y calla, mas vive el cielo que en él me he de vengar de esta ingrata. Vamos tras ella nosotros, porque va desesperada, y podrá ser que vaya ella buscando mayor desgracia. CORIDÓN: Tal fin la soberbia tiene, su locura y confïanza paró en esto.
Dentro se oye gritando TISBEA "¡Fuego, fuego!"
ANFRISO: Al mar se arroja. CORIDÓN: Tisbea, detente y para. TISBEA: ¡Fuego, zagales, fuego, agua, agua! Amor, clemencia, que se abrasa el alma.

FIN DEL ACTO PRIMERO

El burlador de Sevilla part 4

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