Last updated September 6, 1997
SANCHA: Después acá que vestido
estáis de Corpus, ¿no habláis?
RAMIRO: ¡Ea!, Sancha, ¿qué me mandáis
que os traiga de allá?
SANCHA: El sentido
y el alma que en un abismo
de pesares acomodo,
y si queréis traello todo,
traeos, Ramiro, a vos mismo.
ALFONSO: ¡Ea!, Sancha, adiós, adiós;
no lloréis.
SANCHA: ¿No he de llorar,
viéndoos, señor, apartar,
y perdiéndoos a los dos
en un punto?
ALFONSO: No hayáis miedo
que Ramiro tarde mucho.
SANCHA: (¡Con qué de sospechas lucho!
¡Con qué de pesares quedo!)
RAMIRO: ¿No me abrazáis?
SANCHA: ¡Que sea tanta
mi desdicha! (¡Oh, quién los ojos
os sacara!)
RAMIRO: (¿Por qué enojos?)
SANCHA: (Porque no viesen la infanta.)
RAMIRO: (Con su nombre me molestas.)
Salen TABACO, vestido de risa, metido en una calza
todo el cuerpo, y CABELLO
TABACO: No sé cómo puedo andar.
RAMIRO: ¿Qué es eso, loco?
TABACO: Llevar
dos mil lacayos a cuestas.
Vamos; que no ha sido poco
el acertarme a poner
tanto andrajo. ¿Qué hay que hacer?
¿No picamos?
ALFONSO: ¿Estás loco?
TABACO: Si me has puesto en esta jaula,
claro está que loco estoy;
ven, que tu Gandalín soy,
y tú mi Amadís de Gaula.
La mitad de este vestido
puedes dar a otro; que yo
suficientemente vo
en una calza embutido.
Este laberinto chato
será bien que a otro le des,
porque a mí para ambos pies
me basta aqueste zapato.
ALFONSO: Vestilde allá.
TABACO: ¡Las quimeras
que hay en este encantamiento!
CABELLO: Vamos.
TABACO: Parezco jumento,
pues llevo las aguaderas.
ALFONSO: ¡Ea!, adiós.
RAMIRO: Adiós, mi bien.
ALFONSO: No lloréis más.
SANCHA: Es en vano.
ALFONSO: Vamos.
SANCHA: (¿Mas si aqueste enano
me llevase a Santarén?)
Vanse. Sale don DIONÍS
DIONÍS: Quien hereda el valor y la prudencia
con la nobleza y sangre lusitana
del griego ilustre en fama y experiencia,
tan celebrado por su edad anciana,
no se deje vencer de la inocencia
de un niño rey, por la pasión tirana
de quien pretende gobernar su estado,
que no puede del rey ser gobernado.
Sale don DUARTE
DUARTE: (El que tuviere discreción, nobleza,
valor y aliento en su invencible pecho,
no se deje rendir de una flaqueza,
aunque piadosa, sin ningún provecho.
Pide el gobierno heroica fortaleza,
y dice la experiencia, que se ha hecho
de lastimosos daños, que proceden
de que tan niños príncipes hereden.)
Sale don EGAS
EGAS: (Quien de razón ni de experiencia larga
no hiciere estima o pierde la memoria,
y de estos reinos el gobierno encarga
a un tierno niño, eclipsará su gloria.
Si es la corona tan pesada carga
que al fin la llama la romana historia
un muro en la cabeza, no está el muro
en la de un niño rey firme y seguro.)
DIONíS: Don Egas...
EGAS: Don Dionís...
DIONíS: Pues, don Düarte,
¿qué forzosa ocasión os trae confuso?
DUARTE: No quisiera ser voto o tener parte
en quien a un niño la corona puso.
Llama Platón, como prudente, al arte
de gobernar por experiencia y uso,
el arte de las artes, y no puede
ser un niño tan docto que la herede.
DIONÍS: Esa misma razón me trae suspenso,
si me vine enfadado de la sala,
pues tan pequeño príncipe, no pienso
que a la grandeza de este reino iguala;
y por enigma del cuidado inmenso
del gobierno real pinta y señala
el griego un instrumento no templado,
que es más difícil gobernar su estado.
EGAS: El infante don Pedro, del rey muerto
hermano valeroso, aunque segundo,
tiene este reino, confïado y cierto
que puede y sabe gobernar el mundo.
Llegue esta nave a tan seguro puerto,
pues en el golfo de este mar profundo
la dejó nuestro rey; que no es mi voto
que sea un niño su real piloto.
DIONÍS: Creyóse que en las cortes que se han hecho
viniese a ellas el señor infante
a tomar la corona con el pecho
que se la ofrece reino semejante;
mas él, fundado en natural derecho
de tierno amor y de piedad constante,
quiere que herede don Alfonso el quinto,
y no pued[a] salir del laberinto[.]
[E]l reino junto en votos dividido
salió, y dejó la causa sin sentencia,
por si fuese el infante persuadido
con razones que enseña la experiencia.
EGAS: Al cielo santo le suplico y pido
abra los ojos de su real prudencia
al infante don Pedro, que reciba
el noble reino, y largos años viva.
Sale ACUÑA
ACUÑA: Caballeros ilustres y leales
del reino más ilustre, leal y santo
que mira con sus ojos inmortales
el sol hermoso que os envidia tanto,
parece, si no mienten las señales,
que con recelo, con temor y espanto
os retiráis, cuando el señor infante
muestra la fe de su valor constante.
El reino le ofrecistes a su alteza,
como tío del príncipe heredero,
temiendo de su edad que su cabeza
no puede sustentar un muro entero;
mas el infante, cuya real nobleza
le muestra descendiente verdadero
de sus heroicos padres, no permite
que al legítimo dueño se le quite.
Y yo, que del infante valeroso
antiguo y noble consejero he sido,
estoy de su constancia más glorioso
que si hubiera en el África vencido;
y ansí os vengo a pedir, reino famoso,
que estiméis su valor, y sea servido
el niño rey, en cuya tierna mano
le pongáis este reino lusitano.
DIONÍS: Pues ¿cuántos reinos en la edad pasada,
por ser de niños reyes gobernados
con ajena prudencia y corta espada,
perdieron con los reyes los estados?
Tenemos toda el África alterada,
los furiosos alárabes, cansados
de nuestras nobles armas, deseosos
de, hallando esta ocasión, salir furiosos.
Sale don PEDRO
PEDRO: Pues don Düarte, don Dionís, don Egas...
DUARTE: ¡Oh poderoso rey!
PEDRO: Humilde infante;
que, no rendido de ambiciones ciegas,
estimo en más renombre semejante.
DIONÍS: Si con los ojos de prudencia llegas
a mirar, gran señor, cuán importante
es tu grandeza y tu real persona,
recibe de este reino la corona.
No serás el primero infante, hermano
del muerto rey, que su corona herede,
cuando no deja valerosa mano
en quien el reino con firmeza quede.
DUARTE: Legítimo heredero, y no tirano,
es el hermano, y preferir se puede
por su edad y prudencia al hijo amado,
cuando le faltan para el mismo estado.
DIONÍS: Salimos de la sala mal contentos
de tu resolución, aunque piadosa,
dañosa al reino y cuerdos sentimientos
de la más parte, ilustre y generosa.
EGAS: Favorece, señor, nuestros intentos;
niño es el rey, la pérdida forzosa;
y si ha de perder reino, fama y vida,
renuncie en ti la gloria merecida.
PEDRO: ¿Por qué os parece, nobles caballeros,
que es justo darme la real corona?
DIONÍS: Porque entre dos iguales herederos
se prefiere el valor de la persona.
Tu espada, gran señor, cuyos aceros
el África en sus márgenes pregona,
tu gobierno, tu industria, tu prudencia,
se esmaltan con tus canas y presencia.
PEDRO: ¿No rendís a mi acuerdo vuestro gusto?
DIONÍS: Felicísimo príncipe, en tu mano
se rinde Portugal y el reino justo,
siempre leal a tu difunto hermano.
DUARTE: El sacro imperio del romano Augusto,
con más lealtad que al César soberano,
se quisiera rendir a tales plantas,
pues nacen de ellas esperanzas tantas.
PEDRO: Yo subo, pues, a la invencible silla
en el real tablado prevenido.
DIONÍS: ¡Viva el rey mi señor, a quien se humilla
el trono real a su valor rendido!
ACUÑA: Tu mudanza, señor, me maravilla.
¡Lealtad mudable, por ingrato olvido!
Mas siempre, por reinar, dicen los reyes
que han de romperse las piadosas leyes.
Descúbrese una cortina, y en un trono el
niño REY coronado, con acompañamiento de caballeros
portugueses. [Don PEDRO de redillas]
PEDRO: Sobrino amado, imagen de inocencia,
segundo Abel, y con mayor ventura:
rendido, humilde a vuestra real presencia,
la mano os pido de traición segura.
Tuvieron en mi pecho competencia
la honra y el amor, que al fin procura,
como le hicieron Dios, vencer de modo
que le conozcan poderoso en todo.
Y vosotros, leales caballeros,
si en prudencia, piedad y valor mío
fundáis vuestra esperanza, los primeros
seréis en imitar mi santo brío.
Dad, como siempre, indicios verdaderos
del generoso pecho en quien confío,
que, persuadidos que os importa tanto,
adoréis vuestro rey piadoso y santo.
Que yo, como prudente, como viejo,
y como valeroso y vuestro amigo,
os doy agora tan leal consejo,
y yo el primero le recibo y sigo.
Seguidme todos; que a mi sombra os dejo;
subid al trono de mi rey conmigo;
que en ir primero imito al elefante,
que el mayor en la edad suele ir delante.
Suena música, y sube don PEDRO a besar la mano
al rey
Dadme, señor, como mi rey, la mano;
dadme, mi bien, como sobrino mío,
los amorosos brazos, pues los gano.
REY: Por haber sido tan piadoso tío,
levante vuestra alteza el soberano
rostro, en cuyo valor tanto confío,
y déme a mí licencia que en silencio
descubra que le estimo y reverencio.
EGAS: ¡Raro ejemplo de fe!
DUARTE: ¡Divino pecho
de portugués! Que estima en más su fama
que hacer dudoso su real derecho
en este reino que le estima y ama.
DIONÍS: Veníale al infante muy estrecho,
aunque es grande, este reino; que le llama
la pretensión del África, y desea
que toda aquélla su corona sea.
REY: Y ansí, como agradecido,
no digo más, que no puedo,
y de vuestra alteza quedo
a los favores rendido.
PEDRO: Vuestra Majestad, señor,
aunque se muestra obligado,
me mande; que me ha quedado
muy grande resto de amor;
porque en mi pecho leal
mucha afición se atesora,
pues lo que he dado hasta agora
es una corta señal,
es una prueba no más
de mi lealtad y mi amor,
y a quien es buen pagador
no duelen prendas jamás.
REY: Quiero, señor, que miréis
este reino y mi persona
como vuestro; esta corona,
infante, vos la tenéis.
Y ansí será justa ley
que os obliguéis de presente
a sacarme un rey prudente,
ya que me sacastes rey.
Y si no lo hacéis ansí,
infante, podré quejarme;
que hacerme rey es no honrarme,
y hacerme rey justo, sí.
PEDRO: Habla vuestra Majestad
de modo que me parece
que, como en ser hombre, crece
en la gracia y en la edad.
Dice que el reino le di,
y estimo ese gran favor,
y he de sacarle el mejor
que haya reinado hasta aquí.
El reino que le he entregado
reciba en prendas de quien,
porque suele pagar bien,
por grandes prendas le ha dado.
REY: No digáis más; que no es justo
dudar de vuestra verdad.
CABALLEROS: ¡Viva vuestra Majestad
la próspera edad de Augusto!
REY: Viváis, vasallos leales,
la edad de Néstor y Anquises.
DUARTE: Nuevo sucesor de Ulises,
dame tus manos reales.
REY: Esperad; que me conviene
salir al recibimiento
de mi prima, porque siento
que la hermosa infanta viene.
Salen doña FELIPA y doña INéS.
El REY y don PEDRO se bajan del trono
FELIPA: Mande vuestra Majestad...
REY: No puedo mandar, señora;
que en vuestros ojos agora
pierdo yo la libertad.
FELIPA: Que me mande dar sus manos
le suplico.
REY: Ya soy rey,
y no será justa ley
hacer mis intentos vanos.
La mano me habéis de dar
que os la bese; esto ha de ser;
que yo por poderlo hacer,
tengo por gusto el reinar.
DIONÍS: De amor y de cortesía
da indicios su Majestad.
DUARTE: El amor en tierna edad
sin sentir se forma y cría.
FELIPA: Yo me encargo, mi señor,
de entretener, como es justo,
con regalos vuestro gusto.
REY: Y con favores mi amor.
Y con esa confïanza
que el alma agora desea,
quiero salir, que me vea
el reino.
ACUÑA: ¡Extraña mudanza!
¡Que en un niño pueda hacer
el ser rey tan grande estima
de sí mismo!
REY: Infanta, prima,
adiós, y volvedme a ver.
PEDRO: No acompaño, gran señor,
vuestra persona, aunque es tanta
mi obligación; que la infanta
queda sola.
Vanse el REY, don DUARTE, don EGAS, ACUÑA, y
los demás caballeros
DIONÍS: (¡Ay dulce amor!
Pero el infante se queda;
no puedo hablar a mi bien.
Noche venturosa, ven
más apriesa, porque pueda.)
Salen RAMIRO y TABACO. [Habla RAMIRO a
TABACO]
RAMIRO: (La ocasión misma me ayuda,
pues llego y al mismo instante
encuentro al señor infante.)
TABACO: (Dichoso has de ser sin duda.)
RAMIRO: Mande darme vuestra alteza
sus manos.
Dale un pliego
PEDRO: Seáis bien venido,
Ramiro.
TABACO: (¿Ya es conocido?
¡Gran memoria!)
RAMIRO: (¡Gran belleza!)
A INÉS
FELIPA: ¡Ay, amiga! ¿No es aquél
el aldeano?
INÉS: Señora,
él es.
FELIPA: Conocíle agora
(como siempre pienso en él).
TABACO: Señor.
RAMIRO: Calla.
TABACO: No podré,
si no me enseña y me avisa,
si me viene alguna prisa,
por dónde me proveeré;
que no me he visto jamás,
señor, con tanta agujeta,
y esta ventana inquieta
fuese mejor por detrás.
PEDRO: Ramiro, mucho debéis
al prïor, porque os envía
a la corte; yo querría
que su esperanza aumentéis.
FELIPA: (¿A la corte? ¡Oh, venturosa
yo, que en la corte y palacio
puedo querelle despacio!
Mas ¿no me falta otra cosa
que rendir mi pensamiento
a quien ayer fue un villano?
Pero no es en nuestra mano
este primer movimiento.)
RAMIRO: El servir a vuestra alteza
tendré yo por gloria mía.
PEDRO: Que sirváis al rey querría.
DIONÍS: ¿Qué no entendida grandeza
es ésta? Escudero amigo,
¿quién es este caballero?
TABACO: Yo fui labrador primero,
y aqueste andaba conmigo;
pero el prïor le ha envïado.
DIONÍS: De esta novedad me admiro.
¿Cómo se llama?
TABACO: Ramiro;
mal nombre para casado.
Yo me llamaba Tabaco,
y era sonado en mi aldea,
y agora no sé quién sea,
si no me escurro y me saco
de estos dos fuelles; que voy
con ellos con mucho tiento;
que van hinchados del viento
que yo de miedo les doy.
PEDRO: Esto ha de ser, y confío
que este favor que os he hecho
os ha de hacer buen provecho.
RAMIRO: Sois amparo y señor mío.
Y vos, infanta y señora,
dadme los pies.
DIONÍS: (¿Cómo es esto?
¿Ya se conocen tan presto?)
FELIPA: Alzaos.
RAMIRO: El alma os adora.
TABACO: Su infantería ¿no alvierte
que soy el que estaba allá?
Mas no me conocerá,
estofado de esta suerte.
Asiendo de la ropilla al infante
Pero dígame, señor,
éstas (que no son distintas
traerlas cercadas de cintas)
que me dan mucho temor,
y siento que ni aun dormir
han de dejarme.
INÉS: ¡Ah villano!
PEDRO: Entrad; besaréis la mano
al rey.
RAMIRO: Comienzo a servir.
FELIPA: (Yo a amar.)
DIONÍS: (Yo a dudar.)
PEDRO: Yo a ver
su valor...
RAMIRO: (Yo su hermosura.)
TABACO: Sáquenme de esta apretura;
que me quiero proveer.
FIN DEL ACTO PRIMERO
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