This file last updated June 8, 2001

PEDRO:            ¿Me obedece a mí?
DUQUESA:                           ¿Pues no? 
               Quien señor de sus afetos 
               os hizo, en sus secretos 
               el mejor lugar os dio, 
                  más está a vuestro servicio, 
               que al suyo vos, secretario.
PEDRO:         Fíame lo necesario 
               perteneciente a mi oficio, 
                  porque para lo demás 
               ha poco que estoy con él.
DUQUESA:       No estaba necio el papel, 
               ni creyera yo jamás, 
                  a no leerle, que fuera 
               el mariscal para tanto.
PEDRO:         Amor, prodigioso encanto, 
               saca de un alma grosera 
                  sutilezas semejantes. 
               Cuanto y más, que no sé yo 
               por qué esa opinión cobró 
               el mariscal.
DUQUESA:                   Los amantes 
                  tenéis ingenios divinos;
               mas aunque volváis por él, 
               yo sé que escribió el papel 
               con ayuda de vecinos.
PEDRO:            Puede ser, pues vos, señora, 
               lo afirmáis; mas yo no creo 
               que declare su deseo, 
               quien de veras se enamora, 
                  por mano ajena; ni Carlos 
               ignorará el escribirlos, 
               que es necesario sentirlos 
               para saber explicarlos. 
                  A la letra me remito, 
               que es suya, y él la escribió.
DUQUESA:       Pues acaso ¿os digo yo 
               que sois vos el que le ha escrito?
PEDRO:            No lo decís; mas ¡por Dios! 
               que más lo afirmáis ansí.
DUQUESA:       ¿Más? ¿Pues impórtame a mí 
               que Carlos lo escriba, o vos?
PEDRO:            ¿Qué sé yo?
DUQUESA:                     ¡Qué buenos ratos 
               la ausente dama tendría 
               con los vuestros cada día!
PEDRO:         Dábaselos tan baratos 
                  y frecuentes mi ignorancia, 
               que en fin los desestimó.
DUQUESA:       Siempre los precios bajó 
               de más valor la abundancia. 
                  Pues ¿qué? ¿Mudóse?
PEDRO:                               No está 
               nunca en mar la nave firme.
DUQUESA:       Vos os morís por decirme 
               esa historia. Acabad ya.
PEDRO:            ¿Yo, señora?
DUQUESA:                      Vos, que amantes 
               y poetas se atormentan 
               a versos, porque se cuentan 
               sus desvelos por instantes.
PEDRO:            Pues yo no intento...
DUQUESA:                             Acabad; 
               decidme quién sois también.
PEDRO:         Importa encubrirme.
DUQUESA:                           Bien. 
               Aquí lo estáis.  Comenzad.
PEDRO:            Por daros gusto...
DUQUESA:                          Los dos 
               le tendrémos: en saber 
               yo, que soy al fin mujer, 
               y por contármelo, vos.
PEDRO:            En Burgos, que es patria mía...
DUQUESA:       Ya lo sé.
PEDRO:                   ¿Vos lo sabéis?
DUQUESA:       Ya lo sé; pues ¿qué queréis?
PEDRO:         ¿Quién os lo dijo?
DUQUESA:                          Sería 
                  quien os conoce. Decid.
PEDRO:         ¿Vos tan curiosa en saber
               mis cosas?
DUQUESA:                  Si soy mujer, 
               ¿qué os admira? Proseguid.
PEDRO:            (¿Qué es aquesto?) En Burgos pues 
               corte entonces de Castilla, 
               gozaba Enrique la silla, 
               el tercero, de quien es 
                  hijo don Juan el segundo, 
               que agora empieza a reinar, 
               cuando me engolfé en el mar 
               de amor, inmenso y profundo.
DUQUESA:          ¡Válgame Dios! Y sería 
               vuestro amor considerable, 
               pues como caso notable, 
               le señaláis año y día.
PEDRO:            Tienen principio de aquí 
               mis desdichas, no os espante.
DUQUESA:       Vaya el suceso adelante.
PEDRO:         En resolución, serví
                  una dama...
DUQUESA:                    ¿Gran belleza?
PEDRO:         Réditos le paga el sol.
DUQUESA:       No sois cortés, español, 
               ni luce en vos la nobleza.
PEDRO:            Pues ¿enojáisos, señora?
DUQUESA:       Quien delante de una dama, 
               sin hacerle salva, llama 
               a otra hermosa, o ignora 
                  las leyes de cortesano, 
               o de agraviarla se precia.
PEDRO:         Mi inadvertencia fue necia.
DUQUESA:       No me espanto, que es en vano 
                  pretender que... Todo está, 
               quien refiere enamorado 
               sus naufragios, elevado 
               en su dama... clara está. 
                  Yo os perdono; proseguid.
PEDRO:         (¿Qué mujer es ésta, cielos?)     Aparte
DUQUESA:       Vaya de amor y de celos.
PEDRO:         Vino de Valladolid 
                  a la corte un caballero, 
               del rey tan favorecido, 
               que por él desvanecido, 
               aunque mi amigo primero, 
                  y tanto, que en confïanza 
               de sus prendas y valor, 
               le di parte de mi amor, 
               se valió de su privanza 
                  para conquistar con ella 
               mi dama, que interesable, 
               le favoreció mudable.
DUQUESA:       Todo el poder lo atropella. 
PEDRO:            Disimulaban conmigo
               los dos amor y amistad, 
               fingiendo ella voluntad 
               como él finezas de amigo; 
                  y remitiendo al secreto 
               el logro de sus amores, 
               fueron tantos los favores, 
               que celoso o indiscreto, 
                  vino a alcanzar que le diese 
               cuantos papeles tenía 
               míos. Encontréle un día 
               leyendo, sin que me viese, 
                  uno, que fue, si me acuerdo, 
               el segundo que admitió.
DUQUESA:       En ese jurara yo 
               que entró el ingenio en acuerdo, 
                  y que ostentando finezas, 
               hizo vistas el amor 
               de todo el aparador 
               de concetos y agudezas.
PEDRO:            No tiene muchos el mío; 
               pero sé que fue estimado, 
               admitido y ponderado.
DUQUESA:       Sí, sería; yo lo fío. 
                  ¿Haos quedado en la memoria 
               alguna cláusula de él?
PEDRO:         No es, señora, este papel 
               de novelas, que en la historia 
                  que uno cuenta los refiere, 
               prosa o verso, sin perder, 
               ya sea hombre o ya mujer, 
               letra ni tilde.
DUQUESA:                      Y si hiciere 
                  yo relación verdadera 
               de ese papel, ¿qué diréis?
PEDRO:         ¡Vos! ¿De qué modo podéis?
DUQUESA:       ¡Válgame Dios!
PEDRO:                        Es quimera.
DUQUESA:          Apostad que su tenor 
               de aquesta suerte decía, 
               "Compiten, señora mía, 
               la esperanza y el temor..."
PEDRO:            Eso escribe el mariscal 
               a vuestra hermana.
DUQUESA:                       ¿Escribió? 
               Decid que lo trasladó 
               de extranjero original.
PEDRO:            Puede ser, pero no mío.
DUQUESA:       ¿Pues de dónde sabéis vos 
               si no os entendéis los dos 
               --el negarlo es desvarío-- 
                  que empezaba así el papel 
               que vos a mi hermana disteis? 
               ¿Veis como vos lo escribísteis? 
PEDRO:         Diome Carlos parte de él, 
                  después de haberle notado; 
               mas de eso no colijáis 
               que yo le escribo.
DUQUESA:                         Mostráis
               quilates de un fiel crïado;
                  pero advertid que mi hermana 
               ya que a Carlos favorece,
               no sepa esto; pues si crece
               su amor, será cosa llana
                  que gozará, si es leal,
               el premio de su cuidado,
               no el dueño de este traslado,
               sino el del original.

Vase la DUQUESA
PEDRO: ¿Qué querrá decir en esto? Vive Dios, que esta mujer exámenes quiere hacer de mi amor. Hame propuesto tantas dudas, que dispuesto a imaginaciones nuevas, niño Amor, cuando te atrevas a cosas sin proporción, no tengo yo condición para sufrir muchas pruebas. "¡Que gozará, si es leal, el premio de su cuidado, no el dueño de este traslado sino el del original!" No me quiere a mí muy mal quien esperanzas esconde y en misterios me responde a la primer vista ansí. Que yo el papel escribí supo. ¿Pues de quién o dónde? Porque Vitoria no sabe quien soy, ni Carlos tampoco. Vive el cielo, que estoy loco. Mujer tan discreta grave, cuya libertad con llave jamás abrió puerta a amor, ¡Tan curiosa en mi favor! Despacio, prolijo encanto, que no es necesario tanto para un buen entendedor.
Salen VITORIA, CARLOS y ROMERO
CARLOS: Prométole a vuexcelenia que la quiero tanto, tanto... ROMERO: (¡Con la turbación que empieza!) Aparte CARLOS: ...díalo mi secretario. VITORIA: Guardad, señor mariscal, testigos tan abonados para incrédulas envidias que pretenden desdoraros; que para conmigo, os juro, que estáis tan acreditado, como dirán los papeles que tengo vuestros y paso por ellos cada momento los ojos y el gusto, hallando cada vez más que admirar que yo jamás hice caso de hipérboles habladores; que sin sentir los cuidados que encarecen, se acreditan. ROMERO: (Tiene amor sus papagayos.) Aparte VITORIA: Como es potencia del alma la voluntad, y ésta ha dado en el discreto sus veces al entendimiento, es claro que con sosegado estudio discurriendo y meditando habla del modo que piensa mejor cuanto más de espacio. Conversables elocuencias, tan copiosas de vocablos que parecen calepinos, sospecho yo, y no me engaño, que con la facilidad que se enamoran bablando, olvidan aborreciendo. Más vale amor asentado que no el que sálo en la lengua encarecen cortesanos. PEDRO: (¡Qué divino entendimiento!) Aparte VITORIA: Pensamientos estudiados en borradores escritos son de los que yo me pago. Dadme pensamientos vos, y no receléis contrarios. CARLOS: Ocupan vuestras memorias mis pensamientos turbados. Tanto, señora, os estimo, que anoche de ellos cercado, un sueño pudo matarme. Dígalo mi secretario.
A don PEDRO
ROMERO: Él no sabe hablar sin ti.
A don PEDRO
VITORIA: ¿Qué decís vos? PEDRO: Que no es falso lo que de su sueño fío, porque como os quiere tanto, y teme competidores, soñó anoche alborotado que os robaba el de Placencia; y por vengar vuestro agravio, tomó la espada desnuda, y a no atajarle los pasos yo, que en su cámara duermo, le sucediera algún daño. Con tanto extremo os adora. ¿No es mucho quereros tanto? VITORIA: Quien durmiendo tiene celos, despierto será un milagro de amor; que el sueño es pintura que solo copia retratos. Mucho debéis de querer. CARLOS: Los extremos que yo hago después que vi esa belleza... dígalo mi secretario. VITORIA: (¡Qué hable un hombre de esta suerte Aparte tan discreto y avisado en lo que escribe! No sé si lo crea. ¡Extraño caso! Su presencia me enamora; en Nápoles es su estado después del rey el primero; sus papeles, ajustamos a mi gusto, llevanmé la inclinación.) Ahora, Carlos, no sois el primero vos que acostumbráis a turbaros delante de otros respetos; que yo sé de un gran soldado y gran poeta, que siempre que hablaba al rey, olvidando lo que estudiado traía en orden a sus despachos, daba con sus desaciertos admiración á los sabios, descrédito a sus papeles, y qué reír al palacio. Mas diréos yo como el rey, que después de sosegaros, me consultéis por escrito. CARLOS: Dejáisme muy obligado. VITORIA: Pues para que más lo estéis, con aquesta pluma pago pensamientos de la vuestra.
Quítase una pluma del tocado y se le ofrece
CARLOS: Tomadla, hola, secretario. PEDRO: iJesús! Vuexcelencia llegue, y besándole la mano, encarezca este favor.
Tomándolo
CARLOS: Estoy de veras turbado, señora, con tanta luz, y... y... y... VITORIA: Conde, quedaos.
Vase
CARLOS: La he de sacar hoy... ROMERO: (¡Qué bestia!) Aparte CARLOS: ...sobre la crin de mi bayo. PEDRO: ¿Qué decís, señor? CARLOS: ¿Pues dónde? PEDRO: En la gorra. CARLOS: Bien pensado, pues pondréla luego. ROMERO: ¿A quién? CARLOS: Dígalo mi secretario.

FIN DEL ACTO PRIMERO

Amor y celos hacen discretos part 4

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Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham

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