PEDRO: ¿Me obedece a mí?
DUQUESA: ¿Pues no?
Quien señor de sus afetos
os hizo, en sus secretos
el mejor lugar os dio,
más está a vuestro servicio,
que al suyo vos, secretario.
PEDRO: Fíame lo necesario
perteneciente a mi oficio,
porque para lo demás
ha poco que estoy con él.
DUQUESA: No estaba necio el papel,
ni creyera yo jamás,
a no leerle, que fuera
el mariscal para tanto.
PEDRO: Amor, prodigioso encanto,
saca de un alma grosera
sutilezas semejantes.
Cuanto y más, que no sé yo
por qué esa opinión cobró
el mariscal.
DUQUESA: Los amantes
tenéis ingenios divinos;
mas aunque volváis por él,
yo sé que escribió el papel
con ayuda de vecinos.
PEDRO: Puede ser, pues vos, señora,
lo afirmáis; mas yo no creo
que declare su deseo,
quien de veras se enamora,
por mano ajena; ni Carlos
ignorará el escribirlos,
que es necesario sentirlos
para saber explicarlos.
A la letra me remito,
que es suya, y él la escribió.
DUQUESA: Pues acaso ¿os digo yo
que sois vos el que le ha escrito?
PEDRO: No lo decís; mas ¡por Dios!
que más lo afirmáis ansí.
DUQUESA: ¿Más? ¿Pues impórtame a mí
que Carlos lo escriba, o vos?
PEDRO: ¿Qué sé yo?
DUQUESA: ¡Qué buenos ratos
la ausente dama tendría
con los vuestros cada día!
PEDRO: Dábaselos tan baratos
y frecuentes mi ignorancia,
que en fin los desestimó.
DUQUESA: Siempre los precios bajó
de más valor la abundancia.
Pues ¿qué? ¿Mudóse?
PEDRO: No está
nunca en mar la nave firme.
DUQUESA: Vos os morís por decirme
esa historia. Acabad ya.
PEDRO: ¿Yo, señora?
DUQUESA: Vos, que amantes
y poetas se atormentan
a versos, porque se cuentan
sus desvelos por instantes.
PEDRO: Pues yo no intento...
DUQUESA: Acabad;
decidme quién sois también.
PEDRO: Importa encubrirme.
DUQUESA: Bien.
Aquí lo estáis. Comenzad.
PEDRO: Por daros gusto...
DUQUESA: Los dos
le tendrémos: en saber
yo, que soy al fin mujer,
y por contármelo, vos.
PEDRO: En Burgos, que es patria mía...
DUQUESA: Ya lo sé.
PEDRO: ¿Vos lo sabéis?
DUQUESA: Ya lo sé; pues ¿qué queréis?
PEDRO: ¿Quién os lo dijo?
DUQUESA: Sería
quien os conoce. Decid.
PEDRO: ¿Vos tan curiosa en saber
mis cosas?
DUQUESA: Si soy mujer,
¿qué os admira? Proseguid.
PEDRO: (¿Qué es aquesto?) En Burgos pues
corte entonces de Castilla,
gozaba Enrique la silla,
el tercero, de quien es
hijo don Juan el segundo,
que agora empieza a reinar,
cuando me engolfé en el mar
de amor, inmenso y profundo.
DUQUESA: ¡Válgame Dios! Y sería
vuestro amor considerable,
pues como caso notable,
le señaláis año y día.
PEDRO: Tienen principio de aquí
mis desdichas, no os espante.
DUQUESA: Vaya el suceso adelante.
PEDRO: En resolución, serví
una dama...
DUQUESA: ¿Gran belleza?
PEDRO: Réditos le paga el sol.
DUQUESA: No sois cortés, español,
ni luce en vos la nobleza.
PEDRO: Pues ¿enojáisos, señora?
DUQUESA: Quien delante de una dama,
sin hacerle salva, llama
a otra hermosa, o ignora
las leyes de cortesano,
o de agraviarla se precia.
PEDRO: Mi inadvertencia fue necia.
DUQUESA: No me espanto, que es en vano
pretender que... Todo está,
quien refiere enamorado
sus naufragios, elevado
en su dama... clara está.
Yo os perdono; proseguid.
PEDRO: (¿Qué mujer es ésta, cielos?) Aparte
DUQUESA: Vaya de amor y de celos.
PEDRO: Vino de Valladolid
a la corte un caballero,
del rey tan favorecido,
que por él desvanecido,
aunque mi amigo primero,
y tanto, que en confïanza
de sus prendas y valor,
le di parte de mi amor,
se valió de su privanza
para conquistar con ella
mi dama, que interesable,
le favoreció mudable.
DUQUESA: Todo el poder lo atropella.
PEDRO: Disimulaban conmigo
los dos amor y amistad,
fingiendo ella voluntad
como él finezas de amigo;
y remitiendo al secreto
el logro de sus amores,
fueron tantos los favores,
que celoso o indiscreto,
vino a alcanzar que le diese
cuantos papeles tenía
míos. Encontréle un día
leyendo, sin que me viese,
uno, que fue, si me acuerdo,
el segundo que admitió.
DUQUESA: En ese jurara yo
que entró el ingenio en acuerdo,
y que ostentando finezas,
hizo vistas el amor
de todo el aparador
de concetos y agudezas.
PEDRO: No tiene muchos el mío;
pero sé que fue estimado,
admitido y ponderado.
DUQUESA: Sí, sería; yo lo fío.
¿Haos quedado en la memoria
alguna cláusula de él?
PEDRO: No es, señora, este papel
de novelas, que en la historia
que uno cuenta los refiere,
prosa o verso, sin perder,
ya sea hombre o ya mujer,
letra ni tilde.
DUQUESA: Y si hiciere
yo relación verdadera
de ese papel, ¿qué diréis?
PEDRO: ¡Vos! ¿De qué modo podéis?
DUQUESA: ¡Válgame Dios!
PEDRO: Es quimera.
DUQUESA: Apostad que su tenor
de aquesta suerte decía,
"Compiten, señora mía,
la esperanza y el temor..."
PEDRO: Eso escribe el mariscal
a vuestra hermana.
DUQUESA: ¿Escribió?
Decid que lo trasladó
de extranjero original.
PEDRO: Puede ser, pero no mío.
DUQUESA: ¿Pues de dónde sabéis vos
si no os entendéis los dos
--el negarlo es desvarío--
que empezaba así el papel
que vos a mi hermana disteis?
¿Veis como vos lo escribísteis?
PEDRO: Diome Carlos parte de él,
después de haberle notado;
mas de eso no colijáis
que yo le escribo.
DUQUESA: Mostráis
quilates de un fiel crïado;
pero advertid que mi hermana
ya que a Carlos favorece,
no sepa esto; pues si crece
su amor, será cosa llana
que gozará, si es leal,
el premio de su cuidado,
no el dueño de este traslado,
sino el del original.
Vase la DUQUESA
PEDRO: ¿Qué querrá decir en esto?
Vive Dios, que esta mujer
exámenes quiere hacer
de mi amor. Hame propuesto
tantas dudas, que dispuesto
a imaginaciones nuevas,
niño Amor, cuando te atrevas
a cosas sin proporción,
no tengo yo condición
para sufrir muchas pruebas.
"¡Que gozará, si es leal,
el premio de su cuidado,
no el dueño de este traslado
sino el del original!"
No me quiere a mí muy mal
quien esperanzas esconde
y en misterios me responde
a la primer vista ansí.
Que yo el papel escribí
supo. ¿Pues de quién o dónde?
Porque Vitoria no sabe
quien soy, ni Carlos tampoco.
Vive el cielo, que estoy loco.
Mujer tan discreta grave,
cuya libertad con llave
jamás abrió puerta a amor,
¡Tan curiosa en mi favor!
Despacio, prolijo encanto,
que no es necesario tanto
para un buen entendedor.
Salen VITORIA, CARLOS y ROMERO
CARLOS: Prométole a vuexcelenia
que la quiero tanto, tanto...
ROMERO: (¡Con la turbación que empieza!) Aparte
CARLOS: ...díalo mi secretario.
VITORIA: Guardad, señor mariscal,
testigos tan abonados
para incrédulas envidias
que pretenden desdoraros;
que para conmigo, os juro,
que estáis tan acreditado,
como dirán los papeles
que tengo vuestros y paso
por ellos cada momento
los ojos y el gusto, hallando
cada vez más que admirar
que yo jamás hice caso
de hipérboles habladores;
que sin sentir los cuidados
que encarecen, se acreditan.
ROMERO: (Tiene amor sus papagayos.) Aparte
VITORIA: Como es potencia del alma
la voluntad, y ésta ha dado
en el discreto sus veces
al entendimiento, es claro
que con sosegado estudio
discurriendo y meditando
habla del modo que piensa
mejor cuanto más de espacio.
Conversables elocuencias,
tan copiosas de vocablos
que parecen calepinos,
sospecho yo, y no me engaño,
que con la facilidad
que se enamoran bablando,
olvidan aborreciendo.
Más vale amor asentado
que no el que sálo en la lengua
encarecen cortesanos.
PEDRO: (¡Qué divino entendimiento!) Aparte
VITORIA: Pensamientos estudiados
en borradores escritos
son de los que yo me pago.
Dadme pensamientos vos,
y no receléis contrarios.
CARLOS: Ocupan vuestras memorias
mis pensamientos turbados.
Tanto, señora, os estimo,
que anoche de ellos cercado,
un sueño pudo matarme.
Dígalo mi secretario.
A don PEDRO
ROMERO: Él no sabe hablar sin ti.
A don PEDRO
VITORIA: ¿Qué decís vos?
PEDRO: Que no es falso
lo que de su sueño fío,
porque como os quiere tanto,
y teme competidores,
soñó anoche alborotado
que os robaba el de Placencia;
y por vengar vuestro agravio,
tomó la espada desnuda,
y a no atajarle los pasos
yo, que en su cámara duermo,
le sucediera algún daño.
Con tanto extremo os adora.
¿No es mucho quereros tanto?
VITORIA: Quien durmiendo tiene celos,
despierto será un milagro
de amor; que el sueño es pintura
que solo copia retratos.
Mucho debéis de querer.
CARLOS: Los extremos que yo hago
después que vi esa belleza...
dígalo mi secretario.
VITORIA: (¡Qué hable un hombre de esta suerte Aparte
tan discreto y avisado
en lo que escribe! No sé
si lo crea. ¡Extraño caso!
Su presencia me enamora;
en Nápoles es su estado
después del rey el primero;
sus papeles, ajustamos
a mi gusto, llevanmé
la inclinación.) Ahora, Carlos,
no sois el primero vos
que acostumbráis a turbaros
delante de otros respetos;
que yo sé de un gran soldado
y gran poeta, que siempre
que hablaba al rey, olvidando
lo que estudiado traía
en orden a sus despachos,
daba con sus desaciertos
admiración á los sabios,
descrédito a sus papeles,
y qué reír al palacio.
Mas diréos yo como el rey,
que después de sosegaros,
me consultéis por escrito.
CARLOS: Dejáisme muy obligado.
VITORIA: Pues para que más lo estéis,
con aquesta pluma pago
pensamientos de la vuestra.
Quítase una pluma del tocado y se le
ofrece
CARLOS: Tomadla, hola, secretario.
PEDRO: iJesús! Vuexcelencia llegue,
y besándole la mano,
encarezca este favor.
Tomándolo
CARLOS: Estoy de veras turbado,
señora, con tanta luz,
y... y... y...
VITORIA: Conde, quedaos.
Vase
CARLOS: La he de sacar hoy...
ROMERO: (¡Qué bestia!) Aparte
CARLOS: ...sobre la crin de mi bayo.
PEDRO: ¿Qué decís, señor?
CARLOS: ¿Pues dónde?
PEDRO: En la gorra.
CARLOS: Bien pensado,
pues pondréla luego.
ROMERO: ¿A quién?
CARLOS: Dígalo mi secretario.
FIN DEL ACTO PRIMERO
Amor y celos hacen discretos part 4
Electronic text by Vern G. Williamsen
and J T Abraham
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