SAYAVEDRA: ¿Quieres ver si lo niegas? Está atento.
Fíngete ya vestido a la turquesca,
y que vas por la calle y que yo llego
delante de otros turcos y te digo:
"Sea loado Cristo, amigo Pedro.
¿No sabéis cómo el martes es vigilia
y que manda la Iglesia que ayunemos?"
A esto, dime: ¿qué responderías?
Sin duda que me dieses mil puñadas,
y dijeses que a Cristo no conoces,
ni tienes con su Iglesia cuenta alguna,
porque eres muy buen moro, y que te llamas,
no Pedro, sino Aydar o Mahometo.
PEDRO: Eso haríalo yo, mas no con saña,
sino porque los turcos que lo oyesen
pensasen que, pues dello me pesaba,
que era perfecto moro y no cristiano;
pero acá, en mi intención, cristiano siempre.
SAYAVEDRA: ¿No sabes tú que el mismo Cristo dice:
"Aquel que me negare ante los hombres,
de Mí será negado ante mi Padre;
y el que ante ellos a Mí me confesare,
será de Mí ayudado ante el Eterno
Padre mío?" ¿Es prueba ésta bastante
que te convenza y desengañe, amigo,
del engaño en que estás en ser cristiano
con sólo el corazón, como tú dices?
¿Y no sabes también que aquel arrimo
con que el cristiano se levanta al cielo
es la cruz y pasión de Jesucristo,
en cuya muerte nuestra vida vive,
y que el remedio, para que aproveche
a nuestras almas el tesoro inmenso
de su vertida sangre por bien nuestro,
depositado está en la penitencia,
la cual tiene tres partes esenciales,
que la hacen perfecta y acabada:
contrición de corazón la una,
confesión de la boca la segunda,
satisfación de obras la tercera?
Y aquel que contrición dice que tiene,
como algunos cristianos renegados,
y con la boca y con las obras niegan
a Cristo y a sus sanctos, no la llames
aquella contrición, sino un deseo
de salir del pecado; y es tan flojo,
que respectos humanos le detienen
de ejecutar lo que razón le dice;
y así, con esta sombra y aparencia
deste vano deseo, se les pasa
un año y otro, y llega al fin la muerte
a ponerle en perpetua servidumbre
por aquel mismo modo que él pensaba
alcanzar libertad en esta vida.
¡Oh cuántas cosas puras, excelentes,
verdaderas, sin réplica, sencillas,
te pudiera decir que hacen al caso,
para poder borrar de tu sentido
esta falsa opinión que en él se imprim[e]!
Mas el tiempo y lugar no lo permite.
PEDRO: Bastan las que me has dicho, amigo; bastan,
y bastarán de modo que te juro,
por todo lo que es lícito jurarse,
de seguir tu consejo y no apartarm[e]
del santísimo gremio de la Iglesia,
aunque en la dura esclavitud amarga
acabe mis amargos tristes días.
SAYAVEDRA: Si a ese parecer llegas las obras,
el día llegará, sabroso y dulce,
do tengas libertad; que el cielo sabe
darnos gusto y placer por cien mil vías
ocultas al humano entendimiento;
y así, no es bien ponerse en contingencia
que por sola una senda y un camino
tan áspero, tan malo y trabajoso
nos venga el bien de muchos procurado,
y hasta aquí conseguido de muy pocos.
PEDRO: ¡Mis obras te darán señales ciertas
de mi ar[r]epentimiento y mi mudanza!
SAYAVEDRA: ¡El cielo te dé fuerzas y te quite
las ocasiones malas que te incitan
a tener tan malvado y ruin propósito!
PEDRO: El mesmo a ti te ayude, cual merece
la sana voluntad con que me enseñas.
Adïós, que es tarde.
SAYAVEDRA: ¡Adiós, amigo!
Sale el REY con cuatro TURCOS
REY: De ira y de dolor hablar no puedo;
y es la ocasión de mi pesar insano
el ver que don Antonio de Toledo
ansí se me ha escapado de la mano.
Los arraces, sus amos, con el miedo
que yo no les tomase su cristiano,
a Tetuán con priesa le enviaron,
y en cinco mil ducados le tallaron.
¿Un tan ilustre y rico caballero
por tan vil precio distes, vil canalla?
¿Tanto os acudiciastes al dinero,
tan grande os pareció que era la talla
que le añedistes otro compañero,
el cual solo pudiera bien pagalla?
¿Francisco de Valencia no podía
pagar solo por sí mayor cuantía?
En fin, favorecióles la ventura,
que pudo más que no mi diligencia;
que ésta es la que concierta y asegura
lo que no puede hacer humana ciencia.
Conocieron el tiempo y coyuntura,
y huyeron de no verse en mi presencia:
que si yo a don Antonio aquí hallara,
cincuenta mil ducados me pagara.
Es hermano de un conde y es sobrino
de una principalísima duquesa,
y en perderse, perdió en este camino
ser coronel en una ilustre empresa.
Airado el cielo se mostró y begnino
en hacerle cautivo y darse priesa
a darle libertad por tal rodeo,
que no pudo pedir más el deseo.
Pero, pues ya no puede remediarse,
el tratar más en ello es escusado.
Mirad si viene alguno a querellarse.
[TURCO]: Señor, aquí está Yzuf, el renegado.
REY: Entre con intención de aparejarse
a obedecer en todo mi mandado;
si no, a fe que le trate en mi presencia
cual merece su necia inobidencia.
[Sale] YZUF
¿Dónde están tus cristianos?
YZUF: Allí fuera.
[REY]: ¿Cuánto diste por ellos?
YZUF: Mil ducados.
[REY]: Yo los daré por ellos.
YZUF: No se espera,
de tu bondad agravios tan sobrados.
[REY]: ¿En esto me replicas?
YZUF: Da siquiera
algún alivio en parte a mis cuidados.
Al esclavo te doy, rey, sin dinero,
y déjame la esclava, por quien muero.
REY: ¿Tal osaste decir, oh moro infame?
Llevalde abajo, y dalde tanto palo,
hasta que con su sangre se derrame
el deseo que tiene torpe y malo.
YZUF: Dame, señor, mi esclava, y luego dame
la muerte en fuego, a hierro, a gancho, en p[alo].
REY: ¡Quitádmelo delante! ¡Acabad presto!
YZUF: ¿Por pedirte mi hacienda soy molesto?
Sacan fuera a YZUF a empujones, y entran luego dos alárabes con el
cristiano que se huyó, que asieron en el campo, y estos dos moros dicen al
RE[Y]: "Alicun [g]alema [g]ultam adareimi gu[a]naran [g]al [g]ul"
REY: ¿Adónde ibas, cristiano?
[ESCLAVO 1]: Procuraba
llegarme a Orán, si el cielo lo quisiera.
REY: ¿Adónde cautivaste?
[ESCLAVO 1]: En la almadraba.
REY: ¿Tu amo?
[ESCLAVO 1]: Ya murió; que no debiera,
pues me dejó en poder de una tan brava
mujer, que no la iguala alguna fiera.
REY: ¿Español eres?
[ESCLAVO 1]: En Málaga nacido.
REY: Bien lo mu[e]stras en ser ansí atrevido.
¡Oh yuraja caur! Dalde seiscientos
palos en las espaldas muy bien dados,
y luego le daréis otros quinientos
en la barriga y en los pies cansados.
[ESCLAVO 1]: ¿Tan sin razón ni ley tantos tormentos
tienes para el que huye aparejados?
REY: ¡Cito cifuti breguedi! ¡Atalde,
abrilde, desollalde y aun matalde!
&áacute;tanle con cuatro cordeles de pies y de manos, y tiran cada uno de
su parte, y dos le están dando; y, de cuando en cuando, el cristiano,
[ESCLAVO 1] se encomienda a Nuestra Señora, y el REY se enoja y dice en
turquesco, con cólera: "L[a]guedi denicara, bacinaf; ¡a la testa, a la
tes[ta]!", y está diciendo, mientras le están dando
¡No sé qué raza es ésta destos perros
cautivos españoles! ¿Quién se huye?
¡Español! ¿Quién no cura de los hierro[s]?
¡Español! ¿Quién hurtando nos destr[uye]?
¡Español! ¿Quién comete otros mil hierros?
¡Español!, que en su pecho el cielo influye
un ánimo indomable, acelerado,
al bien y al mal contino aparejado.
Una virtud en ellos he notado:
que guardan su palabra sin reveses,
y en esta mi opinión me han confirmado
dos caballeros Sosas portugueses.
Don Francisco también la ha sigurado,
que tiene el sobrenombre de Meneses,
los cuales sobre su palabra han sido
enviados a España, y la han cumplido.
Don Fernando de Ormaza también fuese
sobre su fe y palabra, y ansí ha hecho,
un mes antes que el término cumpliese,
la paga, con que bien me ha satisfecho.
De darles libertad, un interese
se sigue tal, que dobla mi provecho:
que, como van sobre su fe prendados,
les pido los rescates tresdoblados.
Y éste dalde a su amo, y llamad luego
un cristiano de Yzuf, que está allí fuera,
que quiero que granjee su sosiego
por ver si mi opinión es verdadera.
De pérdida y ganancia es este juego.
[TURCO] Señor, del bien hacer siempre se espera
galardón, y si falta d[e]ste suelo,
la paga se dilata para el cielo.
[Sale] AURELIO y dícele el REY
[REY]: Ya sé quién eres, cristiano;
tu virtud, valor y suerte,
y sé que presto has de verte
en el patrio suelo hispano.
Esta Silvia, ¿es tu mujer?
AURELIO: Sí, señor.
REY: Y ¿adónde ibas
cuando en las ondas esquivas
perdiste todo el placer?
[AURELIO]: Yo se lo diré, [s]eñor,
en verdad[era]s razones.
De otro rey y otras prisiones
fui yo esclavo, que es Amor.
Desta Silvia enamorado
[and]uve un tiempo en mi t[i]er[r]a,
y la fuerza desta guerra
me ha traído en este estado.
A su padre la pedí
muchas veces por mujer,
pero nunca a mi querer
sólo un punto le rendí;
y, viendo que no podía
por aquel modo alcanzalla,
determiné de roballa,
que era la más fácil vía.
Cumplí en esto mi deseo,
y, pensando ir a Milán,
trújome el hado al afán
y esclavitud do me veo.
REY: No pierdas la confïanza
en esta vida importuna,
pues sabes que de Fortuna
la condición es mudanza.
Yo te daré libertad
a ti y a Silvia al momento,
si tienes conocimiento
de pagar tal voluntad.
Mil ducados he de dar
por los dos, y sólo quiero
que me deis dos mil; empero,
habéismelo de jurar,
y así, sobre vuestra fe,
os partiréis luego a España.
AURELIO: Señor, a merced tamaña,
¿qué gracias te rendiré?
Yo prometo de enviallos
dentro de un mes, sin mentir,
aunque los sepa pedir
por Dios, y si no, hurtallos.
REY: Pues, luego os aparejad,
y en la primera saetía
tomad de España la vía,
que a los dos doy libertad.
AURELIO: El suelo y cielo te trate
cual merece tu bondad,
y tomá mi voluntad
por prenda deste rescate;
que yo perderé la vida
o cumpliré mi palabra:
que este bien ya escarba y labra
en mi sangre bien nacida.
[TURCO]: Señor, un navío viene.
REY: ¿De qué parte?
[TURCO]: De Ocidente.
REY: Mejor es que no de Oriente.
¿Es de gavia?
[TURCO]: Gavia tiene.
REY: Debe ser de mercancía.
[TURCO]: Podría ser, aunque se suena
que la mercancía es buena
si es limosna.
REY: Sí sería.
Vamos. Tú, Aurelio, procura
tu partida, y ten cuidado
de aquello que me has jurado.
AURELIO: Crezca el cielo tu ventura.
[Vase] el REY y queda AURELIO
¡Gracias te doy, eterno Rey del cielo,
que tan sin merecerlo has permitido
que, por la mano de qu[i]e[n] más temía,
tanto bien, tanta gloria me viniese!
[Sale] FRANCISCO y dice
[FRANCISCO]: ¡Albricias, caro Aurelio!, que es llegado
un navío de España, y todos dicen
que es de limosna cierto, y que en él viene
un fraile trinitario cristianísimo,
amigo de hacer bien, y conocido,
porque ha estado otra vez en esta tierra
rescatando cristianos, y da ejemplo
de mucha cristiandad y gran prudencia.
Su nombre es fray Juan Gil.
AURELIO: Mira no sea,
fray Jorge de Olivar, que es de la Orden
de la Merced, que aquí también ha estado,
de no menos bondad y humano pecho;
tanto, que ya después que hubo espendido
bien veinte mil ducados que traía,
[e]n otros siete mil quedó empeñado.
¡Oh caridad extraña! ¡Oh sancto pecho!
Entran tres ESCLAVOS, asidos en sus cadenas
[ESCLAVO 1]: ¡Qué buen día, compañeros!
La limosna está en el puerto.
Mi remedio tengo cierto,
porque aquí me traen dineros.
[ESCLAVO 2]: No tengo bien, ni le espero,
ni siento en mi tierra quien
me pueda hacer algún bien.
[ESCLAVO 3]: Pues yo no me desespero
[FRANCISCO]: Dios nos ha de remediar,
hermanos: mostrad buen pecho,
que el Señor que nos ha hecho,
no nos tiene de olvidar.
Roguémosle, como a Padre,
nos vuelva a nuestra mejora,
pues es nuestra intercesora
su Madre, que es nuestra Madre;
porque, con tan sancto medio,
nuestro bien está seguro:
que ella es nuestra fuerza y muro,
nuestra luz, nuestro remedio.
Echan todos las cadenas al suelo y híncanse de rodillas, y dice el
uno
[ESCLAVO 1]: ¡Vuelve, Virgen Santísima María,
tus ojos que dan luz y gloria al cielo,
a los tristes que lloran noche y día
y riegan con sus lágrimas el suelo!
Socórrenos, bendita Virgen pía,
antes que este mortal corpóreo velo
quede sin alma en esta tierra dura
y carezca de usada sepultura.
Otro Reina de las alturas celestiales,
Madre y Madre de Dios, Virgen y Madre,
espanto de las furias infernales,
Madre y Esposa de tu mismo Padre,
remedio universal de nuestros males:
si con tu condición es bien que cuadre
usar misericordia, úsala agora,
y sácame de entre esta gente mora.
Otro En Vos, Virgen dulcísima María,
entre Dios y los hombres medianera,
de nuestro mar incierto cierta guía,
Virgen entre las vírgenes primera;
en vos, Virgen y Madre; en Vos confía
mi alma, que sin Vos en nadie espera,
que me habréis de sacar con vuestras manos
de dura servidumbre de paganos.
AURELIO: Si yo, Virgen bendita, he conseguido
de tu misericordia un bien tan alto,
¿cuándo podré mostrarme agradecido,
tanto que, al fin, no quede corto y falto?
Recibe mi deseo, que, subido
sobre un cristiano obrar, dará tal salto,
que toque ya, olvidado deste suelo,
el alto trono del impereo cielo.
Y, en tanto que se llega el tiempo y punto
de poner en efecto mi deseo,
al ilustre auditorio que está junto,
en quien tanta bondad discierno y veo,
si ha estado mal sacado este trasunto
de la vida de Argel y trato feo,
pues es bueno el deseo que ha tenido,
en nombre del autor, perdón l[es pido].
FIN DE LA COMEDIA
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