TELLO: Más sé que hay de un mandamiento
para prenderte en la plaza.
LUGO: Sí; mas ninguno amenaza
a que dé coces al viento:
que todas son liviandades
de mozo las que me culpan,
y a mí mismo me disculpan,
pues no llegan a maldades.
Ellas son cortar la cara
a un valentón arrogante,
una matraca picante,
aguda, graciosa y rara;
calcorrear diez pasteles
o cajas de diacitrón;
sustanciar una quistión
entre dos jaques noveles;
el tener en la dehesa
dos vacas, y a veces tres,
pero sin el interés
que en el trato se profesa;
procurar que ningún rufo
se entone do yo estuviere,
y que estime, sea quien fuere,
la suela de mi pantufo.
Estas y otras cosas tales
hago por mi pasatiempo,
demás que rezo algún tiempo
los psalmos penitenciales;
y, aunque peco de ordinario,
pienso, y ello será ansí,
dar buena cuenta de mí
por las de aqueste rosario.
TELLO: Dime, simple: ¿y tú no ves
que desa tu plata y cobre,
es dar en limosna al pobre
del puerco hurtado los pies?
Haces a Dios mil ofensas,
como dices, de ordinario,
¿y con rezar un rosario,
sin más, ir al cielo piensas?
Entra por un libro allí,
que está sobre aquella mesa.
Dime: ¿qué manera es ésa
de andar, que jamás la vi?
¿Hacia atrás? ¿Eres cangrejo?
Vuélvete. ¿Qué novedad
es ésa?
LUGO: Es curiosidad
y cortesano consejo
que no vuelva el buen crïado
las espaldas al señor.
TELLO: Crïanza de tal tenor,
en ninguno la he notado.
Vuelve, digo.
LUGO: Ya me vuelvo:
que por esto el paso atrás
daba.
TELLO: En que eres Satanás
desde agora me resuelvo.
¿Armado en casa? ¿Por suerte
tienes en ella enemigos?
Sí tendrás, cual son testigos
los ministros de la muerte
que penden de tu pretina,
y en ellos has confirmado
que el mozo descaminado,
como tú, hacia atrás camina.
¡Bien iré a la Nueva España
cargado de ti, malino;
bien a hacer este camino
tu ingenio y virtud se amaña!
Si, en lugar de libros, llevas
estas joyas que veo aquí,
por cierto que das de ti
grandes e ingeniosas pruebas.
¡Bien responde la esperanza
en que engañado he vivido
al cuidado que he tenido
de tu estudio y tu crïanza!
¡Bien me pagas, bien procuras
que tu humilde nacimiento
en ti cobre nuevo asiento,
menos bríos y venturas!
En balde será avisarte,
por ejemplos que te den,
que nunca se avienen bien
Aristóteles y Marte,
y que está en los aranceles
de la discreción mejor
que no guardan un tenor
las súmulas y broqueles.
Espera, que quiero darte
un testigo de quién eres,
si es que hacen las mujeres
alguna fe en esta parte.
Salid, señora, y hablad
a vuestro duro diamante,
honesto, pero matante,
valiente, pero rufián.
Sale ANTONIA
LUGO: Demonio, ¿quién te ha traído
aquí? ¿Por qué me persigues,
si ningún fruto consigues
de tu intento malnacido?
[Sale] LAGARTIJA, asustado
TELLO: Mancebo, ¿qué buscáis vos?
¡Con sobresalto venís!
¿Qué respondéis? ¿Qué decís?
LAGARTIJA: Digo que me valga Dios;
digo que al so Lugo busco.
TELLO: Veisle ahí: dadle el recado.
LAGARTIJA: De cansado y de turbado,
en las palabras me ofusco.
LUGO: Sosiégate, Lagartija,
y dime lo que me quieres.
LAGARTIJA: Considerando quién eres,
mi alma se regocija
y espera de tu valor
que saldrás con cualquier cosa.
LUGO: Bien; ¿qué hay?
LAGARTIJA: ¡A Carrascosa
le llevan preso, señor!
LUGO: ¿Al padre?
LAGARTIJA: Al mismo.
LUGO: ¿Por dónde
le llevan? ¡Dímelo, acaba!
LAGARTIJA: Poquito habrá que llegaba
junto a la puerta del conde
del Castellar.
LUGO: ¿Quién le lleva,
y por qué, si lo has sabido?
LAGARTIJA: Por pendencia, a lo que he oído;
y el alguacil Villanueva,
con dos corchetes, en peso
le llevan, como a un ladrón.
¡Quebrárate el corazón
si le vieras!
LUGO: ¡Bueno es eso!
Camina y guía, y espera
buen suceso deste caso,
si los alcanza mi paso.
LAGARTIJA: ¡Muera Villanueva!
LUGO: ¡Muera!
Va[n]se LAGARTIJA y LUGO, alborotados
TELLO: ¿Qué padre es éste? ¿Por dicha,
llevan a algún fraile preso?
ANTONIA: No, señor, no es nada deso:
que éste es padre de desdicha,
puesto que en su oficio gana
más que dos padres, y aun tres.
TELLO: Decidme de qué Orden es.
ANTONIA: De los de la casa llana.
Es alcaide, con perdón,
señor, de la mancebía,
a quien llaman padre hoy día
las de nuestra profesión;
su tenencia es casa llana,
porque se allanan en ella
cuantas viven dentro della.
TELLO: Bien el nombre se profana
en eso de alcaide y padre,
nombres honrados y buenos.
ANTONIA: Quien vive en ella, a lo menos,
no estará sin padre y madre
jamás.
TELLO: Ahora bien: señora,
id con Dios, que a este mancebo
yo os le pondré como nuevo.
ANTONIA: Tras él voy.
TELLO: Id en buen hora.
[Vanse TELLO y ANTONIA, cada uno por su puerta]. Sale el ALGUACIL que
suele, con dos CORCHETES, que traen preso a Carrascosa,
PADRE de la mancebía
PADRE: Soy de los Carrascosas de Antequera,
y tengo oficio honrado en la república,
y háseme de tratar de otra manera.
Solíanme hablar a mí por súplica,
y es mal hecho y mal caso que se atreva
hacerme un alguacil afrenta pública.
Si a un personaje como yo se lleva
de aqueste modo, ¿qué hará a un mal hombre?
Por Dios, que anda muy mal, sor Villanueva;
mire que da ocasión a que se asombre
el que viere tratarme desta suerte.
ALGUACIL: Calle, y la calle con más prisa escombre,
porque le irá mejor, si en ello advierte.
[Sale] a este instante LUGO, puesta la mano en la daga y el broquel;
viene con él LAGARTIJA y LOBILLO
LUGO: Todo viviente se tenga,
y suelten a Carrascosa
para que conmigo venga,
y no se haga otra cosa,
aunque a su oficio convenga.
Ea, señor Villanueva,
dé de contentarme prueba,
como otras veces lo hace.
ALGUACIL: Señor Lugo, que me place.
CORCHETE [1]: ¡Juro a mí que se le lleva!
LUGO: Padre Carrascosa, vaya
y éntrese en San Salvador,
y a su temor ponga raya.
LAGARTIJA: Este Cid Campeador
mil años viva y bien haya.
ALGUACIL: Cristóbal, eche de ver
que no me quiero perder
y que le sirvo.
LUGO: Está bien;
yo lo miraré muy bien
cuando fuere menester.
ALGUACIL: ¡Agradézcalo al padrino,
señor padre!
LOBILLO: No haya más,
y siga en paz su camino.
CORCHETE [1]: ¿Este mozo es Barrabás,
o es Orlando el Paladino?
¡No hay hacer baza con él!
[Vanse] el ALGUACIL y los
CORCHETES
PADRE: Nuevo español bravonel,
con tus bravatas bizarras
me has librado de las garras
de aquel tacaño Luzbel.
Yo me voy a retraer,
por sí o por no. ¡Queda en paz,
honor de la hampa y ser!
LUGO: Dices bien, y aqueso haz,
que yo después te iré a ver.
¡Bien se ha negociado!
LOBILLO: Bien;
sin sangre, sin hierro o fuego.
LUGO: De cólera venía ciego,
y enfadado.
LOBILLO: Y yo también.
Vamos a cortarla aquí
con un polvo de lo caro.
LUGO: En otras cosas reparo
que me importan más a mí.
Ir quiero agora a jugar
con Gilberto, un estudiante
que siempre ha sido mi azar,
hombre que ha de ser bastante
a hacerme desesperar.
Cuanto tengo me ha ganado;
solamente me han quedado
unas súmulas, y a fe
que, si las pierdo, que sé
cómo esquitarme al doblado.
LOBILLO: Yo te daré una baraja
hecha, con que le despojes
sin que le dejes alhaja.
LUGO: ¡Largo medio es el que escoges!
Otro sé por do se ataja.
Juro a Dios omnipotente
que, si las pierdo al presente,
me he de hacer salteador.
LOBILLO: ¡Resolución de valor
y traza de hombre prudente!
Si pierdes, ¡ojalá pierdas!,
yo mostraré en tu ejercicio
que estas manos no son lerdas.
LAGARTIJA: Siempre fue usado este oficio
de personas que son cuerdas,
industriosas y valientes,
por los casos diferentes
que se ofrecen de contino.
LOBILLO: De seguirte determino.
LAGARTIJA: Por tuyo es bien que me cuentes.
Ya ves que mi voluntad
es de alquimia, que se aplica
al bien como a la maldad.
LUGO: Esa verdad testifica
tu fácil habilidad.
No te dejaré jamás;
y adiós.
LOBILLO: Lugo, ¿qué, te vas?
LUGO: Luego seré con vosotros.
LAGARTIJA: Pues, ¡sus!, vámonos nosotros
a la ermita del Compás.
[Vanse] todos, y sale PERALTA, estudiante, y
ANTONIA
ANTONIA: Si ha de ser hallarle acaso,
mis desdichas son mayores.
PERALTA: ¿Son celos, o son amores
los que aquí os guían el paso,
señora Antonia?
ANTONIA: No sé,
si no es rabia, lo que sea.
PERALTA: Por cierto, muy mal se emplea
en tal sujeto tal fe.
ANTONIA: No hay parte tan escondida,
do no se sepa mi historia.
PERALTA: Hácela a todos notoria
el veros andar perdida
buscando siempre a este hombre.
ANTONIA: ¿Hombre? Si él lo fuera, fuera
descanso mi angustia fiera.
Mas no tiene más del nombre;
conmigo, a lo menos.
PERALTA: ¿Cómo?
ANTONIA: Esto, sin duda, es así;
que Amor le hirió para mí
con las saetas de plomo.
No hay yelo que se le iguale.
PERALTA: Pues, ¿por qué le queréis tanto?
ANTONIA: Porque me alegro y me espanto
de lo que con hombres vale.
¿Hay más que ver que le dan
parias los más arrogantes,
de la heria los matantes,
los bravos de San Román?
¿Y hay más que vivir segura,
la que fuere su respeto,
de verse en ningún aprieto
de los de nuestra soltura?
Quien tiene nombre de suya,
vive alegre y respetada;
a razón enamorada,
no hay ninguna que la arguya.
Vase ANTONIA
PERALTA: Estas señoras del trato
precian más, en conclusión,
un socarra valentón
que un Medoro gallinato.
En efecto, gran lisión
es la desta moza loca.
Ya la campanilla toca;
entrémonos a lición.
[Vase] PERALTA, y salen GILBERTO, estudiante, y
LUGO
GILBERTO: Ya irás contento, y ya puedes
dejar de gruñir un rato,
y ya puedes dar barato
tal, que parezcan mercedes.
Más me has ganado este día,
que yo en ciento te he ganado.
LUGO: Así es verdad.
GILBERTO: Que buen grado
le venga a mi cortesía.
¿Yo tus súmulas? ¡Estaba
loco, sin duda ninguna!
LUGO: Sucesos son de fortuna.
GILBERTO Ya yo los adivinaba;
porque al tahúr no le dura
mucho tiempo el alegría,
y el que de naipes se fía,
tiene al quitar la ventura.
Hoy de cualquiera quistión
has de salir vitorioso;
y adiós, señor ganancioso,
que yo me vuelvo a lición.
[Vase] GILBERTO y sale el MARIDO de la mujer que
salió primero
MARIDO Señor Lugo, a gran ventura
tengo este encuentro.
LUGO: Señor,
¿qué hay de nuevo?
MARIDO: Aquel temor
de ser ofendido aún dura.
Tengo a mi consorte amada
retirada en una aldea,
y para que el sol la vea,
apenas halla la entrada.
Con aquel recato vivo
que me mandasteis tener,
y muérome por saber
de quién tanto mal recibo.
LUGO: Ya aquél que pudo poneros
en cuidado está de suerte
que llegará al de la muerte,
y no al punto de ofenderos.
Quietad con este seguro
el celoso ansiado pecho.
MARIDO: Con eso voy satisfecho,
y de serviros lo juro.
Hacer podéis de mi hacienda,
Lugo, a vuestra voluntad.
LUGO: Pasó mi necesidad,
no hay ninguna que me ofenda;
y así, sólo en recompensa
recibo vuestro deseo.
MARIDO: No aquel estilo en vos veo
que el vulgo, engañado, piensa.
Adiós, señor Lugo.
Vase
LUGO: Adiós.
[Sale] LAGARTIJA
Pues, Lagartija, ¿a qué vienes?
LAGARTIJA: ¡Qué gentil remanso tienes!
¿No ves que dará las dos,
Reza LUGO
y te está esperando toda
la chirinola hampesca?
Ven, que la tarde hace fresca
y a los tragos se acomoda.
¿Cuando te están esperando
tus amigos con más gusto,
andas, cual si fueras justo,
avemarías tragando?
O sé rufián, o sé santo;
mira lo que más te agrada.
Voime, porque ya me enfada
tanta Gloria y Patri tanto.
Vase LAGARTIJA
LUGO: Solo quedo, y quiero entrar
en cuentas conmigo a solas,
aunque lo impidan las olas
donde temo naufragar.
Yo hice voto, si hoy perdía,
de irme a ser salteador:
claro y manifiesto error
de una ciega fantasía.
Locura y atrevimiento
fue el peor que se pensó,
puesto que nunca obligó
mal voto a su cumplimiento.
Pero, ¿dejaré por esto
de haber hecho una maldad,
adonde mi voluntad
echó de codicia el resto?
No, por cierto. Mas, pues sé
que contrario con contrario
se cura muy de ordinario,
contrario voto haré,
y así, le hago de ser
religioso. Ea, Señor;
veis aquí a este salteador
de contrario parecer.
Virgen, que Madre de Dios
fuiste por los pecadores,
ya os llaman salteadores;
oídlos, Señora, vos.
Ángel de mi guarda, ahora
es menester que acudáis,
y el temor fortalezcáis
que en mi alma amarga mora.
Ánimas de purgatorio,
de quien continua memoria
he tenido, séaos notoria
mi angustia, y mi mal notorio;
y, pues que la caridad
entre esas llamas no os deja,
pedid a Dios que su oreja
preste a mi necesidad.
Psalmos de David benditos,
cuyos misterios son tantos
que sobreceden a cuantos
renglones tenéis escritos,
vuestros conceptos me animen,
que he advertido veces tantas,
a que yo ponga mis plantas
donde al alma no lastimen:
no en los montes salteando
con mal cristiano decoro,
sino en los claustros y el coro
desnudas, y yo rezando.
¡Ea, demonios: por mil modos
a todos os desafío,
y en mi Dios bueno confío
que os he de vencer a todos!
[Vase], y suenan a este instante las chirimías; descúbrese una gloria o,
por lo menos, un ÁNGEL, que, en cesando la música, diga
[ÁNGEL]: Cuando un pecador se vuelve
a Dios con humilde celo,
se hacen fiestas en el cielo.
.......................[ - elve].
FIN DE LA PRIMERA JORNADA
El rufián dichoso, part 4
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