ZELINDA:             Mira qué prisa se dan 
                 el renegado Mamí
                 y el mal cristiano Rustán.
                 Ya las cautivas aquí
                 llegan: ya todas están;
                     yo seguro, si las cuentas, 
                 que hallarás más de docientas.
ZAIDA:           Y todas, a lo que creo,
                 con diferente deseo
                 del nuestro, pero contentas.
                     ¡Oh, qué de paso que pasa 
                 por todas el Gran Señor!
                 A más de la mitad pasa.
ZELINDA:         Clara, un helado temor
                 el corazón me traspasa.
                     ¡Plegue a Dios que, antes que llegue, 
                 el cielo a la tierra pegue
                 sus pies!
ZAIDA:                       Quizá escogerá
                 primero que llegue acá.
ZELINDA:         Y si llegare, ¡que ciegue!

[Salen] el Gran TURCO, MAMÍ y RUSTÁN
TURCO: De cuantas quedan atrás no me contenta ninguna. Mamí, no me muestres más. MAMÍ: Pues entre estas dos hay una en quien te satisfarás. RUSTÁN: Alzad, que aquí la vergüenza no conviene que os convenza; alzad el rostro las dos. TURCO: ¡Catalina, como vos, no hay ninguna que me venza! Mas, pues lo quiere el cadí, y ello me conviene tanto, ésta me trairéis, Mamí.
Échale un pañizuelo el TURCO a ZELINDA y vase
RUSTÁN: ¿Tú solenizas con llanto la dicha de estotra? ZAIDA: Sí; porque quisiera yo ser la que alcanzara tener tal dicha. MAMÍ: Zelinda, vamos. RUSTÁN: Sola y triste te dejamos. ZAIDA: ¡Tengo envidia, y soy mujer!
Vanse RUSTÁN y MAMÍ, y llevan a ZELINDA, que es Lamberto
¡Oh mi dulce amor primero! ¿Adónde vas? ¿Quién te lleva a la más extraña prueba que hizo amante verdadero? Esta triste despedida bien claro me da a entender que, por tu sobra, ha de ser mi falta más conocida. ¿Qué remedio habrá que cuadre en tan grande confusión, si eres, Lamberto, varón, y te quieren para madre? ¡Ay de mí, que de la culpa de nuestro justo deseo, por ninguna suerte veo ni remedio ni disculpa!
Sale la SULTANA
SULTANA: Zaida, ¿qué has? ZAIDA: Mi señora, no alcanzo cómo te diga el dolor que [en] mi alma mora: Zelinda, aquella mi amiga que estaba conmigo ahora, al Gran Señor le han llevado. SULTANA: ¿Pues eso te da cuidado? ¿No va a mejorar ventura? ZAIDA: Llévanla a la sepultura; que es varón y desdichado.

Ambos a dos nos quisimos desde nuestros años tiernos, y ambos somos transilvanos, de una patria y barrio mesmo. Cautivé yo por desgracia, que ahora no te la cuento porque el tiempo no se gaste sin pensar en mi remedio; él supo con nueva cierta el fin de mi cautiverio, que fue traerme al serrallo, sepulcro de mis deseos, y los suyos de tal suerte le apretaron y rindieron, que se dejó cautivar con un discurso discreto. Vistióse como mujer, cuya hermosura al momento hizo venderla al Gran Turco sin conocerla su dueño. Con este designio extraño salió con su intento Alberto, que éste es el nombre del triste por quien muero y por quien peno. Conocióme y conocíle, y destos conocimientos he quedado yo preñada; que lo estoy, y estoy muriendo. Mira, hermosa Catalina, que con este nombre entiendo que te alegras: ¿qué he de hacer en mal de tales estremos? Ya estará en poder del Turco el desdichado mancebo, enamorado atrevido, más constante que no cuerdo; ya me parece que escucho que vuelve Mamí diciendo: "Zaida, ya de tus amores se sabe todo el suceso. ¡Dispónte a morir, traidora, que para ti queda el fuego encendido, y puesto el gancho para enganchar a Lamberto!" SULTANA: Ven conmigo, Zaida hermosa, y ten ánima, que espero, en la gran bondad de Dios, salir bien de aqueste estrecho.

[Vanse] las dos. Sale el Gran TURCO, y trae asido del cuello a Lamberto [ZELINDA], con una daga desenvainada. Sale[n] con él CADÍ y MAMÍ
TURCO: ¡A mí el ser verdugo toca de tan infame maldad! [ZELINDA]: Tiempla la celeridad que aun tu grandeza apoca; déjame hablar, y dame después la muerte que gustes. TURCO: No podrás con tus embustes que tu sangre no derrame. CADÍ: Justo es escuchar al reo: Amurates, óyele. TURCO: Diga, que yo escucharé. MAMÍ: Que se disculpe deseo.

[ZELINDA]: Siendo niña, a un varón sabio oí decir las excelencias y mejoras que tenía el hombre más que la hembra; desde allí me aficioné a ser varón, de manera que le pedí esta merced al Cielo con asistencia. Cristiana me la negó, y mora no me la niega Mahoma, a quien hoy gimiendo, con lágrimas y ternezas, con fervorosos deseos, con votos y con promesas, con ruegos y con suspiros que a una roca enternecieran, desde el serrallo hasta aquí, en silencio y con inmensa eficacia, le he pedido me hiciese merced tan nueva. Acudió a mis ruegos tiernos, enternecido, el Profeta, y en un instante volvióme en fuerte varón de hembra; y si por tales milagros se merece alguna pena, vuelva el Profeta por mí, y por mi inocencia vuelva.

TURCO: ¿Puede ser esto, cadí? CADÍ: Y sin milagro, que es más. TURCO: Ni tal vi, ni tal oí. CADÍ: El cómo es esto sabrás, cuando quisieres, de mí, y la razón te dijera ahora si no viniera la Sultana, que allí veo. TURCO: Y enojada, a lo que creo. [ZELINDA]: ¡Mi desesperar espera!

[Salen] la SULTANA y ZAIDA
SULTANA: ¡Cuán fácilmente y cuán presto has hecho con esta prueba tu tibio amor manifiesto! ¡Cuán presto el gusto te lleva tras el que es más descompuesto! Si es que estás arrepentido de haberme, señor, subido desde mi humilde bajeza a la cumbre de tu alteza, déjame, ponme en olvido. Bien, cuitada, yo temía que estas dos habían de ser azares de mi alegría; bien temí que había de ver este punto y este día. Pero, en medio de mi daño, doy gracias al desengaño, y, porque yo no perezca, no ha dejado que más crezca tu sabroso y dulce engaño. Échalas de ti, señor, y del serrallo al momento: que bien merece mi amor que me des este contento y asegures mi temor. Todos mis placeres fundo en pensar no harás segundo yerro en semejante cosa. TURCO: Más precio verte celosa, que mandar a todo el mundo, si es que son los celos hijos del Amor, según es fama, y, cuando no son prolijos, aumentan de amor la llama, la gloria y los regocijos. SULTANA: Si por dejar herederos este y otro desafueros haces, bien podré afirmar que yo te los he de dar, y que han de ser los primeros, pues tres faltas tengo ya de la ordinaria dolencia que a las mujeres les da. TURCO: ¡Oh archivo do la prudencia y la hermosura está! Con la nueva que me has dado, te prometo, a fe de moro bien nacido y bien criado, de guardarte aquel decoro que tú, mi bien, me has guardado; que los cielos, en razón de no dar más ocasión a los celos que has tenido, a Zelinda han convertido, como hemos visto, en varón. Él lo dice, y es verdad, y es milagro, y es ventura, y es señal de su bondad. SULTANA: Y es un caso que asegura sin temor nuestra amistad. Y, pues tal milagro pasa, con Zaida a Zelinda casa, y con lágrimas te ruego los eches de casa luego; no estén un punto en tu casa, que no quiero ver visiones. ZAIDA: En duro estrecho me pones, que no quisiera casarme. SULTANA: Podrá ser vengáis a darme por esto mil bendiciones. Hazles alguna merced, que no los he de ver más. TURCO: Vos, señora, se la haced. RUSTÁN: ¿Ha visto el mundo jamás tal suceso? TURCO: Disponed, señora, a vuestro albedrío de los dos. SULTANA: Bajá de Xío, Zelinda o Zelindo es ya. TURCO: ¿Cómo tan poco le da tu gran poder, si es el mío? Bajá de Rodas le hago, y con esto satisfago a su valor sin segundo. [ZELINDA]: Déte sujeción el mundo, y a ti el Cielo te dé el pago de tus entrañas piadosas, ¡oh rosa puesta entre espinas para gloria de las rosas! TURCO: Tú me fuerzas, no que inclinas, a hacer magníficas cosas; y así quiero, en alegrías de las ciertas profecías que de tus partos me has dado, que tenga el cadí cuidado de hacer de las noches días; infinitas luminarias por las ventanas se pongan, y, con invenciones varias, mis vasallos se dispongan a fiestas extraordinarias; renueven de los romanos los santos y los profanos grandes y admirables juegos, y también los de los griegos, y otros, si hay más, soberanos. CADÍ: Haráse como deseas, y desta grande esperanza en la posesión te veas; y tú con honesta usanza, cual Raquel, fecunda seas. SULTANA: Vosotros luego en camino os poned, que determino no veros más, por no ver ocasión que haya de ser causa de otro desatino. [ZELINDA]: En dándome la patente, me veré, señora mía, de tu alegre vista ausente, y tu ingenio y cortesía tendré continuo presente. ZAIDA: Y yo, hermosa Catalina, por sin par y por divina tendré vuestra discreción. TURCO: Justas alabanzas son de su bondad peregrina. Ven, cristiana de mis ojos, que te quiero dar de nuevo de mi alma los despojos. SULTANA: Dese modo, yo me llevo la palma destos enojos; porque las paces que hacen amantes desavenidos alegran y satisfacen sobremodo a los sentidos, que enojados se deshacen.
[Vanse] todos. Salen MADRIGAL y ANDREA
MADRIGAL: Veislos aquí, Andrea, y dichosísimo seré si me ponéis en salvamento; porque no hay que esperar a los diez años de aquella elefantil cátedra mía; más vale que los ruegos de los buenos el salto de la mata. ANDREA: ¿No está claro? MADRIGAL: Los treinta de oro en oro son el precio de un papagayo indiano, único al mundo, que no le falta sino hablar. ANDREA: Si es mudo, alabáisle muy bien. MADRIGAL: ¡Cadí ignorante!... ANDREA: ¿Qué decís del cadí? MADRIGAL: Por el camino te diré maravillas. Ven, que muero por verme ya en Madrid hacer corrillos de gente que pregunte: "¿Cómo es esto? Diga, señor cautivo, por su vida: ¿es verdad que se llama la Sultana que hoy reina en la Turquía, Catalina, y que es cristiana, y tiene don y todo, y que es de Oviedo el sobrenombre suyo?" ¡Oh! ¡Qué de cosas les diré! Y aun pienso, pues tengo ya el camino medio andado, siendo poeta, hacerme comediante y componer la historia desta niña sin discrepar de la verdad un punto, representado el mismo personaje allá que hago aquí. ¿Ya es barro, Andrea, ver al mosqueterón tan boquiabierto, que trague moscas, y aun avispas trague, sin echarlo de ver, sólo por verme? Mas él se vengará quizá poniéndome nombres que me amohínen y fastidien. ¡Adiós, Constantinopla famosísima! ¡Pera y Permas, adiós! ¡Adiós, escala, Chifutí y aun Guedí! ¡Adiós, hermoso jardín de Visitax! ¡Adiós, gran templo que de Santa Sofía sois llamado, puesto que ya servís de gran mezquita! ¡Tarazanas, adiós, que os lleve el diablo, porque podéis al agua cada día echar una galera fabricada desde la quilla al tope de la gavia, sin que le falte cosa necesaria a la navegación! ANDREA: Mira que es hora, Madrigal. MADRIGAL: Ya lo veo, y no me quedan sino trecientas cosas a quien darles el dulce adiós acostumbrado mío. ANDREA: Vamos, que tanto adiós es desvarío.
Vanse. Salen SALEC, el renegado, y ROBERTO (los dos primeros que comenzaron la comedia).
SALEC: Ella, sin duda, [es], según las señas que me ha dado Rustán, aquel eunuco que dije ser mi amigo. ROBERTO: No lo dudo; que aquel volverse en hombre por milagro fue industria de Lamberto, que es discreto. SALEC: Vamos a la gran corte, que podría ser que saliese ya con la patente de gran bajá de Rodas, como dicen que el Gran Señor le ha hecho. ROBERTO: ¡Dios lo haga! ¡Oh si los viese yo primero, y antes que cerrase la muerte estos mis ojos! SALEC: Vamos, y el cielo alegre tus enojos.
[Vanse]. Suenan las chirimías; comienzan a poner luminarias; salen los garzones del TURCO por el tablado, corriendo con hachas y hachos encendidos, diciendo a voces: "¡Viva la gran sultana doña Catalina de Oviedo! ¡Felice parto tenga, tenga parto felice!" Salen luego RUSTÁN y MAMÍ, y dicen a los garzones
RUSTÁN: Alzad la voz, muchachos; viva a voces la gran sultana doña Catalina, gran sultana y cristiana, gloria y honra de sus pequeños y cristianos años, honor de su nación y de su patria, a quien Dios de tal modo sus deseos encamine, por justos y por santos, que de su libertad y su memoria se haga nueva y verdadera historia.
Tornan las chirimías y las voces de los garzones y dase fin

FIN DE LA COMEDIA

Last updated: October 17, 1997

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