MADRIGAL: ¿Cómo me conocistes?
ANDREA: La memoria
tenéis dada a adobar, a lo que entiendo,
o reducida a voluntad no buena.
¿No os acordáis que os vi y hablé la noche
que recogí a los cinco, y vos quisistes
quedaros por no más de vuestro gusto,
poniendo por escusa que os tenía
amor rendida el alma, y que una alárabe,
con nuevo cautiverio y nuevas leyes,
os la tenía encadenada y presa?
MADRIGAL: Verdad; y aun todavía tengo el yugo
al cuello, todavía estoy cautivo,
todavía la fuerza poderosa
de amor tiene sujeto a mi albedrío.
ANDREA: Luego, ¿en balde será tratar yo agora
de que os vengáis conmigo?
MADRIGAL: En balde, cierto.
ANDREA: ¡Desdichado de vos!
MADRIGAL: Quizá dichoso.
ANDREA: ¿Cómo puede ser esto?
MADRIGAL: Son las leyes
del gusto poderosas sobremodo.
ANDREA: Una resolución gallarda puede
romperlas.
MADRIGAL: Yo lo creo; mas no es tiempo
de ponerme a los brazos con sus fuerzas.
ANDREA: ¿No sois vos español?
MADRIGAL: ¿Por qué? ¿Por esto?
Pues, por las once mil de malla juro,
y por el alto, dulce, omnipotente
deseo que se encierra bajo el hopo
de cuatro acomodados porcionistas,
que he de romper por montes de diamantes
y por dificultades indecibles,
y he de llevar mi libertad en peso
sobre los propios hombros de mi gusto,
y entrar triunfando en Nápoles la bella
con dos o tres galeras levantadas
por mi industria y valor, y Dios delante,
y dando a la Anunciada los dos bucos,
quedaré con el uno rico y próspero;
y no ponerme ahora a andar por trena,
cargado de temor y de miseria.
ANDREA: ¡Español sois, sin duda!
MADRIGAL: Y soylo, y soylo,
lo he sido y lo seré mientras que viva,
y aun después de ser muerto ochenta siglos.
ANDREA: ¿Habrá quién quiera libertad huyendo?
MADRIGAL: Cuatro bravos soldados os esperan,
y son gente de pluma y bien nacidos.
ANDREA: ¿Son los que dijo Arguijo?
MADRIGAL: Aquellos mismos.
ANDREA: Yo los tengo escondidos y a recaudo.
MADRIGAL: ¿Qué turba es ésta? ¿Qué ruïdo es éste?
ANDREA: Es el embajador de los persianos,
que viene a tratar paces con el Turco.
Haceos a aquesta parte mientras pasa.
Entra un EMBAJADOR, vestido como los que andan aquí, y acompáñanle
JENÍZAROS; va como turco
MADRIGAL: ¡Bizarro va y gallardo por extremo!
ANDREA: Los más de los persianos son gallardos,
y muy grandes de cuerpo, y grandes hombres
de a caballo.
MADRIGAL: Y son, según se dice,
los caballos el nervio de sus fuerzas.
¡Plega a Dios que las paces no se hagan!
¿Queréis venir, Andrea?
ANDREA: Guía adonde
fuere más de tu gusto.
MADRIGAL: Al baño guío
del Uchalí.
ANDREA: Al de Morato guía,
que he de juntarme allí con otra espía.
[Vanse. Sale] el Gran TURCO, RUSTÁN y
MAMÍ
TURCO: Flaca disculpa me das
de la traición que me has hecho,
mayor que se vio jamás.
RUSTÁN: Si bien estás en el hecho,
señor, no me culparás.
Cuando vino a mi poder,
no vino de parecer
que pudiese darte gusto,
y fue el reservarla justo
a más tomo y mejor ser;
muchos años, Gran Señor,
profundas melancolías
la tuvieron sin color.
TURCO: ¿Quién la curó?
RUSTÁN: Sedequías,
el judío, tu doctor.
TURCO: Testigos muertos presentas
en tu causa; a fe que intentas
escaparte por buen modo.
RUSTÁN: Yo digo verdad en todo.
TURCO: Razón será que no mientas.
RUSTÁN: No ha tres días que el sereno
cielo de su rostro hermoso
mostró de hermosura lleno;
no ha tres días que un ansioso
dolor salió de su seno.
En efecto: no ha tres días
que de sus melancolías
está libre esta española,
que es en la belleza sola.
TURCO: Tú mientes o desvarías.
RUSTÁN: Ni miento ni desvarío.
Puedes hacer la experiencia
cuando gustes, señor mío.
Haz que venga a tu presencia:
verás su donaire y brío;
verás andar en el suelo,
con pies humanos, al cielo,
cifrado en su gentileza.
TURCO: De un temor otro se empieza,
de un recelo, otro recelo.
Mucho temo, mucho espero,
mucho puede la alabanza
en lengua de lisonjero;
mas la lisonja no alcanza
parte aquí. Rustán, yo quiero
ver esa cautiva luego;
¡ve por ella, y por el dios ciego,
que me tïene asombrado,
que a no ser cual la has pintado,
que te he de entregar al fuego!
[Vase] RUSTÁN
MAMÍ Si no está en más la ventura
de Rustán, que en ser hermosa
la cautiva, y de hermosura
rara, su suerte es dichosa;
libre está de desventura.
Desde ahora muy bien puedes
hacerle, señor, mercedes,
porque verás, de aquí a poco,
aquí todo el cielo.
TURCO: Loco,
a todo hipérbole excedes.
Deja, que es justo, a los ojos
algo que puedan hallar
en tan divinos despojos.
MAMÍ: ¿Qué vista podrá mirar
de Apolo los rayos rojos
que no quede deslumbrada?
TURCO: Tanta alabanza me enfada.
MAMÍ: Remítome a la experiencia
que has de hacer con la presencia
désta, en mi lengua, agraviada.
[Salen] RUSTÁN y la SULTANA
RUSTÁN: Háblale mansa y süave,
que importa, señora mía,
porque con todos no acabe.
SULTANA: Daré de la lengua mía
al santo cielo la llave;
arrojaréme a sus pies;
diré que su esclava es
la que tiene a gran ventura
besárselos.
RUSTÁN: Es cordura
que en ese artificio des.
SULTANA: Las rodillas en la tierra
y mis ojos en tus ojos,
te doy, señor, los despojos
que mi humilde ser encierra;
y si es soberbia el mirarte,
ya los abajo e inclino
por ir por aquel camino
que suele más agradarte.
TURCO: ¡Gente indiscreta, ignorante,
locos, sin duda, de atar,
a quien no se puede hallar,
en ser simples, semejante;
robadores de la fama
debida a tan gran sujeto;
mentirosos, en efecto,
que es la traición que os infama!
¡Por cierto que bien se emplea
cualquier castigo en vosotros!
MAMÍ: ¡Desdichados de nosotros
si le ha parecido fea!
TURCO: ¡Cuán a lo humano hablasteis
de una hermosura divina,
y esta beldad peregrina
cuán vulgarmente pintastes!
¿No fuera mejor ponella
al par de Alá en sus asientos,
hollando los elementos
y una y otra clara estrella,
dando leyes desde allá,
que con reverencia y celo
guardaremos los del suelo,
como Mahoma las da?
MAMÍ: ¿No te dije que era rosa
en el huerto a medio abrir?
¿Qué más pudiera decir
la lengua más ingeniosa?
¿No te la pinté discreta
cual nunca se vio jamás?
¿Pudiera decirte más
un mentiroso poeta?
RUSTÁN: Cielo te la hice yo,
con pies humanos, señor.
TURCO: A hacerla su Hacedor
acertaras.
RUSTÁN: Eso no:
que esos grandes atributos
cuadran solamente a Dios.
TURCO: En su alabanza los dos
anduvistes resolutos
y cortos en demasía,
por lo cual, sin replicar,
os he de hacer empalar
antes que pase este día.
Mayor pena merecías,
traidor Rustán, por ser cierto
que me has tenido encubierto
tan gran tesoro tres días.
Tres días has detenido
el curso de mi ventura;
tres días en mal segura
vida y penosa he vivido;
tres días me has defraudado
del mayor bien que se encierra
en el cerco de la tierra
y en cuanto vee el sol dorado.
Morirás, sin duda alguna,
hoy, en este mismo día:
que, a do comienza la mía,
ha de acabar tu fortuna.
SULTANA: Si ha hallado esta cautiva
alguna gracia ante ti,
vivan Rustán y Mamí.
TURCO: Rustán muera; Mamí viva.
Pero maldigo la lengua
que tal cosa pronunció;
vos pedís; no otorgo yo.
Recompensaré esta mengua
con haceros juramento,
por mi valor todo junto,
de no discrepar un punto
de hacer vuestro mandamiento.
No sólo viva Rustán;
pero, si vos lo queréis,
los cautivos soltaréis,
que en las mazmorras están;
porque a vuestra voluntad
tan sujeta está la mía,
como está a la luz del día
sujeta la escuridad.
SULTANA: No tengo capacidad
para tanto bien, señor.
TURCO: Sabe igualar el amor
el vos y la majestad.
De los reinos que poseo,
que casi infinitos son,
toda su juridición
rendida a la tuya veo;
ya mis grandes señoríos,
que grande señor me han hecho,
por justicia y por derecho,
son ya tuyos más que míos;
y, en pensar no te demandes
esto soy, aquello fui;
que, pues me mandas a mí,
no es mucho que al mundo mandes.
Que seas turca o seas cristiana,
a mí no me importa cosa;
esta belleza es mi esposa,
y es de hoy más la Gran Sultana.
SULTANA: Cristiana soy, y de suerte,
que de la fe que profeso
no me ha de mudar exceso
de promesas ni aun de muerte.
Y mira que no es cordura
que entre los tuyos se hable
de un caso que, por notable,
se ha de juzgar por locura.
¿Dónde, señor, se habrá visto
que asistan dos en un lecho,
que el uno tenga en el pecho
a Mahoma, el otro a Cristo?
Mal tus deseos se miden
con tu supremo valor,
pues no junta bien Amor
dos que las leyes dividen.
Allá te avén con tu alteza,
con tus ritos y tu secta,
que no es bien que se entremeta
con mi ley y mi bajeza.
TURCO: En estos discursos entro,
pues Amor me da licencia;
yo soy tu circunferencia,
y tú, señora, mi centro;
de mí a ti han de ser iguales
las cosas que se trataren,
sin que en otro punto paren
que las haga desiguales.
La majestad y el Amor
nunca bien se convinieron,
y en la igualdad le pusieron,
los que hablaron del mejor.
Deste modo se adereza
lo que tú ves despüés:
que, humillándome a tus pies,
te levanto a mi cabeza.
Iguales estamos ya.
SULTANA: Levanta, señor, levanta,
que tanta humildad espanta.
MAMÍ: Rindióse; vencido está.
SULTANA: Una merced te suplico,
y me la has de conceder.
TURCO: A cuanto quieras querer
obedezco y no replico.
Suelta, condena, rescata,
absuelve, quita, haz mercedes,
que esto y más, señora, puedes:
que Amor tu imperio dilata.
Pídeme los imposibles
que te ofreciere el deseo,
que, en fe de ser tuyo, creo
que los he de hacer posibles.
No vengas a contentarte
con pocas cosas, mi amor;
que haré, siendo pecador,
milagros por agradarte.
SULTANA: Sólo te pido tres días,
Gran Señor, para pensar...
TURCO: Tres días me han de acabar.
SULTANA: ...en no sé qué dudas mías,
que escrupulosa me han hecho,
y, éstos cumplidos, vendrás,
y claramente verás
lo que tienes en mi pecho.
TURCO: Soy contento. Queda en paz,
guerra de mi pensamiento,
de mis placeres aumento,
de mis angustias solaz.
Vosotros, atribulados
y alegres en un instante,
llevaréis de aquí adelante
vuestros gajes seisdoblados.
Entra, Rustán; da las nuevas
a esas cautivas todas
de mis esperadas bodas.
MAMÍ: ¡Gentil recado les llevas!
TURCO: Y como a cosa divina,
y esto también les dirás,
sirvan y adoren de hoy más,
a mi hermosa Catalina.
[Vanse] el TURCO, MAMÍ y RUSTÁN, y queda en el
teatro sola la SULTANA
SULTANA: ¡A ti me vuelvo, Gran Señor, que alzaste,
a costa de tu sangre y de tu vida,
la mísera de Adán primer caída,
y, adonde él nos perdió, Tú nos cobraste.
A Ti, Pastor bendito, que buscaste
de las cien ovejuelas la perdida,
y, hallándola del lobo perseguida,
sobre tus hombros santos te la echaste;
a Ti me vuelvo en mi af[l]ición amarga,
y a Ti toca, Señor, el darme ayuda:
que soy cordera de tu aprisco ausente,
y temo que, a carrera corta o larga,
cuando a mi daño tu favor no acuda,
me ha de alcanzar esta infernal serpiente!
FIN DE LA PRIMERA JORNADA
La gran sultana, part 4
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