LA ENTRETENIDA, Part 5 of 9
OCAÑA: Beso tus pies, peregrino,
único, raro y bastante
a ablandar en un instante
un corazón diamantino.
Yo, en quien nacieron barruntos
de celos cuando te vi,
a tus pies los pongo aquí,
semivivos y aun difuntos.
TORRENTE: Alzaos, señor; no hagáis
sumisión tan indecente,
que humillaré yo mi frente
si es que la vuestra no alzáis.
Dadme los brazos de amigo,
que lo hemos de ser los dos
gran tiempo, si quiere Dios,
que es de mi intención testigo.
OCAÑA: Como tú, señor, me abones
con tu amistad peregrina,
doy por cordera a Cristina
y por cabrito a Quiñones.
TORRENTE: Por verte con gusto, voy
alegre, así Dios me salve.
OCAÑA: (Para éstas, que yo os calve, [Aparte]
o no seré yo quien soy.)
[Vanse] TORRENTE y OCAÑA. [Sale] Don
AMBROSIO
D. AMBROSIO: Por ti, virgen hermosa, esparce ufano,
contra el rigor con que amenaza el cielo,
entre los surcos del labrado suelo,
el pobre labrador el rico grano.
Por ti surca las aguas del mar cano
el mercader en débil leño a vuelo;
y, en el rigor del sol como del yelo,
pisa alegre el soldado el risco y llano.
Por ti infinitas veces, ya perdida
la fuerza del que busca y del que ruega,
se cobra y se promete la vitoria.
Por ti, báculo fuerte de la vida,
tal vez se aspira a lo imposible, y llega
el deseo a las puertas de la gloria.
¡Oh esperanza notoria,
amiga de alentar los desmayados,
aunque estén en miserias sepultados!
[Sale] CRISTINA
CRISTINA: Habrá fiesta y regodeo,
y la parentela toda
vendrá, sin duda, a la boda.
D. AMBROSIO: Mi norte descubro y veo.
¡Oh dulcísima Cristina!
CRISTINA: De alcorza debo de ser.
D. AMBROSIO: Tribunal do se ha de ver
lo que el Amor determina
en mi contra o mi provecho.
CRISTINA: ¡Extraña salutación!
D. AMBROSIO: La lengua da la razón
como la saca del pecho.
Pero vengamos al punto.
Mi esperanza, ¿cómo está?
¿Ha de morir? ¿Vivirá?
¿Contaréme por difunto?
¿Dificúltase la empresa?
¡Presto, que me vuelvo loco!
CRISTINA: Idos, señor, poco a poco,
que preguntáis muy apriesa.
D. AMBROSIO: Más apriesa me consume
el vivo incendio de amor.
CRISTINA: En sólo un punto el rigor
suyo se abrevia y resume,
y es que puedes ya contar
a Marcela por casada.
Ya no es suya: ya está dada
a quien la sabrá estimar.
D. AMBROSIO: No me digas el esposo,
que, sin duda, es don Antonio.
CRISTINA: Levantas un testimonio
que pasa de mentiroso.
¿Con su hermana?
D. AMBROSIO: ¡Ah Cristinica!
¿Qué es eso? ¿Cubierta y pala
con que una obra tan mala
se apoya y se fortifica?
CRISTINA: Que es con su primo.
D. AMBROSIO: ¿Qué es esto,
cielo siempre soberano?
¿Hoy primo el que ayer fue hermano?
¿Cámbiase un hombre tan presto?
CRISTINA: Digo que es un peregrino,
primo suyo y perulero,
de tan soberbio dinero,
que de las Indias nos vino.
De oro más de cien mil tejos
se sorbió el mar como un huevo,
deste peregrino nuevo,
que no está de ti muy lejos,
porque vesle allí dó asoma.
D. AMBROSIO: ¡Y que esto en el mundo pase!
CRISTINA: Puesto que antes que se case,
entiendo que ha de ir a Roma.
[Salen] CARDENIO, TORRENTE y MUÑOZ
D. AMBROSIO: Embustero y perulero,
atrevido e insolente,
¿por qué te haces pariente
de la vida por quien muero?
TORRENTE: Descornado se ha la flor;
perecemos.
MUÑOZ: Malo es esto;
la traza se ha descompuesto
al primer paso.
CARDENIO: Señor,
no te entiendo, ni imagino
por qué tan acelerado
la maldita has desatado
contra un noble peregrino.
MUÑOZ: Quien dijere que yo di
lista a nadie, mentirá
cuantas veces lo dirá.
No sino lléguense a mí,
que fabrico en ningún modo
castillos mal prevenidos.
TORRENTE: (Antes de ser convencidos, [Aparte]
éste lo ha de decir todo.
¡Oh levantadas quimeras
en el aire, cual yo dije!)
D. AMBROSIO: Por el Cielo que nos rige,
que si acaso perseveras
en el embuste que intentas,
primero que en algo aciertes,
ha de ser una y mil muertes
el remate de tus cuentas.
Vuélvete a tu Potosí,
deja lograr mi porfía.
CARDENIO: Aquéste ya desvaría.
TORRENTE: Así me parece a mí.
CRISTINA: Don Francisco y mi señor
son éstos. ¡Pies, a correr!
[Vase] CRISTINA. Salen Don FRANCISCO y Don
ANTONIO
D. FRANCISCO: Todo aqueso puede ser:
que a más obliga el rigor
de un celoso, si es honrado,
como el padre de Marcela.
D. AMBROSIO: Éste es el que urdió la tela
que tan cara me ha costado.
¿Qué rigor de estrella ha sido,
señor don Antonio, aquel
que de piadoso en crüel
contra mí os ha convertido?
¿Y qué peregrino es éste,
tan medido a vuestro intento,
que queréis que su contento
a mí la vida me cueste?
Mía es Marcela, si el cielo
quisiere y si vos queréis:
que en vuestra industria tenéis
de mi mal todo el consuelo.
No es desigual mi linaje
del suyo, y su padre creo
que deste igual himeneo
no ha de recebir ultraje.
Si él la escondió en vuestra casa
por quitármela delante,
ved, si acaso sois amante,
lo que el alma ausente pasa.
D. FRANCISCO: Éste habla de Marcela
Osorio, y no de tu hermana.
D. [ANTONIO]: La presumpción está llana,
gran mal mi alma recela.
Desta vana presumpción
y mal formados antojos
os han de dar vuestros ojos
la justa satisfación.
Veníos conmigo, y veréis
en el engaño en que estáis.
D. AMBROSIO: Si a Marcela me lleváis,
al cielo me llevaréis.
[Vase] Don ANTONIO, Don FRANCISCO y Don AMBROSIO. Quedan en
el teatro MUÑOZ, TORRENTE y CARDENIO
CARDENIO: ¡Ah Muñoz, con cuán pequeña
ocasión habéis temblado!
MUÑOZ: Temo de verme brumado,
y molido como alheña;
temo que mis trazas den,
mis embustes y quimeras,
con mi cuerpo en las galeras,
que no le estará muy bien.
TORRENTE: ¿Sin apretaros la cuerda
os descoséis? ¡Mala cosa!
MUÑOZ: La conciencia temerosa,
de los castigos se acuerda.
Pero desde aquí adelante
pienso ser mártir, y pienso
que paga a la culpa censo
con temor el más constante.
Pésame que fue la lista
de mi letra y de mi mano,
y este temor, que no es vano,
todas mis fuerzas conquista.
TORRENTE: Vamos a ver en qué para
el comenzado desastre.
MUÑOZ: Aquella bayeta y sastre
nunca el cielo lo depara.
[Vanse] todos. Salen MARCELA y DOROTEA
MARCELA: Este primo no me agrada,
dulce amiga Dorotea.
¡Plegue a Dios que por bien sea
su venida no esperada!
DOROTEA: Como le ves mal vestido,
no te parece galán.
MARCELA: Las galas no siempre dan
aire y brío, ni el vestido.
Desmayado me parece,
aunque atrevido tal vez.
DOROTEA: De su causa eres jüez.
MARCELA: Basta; poco me apetece.
DOROTEA: Parece que se ha templado
tu hermano en su pensamiento.
MARCELA: Todavía, a lo que siento,
anda un poco apasionado;
no se le cae de la boca
mi nombre, y aun todavía
descubre una fantasía
que en lascivos puntos toca;
mas yo no le doy lugar
de que esté a solas conmigo.
DOROTEA: Eso es lo que yo te digo,
y lo que has de procurar.
Aquí han de [salir] Don ANTONIO, Don FRANCISCO,
CARDENIO, TORRENTE y MUÑOZ
D. [ANTONIO]: Mirad, señor, destas dos,
cuál es la Marcela hermosa
que con fuerza poderosa
os tiene fuera de vos.
D. AMBROSIO: Ésta le parece en algo,
y no es ella; mas ya veo,
sin duda, que es devaneo,
y que de sentido salgo.
Téngame Amor de su mano,
y los cielos, si me ofenden.
MARCELA: ¿O me compran o me venden?
Decidme qué es esto, hermano.
D. AMBROSIO: No es otra cosa alguna,
sino que la belleza
incomparable y sola
de otra que tiene el proprio nombre vuestro,
su donaire, su gracia,
su honesta compostura,
su ingenio, su linaje,
se llevaron tras sí mis pensamientos.
Améla honestamente,
adoréla rendido,
solicitéla mudo,
aunque los ojos son parleros siempre.
Su padre, recatado,
por algún su desinio,
o por mi desventura,
llevóla, y no sé adónde.
D. [ANTONIO]: Ésta es mi historia.
D. AMBROSIO: No con más diligencia
la diosa de las mieses
buscó a su hija amada
hasta los escondrijos del infierno,
como yo la he buscado
por cuanto las sospechas
han podido llevarme,
pensativo, solícito y ansioso.
En esto, a mis oídos
el nombre de Marcela
llegó, y vuestra hermosura;
pero no el sobrenombre de Almendárez.
Creí que don Antonio,
vuestro querido hermano,
por o[r]den de su padre
de la Marcela Osorio, que yo busco,
en casa la tenía,
y, mal considerado,
y con los celos ciego,
hice los disparates que habéis visto.
La entretenida, part 6
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