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JIMENA: Elvira, ya no hay consuelo para mi pecho afligido. ELVIRA: Pues tú misma lo has querido ¿de quién te quejas? JIMENA: ¡Ay, cielo! ELVIRA: Para cumplir con tu honor por el decir de la gente, ¿no bastaba cuerdamente perseguir el matador de tu padre y de tu gusto, y no obligar con pregones a tan fuertes ocasiones de su muerte y tu disgusto? JIMENA: ¿Qué pude hacer? ¡Ay, cuitada! Vime amante y ofendida, delante del rey corrida, y de corrida, turbada; y ofrecióme un pensamiento para excusa de mi mengua; dije aquello con la lengua, y con el alma lo siento, y más con esta esperanza que este aragonés previene. ELVIRA: Don Martín González tiene ya en sus manos tu venganza. Y en el alma tu belleza con tan grande extremo arraiga, que no dudes que te traiga de Rodrigo la cabeza; que es hombre que tiene en poco todo un mundo, y no te asombres; que es espanto de los hombres, y de los niños el coco. JIMENA: ¡Y es la muerte para mí! No me le nombres, Elvira; a mis desventuras mira. ¡En triste punto nací! ¡Consuélame! ¿No podría vencer Rodrigo? ¿Valor no tiene? Mas es mayor mi desdicha, porque es mía; y ésta... ¡ay, cielos soberanos! ELVIRA; Tan afligida no estés. JIMENA: ...será grillos de sus pies, será esposa de sus manos; ella le atará en la lid donde le venza el contrario. ELVIRA: Si por fuerte y temerario el mundo le llama "el Cid", quizá vencerá su dicha a la desdicha mayor. JIMENA: ¡Gran prueba de su valor será el vencer mi desdicha!

Sale un PAJE

PAJE: Esta carta te han traído. Dice que es de don Martín González. JIMENA: Mi amargo fin podré yo decir que ha sido. ¡Vete! ¡Elvira, llega, llega!

Vase el PAJE

ELVIRA: La carta puedes leer. JIMENA: Bien dices, si puedo ver; que de turbada estoy ciega.

Lee la carta

"El luto deja, Jimena, ponte vestidos de bodas, si es que mi gloria acomodas donde quitaré tu pena. De Rodrigo la cabeza te promete mi valor, por ser esclavo y señor de tu gusto y tu belleza. Agora parto a vencer vengando al conde Lozano; espera alegre una mano que tan dichosa ha de ser. Don Martín." ¡Ay, Dios! ¿Qué siento? ELVIRA: ¿Dónde vas? ¿Hablar no puedes? JIMENA: ¡A lastimar las pareces de mi cerrado aposento, a gemir, a suspirar! ELVIRA: ¡Jesús! JIMENA: ¡Voy ciega, estoy muerta! Ven enséñame la puerta por donde tengo de entrar. ELVIRA: ¿Dónde vas? JIMENA: Sigo, y adoro las sombras de mi enemigo. ¡Soy desdichada! ¡Ay, Rodrigo, yo te mato, y yo te lloro!

Vanse. Salen el REY don Fernando, ARIAS Gonzalo, DIEGO Laínez y Per ANSURES

REY: De don Sancho la braveza, que, como sabéis, es tanta que casi casi se atreve al respeto de mis canas; viendo que por puntos crecen el desamor, la arrogancia, el desprecio, la espereza con que a sus hermanos trata; como, en fin, padre, entre todos me ha obligado a que reparta mis reinos y mis estados, dando a pedazos el alma. De esta piedad, ¿qué os parece? Decid, Diego. DIEGO: Que es extraña, y a toda razón de estado hace grande repugnancia. Si bien lo adviertes, señor, mal prevalece una casa cuyas fuerzas, repartidas, es tan cierto el quedar flacas. Y el príncipe, mi señor, si en lo que dices le agravias, pues le dio el cielo braveza, tendrá razón de mostralla. ANSURES: Señor, Alonso y García pues es una mesma estampa, pues de una materia misma los formó quien los ampara, si su hermano los persigue, si su hermano los maltrata, ¿qué será cuando suceda que a ser escuderos vayan de otros reyes a otros reinos? ¿Quedará Castilla honrada? ARIAS: Señor, también son tus hijas doña Elvira y doña Urraca, y no prometen buen fin mujeres desheredadas. DIEGO: ¿Y si el príncipe don Sancho, cuyas bravezas espantan, cuyos prodigios admiran, advirtiese que le agravias? ¿Qué señala, qué promete, sino incendios en España? Así que, si bien lo miras, la misma, la misma causa que a lo que dices te incita, te obliga a que no lo hagas. ARIAS: ¿Y es bien que su majestad, por temer esas desgracias, pierda sus hijos, que son pedazos de sus entrañas? DIEGO: Siempre el provecho común de la religión cristiana importó más que los hijos; demás que será sin falta, si mezclando disensiones unos a otros se matan, que los perderá también. ANSURES: Entre dilaciones largas eso es dudoso, esto cierto. REY: Podrá ser, si el brío amaina don Sancho con la igualdad, que se humane. DIEGO: No se humana su indomable corazón ni aun a las estrellas altas. Pero llámale, señor, y tu intención le declara, y así serás si en la suya tiene paso tu esperanza. REY: Bien dices. DIEGO: Ya viene allí.

Sale el PRÍNCIPE [don Sancho]

REY: Pienso que mi sangre os llama. Llegad, hijo; sentaos, hijo. PRÍNCIPE: Dame la mano. REY: Tomalda. Como el peso de los años, sobre la ligera carga del cetro y de la corona, más presto a los reyes cansa, para que se eche de ver lo que va en la edad cansada de los trabajos del cuerpo a los cuidados del alma, siendo la veloz carrera de la frágil vida humana un hoy en los poseído y en los esperado un mañana, yo, hijo, que de mi vida en la segunda jornada, triste el día y puesto el sol, con la noche me amenaza, quiero, hijo, por salir de un cuidado, cuyas ansias a mi muerte precipitan cuando mi vida se acaba, que oyáis de mi testamento bien repartidas las mandas, por saber si vuestro gusto asegura mi esperanza. PRÍNCIPE: ¿Testamento hacen los reyes? REY: (¡Qué con tiempo se declara!) Aparte No, hijo, de lo que heredan, mas pueden de lo que ganan. Vos heredáis, con Castilla, la Extremadura y Navarra, cuanto hay de Pisuerga a Ebro. SANCHO: Eso me sobra. REY: (¡En la cara Aparte se le ha visto el sentimiento!) PRÍNCIPE: (¡Fuego tengo en las entrañas!) Aparte REY: De don Alonso es León y Asturias, con cuanto abraza Tierra de Campos; y dejo a Galicia y a Vizcaya a don García. A mis hijas doña Elvira y doña Urraca doy a Toro y a Zamora, y que igualmente se partan el Infantado. Y con esto, si la del cielo os alcanza con la bendición que os doy, no podrá fuerzas humanas en vuestras fuerzas unidas, atropellar vuestras armas; que son muchas fuerzas juntas como un manojo de varas, que a rompellas no se atreve mano que no las abarca, más de por sí cada una cualquiera las despedaza. PRÍNCIPE: Si es ese ejemplo te fundas, señor, ¿es cosa acertada el dejallas divididas tú, que pudieras juntallas? ¿Por qué no juntas en mí todas las fuerzas de España? En quitarme lo que es mío, ¿no ves, padre, que me agravias? REY: Don Sancho, príncipe, hijo, mira mejor que te engañas. Yo sólo heredé a Castilla; de tu madre doña Sancha fue León, y lo demás de mi mano y de mi espada. Lo que yo gané, ¿no puedo repartir con manos francas entre mis hijos, en quien tengo repartida el alma? PRÍNCIPE: Y a no ser rey de Castilla, ¿con qué gentes conquistaras lo que repartes agora? ¿Con qué haberes, con qué armas? Luego, si Castilla es mía por derecho, cosa es clara que al caudal, y no a la mano, se atribuye la ganancia. Tú, señor, mil años vivas; pero si mueres... ¡mi espada juntará lo que me quitas, y hará una fuerza de tantas! REY: ¡Inobediente, rapaz, tu soberbia y tu arrogancia castigaré en un castillo! ANSURES: (¡Notable altivez!) Aparte ARIAS: (¡Extraña!) Aparte PRÍNCIPE: Mientras vives, todo es tuyo. REY: ¡Mis maldiciones te caigan si mis mandas no obedeces! PRÍNCIPE: No siendo justas, no alcanzan. REY: Estoy... DIEGO: Mira vuestra alteza lo que dice; que más calla quien más siente. PRÍNCIPE: Callo agora.

Al REY

DIEGO: En esta experiencia clara verás mi razón, señor. REY: ¡El corazón se me abrasa!

Sale JIMENA vestida de gala

DIEGO: ¿Qué novedades son éstas? ¿Jimena con oro y galas? REY: ¿Cómo sin luto Jimena? ¿Qué ha sucedido? ¿Qué pasa?

JIMENA: (¡Muerto traigo el corazón! Aparte ¡Cielo! ¿Si podré fingir?) Acabé de recibir esta carta de Aragón; y como me da esperanza de que tendré buena suerte, el luto que di a la muerte me le quito a la venganza. DIEGO: Luego... ¿Rodrigo es vencido? JIMENA: Y muerto lo espero ya. DIEGO: ¡Ay, hijo!... REY: Presto vendrá certeza de lo que ha sido. JIMENA: (Ésa he querido saber, Aparte y aqueste achaque he tomado.)

A DIEGO Laínez

REY: Sosegaos. DIEGO: ¡Soy desdichado!

A JIMENA

Crüel eres. JIMENA: Soy mujer. DIEGO: Agora estarás contenta, si que murió mi Rodrigo. JIMENA: (Si yo la venganza sigo, Aparte corre el alma la tormenta.)

Sale un CRIADO

REY: ¿Qué nuevas hay? CRIADO: Que ha llegado de Aragón un caballero. DIEGO: ¿Venció don Martín? ¡Yo muero! CRIADO: Debió de ser... DIEGO: ¡Ay, cuitado! CRIADO: Que éste trae la cabeza de Rodrigo, y quiere dalla a Jimena. JIMENA: (¡De tomalla Aparte me acabará la tristeza!) PRÍNCIPE: ¡No quedará en Aragón una almena, vive el cielo! JIMENA: (¡Ay, Rodrigo! ¡Este consuelo Aparte me queda en esta aflicción!)

¡Rey Fernando! ¡Caballeros! Oíd mi desdicha inmensa, pues no me queda en el alma más sufrimiento y más fuerza. ¡A voces quiero decillo, que quiero que el mundo entienda cuánto me cuesta el ser noble, y cuánto el honor me cuesta! De Rodrigo de Vivar adoré siempre las prendas y por cumplir con las leyes --¡que nunca el mundo tuviera!-- procuré la muerte suya, tan a costa de mis penas, que agora la misma espada que ha cortado su cabeza cortó el hilo de mi vida.

Sale doña URRACA

URRACA: Como he sabido tu pena he venido. (¡Y como mía Aparte hartas lágrimas me cuesta!) JIMENA: Mas, pues soy tan desdichada, tu majestad no consienta que ese don Martín González esa mano injusta y fiera quiera dármela de esposo; conténtese con mi hacienda. Que mi persona, señor, si no es que el cielo la lleva, llevaréla a un monasterio. REY: Consolaos, alzad, Jimena.

Sale RODRIGO

DIEGO: ¡Hijo! ¡Rodrigo! JIMENA: ¡Ay, de mí! ¿Si son soñadas quimeras? PRÍNCIPE: ¡Rodrigo! RODRIGO: Tu majestad me dé los pies, y tu alteza. URRACA: (Vivo le quiero, aunque ingrato.) Aparte REY: De tan mentirosas nuevas, ¿dónde está quien fue el autor? RODRIGO: Antes fueron verdaderas. Que si bien lo adviertes, yo no mandé decir en ellas sino sólo que venía a presentalle a Jimena la cabeza de Rodrigo en tu estrado, en tu presencia, de Aragón un caballero; y esto es, señor, cosa cierta, pues yo vengo de Aragón, y no vengo sin cabeza, y la de Martín González está en mi lanza allí fuera; y ésta le presento agora en sus manos a Jimena. Y pues ella en sus pregones no dijo viva ni muerta, ni cortada, pues le doy de Rodrigo la cabeza, ya me debe el ser mi esposa; mas si su rigor me niega este premio, con mi espada puede cortalla ella mesma. REY: Rodrigo tiene razón; yo pronuncio la sentencia en su favor. JIMENA: (¡Ay, de mí! Aparte Impídeme la vergüenza.) PRÍNCIPE: ¡Jimena, hacedlo por mí! ARIAS: ¡Esas dudas no os detengan! ANSURES: Muy bien os está, sobrina. JIMENA: Haré lo que el cielo ordena. RODRIGO: ¡Dicha grande! ¡Soy tu esposo! JIMENA: ¡Y yo tuya! DIEGO: ¡Suerte inmensa! URRACA: (¡Ya del corazón te arrojo, Aparte ingrato!) REY: Esta noche mesma vamos, y os desposará el obispo de Placencia. PRÍNCIPE: Y yo he de ser el padrino. RODRIGO: Y acaben de esta manera las mocedades del Cid, y las bodas de Jimena.

FIN DE LA COMEDIA

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Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham