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GAFO: ¿No hay un cristiano, un amigo de Dios? RODRIGO: ¿Qué vuelvo a escuchar? GAFO: ¡No con sólo pelear se gana el cielo, Rodrigo! RODRIGO: Llegad; de aquel tremedal salió la voz. GAFO: ¡Un hermano en Cristo, déme la mano, saldré de aquí. PASTOR: ¡No haré tal! Que está gafa y asquerosa. SOLDADO 1: No me atrevo. GAFO: ¡Oíd un poco, por Cristo! SOLDADO 2: Ni yo tampoco. RODRIGO: Yo sí, que es obra piadosa,

Sácale de las manos

y aun te besaré la mano. GAFO: Todo es menester, Rodrigo; matar allá al enemigo, y valer aquí al hermano. RODRIGO: Es para mí gran consuelo esta cristiana piedad. GAFO: Las obras de caridad son escalones del cielo. Y en un caballero son tan propias, y tan lucidas, que deben ser admitidas por precisa obligación. Por ellas un caballero subirá de grada en grada, cubierto en lanza y espada con oro el luciente acero; y con plumas, si es que acierta la ligereza del vuelo, no haya miedo que en el cielo halle cerrada la puerta. ¡Ah, buen Rodrigo! RODRIGO: Buen hombre, ¿qué Ángel...llega, tente, toca, ...habla por tu enferma boca? ¿Cómo me sabes el nombre? GAFO: Oíte nombrar viniendo agora por el camino. RODRIGO: Algún misterio imagino en lo que te estoy oyendo. ¿Qué desdicha en tal lugar te puso? GAFO: ¡Dicha sería! Por el camino venía, desviéme a descansar, y como casi mortal torcí el paso, erré el sendero, por aquel derrumbadero caí en aquel tremedal, donde ha dos días cabales que no como. RODRIGO: ¡Que extrañeza! Sabe Dios con qué terneza contemplo aflicciones tales. A mí, ¿qué me debe Dios más que a ti? Y porque es servido, lo que es suyo ha repartido desigualmente en los dos. Pues no tengo más virtud, tan de hueso y carne soy, y gracias al cielo, estoy con hacienda y con salud, con igualdad nos podía tratar; y así, es justo darte de los que quitó en tu parte para añadir en la mía. Esas carnes laceradas

Cúbrele con un gabán

cubrid con ese gabán. ¿Las acémilas vendrán tan presto? PASTOR: Vienen pesadas. RODRIGO: Pues de eso podéis traer que a los arzones venía. PASTAR: Gana de comer tenía, mas ya no podré comer, porque esa lepra de modo me ha el estómago revuelto... SOLDADO 1: Yo también estoy resuelto de no comer. SOLDADO 2: Y yo, y todo. Un plato viene no más que por desdicha aquí está. RODRIGO: Ése solo bastará. SOLDADO 2: Tú, señor, comer podrás en el suelo. RODRIGO: No, que a Dios no le quiero ser ingrato.

Al GAFO

Llegad, comed, que en un plato hemos de comer los dos.

Siéntanse los dos y comen

SOLDADO 1: ¡Asco tengo! SOLDADO 2: Vomitar querría! PASTOR: ¿Vello podéis? RODRIGO: Ya entiendo el mal que tenéis, allá os podéis apartar. Solos aquí nos dejad si es que el asco os alborota. PASTOR: ¡El dejaros con la bota me pesa, Dios es verdad!

Vanse el PASTOR y los SOLDADOS

GAFO: ¡Dios os lo pague! RODRIGO: Comed. GAFO: ¡Bastantemente he comido, gloria a Dios! RODRIGO: Bien poco ha sido. Bebed, hermano, bebed. Descansá. GAFO: El divino Dueño de todo, siempre pagó. RODRIGO: Dormid un poco, que yo quiero guardaros el sueño. Aquí estaré a vuestro lado. Pero... yo me duermo...¿hay tal? No parece natural este sueño que me ha dado. A Dios me encomiendo, y sigo en todo... su voluntad...

Duérmese

GAFO: ¡Oh, gran valor! ¡Gran bondad! ¡Oh, gran Cid! ¡Oh gran Rodrigo! ¡Oh, gran capitán cristiano! Dicha es tuya, y suerte es mía, pues todo el cielo te envía la bendición por mi mano, y el mismo Espíritu Santo este aliento por mi boca.

El GAFO aliéntale por las espaldas, y desaparécese; y el Cid váyase despertando a espacio, porque tenga tiempo de vestirse el GAFO de San Lázaro

RODRIGO: ¿Quién me enciende? ¿Quién me toca? ¡Jesús! ¡Cielo, cielo santo! ¿Qué es del pobre? ¿Qué se ha hecho? ¿Qué fuego lento me abrasa, que como rayo me pasa de las espaldas al pecho? ¿Quién sería? El pensamiento lo adivina, y Dios lo sabe. ¡Qué olor tan dulce y süave dejó su divino aliento! Aquí se dejó el gabán, seguiréle sus pisadas... ¡Válgame Dios! Señaladas hasta en las peñas están. Seguir quiero sin recelo sus pasos...

Sale arriba con una tunicela blanca el GAFO que es San Lázaro

GAFO: ¡Vuelve, Rodrigo! RODRIGO: ...que yo sé que si los sigo me llevarán hasta el cielo. Agora siento que pasa con más fuerza y más vigor aquel vaho, aquel calor que me consuela y me abrasa. GAFO: ¡San Lázaro soy, Rodrigo! Yo fui el pobre a quien honraste; y tanto a Dios agradaste con lo que hiciste conmigo, que serás un imposible en nuestros siglos famoso, un capitán milagroso, un vencedor invencible; y tanto, que sólo a ti los humanos te han de ver después de muerto vencer. Y en prueba de que es así en sintiendo aquel vapor, aquel soberano aliento que por la espalda violento te pasa al pecho el calor, emprende cualquier hazaña, solicita cualquier gloria, pues te ofrece la victoria el santo patrón de España. Y ve, pues tan cerca estás, que tu rey te ha menester.

Desparécese

RODRIGO: Alas quisiera tener y seguirte donde vas. Mas, pues el cielo, volando, sus nubes te encierra, lo que pisaste en la tierra iré siguiendo y besando.

Vase. Salen el REY don Fernando, DIEGO Laínez, ARIAS Gonzalo y Per ANSURES

REY: Tanto de vosotros fío, parientes... ARIAS: ¡Honrarnos quieres! REY: ...que a vuestros tres pareceres quiero remitir el mío. Y así, dudoso y perplejo, la respuesta he dilatado, porque de un largo cuidado nace un maduro consejo. Propóneme el de Aragón, que es un grande inconveniente el juntarse tanta gente por tan leve pretensión, y cosa por inhumana, que nuestras hazañas borra, el comprar a Calahorra con tanta sangre cristiana; y que así, de esta jornada la justicia y el derecho se remita a solo un pecho una lanza y una espada, que peleará por él contra el que fuere por mí, para que se acabe así guerra, aunque justa, crüel. Y sea del vencedor Calahorra, y todo, en fin, lo remite a don Martín González, su embajador. DIEGO: No hay negar que es cristiandad bien fundada y bien medida excusar con una vida tantas muertes. ANSURES: Es verdad. Mas tiene el Aragonés al que ves, su embajador, por manos de su valor y por basa de sus pies. Es don Martín un gigante en fuerzas y en proporción, un Rodamonte, un Milón, un Alcides, un Atlante. Y así, apoya sus cuidados en él solo, habiendo sido quizá no estar prevenido de dineros y soldados. Y así, harás mal si aventuras remitiendo esta jornada a una lanza y a una espada, lo que en tantas te aseguras, y viendo en brazo tan fiero el acerada cuchilla... ARIAS: ¿Y no hay espada en Castilla que sea también de acero? DIEGO: ¿Faltará acá un castellano, si hay allá un aragonés, para basa de tus pies, para valor de tu mano? ¿Ha de faltar un Atlante que apoye tu pretensión, un árbol a ese Milón, y un David a ese gigante? REY: Días ha que en mi corona miran mi respuesta en duda, y no hay un hombre que acuda a ofrecerme su persona. ANSURES: Temen el valor profundo de este hombre, y no es maravilla que atemorice a Castilla un hombre que asombra el mundo. DIEGO: ¡Ah, Castilla! ¿A qué has llegado? ARIAS: Con espadas y consejos no han de faltarte los viejos, pues los mozos te han faltado. Yo saldré, y, rey, no te espante el fïar de mí este hecho; que cualquier honrado pecho tiene el corazón gigante. REY: ¡Arias Gonzalo!... ARIAS: Señor, de mí te sirve y confía, que aún no es mi sangre tan fría, que no hierva en mí valor. REY: Yo estimo esa voluntad al peso de mi corona; pero ¡alzad! Vuestra persona no ha de aventurarse. ¡Alzad! No digo por una villa, mas por todo el interés del mundo. ARIAS: Señor, ¿no ves que pierde opinión Castilla? REY: No pierde; que a cargo mío, que le di tanta opinión, queda su heroico blasón que de mis gentes confío. Y ganará el interés no sólo de Calahorra, mas pienso hacelle que corra todo el reino aragonés. Haced que entre don Martín.

Vase un CRIADO y sale otro [CRIADO]

CRIADO: Rodrigo viene. REY: ¡A buena hora! ¡Entre! DIEGO: ¡Ay, cielo! REY: En todo agora espero dichoso fin.

Salen por una puerta don MARTÍN González y por otra RODRIGO

MARTÍN: Rey poderoso en Castilla... RODRIGO: Rey, en todo el mundo, magno... MARTÍN: ¡Guárdete el cielo! RODRIGO: Tu mano honre al que a tus pies se humilla. REY: Cubríos, don Martín. Mío Cid, levantaos. Embajador sentaos. MARTÍN: Así estoy mejor. REY: Así os escucho. Decid. MARTÍN: Sólo suplicarte quiero... RODRIGO: (¡Notable arrogancia es ésta!) Aparte MARTÍN: ...que me des una respuesta, que ha dos meses que la espero. ¿Tienes algún castellano, a quien tu justicia des, que espere un aragonés cuerpo a cuerpo y mano a mano? Pronuncie una espada el fallo, dé una victoria la ley; gane Calahorra el rey que tenga mejor vasallo. Deje Aragón y Castilla de verter sangre española, pues basta una gota sola para el precio de una villa. REY: En Castilla hay tantos buenos, que puedo en su confïanza mi justicia y me esperanza fïarle al que vale menos. Y a cualquier señalaría de todos, si no pensase que si a uno señalase, los demás ofendería. Y así, para no escoger, ofendiendo tanta gente, mi justicia solamente fïaré de mi poder. Arbolaré mis banderas con divisas diferentes; cubriré el suelo de gentes naturales y extranjeros; marcharán mis capitanes con ellas; verá Aragón la fuerza de mi razón escrita en mis tafetanes. Esto haré; y lo que le toca hará tu rey contra mí. MARTÍN: Esa respuesta le di, antes de oílla en tu boca; porque teniendo esta mano por suya el aragonés, no era justo que a mis pies se atreviera un castellano. RODRIGO: (¡Reviento!) Aparte Con tu licencia quiero responder, señor; que ya es falta del valor sobrar tanto la paciencia. Don Martín, los castellanos, con los pies a vencer hechos, suelen romper muchos pechos, atropellar muchas manos, y sujetar muchos cuellos; y por mí su majestad te hará ver esta verdad en favor de todos ellos. MARTÍN: El que está en aquella silla tiene prudencia y valor; no querrá... RODRIGO: ¡Vuelve señor, por la opinión de Castilla! Esto el mundo ha de saber, eso el cielo ha de mirar; sabes que sé pelear y sabes que sé vencer. Pues, ¿cómo, rey, es razón que por no perder Castilla el interés de una villa pierda un mundo de opinión? ¿Qué dirán, rey soberano, el alemán y el francés, que contra un aragonés no has tenido un castellano? Si es que dudas en el fin de esta empresa, a que me obligo, ¡salga al campo don Rodrigo aunque venza don Martín! Pues es tan cierto y sabido cuánto peor viene a ser el no salir a vencer, que saliendo, el ser vencido. REY: Levanta, pues me levantas el ánimo. En ti confío, Rodrigo; el imperio mío es tuyo. RODRIGO: Beso tus plantas. REY: ¡Buen Cid! RODRIGO: ¡El cielo te guarde! REY: Sal en mi nombre a esta lid. MARTÍN: ¿Tú eres a quien llama Cid algún morillo cobarde? RODRIGO: Delante mi rey estoy, mas yo te daré en campaña la respuesta. MARTÍN: ¿Quién te engaña? ¿Tú eres Rodrigo? RODRIGO: Yo soy. MARTÍN: ¿Tú a campaña? RODRIGO: ¿No soy hombre? MARTÍN: ¿Conmigo? RODRIGO: ¡Arrogante estás! Sí, y allí conocerás mis obras como mi nombre. MARTÍN: Pues, ¿tú te atreves, Rodrigo, no tan sólo a no temblar de mí, pero a pelear, y cuando menos, conmigo? ¿Piensas mostrar tus poderes, no contra arneses y escudos, sino entre pechos desnudos, con hombre medio mujeres, con los moros, en quien son los alfanges de oropel, las adargas de papel, y los brazos de algodón? ¿No adviertes que quedarás sin el alma que te anima, si dejo caerte encima una manopla no más? ¡Ve allá, y vence a tus morillos, y huye aquí de mis rigores! RODRIGO: ¡Nunca perros ladradores tienen valientes colmillos! Y así, sin tanto ladrar, sólo quiero responder que, animoso por vencer, saldré al campo a pelear; y fundado en la razón que tiene su majestad, pondré yo la voluntad, y el cielo la permisión. MARTÍN: ¡Ea! Pues quieres morir, con matarte, pues es justo, a dos cosas de mi gusto con una quiero acudir. ¿Al que diere la cabeza de Rodrigo, la hermosura de Jimena no asegura en un pregón vuestra alteza? REY: Sí, aseguro. MARTÍN: Y yo soy quien me ofrezco dicha tan buena; porque, ¡por Dios, que Jimena me ha parecido muy bien! Su cabeza por los cielos, y a mí en sus manos, verás. RODRIGO: (Agora me ofende más Aparte porque me abrasa con celos.) MARTÍN: Es pues, rey, la conclusión, en breve, por no cansarte, que donde el término parte Castilla con Aragón será el campo, y señalados jueces, los dos saldremos, y por seguro traeremos cada quinientos soldados. ¿Así quede? REY: ¡Quede así! RODRIGO: Y allí verás en tu mengua cuán diferente es la lengua que la espada. MARTÍN: Ve, que allí daré yo, aunque te socorra de tu arnés la mejor pieza, a Jimena tu cabeza y a mi rey a Calahorra.

Al REY

RODRIGO: Al momento determino partir con tu bendición. MARTÍN: Como si fuera un halcón volaré por el camino. REY: ¡Ve a vencer! DIEGO: ¡Dios soberano te dé la victoria y palma, como te doy con el alma la bendición de la mano! ARIAS: ¡Gran castellano tenemos en ti! MARTÍN: Yo voy. RODRIGO: Yo te sigo. MARTÍN: ¡Allá me verás, Rodrigo! RODRIGO: ¡Martín, allá nos veremos!

Vanse. Salen JIMENA y ELVIRA

Las mocedades del Cid part 9

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Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham