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DIEGO: No la ovejuela su pastor perdido, ni el león que sus hijos le has quitado, baló quejosa, ni bramó ofendido, como yo por Rodrigo... ¡Ay hijo amado! Voy abrazando sombras descompuesto entre la oscura noche que ha cerrado... Dile la seña y señaléle el puesto donde acudiese en sucediendo el caso. ¿Si me habrá sido inobediente en esto? ¡Pero no puede ser! ¡Mil penas paso! Algún inconveniente le habrá hecho, mudando la opinión, torcer el paso... ¡Qué helada sangre me revienta el pecho! ¿Si es muerto, herido o preso? ¡Ay cielo santo! ¡Y cuántas cosas de pesar sospecho! ¿Qué siento? ¿Es él? Mas no merezco tanto; será que corresponden a mis males los ecos de mi voz y de mi llanto. Pero, entre aquellos secos pedregales vuelvo a oír el galope de un caballo. De él se apea Rodrigo. ¿Hay dichas tales?
Sale RODRIGO
¿Hijo? RODRIGO: ¿Padre? DIEGO: ¿Es posible que me hallo entre tus brazos? Hijo, aliento tomo para en tu alabanzas empleallo. ¿Cómo tardastes tanto? Pies de plomo te puso mi deseo, y pues viniste, no he de cansarte preguntando el cómo. ¡Bravamente probaste! ¡Bien lo hiciste! ¡Bien mis pasados bríos imitaste! ¡Bien me pagaste el ser que me debiste! Toca las blancas canas que me honraste, llega la tierna boca a la mejilla donde la mancha de mi honor quitaste. Soberbia el alma a tu valor se humilla, como conservador de la nobleza que han honrado tantos reyes en Castilla. RODRIGO: Dame la mano, y alza la cabeza, a quien, como la causa, se atribuya si hay en mí algún valor y fortaleza. DIEGO: Con más razón besara yo la tuya, pues si yo te di el ser naturalmente, tú me le has vuelto a pura fuerza suya. Mas será no acabar eternamente si no doy a esta plática desvíos. Hijo, ya tengo prevenida gente; con quinientos hidalgos, deudos míos, que cada cual tu gusto solicita. Sal en campaña a ejercitar tus bríos. Ve, pues la causa y la razón te incita, donde está esperando en sus caballos, que el menos bueno a los del sol imita. Buena ocasión tendrás para empleallos, pues moros fronterizos arrogantes, al rey le quitan tierras y vasallos; que ayer, con melancólicos semblantes, el Consejo de Guerra, y el de Estado, lo supo por espías vigilantes. Las fértiles campañas han talado de Burgos; y pasando Montes de Oca, de Nájera, Logroño y Vilforado, con suerte mucha, y con vergüenza poca, se llevan tanta gente aprisionada, que ofende al gusto, y el valor provoca. Sal les al paso, emprende esta jornada, y dando brío al corazón valiente, pruebe la lanza quien probó la espada, y el rey, sus grandes, la plebeya gente, no dirán que la mano te ha servido para vengar agravios solamente. Sirve en la guerra al rey; que siempre ha sido digna satisfacción de un caballero servir al rey a quien dejó ofendido. RODRIGO: ¡Dadme la bendición! DIEGO: Hacello quiero. RODRIGO: Para esperar de mi obediencia palma, tu mano beso, y a tus pies la espero. DIEGO: Tómala con la mano y con el alma.
Vanse. Sale la infanta doña URRACA, asomada a un ventana
URRACA: ¡Qué bien el campo y el monte le parece a quien lo mira hurtando el gusto al cuidado, y dando el alma a la vista! En los llanos y en la cumbres ¡qué a concierto se divisan aquí los pimpollos verdes, y allí las pardas encinas! Si acullá brama el león, aquí la mansa avecilla parece que su braveza con sus cantares mitiga. Despeñándose el arroyo, señala que como estiman sus aguas la tierra blanda, huyen de las peñas vivas. Bien merecen estas cosas tan bellas, y tan distintas, que se imite a quien las goza, y se alabe a quien las cría. ¡Bienaventurado aquél que por sendas escondidas en los campos se entretiene, y en los montes se retira! Con tan buen gusto la reina mi madre, no es maravilla si en esta casa de campo todos sus males alivia. Salió de la corte huyendo de entre la confusa grita, donde unos toman venganza, cuando otros piden justicia... ¿Qué se habrá hecho Rodrigo? Que con mi presta venida no he podido saber de él si está en salvo, o si peligra. No sé qué tengo, que el alma con cierta melancolía me desvela en su cuidado... Mas ¡ay!, estoy divertida. Una tropa de caballos dan polvo al viento que imitan, todos a punto de guerra... ¡Jesús, y qué hermosa vista! Saber la ocasión deseo, la curiosidad me incita... ¡Ah, caballeros! ¡Ah, hidalgos! Ya se paran y ya miran. ¡Ah, capitán, el que lleva banda y plumas amarillas! Ya de los otros se aparta, la lanza a un árbol arrima. Ya se apea del caballo, ya de su lealtad confía, ya el cimiento de esta torre, que es todo de peña viva, trepa con ligeros pies, ya los miradores mira. Aún no me ha visto. ¿Qué veo? Ya le conozco. ¿Hay tal dicha?
Sale RODRIGO
RODRIGO: La voz de la infanta era... Ya casi las tres esquinas de la torre he rodeado. URRACA: ¿Ah, Rodrigo? RODRIGO: Otra vez grita... Por respetar a la reina, no respondo, y ella misma me hizo dejar el caballo. Mas... ¡Jesús! ¡Señora mía! URRACA: ¡Dios te guarde! ¿Dónde vas? RODRIGO: Donde mis hados me guían, dichosos, pues me guiaron a merecer esta dicha. URRACA: ¿Ésta es dicha? No, Rodrigo; la que pierdes lo sería. Bien me lo dice por señas la sobrevista amarilla. RODRIGO: Quien con esperanzas vive, desesperado camina. URRACA: Luego, no la has perdido. RODRIGO: A tu servicio me animan. URRACA: ¿Saliste de la ocasión sin peligro, y sin heridas? RODRIGO: Siendo tú mi defensora advierte cómo saldría. URRACA: ¿Dónde vas? RODRIGO: A vencer moros, y así la gracia perdida cobrar de tu padre el rey. URRACA: ¡Qué notable gallardía! ¿Quién te acompaña? RODRIGO: Esta gente me ofrece quinientas vidas, en cuyos hidalgos pechos hierve también sangre mía. URRACA: Galán vienes, bravo vas, mucho vales, mucho obligas; bien me parece, Rodrigo, tu gala y tu valentía. RODRIGO: Estimo con toda el alma merced que fuera divina, mas mi humildad en tu alteza mis esperanzas marchita. URRACA: No es imposible, Rodrigo, el igualarse las dichas en desiguales estados, si es la nobleza una misma. ¡Dios te vuelva vencedor, que después... RODRIGO: ¡Mil años vivas! URRACA: (¿Qué he dicho?) Aparte RODRIGO: Tu bendición mis victorias facilita. URRACA: ¿Mi bendición? ¡Ay Rodrigo, si las bendiciones mías te alcanzan, serás dichoso! RODRIGO: Con no más de recibillas lo seré, divina infanta. URRACA: Mi voluntad es divina. Dios te guíe, Dios te guarde, como te esfuerza y te anima, y en número tus victorias con las estrellas compitan. Por la redondez del mundo, después de ser infinitas con las plumas de la fama y el mismo sol las escriba. Y ve agora confïado que te valdré con la vida. Fía de mí estas promesas quien plumas al viento fía. RODRIGO: La tierra que ves adoro, pues no puedo la que pisas; y la eternidad del tiempo alargue a siglos tus días. Oiga el mundo tu alabanza en las bocas de la envidia, y más que merecimientos te dé la Fortuna dichas. Y yo me parto en tu nombre, por quien venzo mis desdichas, a vencer tantas batallas como tú me pronosticas. URRACA: ¡De este cuidado te acuerda! RODRIGO: Lo divino no se olvida. URRACA: ¡Dios te guíe! RODRIGO: ¡Dios te guarde! URRACA: Ve animoso. RODRIGO: Tú me animas. ¡Toda la tierra te alabe! URRACA: ¡Todo el cielo te bendiga!
Vanse. Gritan de adentro los MOROS, y sale huyendo un PASTOR
MOROS: ¡Li, li, li, li!... PASTOR: ¡Jesús mío, qué de miedo me acompaña! Moros cubren la campaña... Mas de sus fieros me río, de su lanza y de su espada, como suba y me remonte en la cumbre de aquel monte todo de peña tajada.
Sale un REY MORO y cuatro MOROS con él, y el PASTOR éntrase huyendo
REY MORO: Atad bien esos cristianos. Con más concierto que priesa id marchando. MORO 1: ¡Brava presa! REY MORO: Es hazaña de mis manos. Con asombro y maravilla, pues en su valor me fundo, sepa mi poder el mundo, pierda su opinión Castilla. ¿Para qué te llaman magno, rey Fernando, en paz y en guerra, pues yo destruyo tu tierra sin oponerte a mi mano? Al que grande te llamó, ¡vive el cielo, que le coma, porque, después de Mahoma, ninguno mayor que yo!
Sale el PASTOR sobre la peña
PASTOR: Si es mayor el que es más alto, yo lo soy entre estos cerros. ¿Qué apostaremos--¡ay, perros!-- que no me alcanzáis de un salto? MORO 2: ¿Qué te alcanza una saeta? PASTOR: Si no me escondo, sí hará. ¡Morillos, volvé, esperá, que el cristiano os acometa! MORO 3: Oye, señor ¡por Mahoma!, que cristianos... REY MORO: ¿Qué os espanta? MORO 4: ¡Allí polvo se levanta! MORO 1: ¡Y allí un estandarte asoma! MORO 2: Caballos deben de ser. REY MORO: Logren, pues, mis esperanzas. MORO 3: Ya se parecen las lanzas. REY MORO: ¡Ea, morir o vencer!
Toque dentro una trompeta
MORO 2: Ya la bastarda trompeta toca al arma.
Dicen dentro a voces
VOZ: ¡Santïago! REY MORO: ¡Mahoma! Haced lo que hago.
Otra voz dentro
VOZ: ¡Cierra España! REY MORO: ¡Oh, gran profeta!
Vanse y suena la trompeta y cajas de guerra, y ruido de golpes dentro
PASTOR: ¡Bueno! Mire lo que va de Santïago a Mahoma... ¡Qué bravo herir! Puto, toma para peras. ¡Bueno va! ¡Voto a San! Braveza es lo que hacen los cristianos; ellos matan con las manos, sus caballos con los pies. ¡Qué lanzadas! ¡Pardiez, toros menos bravos que ellos son! ¡Así calo yo un melón como despachurran moros! El que como cresta el gallo trae un penacho amarillo, ¡oh lo que hace! Por decillo al cura, quiero mirallo. ¡Pardiós! No tantas hormigas mato yo en una patada ni siego en una manada tantos manojos de espigas, como él derriba cabezas... ¡Oh, hideputa! Es de modo que va salpicado todo de sangre moro... ¡Bravezas hace! ¡Voto al soto! Ya huyen los moros. ¡Ah, galgos! ¡Ea, cristianos hidalgos, seguildos! ¡Matá, matá! Entre las peñas se meten donde no sirven caballos... Ya se apean... alcanzallos quieren... de nuevo acometen...
Salen RODRIGO y el REY MORO, cada uno con los suyos acuchillándose
Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham