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RODRIGO:          Hermanos, mucho me honráis.
BERMUDO:       A nuestro hermano mayor
               servimos.
RODRIGO:                 Todo el amor
               que me debéis, me pagáis.
HERNÁN:           Con todo habemos quedado.                      
               Que es bien que lo confesamos,
               envidiando los extremos
               con que del rey fuiste honrado.
RODRIGO:          Tiempo, tiempo vendrá, hermanos,
               en que el rey, placiendo a Dios,                  
               pueda emplear en los dos
               sus dos liberales manos,
                  y os dé con los mismos modos
               el honor que merecí;
               que el rey que me honra a mí,              
               honra tiene para todos.
                  Id colgando con respeto
               sus armas, que mías son;
               a cuyo heroico blasón
               otra vez juro y prometo                           
                  de no ceñirme su espada,
               que colgada aquí estará
               de mi mano, y está ya
               de mi esperanza colgada,
                  hasta que llegue a vencer                      
               cinco batallas campales.
BERMUDO:       ¿Y cuándo, Rodrigo, sales
               al campo?
RODRIGO:                 A tiempo ha de ser.

Sale DIEGO Laínez con el báculo partido en dos partes

DIEGO: ¿Agora cuelgas la espada, Rodrigo? HERNÁN: ¡Padre! BERMUDO: ¡Señor! RODRIGO: ¿Qué tienes? DIEGO: (No tengo honor.) Aparte ¡Hijos! RODRIGO: ¡Dile! DIEGO: Nada, nada... ¡Dejadme solo! RODRIGO: ¿Qué ha sido? (De honra son estos enojos Aparte Vertiendo sangre de los ojos con el báculo partido...) DIEGO: ¡Salíos fuera! RODRIGO: Si me das licencia, tomar quisiera otra espada. DIEGO: ¡Esperad fuera! ¡Salte, salte como estás! HERNÁN: ¡Padre! BERMUDO: ¡Padre! DIEGO: (¡Más se aumenta Aparte mi desdicha!) RODRIGO: ¡Padre amado! DIEGO: (Con una afrenta os he dado Aparte a cada uno una afrenta.) ¡Dejadme solo...! BERMUDO: Crüel es su pena. HERNÁN: Yo la siento. DIEGO: (¡Que se caerá este aposento Aparte si hay cuatro afrentas en él!) ¿No os vais? RODRIGO: Perdona... DIEGO: (¡Qué poca Aparte es mi suerte!) RODRIGO: (¿Qué sospecho? Aparte Pues ya el honor en mi pecho toca a fuego, al arma toca.)

Vanse los tres

DIEGO: ¡Cielos! ¡Peno, muero, rabio!... No más, báculo rompido, pues sustentar no ha podido sino al honor, al agravio. Mas nos os culpo, como sabio. Mal he dicho, perdonad. Que es ligera autoridad la vuestra, y sólo sustenta no la carga de una afrenta, sino el peso de una edad. Antes con mucha razón es vengo a estar obligado, pues dos palos me habéis dado con que vengue un bofetón. Mas es liviana opinión que mi honor fundarse quiera sobre cosa tan ligera. Tomando esta espada, quiero llevar báculo de acero y no espada de madera.

Ha de haber unas armas colgadas en el tablado y algunas espadas

Si no me engaño, valor tengo que mi agravio siente. ¡En ti, en ti, espada valiente, ha de fundarse mi honor! De Mudarra el vengador eres; tu acero afamado desde el uno al otro polo; pues vengaron tus heridas la muerte de siete vidas, ¡venga en mí un agravio solo! ¿Esto es blandir o temblar? Pulso tengo todavía; aún hierve mi sangre fría, que tiene fuego el pesar. Bien me puedo aventurar; mas, ¡ay cielo!, engaño es, que cualquier tajo o revés me lleva tras sí la espada, bien en mi mano apretada y mal segura en mis pies. Ya me parece de plomo, ya mi fuerza desfallece, ya caigo, ya me parece que tiene a la punta el pomo. Pues, ¿qué he de hacer? ¿Cómo, cómo con qué, con qué confïanza daré paso a mi esperanza, cuando funda el pensamiento sobre tan flaco cimiento tan importante venganza? ¡Oh, caduca edad cansada! Estoy por pasarme el pecho. ¡Ah, tiempo ingrato! ¿Qué has hecho? ¡Perdonad, valiente espada! ¡Y estad desnuda y colgada que no he de envainaros, no! Que pues mi vida acabó donde mi afrenta comienza, teniéndoos a la vergüenza, diréis la que tengo yo. ¡Desvanéceme la pena! Mis hijos quiero llamar; que aunque es desdicha tomar venganza con mano ajena, el no tomalla condena con más veras al honrado. En su valor he dudado, teniéndome suspendido, el suyo por no sabido, el mío por acabado.

¿Qué haré?... No es mal pensamiento. ¡Hernán Díaz!

Sale HERNÁN Díaz

HERNÁN: ¿Qué me mandas? DIEGO: Los ojos tengo sin luz, la vida tengo sin alma. HERNÁN: ¿Qué tienes? DIEGO: ¡Ay hijo! ¡Ay hijo! Dame la mano. Estas ansias con este rigor me aprietan.

Tómale la mano a su hijo, y apriétala lo más fuerte que pudiere

HERNÁN: ¡Padre, padre! ¡Que me matas! ¡Suelta, por Dios, suelta! ¡Ay cielo! DIEGO: ¿Qué tienes? ¿Qué te desmaya? ¿Qué lloras, medio mujer? HERNÁN: ¡Señor!... DIEGO: ¡Vete! ¡Vete! ¡Calla! ¿Yo te di el ser? No es posible... ¡Sale fuera! HERNÁN: ¡Cosa extraña!

Vase

DIEGO: ¡Si así son todos mis hijos, buena queda mi esperanza! ¡Bermudo Laín!

Sale BERMUDO Laín

BERMUDO: ¿Señor? DIEGO: Una congoja, una basca tengo, hijo. Llega, llega... ¡Dame la mano!

Apriétale la mano

BERMUDO: Tomalla puedes. ¡Mi padre! ¿Que haces? ¡Suelta, deja, quedo, basta! ¿Con las dos manos me aprietas? DIEGO: ¡Ay, infame! Mis manos flacas ¿son las garras de un león? Y aunque lo fueran, ¿bastaran a mover tus tiernas quejas? ¿Tú eres hombre? ¡Vete, infamia de mi sangre! BERMUDO: Voy corrido.

Vase

DIEGO: ¿Hay tal pena? ¿Hay tal desgracia? ¿En qué columnas escriba la nobleza de una casa que dio sangre a tantos reyes? Todo el aliento me falta. ¿Rodrigo?

Sale RODRIGO

RODRIGO: ¿Padre? Señor, ¿Es posible que me agravias? Si me engendraste el primero, ¿cómo el postrero me llamas? DIEGO: ¡Ay hijo! Muero... RODRIGO: ¿Que tienes? DIEGO: ¡Pena, pena, rabia, rabia!

Muérdele un dedo de la mano fuertemente

RODRIGO: ¡Padre! ¡Soltad en mal hora! ¡Soltad, padre, en hora mala! ¡Si no fuérades mi padre, diéraos una bofetada! DIEGO: Ya no fuera la primera. RODRIGO: ¿Cómo? DIEGO: ¡Hijo, hijo del alma! ¡Ese sentimiento adoro, esa cólera me agrada, esa braveza bendigo! ¡Esa sangre alborotada que ya en tus venas revienta, que ya por tus ojos salta, es la que me dio Castilla, y la que te di heredada de Laín Calvo y de Nuño, y la que afrentó en mi cara el conde... el conde de Orgaz... ése a quien Lozano llaman! ¡Rodrigo, dame los brazos! ¡Hijo, esfuerza mi esperanza, y esta mancha de mi honor que al tuyo se extiende, lava con sangre; que sangre sola quita semejantes manchas! Si no te llamé el primero para hacer esta venganza, fue porque más te quería, fue por más te adoraba; y tus hermanos quisiera que mis agravios vengaran por tener seguro en ti el mayorazgo en mi casa. Pero pues los vi, al proballos tan sin bríos, tan sin alma, que cobraron mis afrentas, y crecieron mis desgracias. ¡A ti te toca, Rodrigo! Cobra el respeto a estas canas; poderoso es el contrario y en palacio y en campaña su parecer el primero, y suya la mejor lanza. Pero pues tienes valor y el discurso no te falta cuando a la vergüenza miras aquí ofensa y allí espada. No tengo más que decirte pues ya mi aliento se acaba y voy a llorar afrentas mientas tú tomas venganza.

Vase DIEGO Laínez, dejando solo a RODRIGO

RODRIGO: Suspenso, de afligido, estoy... Fortuna, ¿es cierto lo que veo? ¡Tan en mi daño ha sido tu mudanza, que es tuya, y no la creo! ¿Posible pudo ser que permitiese tu inclemencia que fuese mi padre el ofendido? ¡Extraña pena! ¿Y el ofensor el padre de Jimena? ¿Qué haré, suerte atrevida, si él es el alma que me dio la vida? ¿Que haré--¡terrible calma!-- si ella es la vida que me tiene el alma? Mezclar quisiera, en confïanza tuya, mi sangre con la suya, ¿y he de verter su sangre? ¡Brava pena! ¿Yo he de matar al padre de Jimena? Mas ya ofende esta duda al santo honor que mi opinión sustenta. Razón es que sacuda de amor el yugo y, la cerviz exenta, acuda a lo que soy; que habiendo sido mi padre el ofendido, poco importa que fuese--¡amarga pena! el ofensor el padre de Jimena.

¿Que imagino? Pues que tengo más valor que pocos años, para vengar a mi padre matando al conde Lozano, ¿qué importa el bando temido del poderoso contrario, aunque tenga en las montañas mil amigos asturianos? ¿Y qué importa que en la corte del rey de León, Fernando, sea su voto el primero, y en guerra el mejor su brazo? Todo es poco, todo es nada en descuento de un agravio, el primero que se ha hecho a la sangre de Laín Calvo. Daráme el cielo ventura, si la tierra me da campo, aunque es la primera vez que doy el valor al brazo. Llevaré esta espada vieja de Mudarra el castellano, aunque está bota y mohosa, por la muerte de su amo; y si le pierdo el respeto, quiero que admita en descargo del ceñírmela ofendido, lo que la digo turbado.

Haz cuenta, valiente espada, que otro Mudarra te ciñe, y que con mi brazo riñe por su honra maltratada. Bien sé que te correrás de venir a mi poder, mas no te podrás correr de verme echar paso atrás. Tan fuerte como tu acero me verás en campo armado; segundo dueño has cobrado tan bueno como el primero. Pues cuando alguno me venza, corrido del torpe hecho hasta la cruz en mi pecho te esconderé, de vergüenza.

Vase. Salen a la ventana doña URRACA y JIMENA Gómez

Las mocedades del Cid part 3

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Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham