This file was last updated on October 24, 1998
CAMARERO: ¡Sillas, hola!
DUQUESA: El trasnochar
moderado no condeno,
aunque digan que el cenar
tarde es malo.
DUQUE: Aquello es bueno
que se suele acostumbrar.
La costumbre es poderosa
cuando a la larga la emplea
cuerpo o alma, en cualquier cosa,
y tanto que hasta una fea
hace parecer hermosa.
DUQUESA: ¿Qué es de Camila?
CAMARERO: Ya viene.
Sale CAMILA
DUQUESA: Salíos fuera.
DUQUE: (¿Qué ha de ser Aparte
lo que mi mujer previene,
con llamar esta mujer
que tan sin alma me tiene?)
DUQUESA: ¿Camila?
CAMILA: Señora mía.
DUQUE: Aquí, aquí puedes sentarte.
DUQUESA: Levanta.
DUQUE: (¡Ay, luz de mi día!) Aparte
DUQUESA: Tu padre quiere casarte...
DUQUE: (¡Ay, muerte de mi alegría!) Aparte
DUQUESA: ...y de ti quiere saber
si te ofende o si te agrada
en esto.
CAMILA: Siendo mujer,
hija suya, y tu crïada,
¿qué tengo de responder,
o qué voluntad tendré,
sin la vuestra?
DUQUESA: Dices bien.
DUQUE: (Muero de pena. ¿Qué haré?) Aparte
DUQUESA: ¿No me preguntas con quién?
CAMILA: Yo, señora, ¿para qué?
Si es que manda vuestra alteza,
y mi padre, para mí
eso basta.
DUQUE: (¡Qué extrañeza!) Aparte
DUQUESA: Pueden competir en ti
el valor y la belleza.
CAMILA: (Ya sé que Lotario es, Aparte
a quien con el alma adoro.)
DUQUESA: Vence en quilates al oro
tu virtud.
CAMILA: Beso tus pies.
DUQUESA: Yo la estimo.
DUQUE: (Y yo la lloro.) Aparte
DUQUESA: Y el duque, en esta ocasión,
ha de hacer, por amor mío,
lucida su estimación.
CAMILA: No menos que eso confio
de su alteza.
DUQUE: Y con razón.
(¡Ay de mí! ¿Qué haré?) Aparte
Yo quiero
hacer que conozca el mundo
que es tu prima, pues me fundo,
ya que no he sido el primero,
en ver si seré el segundo.
Daréla cien mil ducados
y este diamante, en señal
de que serán bien pagados.
CAMILA: En tu pecho liberal
están bien asegurados.
Dame los pies.
DUQUESA: Dame a mí
la mano.
DUQUE: Bueno es que ignores
que he de besártela a ti.
De tus joyas, las mejores
puedes darle.
DUQUESA: Harélo así.
DUQUE: Toma agora esta cadena
con esta cruz de diamantes.
CAMILA: (Para aprisionarme es buena. Aparte
Con dádivas semejantes
pide remedio a su pena,
pero no le ha de tener
porque pesa más mi honor.)
DUQUESA: ¡Qué buena para mujer
es Camila! ¡Con qué honor,
con qué gusto lo ha de ser!
DUQUE: ¡Con qué contento marido
logrará su pensamiento!
CAMILA: Para estarme agradecido,
cuando no esté muy contento,
sé que estará muy servido,
porque es mi valor, en quien
fío, después de los cielos.
DUQUESA: Eso creo yo, y también
que el no apretarle con celos
consiste en servirle bien.
DUQUE: Bien consejos sabéis dar,
pero vos, duquesa amada,
mal los supistes tomar.
DUQUESA: De mis celos engañada
aprendo a desengañar.
Tú, que mi escarmiento ves,
si quieres vivir en paz
ni los pidas ni los des,
que es apetito de agraz
que obliga a llorar después.
Finge dormirse la DUQUESA
DUQUE: Buena lición te ha leído
la duquesa.
CAMILA: Y de los cielos
en su boca ha parecido.
DUQUE: Mas ¿cómo, hablando de celos,
tan sin ellos se ha dormido?
CAMILA: Sueño ha sido bien extraño.
DUQUE: ¿Dormís vos, duquesa mía?
Ella duerme, o yo me engaño.
DUQUESA: (De mis sospechas querría Aparte
dar alcance al desengaño.)
DUQUE: Pues ella cierra los ojos,
ábrelos tú, para ser
menos fiera a mis enojos.
CAMILA: Señor.
DUQUESA: (Ciega quiero ver Aparte
lo ciego de tus antojos.)
CAMILA: ¿Qué nueva ocasión he dado?
¿No está siempre mi decoro
contrapuesto a tu cuidado?
DUQUE: Mi bien, gasta mi tesoro,
señora, emplea mi estado,
si con hacerlo remedio
la vida, que he de acabar
si a ser tuyo no me animo.
CAMILA: ¿Con oro quieres comprar
lo que con el alma estimo?
¿Tan poco estimas mi honor?
Por ello te aborreciera,
cuando te tuviera amor.
DUQUE: Quedo. Mi duquesa fuera
quien lo tratara.
DUQUESA: (¡Ah, traidor!) Aparte
CAMILA: Si es que apoyas tus cuidados
en que por dote me diste
tus joyas y tus ducados,
diversamente entendiste
mis pensamientos.
DUQUESA: (¡Qué honrados!)
CAMILA: Toma, y verás hoy
que tan en su punto están,
que del oro que te doy
nunca he sido piedra imán,
y piedra de toque soy.
DUQUE: Camila, señora, paso,
ya conozco tu valor,
pero ¿qué haré, si me abraso
en tus ojos y en tu amor?
Montes subo y mares paso.
Loco estoy. Dame siquiera
la mano, y un alma tente
si almas estimas. Espera.
CAMILA: Para esto solamente
verás cómo soy ligera.
Levántase y retírase CAMILA
¡Duque!
DUQUE: ¡Camila!
CAMILA: Señor,
advierta tu ciego antojo
que mi sangre tiene honor,
y que es antiguo despojo
de nobleza.
DUQUE: Es ciego, Amor.
Ciegos están mis enojos,
ciega la noche, mi bien,
y, por lograr mis antojos,
hasta mi mujer también
tiene cerrados los ojos.
CAMILA: Abriréselos.
DUQUE: ¡Desvía!
CAMILA: ¡Mi señora!
DUQUE: ¡Cosa brava!
DUQUESA: ¿Qué hay, Camila?
CAMILA: ¿Qué tenía
vuestra alteza, que soñaba?
DUQUESA: La pesadilla sería.
CAMILA: ¡Jesús, qué extraña amargura
de congoja y aflicción!
DUQUESA: Fue el despertarme cordura.
DUQUE: (¡Que pudo tal discreción Aparte
juntarse a tal hermosura!)
DUQUESA: Dormiré de aquí adelante
con más cuidado que agora.
DUQUE: (Esta mujer es diamante.) Aparte
DUQUESA: Ven, Camila.
CAMIIA Voy, señora.
DUQUESA: ¡Cómo es ciego el que es amante!
DUQUE: ¿Qué decís, que no os entiendo?
(Muriendo voy.) Aparte
CAMILA: (Voy temblando.) Aparte
DUQUESA: Que de vos voy conociendo
que estáis más ciego velando
que yo lo estuve durmiendo.
Tú eres honrada mujer.
CAMILA: Tus pies beso.
DUQUE: (Blanda cama Aparte
me espera, pues he de arder
en desdenes de mi dama
y en celos de mi mujer.)
Vanse. Salen ANSELMO y dos CRIADOS
ANSELMO: Avisa a Lotario. ¿Vas?
CRIADO 1: Sí, señor.
ANSELMO: ¿Cómo no vuelas?
Vase el CRIADO 1
Quita, quita estas espuelas.
CRIADO 2: ¿Y las botas?
ANSELMO: Dejalás,
y veré misa primero,
pues tenemos, como ves,
cerca la iglesia, y después
ver a mi Lotario quiero.
Prevénganme otro vestido,
mudaréme.
CRIADO 2: ¿Y no es mejor
descansar? Mira, señor,
qué de postas has corrido.
ANSELMO: Pues no estoy, por vida mía,
muy cansado.
CRIADO 2: Cosa es brava.
ANSELMO: ¿No ves que no me cansaba
pensando a lo que venía?
Y así corriendo y pensando
que a Lotario iba sirviendo,
como venía corriendo
quisiera venir volando,
porque esta correspondencia
le debo de muchos modos.
CRIADO 2: Con razón os llaman todos
amigos por excelencia.
ANSELMO: Merece bien esos nombres
nuestro extremo de amistad.
Sale CULEBRO, español
CULEBRO: ¡Oh infame necesidad,
a qué obligas a los hombres!
Cuando ofendes, cuando enfadas,
bien dicen que en ti no hay ley.
Mas--¡cuerpo de Dios!--si el rey
no paga las cuchilladas
y las paga un florentín,
un pobre español, ¿qué hará,
puesto que en Italia está
como en la tierra un delfin?
ANSELMO: ¿Cómo no tocan a misa?
CRIADO 2: Pues hartas suelen decir.
ANSELMO: Ve. Cuando quieran salir
a decirla, ven y avisa.
CULEBRO: (¿Qué es aquesto? ¿Si es aquél Aparte
a quien viene el sobreescrito?
¡Bravo talle!, ¡gran delito!
Calle, casa, iglesia, y él
de camino... Él es, sin duda.
¡Qué gala!, ¡qué buena cara!)
ANSELMO: (A mirarme se repara. Aparte
De mil colores se muda
¿Qué puede este hombre querer?)
CULEBRO: (Solos estamos los dos. Aparte
Lástima es darle, por Dios,
pero en efeto ha de ser.
Mas a extraños sentimientos
obligará ver partida
tal cara.)
ANSELMO: (No vi en mi vida Aparte
tan notables movimientos.)
Gentil hombre, ¿qué queréis?
¿Qué os detiene? ¿Qué os repara?
CULEBRO: Vengo a cortaros la cara,
mas pienso que no queréis.
ANSELMO: Si vos me lo aconsejáis
podrá ser que yo lo quiera.
CULEBRO: Disparate grande fuera.
ANSELMO: Bonísimo humor gastáis.
¿Quién sois? ¿Qué buena ventura
de esta suerte os ha traído?
CULEBRO: Luego, ¿no habéis conocido
por la pinta esta figura?
ANSELMO: No sé de vos qué presuma,
porque en la cuenta no caigo.
CULEBRO: ¿Pues, no basta el ver que traigo
poco pelo y mucha pluma
para ver que soy soldado
español, y que así estoy
en Italia, donde soy
bien venido y mal pagado?
ANSELMO: Pues bien, ¿de mí qué queréis?
Que os serviré es cosa clara.
CULEBRO: La mitad de vuestra cara,
por lo menos, me debéis.
Mirad qué puede valer
y dádmelo de contado.
ANSELMO: Donaire tiene el soldado.
CULEBRO: Vuestro al menos lo he de ser,
y oídme que no os engaño,
que a ofenderos he venido.
ANSELMO: Pues ¿sin haber ofendido
yo a ninguno?... ¡Caso extraño!
CULEBRO: A mí me llaman Culebro,
y tengo, naturalmente,
el discurso impertinente
y casquivano el celebro.
Y así, en diez años de Flandes,
hice con gallardo efeto
cosas que en otro sujeto
parecer pudieran grandes,
mas sucedióme después,
por bien pequeña ocasion,
que di a uno un bofetón,
herí a siete y maté a tres.
Salíme imitando el viento,
fuíme a Palermo, y allí,
en cuerpo de guardia di
con esta daga al sargento.
Pasé a Nápoles, y en él,
al cabo de siete dias,
por no sé qué niñerías,
requisitos de cuartel,
molí a palos a un soldado.
Embarquéme, y de hambre muerto,
en Liorna tomé puerto,
y así en Florencia he llegado.
Y no viendo en mi pobreza
forma alguna de que diesen
materia por quien subieran
vapores a la cabeza,
vi un gentilhombre garbato,
que así los llamáis aquí,
miróme, llegóse a mí,
y después de hablarme un rato
indiferentes razones,
con astucia y gentileza
halló puerta a mi pobreza
para darla a sus traiciones.
Díjome que me daría
chento escuti en plata pura,
porque hiciese una abertura
en vuestra cara.
ANSELMO: ¿En la mía?
CULEBRO: ¿No sois Anselmo?
ANSELMO: ¿Esto pasa?
Mi nombre negar no quiero.
CULEBRO: Y en esta calle, y frontero
de una iglesia, vuestra casa.
Estas señas imagino
que me ha dado.
ANSELMO: Y son las mías.
CULEBRO: Y que dentro de dos días
llegarías de camino.
Con ello llegué a esta calle
para hacer lo que ofrecí,
y, piadoso, cuando vi
vuestra cara y vuestro talle,
por Dios que me parecía,
cuando el daros intentaba,
que con la una mano os daba
y con la otra os defendía.
En fin, no pude emplear
ejecución tan rüín,
hicísteme sangre al fin,
y no os la pude sacar.
Y así, como os pareciese
cosa justa, imaginaba
que pues el otro me daba
cien ducados porque os diese,
que me deis vos la mitad
para que deje de daros;
que no es poco el ahorraros
los cincuenta.
ANSELMO: Así es verdad,
y vos habéis procedido
como piadoso y discreto,
y así yo, no sólo aceto
tan provechoso partido,
pero si él os daba en plata
los cien ducados, en oro
os los doy. Tomad.
CULEBRO: Adoro
quien tan bien procede y trata.
ANSELMO: Y otros ducientos aquí
os ofrezco en un papel,
si volvéis a hacer en él
lo que él quiso hacer en mí.
CULEBRO: ¿Pues a un hombre tan honrado
obligáis con interés
a esas cosas?
ANSELMO: Digo que es
el español extremado.
CULEBRO: Tú, pues riendo te estás,
poco debes saber
qué es tomar por no tener,
o tomar por tener más.
Por un ducado, sin nada,
haré cualquier cosa vil,
y con ciento, por cien mil,
no daré una cuchillada.
Que tomar, cuando venía
tan sin blanca a esta ciudad,
fue entonces necesidad,
y agora vicio sería.
Mas si por tu gentileza
quieres que al mundo trabuque,
¡voto a Cristo que al gran duque
le cortaré la cabeza!
ANSELMO: Tu donaire y tu valor
tanto me obliga a estimarte,
que en mi casa has de quedarte,
si es que gustas.
CULEBRO: Sí, señor.
ANSELMO: Pero dime, por tu vida,
pues son míos tus cuidados,
¿quién te daba cien ducados
porque me dieses la herida?
CULEBRO: ¡Por Dios que se me olvidaba!
Díjome que te dijese,
quien mandó que te la diese,
que Lotario te la daba.
ANSELMO: ¿Quién?
CULEBRO: Lotario.
ANSELMO: ¿Quién?
CULEBRO: Lotario,
Lotario mil veces digo.
ANSELMO: ¿Que mi contrario es mi amigo?
¿Que mi amigo es mi contrario?
¡Válgame Dios! ¿Y qué haré?
¡Válgame el cielo! ¿En qué he dado?
¿Lotario de mí agraviado?
¿Lotario de mí ofendido?
¡Válgame, válgame Dios!
¿Quién tal vio? ¿Quién tal pensara?
¿Cortar me quiere la cara?
¿Si piensa que tengo dos?
CULEBRO: Señor, ¿qué es esto? ¿A quién digo?
¿Qué tienes?
ANSELMO: ¡Ay, cielo santo!
Pero, ¿en esto dudo tanto?
Español, soldado, amigo,
toma, empuña dos espadas.
Lotario, pues tú lo quieres,
dame, da donde quisieres
una y muchas cuchilladas.
No tienes en qué dudar,
podrásle después decir
que las quise recibir
porque él me las quiso dar.
Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham