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CAMARERO:         ¡Sillas, hola!
DUQUESA:                           El trasnochar
               moderado no condeno,
               aunque digan que el cenar
               tarde es malo.
DUQUE:                      Aquello es bueno
               que se suele acostumbrar.
                  La costumbre es poderosa
               cuando a la larga la emplea
               cuerpo o alma, en cualquier cosa,
               y tanto que hasta una fea
               hace parecer hermosa.
DUQUESA:          ¿Qué es de Camila?
CAMARERO:                           Ya viene.

Sale CAMILA
DUQUESA: Salíos fuera. DUQUE: (¿Qué ha de ser Aparte lo que mi mujer previene, con llamar esta mujer que tan sin alma me tiene?) DUQUESA: ¿Camila? CAMILA: Señora mía. DUQUE: Aquí, aquí puedes sentarte. DUQUESA: Levanta. DUQUE: (¡Ay, luz de mi día!) Aparte DUQUESA: Tu padre quiere casarte... DUQUE: (¡Ay, muerte de mi alegría!) Aparte DUQUESA: ...y de ti quiere saber si te ofende o si te agrada en esto. CAMILA: Siendo mujer, hija suya, y tu crïada, ¿qué tengo de responder, o qué voluntad tendré, sin la vuestra? DUQUESA: Dices bien. DUQUE: (Muero de pena. ¿Qué haré?) Aparte DUQUESA: ¿No me preguntas con quién? CAMILA: Yo, señora, ¿para qué? Si es que manda vuestra alteza, y mi padre, para mí eso basta. DUQUE: (¡Qué extrañeza!) Aparte DUQUESA: Pueden competir en ti el valor y la belleza. CAMILA: (Ya sé que Lotario es, Aparte a quien con el alma adoro.) DUQUESA: Vence en quilates al oro tu virtud. CAMILA: Beso tus pies. DUQUESA: Yo la estimo. DUQUE: (Y yo la lloro.) Aparte DUQUESA: Y el duque, en esta ocasión, ha de hacer, por amor mío, lucida su estimación. CAMILA: No menos que eso confio de su alteza. DUQUE: Y con razón. (¡Ay de mí! ¿Qué haré?) Aparte Yo quiero hacer que conozca el mundo que es tu prima, pues me fundo, ya que no he sido el primero, en ver si seré el segundo. Daréla cien mil ducados y este diamante, en señal de que serán bien pagados. CAMILA: En tu pecho liberal están bien asegurados. Dame los pies. DUQUESA: Dame a mí la mano. DUQUE: Bueno es que ignores que he de besártela a ti. De tus joyas, las mejores puedes darle. DUQUESA: Harélo así. DUQUE: Toma agora esta cadena con esta cruz de diamantes. CAMILA: (Para aprisionarme es buena. Aparte Con dádivas semejantes pide remedio a su pena, pero no le ha de tener porque pesa más mi honor.) DUQUESA: ¡Qué buena para mujer es Camila! ¡Con qué honor, con qué gusto lo ha de ser! DUQUE: ¡Con qué contento marido logrará su pensamiento! CAMILA: Para estarme agradecido, cuando no esté muy contento, sé que estará muy servido, porque es mi valor, en quien fío, después de los cielos. DUQUESA: Eso creo yo, y también que el no apretarle con celos consiste en servirle bien. DUQUE: Bien consejos sabéis dar, pero vos, duquesa amada, mal los supistes tomar. DUQUESA: De mis celos engañada aprendo a desengañar. Tú, que mi escarmiento ves, si quieres vivir en paz ni los pidas ni los des, que es apetito de agraz que obliga a llorar después.
Finge dormirse la DUQUESA
DUQUE: Buena lición te ha leído la duquesa. CAMILA: Y de los cielos en su boca ha parecido. DUQUE: Mas ¿cómo, hablando de celos, tan sin ellos se ha dormido? CAMILA: Sueño ha sido bien extraño. DUQUE: ¿Dormís vos, duquesa mía? Ella duerme, o yo me engaño. DUQUESA: (De mis sospechas querría Aparte dar alcance al desengaño.) DUQUE: Pues ella cierra los ojos, ábrelos tú, para ser menos fiera a mis enojos. CAMILA: Señor. DUQUESA: (Ciega quiero ver Aparte lo ciego de tus antojos.) CAMILA: ¿Qué nueva ocasión he dado? ¿No está siempre mi decoro contrapuesto a tu cuidado? DUQUE: Mi bien, gasta mi tesoro, señora, emplea mi estado, si con hacerlo remedio la vida, que he de acabar si a ser tuyo no me animo. CAMILA: ¿Con oro quieres comprar lo que con el alma estimo? ¿Tan poco estimas mi honor? Por ello te aborreciera, cuando te tuviera amor. DUQUE: Quedo. Mi duquesa fuera quien lo tratara. DUQUESA: (¡Ah, traidor!) Aparte CAMILA: Si es que apoyas tus cuidados en que por dote me diste tus joyas y tus ducados, diversamente entendiste mis pensamientos. DUQUESA: (¡Qué honrados!) CAMILA: Toma, y verás hoy que tan en su punto están, que del oro que te doy nunca he sido piedra imán, y piedra de toque soy. DUQUE: Camila, señora, paso, ya conozco tu valor, pero ¿qué haré, si me abraso en tus ojos y en tu amor? Montes subo y mares paso. Loco estoy. Dame siquiera la mano, y un alma tente si almas estimas. Espera. CAMILA: Para esto solamente verás cómo soy ligera.
Levántase y retírase CAMILA
¡Duque! DUQUE: ¡Camila! CAMILA: Señor, advierta tu ciego antojo que mi sangre tiene honor, y que es antiguo despojo de nobleza. DUQUE: Es ciego, Amor. Ciegos están mis enojos, ciega la noche, mi bien, y, por lograr mis antojos, hasta mi mujer también tiene cerrados los ojos. CAMILA: Abriréselos. DUQUE: ¡Desvía! CAMILA: ¡Mi señora! DUQUE: ¡Cosa brava! DUQUESA: ¿Qué hay, Camila? CAMILA: ¿Qué tenía vuestra alteza, que soñaba? DUQUESA: La pesadilla sería. CAMILA: ¡Jesús, qué extraña amargura de congoja y aflicción! DUQUESA: Fue el despertarme cordura. DUQUE: (¡Que pudo tal discreción Aparte juntarse a tal hermosura!) DUQUESA: Dormiré de aquí adelante con más cuidado que agora. DUQUE: (Esta mujer es diamante.) Aparte DUQUESA: Ven, Camila. CAMIIA Voy, señora. DUQUESA: ¡Cómo es ciego el que es amante! DUQUE: ¿Qué decís, que no os entiendo? (Muriendo voy.) Aparte CAMILA: (Voy temblando.) Aparte DUQUESA: Que de vos voy conociendo que estáis más ciego velando que yo lo estuve durmiendo. Tú eres honrada mujer. CAMILA: Tus pies beso. DUQUE: (Blanda cama Aparte me espera, pues he de arder en desdenes de mi dama y en celos de mi mujer.)
Vanse. Salen ANSELMO y dos CRIADOS
ANSELMO: Avisa a Lotario. ¿Vas? CRIADO 1: Sí, señor. ANSELMO: ¿Cómo no vuelas?
Vase el CRIADO 1
Quita, quita estas espuelas. CRIADO 2: ¿Y las botas? ANSELMO: Dejalás, y veré misa primero, pues tenemos, como ves, cerca la iglesia, y después ver a mi Lotario quiero. Prevénganme otro vestido, mudaréme. CRIADO 2: ¿Y no es mejor descansar? Mira, señor, qué de postas has corrido. ANSELMO: Pues no estoy, por vida mía, muy cansado. CRIADO 2: Cosa es brava. ANSELMO: ¿No ves que no me cansaba pensando a lo que venía? Y así corriendo y pensando que a Lotario iba sirviendo, como venía corriendo quisiera venir volando, porque esta correspondencia le debo de muchos modos. CRIADO 2: Con razón os llaman todos amigos por excelencia. ANSELMO: Merece bien esos nombres nuestro extremo de amistad.
Sale CULEBRO, español
CULEBRO: ¡Oh infame necesidad, a qué obligas a los hombres! Cuando ofendes, cuando enfadas, bien dicen que en ti no hay ley. Mas--¡cuerpo de Dios!--si el rey no paga las cuchilladas y las paga un florentín, un pobre español, ¿qué hará, puesto que en Italia está como en la tierra un delfin? ANSELMO: ¿Cómo no tocan a misa? CRIADO 2: Pues hartas suelen decir. ANSELMO: Ve. Cuando quieran salir a decirla, ven y avisa. CULEBRO: (¿Qué es aquesto? ¿Si es aquél Aparte a quien viene el sobreescrito? ¡Bravo talle!, ¡gran delito! Calle, casa, iglesia, y él de camino... Él es, sin duda. ¡Qué gala!, ¡qué buena cara!) ANSELMO: (A mirarme se repara. Aparte De mil colores se muda ¿Qué puede este hombre querer?) CULEBRO: (Solos estamos los dos. Aparte Lástima es darle, por Dios, pero en efeto ha de ser. Mas a extraños sentimientos obligará ver partida tal cara.) ANSELMO: (No vi en mi vida Aparte tan notables movimientos.) Gentil hombre, ¿qué queréis? ¿Qué os detiene? ¿Qué os repara? CULEBRO: Vengo a cortaros la cara, mas pienso que no queréis. ANSELMO: Si vos me lo aconsejáis podrá ser que yo lo quiera. CULEBRO: Disparate grande fuera. ANSELMO: Bonísimo humor gastáis. ¿Quién sois? ¿Qué buena ventura de esta suerte os ha traído? CULEBRO: Luego, ¿no habéis conocido por la pinta esta figura? ANSELMO: No sé de vos qué presuma, porque en la cuenta no caigo. CULEBRO: ¿Pues, no basta el ver que traigo poco pelo y mucha pluma para ver que soy soldado español, y que así estoy en Italia, donde soy bien venido y mal pagado? ANSELMO: Pues bien, ¿de mí qué queréis? Que os serviré es cosa clara. CULEBRO: La mitad de vuestra cara, por lo menos, me debéis. Mirad qué puede valer y dádmelo de contado. ANSELMO: Donaire tiene el soldado. CULEBRO: Vuestro al menos lo he de ser, y oídme que no os engaño, que a ofenderos he venido. ANSELMO: Pues ¿sin haber ofendido yo a ninguno?... ¡Caso extraño! CULEBRO: A mí me llaman Culebro, y tengo, naturalmente, el discurso impertinente y casquivano el celebro. Y así, en diez años de Flandes, hice con gallardo efeto cosas que en otro sujeto parecer pudieran grandes, mas sucedióme después, por bien pequeña ocasion, que di a uno un bofetón, herí a siete y maté a tres. Salíme imitando el viento, fuíme a Palermo, y allí, en cuerpo de guardia di con esta daga al sargento. Pasé a Nápoles, y en él, al cabo de siete dias, por no sé qué niñerías, requisitos de cuartel, molí a palos a un soldado. Embarquéme, y de hambre muerto, en Liorna tomé puerto, y así en Florencia he llegado. Y no viendo en mi pobreza forma alguna de que diesen materia por quien subieran vapores a la cabeza, vi un gentilhombre garbato, que así los llamáis aquí, miróme, llegóse a mí, y después de hablarme un rato indiferentes razones, con astucia y gentileza halló puerta a mi pobreza para darla a sus traiciones. Díjome que me daría chento escuti en plata pura, porque hiciese una abertura en vuestra cara. ANSELMO: ¿En la mía? CULEBRO: ¿No sois Anselmo? ANSELMO: ¿Esto pasa? Mi nombre negar no quiero. CULEBRO: Y en esta calle, y frontero de una iglesia, vuestra casa. Estas señas imagino que me ha dado. ANSELMO: Y son las mías. CULEBRO: Y que dentro de dos días llegarías de camino. Con ello llegué a esta calle para hacer lo que ofrecí, y, piadoso, cuando vi vuestra cara y vuestro talle, por Dios que me parecía, cuando el daros intentaba, que con la una mano os daba y con la otra os defendía. En fin, no pude emplear ejecución tan rüín, hicísteme sangre al fin, y no os la pude sacar. Y así, como os pareciese cosa justa, imaginaba que pues el otro me daba cien ducados porque os diese, que me deis vos la mitad para que deje de daros; que no es poco el ahorraros los cincuenta. ANSELMO: Así es verdad, y vos habéis procedido como piadoso y discreto, y así yo, no sólo aceto tan provechoso partido, pero si él os daba en plata los cien ducados, en oro os los doy. Tomad. CULEBRO: Adoro quien tan bien procede y trata. ANSELMO: Y otros ducientos aquí os ofrezco en un papel, si volvéis a hacer en él lo que él quiso hacer en mí. CULEBRO: ¿Pues a un hombre tan honrado obligáis con interés a esas cosas? ANSELMO: Digo que es el español extremado. CULEBRO: Tú, pues riendo te estás, poco debes saber qué es tomar por no tener, o tomar por tener más. Por un ducado, sin nada, haré cualquier cosa vil, y con ciento, por cien mil, no daré una cuchillada. Que tomar, cuando venía tan sin blanca a esta ciudad, fue entonces necesidad, y agora vicio sería. Mas si por tu gentileza quieres que al mundo trabuque, ¡voto a Cristo que al gran duque le cortaré la cabeza! ANSELMO: Tu donaire y tu valor tanto me obliga a estimarte, que en mi casa has de quedarte, si es que gustas. CULEBRO: Sí, señor. ANSELMO: Pero dime, por tu vida, pues son míos tus cuidados, ¿quién te daba cien ducados porque me dieses la herida? CULEBRO: ¡Por Dios que se me olvidaba! Díjome que te dijese, quien mandó que te la diese, que Lotario te la daba. ANSELMO: ¿Quién? CULEBRO: Lotario. ANSELMO: ¿Quién? CULEBRO: Lotario, Lotario mil veces digo. ANSELMO: ¿Que mi contrario es mi amigo? ¿Que mi amigo es mi contrario? ¡Válgame Dios! ¿Y qué haré? ¡Válgame el cielo! ¿En qué he dado? ¿Lotario de mí agraviado? ¿Lotario de mí ofendido? ¡Válgame, válgame Dios! ¿Quién tal vio? ¿Quién tal pensara? ¿Cortar me quiere la cara? ¿Si piensa que tengo dos? CULEBRO: Señor, ¿qué es esto? ¿A quién digo? ¿Qué tienes? ANSELMO: ¡Ay, cielo santo! Pero, ¿en esto dudo tanto? Español, soldado, amigo, toma, empuña dos espadas. Lotario, pues tú lo quieres, dame, da donde quisieres una y muchas cuchilladas. No tienes en qué dudar, podrásle después decir que las quise recibir porque él me las quiso dar.

El curioso impertinente part 3

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Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham