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ELENA: ¿Fuése ya?
CARLOS: ¿Que me has dejado?
¿Que huír sabes?
ELENA: Escondida
estaba allí, y de tu vida,
a fe, con grande cuidado.
¿Vuelve a venir?
CARLOS: Que no viene.
¿Conocístele?
ELENA: ¡Ay de mí!
Con el miedo ni le vi
ni sé que cara se tiene.
¿Qué es esto?
CARLOS: No hayas temor.
Sale HORTENSIO
¡Mi padre!
HORTENSIO: Buscando os voy
con harta pena.
CARLOS: Aquí estoy.
HORTENSIO: Y allá estuvierais mejor
que no acá.
CARLOS: No puede ser.
HORTENSIO: Vamos, que pena tendrá
vuestra madre.
ELENA: (Éste será Aparte
hijo de aquella mujer.)
CARLOS: ¿Que te tengo de dejar?
ELENA: (Con razón me maravilla.) Aparte
HORTENSIO: ¿Agrádaos la pastorcilla?
CARLOS: ¿No es ella para agradar?
HORTENSIO: ¿Mujeres quieres?
CARLOS: ¿No quieres,
si no las vi, que las quiera?
HORTENSIO: Sólo la vista primera
tienen buena las mujeres.
Y el que bien las reconoce,
que huye de ellas verás;
por eso las quiere más
el que menos las conoce.
Adiós, pastorcilla.
CARLOS: Adiós.
ELENA: Vaya con vos y contigo.
CARLOS: Bien es que vaya conmigo
si el alma queda con vos.
Vanse y queda ELENA sola
ELENA: Gracioso donaire y brío.
Amor a tenerle vengo
diferente del que tengo
a mi príncipe y mi tío.
Llegarme quiero a la torre.
Sale a la ventana de la torre el PRÍNCIPE
Ce, ce, ce.
PRÍNCIPE: La seña siento
de la que en este momento
me consuela y me socorre.
¿Cómo, Elena, te has tardado?
ELENA: Como el camino he perdido,
he tardado y he venido
con harta pena y cuidado.
PRÍNCIPE: Siempre mis desdichas lloro
los ratos que no te veo.
ELENA: Pagas con esto el deseo
con que te sirvo y adoro.
PRÍNCIPE: ¡Cuándo llegará aquel día
que dé la vuelta a su rueda
la Fortuna, y que yo pueda
hacerte reina de Hungría!
ELENA: Por dichosa es bien me cuente,
pues reino en tu corazón.
PRÍNCIPE: Del alma la posesión
será tuya eternamente.
De la corte, ¿qué sabemos?
ELENA: Que el rey a caza ha salido.
PRÍNCIPE: Mitigue el cielo ofendido
el rigor de sus extremos.
¿Y tu padre?
ELENA: Descontento
vive, a su pesar casado,
y aun dicen que le ha dejado
sin sentido el sentimiento.
PRÍNCIPE: Así por su culpa está.
Espera... De una hacanea
allí una mujer se apea.
Retírate... ¿Quién será?
Salen la INFANTA y un CRIADO
ELENA: Detrás de aquellas paredes
me esconderé.
INFANTA: Cosa es clara
que sólo de ti fïara
Escóndese ELENA
ese secreto.
CRIADO: Bien puedes.
PRÍNCIPE: ¿Qué veo?
INFANTA: ¡Príncipe!
PRÍNCIPE: ¡Infanta!
ELENA: (La infanta es ésta. ¿A qué viene?) Aparte
INFANTA: Ya sé que absorto te tiene
mi venida.
PRÍNCIPE: Y aun me espanta,
pues eres causa crüel
del trabajo que yo tengo.
INFANTA: No te espantes que no vengo
sino a verte.
PRÍNCIPE: A verme en él.
INFANTA: ¿Sientes mucho la prisión?
PRÍNCIPE: (Siempre tus engaños temo.) Aparte
Siéntola con grande extremo.
INFANTA: ¡Qué lástima!
PRÍNCIPE: (¡Qué traición!) Aparte
INFANTA: Y di, de mi amor pasado,
¿quédate alguna centella?
PRÍNCIPE: (Ya te entiendo, infanta bella.) Aparte
Y aun todo el fuego ha quedado.
(Fingir quiero.) Aparte
ELENA: (El mío crece Aparte
con los celos que me das.)
PRÍNCIPE: Los hombres queremos más
a quien más nos aborrece.
Por eso te quiero yo.
INFANTA: Bien comienza.
ELENA: (¿Que esto diga?) Aparte
INFANTA: Mucho tu firmeza obliga.
¿Y eso es sin duda?
PRÍNCIPE: ¿Pues no?
Pero ¿tú estarás, señora,
con tu esposo?
ELENA: (Estos son celos.) Aparte
INFANTA: Aborrézcanme los cielos
si no le aborrezco agora.
Y para que sepas cómo
conmigo el villano está,
nunca la mano me da
y rabia si se la tomo,
cuando le miro, le pesa,
si le hablo, está elevado,
rejalgar come a mi lado
cuando se sienta a mi mesa.
Nunca es mío, aunque es verdad
que mi marido se llama;
que en la mitad de mi cama
sobra siempre la mitad.
Las muertas prendas adora
de su esposa. ¿Con qué gusto,
le puedo querer?
PRÍNCIPE: Ni es justo.
¡Qué gran lástima! (¡Ah, traidora!)Aparte
Si yo tan dichoso fuera
que a ser tu esposo llegara,
¡qué de glorias alcanzara!,
¡qué de regalos te hiciera!
(Quizá por este camino Aparte
me dan libertad los cielos.)
ELENA: (¿Esto escucho? ¡Esto son celos!) Aparte
INFANTA: (Bien mi negocio encamino.) Aparte
Si agora pudiera darte
la mano que no te di...
PRÍNCIPE: ¿Hiciéraslo agora?
INFANTA: Sí,
y más claro quiero hablarte.
Si yo libertad te doy,
y tú palabra me das
de ser mi esposo, ¿darás
muerte al conde?
PRÍNCIPE: Tuyo soy,
y paso por el concierto.
INFANTA: Mi gusto en tu mano está.
PRÍNCIPE: Dos esposos tienes ya,
uno vivo y otro muerto.
INFANTA: Pues éntrate y te daré
libertad, pues para ello
traigo prevenido el sello
de mi padre, a quien le hurté.
Voyme. Adiós.
PRÍNCIPE: Extraño caso.
Si yo a verme libre llego,
tú verás...
ELENA: (Ya es otro el fuego Aparte
en que me quemo y me abraso.
¿A mi padre...?)
INFANTA: Ve al castillo,
y con estas señas di
al alcaide que...
Háblale al oído al CRIADO
ELENA: (¡Ay de mí!) Aparte
CRIADO: Voy a servirte y decillo.
Vase el CRIADO
ELENA: (¿Este galardón merece, Aparte
Príncipe, quien te ha servido?)
INFANTA: (Desdichado del marido Aparte
que su mujer le aborrece.
El mío merece bien
que yo le traté tan mal,
y si este otro sale tal,
pienso matarle también.
Con acero o con veneno
cuantos tome he de matar,
si no muero, hasta topar
uno que me salga bueno;
que, entre tantos, habrá alguno,
si no es que los cielos santos,
con haber crïado tantos,
no hicieron bueno ninguno.)
Sale el PRÍNCIPE
PRÍNCIPE: Ya, infanta, vengo a servirte.
INFANTA: Yo te llevaré al lugar
donde le puedas matar.
Tú, Fabricio, puedes irte,
pues ya tengo compañía.
PRÍNCIPE: (Esto a la mujer le aplace Aparte
muchos enemigos hace,
y luego de ellos se fia.)
INFANTA: Vamos.
PRÍNCIPE: Guía.
ELENA: (¿Viose tal Aparte
traición, y tales consejos?
Seguirélos desde lejos
para ver de cerca mi mal.)
Vanse. Sale el REY, retirándose de MARGARITA
REY: ¡Mal haya la caza, y yo,
pues que me he perdido en ella!
Mujer, o sombra de aquélla,
o quítame el miedo, o no
me persigas. Yo he perdido
con los años, y el temor,
la espada.
MARGARITA Falso, traidor,
ya todo el cielo ofendido
pienso que quiere que sea
instrumento de tu muerte.
Salen el PRÍNCIPE y la INFANTA
INFANTA: El rey es.
PRÍNCIPE: (¡Qué buena suerte Aparte
en mi venganza se emplea!)
INFANTA: Jesús, cielos soberanos!
MARGARITA: ¿Qué veo?
PRÍNCIPE: En tu pecho infiel
me he de vengar.
MARGARITA: Ya, crüel,
te trujo el cielo a mis manos.
Sale CARLOS y tiene a su madre y ELENA al PRÍNCIPE
PRÍNCIPE: Hoy tus hazañas tiranas
he de ver
ELENA: Tente, señor,
ten respeto, por mi amor,
a estas venerables canas.
INFANTA: Sombra, mujer, o lo que eres
MARGARITA: Matarte tengo, enemiga.
CARLOS: Pues, ¿una mujer castiga
de esa suerte a las mujeres?
¿No te mueve el corazón?
ELENA: ¿Que serás tan inhumano?
PRÍNCIPE: Déjame, Elena, la mano.
MARGARITA: Carlicos, suelta el bastón.
Entra HORTENSIO
HORTENSIO: No quiso esperarme un poco
el rapaz.
Sale un tropel de VILLANOS que huyen del CONDE, que
va tras ellos con un bastón
CONDE: ¡Morid de miedo!
VILLANO 1: Huye Ansiso.
VILLANO 2: Di si puedo.
¡Válame Dios! ¡Guarda el loco!
Vanse los VILLANOS
CONDE: Yo he de hacer mortal estrago.
HORTENSIO: ¿Qué veo? Estoy sin acuerdo.
CONDE: Que sólo parezco cuerdo
en las locuras que hago.
HORTENSIO: ¿Qué haces? Tente, señor,
tu Margarita está aquí.
PRÍNCIPE: ¿Mi prima?
CONDE: ¿Mi esposa?
HORTENSIO: Sí.
ELENA: ¿Mi madre?
MARGARITA: Cese el rigor.
¡Esposo!
CONDE: ¿Qué estoy mirando?
REY: Grave mal.
INFANTA: Dolor terrible.
CONDE: ¡Mi bien!
INFANTA: ¿Aquesto es posible?
HORTENSIO: Todos se miran callando.
Pues tan confusos os veo,
quiero deciros la causa,
pero el saberla, ¿qué hará,
si el no saberla os espanta?
El día que el conde Alarcos
le dio la mano y el alma
a Margarita, quedando
de esto ofendida la infanta,
me mandó a mí que matase
su hijo, a quien yo guardaba,
y su corazón trujese
envuelto en su sangre hidalga.
Yo, lastimado de ver
lo que a las fieras entrañas
de osos, tigres y leones
es cierto que lastimara,
el corazón de un cordero
y su sangre limpia y clara
fue lo que truje a la mesa,
y que alborotó la casa.
Después, temiendo el rigor
de la que dejé engañada,
busqué en el monte una cueva
donde, lleno de esperanzas,
crié con cuidado el niño
con la leche de una cabra,
y al cabo de un año, un día,
dos horas depués del alba,
en la boca de mi cueva,
escondido entre unas zarzas,
vi que el conde a la condesa,
muerto de pena, mataba.
Quisiera estorbar su muerte,
mas fue imposible estorbarla,
porque vi que entre las peñas
crïados del conde estaban.
Temí el morir, no por miedo,
mas porque, sin mí, quedaba
en las manos de la muerte
mi niño, mi prenda cara.
Al fin, como loco, el conde,
con un lazo a la garganta
dejó a su mujer y fuese
dando voces; yo, que estaba
esperando esta ocasión,
quise salir a gozarla.
El cuerpo, casi difunto,
llevé en estos hombros, carga
que el mismo Atlante pudiera,
si fuera vivo, envidiarla.
Así la llevé a mi cueva,
aunque con poca esperanza
de vida. Mas quiso el cielo,
dándole esfuerzo, ampararla.
En sí volvió poco a poco,
díjome, "Señor, acaba,
haz lo que te manda el rey,
pues que le importa a la Infanta,"
pensando que fuese el conde.
Y viendo que se engañaba,
agradeció aquel servicio.
Mostréle, por consolarla,
su hijo. Contéle el caso,
alegró un poco la cara,
cuidando todo este tiempo
de su regalo y crïanza.
Ésta es, conde, tu mujer,
y éste es tu hijo, sin falta.
Si culpa en esto he tenido,
infanta, rey, castigadla.
INFANTA: Ya conozco yo que el cielo,
pues me castiga, me ampara.
Padre, mi culpa confieso,
de la tuya injusta causa.
REY: El tierno amor de una hija
a cualquier padre engañara.
INFANTA: Doncella estoy, porque el conde
no llegó a mí, y en la cama
todas las noches ponía
entre los dos una espada.
Dos casamientos ha hecho;
el que fue más justo valga,
y, pues dio vida a su esposa
el cielo, désela larga,
que yo, si me das licencia,
pues todo me aflije y cansa,
metida en un monasterio
miraré por la del alma.
Herede el reino este niño,
pues es de tu sangre y casa;
que yo le renuncio en él.
REY: Como tú gustas se haga.
CONDE: Pierda el príncipe su enojo,
pues cobro el seso y el alma.
REY: Yo, porque le pierda, quiero
ponerle gente en campaña
bastante, porque en ella
cobre el reino que le falta.
PRÍNCIPE: Yo, señor, tus manos beso,
porque respeto tus canas.
CARLOS: Hortensio, ¿yo he de ser Rey,
y vos sois mi padre?
HORTENSIO: Basta
besarte, señor, las manos,
cuando esotro no bastara.
MARGARITA: Dale la mano a tu hijo.
CONDE: Y parte de mis entrañas.
CARLOS: Dame las dos, padre mío.
CONDE: Dichoso el cielo te haga.
ELENA: Pues a mí, de ese contento,
alguna parte me alcanza.
PRÍNCIPE: Vuestra hija es ésta, conde.
CONDE: A los tres, mis prendas caras,
la mesma ocasión os diga
si me da gusto el gozarla.
MARGARITA: Muda me tiene el contento.
ELENA: ¿Hermano?
CARLOS: Querida hermana.
CONDE: Besemos todos las manos
a nuestro rey y a la infanta.
REY: Bendígaos el cielo a todos.
INFANTA: A todos os dé su gracia.
PRÍNCIPE: Yo tomaré por esposa
a Elena.
CONDE: ¡Suerte extremada!
MARGARITA: Dichosa hija tenemos,
pues mi primo quiere honrarla.
PRÍNCIPE: De esposo te doy la mano.
ELENA: Y yo logro mi esperanza.
CONDE: Y aquí, senado, la historia
del conde Alarcos se acaba.
FIN DE LA COMEDIA
Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham