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MARCELO:          Ya está abierta.
CONDE:                          ¡Ay, prendas mías,
               penas vivas, muertas glorias,
               como infelices memorias
               de aquellos felices días!
                  Salid, pues mi fe os empeño,
               y tanto lugar os doy
               de vengaros, que yo soy
               el que maté a vuestro dueño.
                  Salid, y servid de espadas
               contra mí, pues venís juntas,
               y vuestras agudas puntas
               en mi memoria afiladas.
                  Cualquiera de estos cabellos
               el mismo sol eclipsaba,
               y cuando yo los cortaba
               mil almas colgaban de ellos.
                  Quedé entonces satisfecho
               de mis celos y sospechas, 
               y agora sirven de flechas 
               que me atraviesan el pecho.
                  Vos, sortija, estáis aquí, 
               testigo de que os tomé 
               cuando me dieron la fe 
               que yo sin culpa rompí.
                  Corrida estaréis de estar 
               en las manos de un villano, 
               o en el dedo de una mano 
               que a un ángel pudo matar.
                  Salid, papeles que habláis 
               para darme más tormento, 
               que a fe que no os lleve el viento 
               pues mis pesares lleváis.

Lee un papel
"Amigo del alma"--¡ay triste!-- ¿que esto dijiste de mí? "Para servirte nací." ¿Qué leo?, ¿Que esto me escribiste? ¿Para quererme? ¡Ah, rigor de los cielos soberanos! Para morir a mis manos hubieras dicho mejor. ¡Ah, traidor! Nunca merezca el cielo, pues que maté un ángel suyo. MARGARITA: No sé si me alegre o me entristezca. Hecha un mármol, hecha un hielo callo y miro lo que siente. CONDE: ¡Que la tierra me sustente y no me castigue el cielo! Venid, espejo, despojos del rostro que retratastes algunas veces que hurtastes tan dulce oficio a mis ojos. ¡Cuántas pudiste encerrar esta cara junto a aquélla, ésta alegre, aquélla bella, porque así suelen juntar, cuando Amor les da el consejo, los que de Amor llevan palma, como en dos cuerpos un alma, dos caras en un espejo! Agora ya no veré en tu luna limpia y clara los soles de aquella cara, a quien yo la luz quité. MARGARITA: Sin pensarlo me he llegado, pero está tan divertido que no me verá. CONDE: El sentido o el alma se me ha turbado,
Ve el rostro de MARGARITA dentro del espejo
o veo su rostro hermoso en otro cuerpo. Es visión ¿o hace la imaginación caso? Cielo poderoso, ¿que es de mi esposa? MARGARITA: Sin duda que en el espejo me ha visto, hüir quiero. CONDE: ¿Qué resisto? ¿Quién me ofende? ¿Quién me ayuda? Señora, no seas crüel, niño soy... MARGARITA: El alma dejo. CONDE: ...que busca tras el espejo lo que está mirando en él. ¿Su rostro no me mostrabas? Sí, que yo le pude ver en tu luna. A ser mujer, pensara que me engañabas. ¿No le vi, suelto el cabello, y una piel sobre los hombros? ¡Qué de quimeras y asombros me afligen! ¡Ay, ángel bello! ¿Dónde estás? Habrá sacado la cabeza de mi pecho y, como le vino estrecho, le ha descompuesto el tocado. Pero la piel, ¿cúyo era? En él se la habrá vestido, que, como tan fiero ha sido, le ha dado el traje de fiera. Sal, mi bien, si te has metido en aposento tan triste. Mas ¿quién duda, pues te fuiste, que me has dejado y te has ido? ¿Que te has ido? Aunque te pesa, te buscaré en cualquier parte. Rabiando voy a buscarte. ¡Cielo, dame mi condesa! MARGARITA: Voces da el conde, y yo voy siguiendo mi desventura. De este monte en la espesura pienso que segura estoy. De aquí veré lo que pasa, tras esta mata escondida. CONDE: Vuelve, condesa querida, a este pecho que se abrasa. Mas yo te maté--¡ay de mí! ¿Cómo te busco y te lloro? Mas ven, que tu sombra adoro, si es tu sombra la que vi. MARGARITA: ¡Ay, amigo! CONDE: ¡Fuente clara, tus aguas quieren crecer mis ojos; ya vuelvo a ver en tu claridad su cara! Sin duda que es el traslado de mi Margarita bella, si no es que, pensando en ella, en ella me he transformado. Pero, ¿cómo puede ser? MARGARITA: Que me ve en la fuente creo. CONDE: Porque aquí dos caras veo, dos caras debo tener; que en señal de ser traidor el cielo me las envía, y aun bien que añadió a la mía ésta, que fue la mejor. Mas no fue sin ocasión, porque viéndola tan bella, querrá que miren en ella si fue grande mi traición. Mas ¿no puede ser que aspira a envïarme algún consuelo Margarita, y desde el cielo en esta fuente se mira? Mas yo, ¿no la miro aquí? Lo más cierto es que sospecho que entra y sale de mi pecho por martirizarme ansí. Cuando tan crüel no fuera, le rompiera yo en efeto por saber este secreto.
Quiérese abrir el pecho
MARGARITA: ¡Quien socorrerle pudiera! ¡Loco está! CONDE: Mas soy crüel, tente, mano rigurosa, que dirá mi dulce esposa que quiero sacarla de él. ¿Qué haré? Que soy un abismo
Entra un VILLANO
VILLANO: Pues de sed vengo perdido beberé. CONDE: Infame, atrevido, sin duda que el rostro mismo viste como yo, en la fuente, y con tu vergüenza poca, quieres llegarle a la boca. Mataréte a coces. VILLANO: Tente. Bebía, no pienses tal. CONDE: Pues ofensa no me has hecho, mírame si en este pecho, que fue un tiempo de cristal... VILLANO: (Loco está.) Aparte CONDE: ...si un rostro bello verás. VILLANO: ¿De qué? CONDE: De mujer. VILLANO: Sí, señor. CONDE: ¿Que puede ser? ¿Y tiene suelto el cabello? VILLANO: Sí, señor. CONDE: ¡Extraña prueba! No son quimeras ni asombros. ¿Qué lleva sobre los hombros? VILLANO: Una albarda. CONDE: ¿Albarda lleva? ¡Villano enemigo, infiel! ¿No lleva una piel, traidor? VILLANO: Tente, verélo mejor. CONDE: Mira bien. VILLANO: Lleva una piel. CONDE: Ve mirando poco a poco. ¿Qué ves? VILLANO: (Tu asadura veo. Aparte Que está cerca mi fin creo, que estoy en poder de un loco.) CONDE: ¿Qué, villano? VILLANO: No veo nada. CONDE: ¿No ves a mi esposa? VILLANO: Sí. CONDE: ¿Está descontenta, di? VILLANO: Parece que está enojada. CONDE: ¿Podré verla yo? VILLANO: ¿Pues no? CONDE: ¿Cómo, amigo? Dilo pues... VILLANO: Volviéndote del revés la podrás ver como yo. CONDE: ¿Qué dices? VILLANO: Que Dios me valga... CONDE: ¡Oh, el más vil de los villanos! VILLANO: ...y ponga tiento en tus manos. CONDE: Mas ruégale tú que salga, amigo. VILLANO: ¿Podrá ser eso? CONDE: Sí, que denantes salía. Díselo. VILLANO: Señora mía, salí vos. (¡Hay tal suceso!) Aparte CONDE: ¿Qué dice? VILLANO: Que te desea en todo, señor, servir, pero que no osa salir por no parecerte fea. CONDE: ¿Fea un ángel? VILLANO: (Otros diez Aparte quisiera de guarda.) CONDE: Muera un desconocido. VILLANO: Espera, rogaréselo otra vez. ¡Ay, ay, Dios! CONDE: Calla. VILLANO: ¿Que calle? Estoy perdiendo mil vidas de miedo. CONDE: Yo haré que midas lo que hay desde el monte al valle. Mataréte. VILLANO: ¡Loco honrado! CONDE: ¿Qué cosa... VILLANO: ¿Qué quiere hacer? CONDE: ...habrá segura, en poder de un loco desesperado?
Tómale al brazo y vanse, y salen ELENA y CARLOS, cada uno por su puerta
ELENA: Pues al castillo llegué, haré la seña. CARLOS: Perdone, los límites que me pone mi madre, esta vez pasé. ELENA: Pues por todo este horizonte quien pueda verme no siento. CARLOS: No fue poco atrevimiento dejar lo espeso del monte. ELENA: Mas, ¡ay Dios!, ¿qué llego a ver? Ya llega, esperarle puedo, que a este traje perdí el miedo después que vi una mujer con estos toscos despojos, y los mejores merece. CARLOS: ¿Qué veo, qué se me ofrece tan agradable a los ojos? Allá me llego ¿Quién eres? ELENA: Una mujer. ¡Qué galán salvajito! CARLOS: Y ¿así van en el mundo las mujeres? ELENA: Así van. CARLOS: Por mi desgracia, no las he visto. ELENA: ¿De veras? CARLOS: Heme crïado entre fieras en este monte. ELENA: ¡Qué gracia! CARLOS: ¡A fe que es cosa de ver! ELENA: ¿Agradan os? CARLOS: Sí, por Dios. Y ¿todas son como vos? ELENA: Y más bellas, CARLOS: ¿Puede ser? Decid. ELENA: Donaire infinito. CARLOS: ¿Qué es, que desde que os miré voy sintiendo un no sé que que me desmaya un poquito? Tengo, entre ciertos antojos que el alma no me declara, un calorcillo en la cara que entra y sale por los ojos. ELENA: A eso llaman afición, o amor. CARLOS: ¿Eso es cierto? ELENA: Sí. (Yo lo sé bien, ¡ay de mí!) Aparte CARLOS: ¿Dónde está? ELENA: En el corazón hace primero su asiento, y luego al alma se pasa. CARLOS: Y ¿qué efetos hace? ELENA: Abrasa. CARLOS: ¿Abrasa? Abrasar me siento. Amor tendré. Y vos habréis probado de su rigor, que, pues sabéis qué es amor, sin duda que amor tenéis. ELENA: Por oídas lo sé yo. CARLOS: A ser eso no os asombre, conoceréisle en el nombre, pero por las señas no. Mas decí, ¿no me diréis, ya que a conocerlo vengo, este pesar que yo tengo de pensar que amor tenéis, cómo le llaman? ELENA: (¡Ah, cielos! Aparte Corrida estoy.) CARLOS: ¿No os obligo? Respondedme a lo que os digo. ELENA: A ese pesar llaman celos. CARLOS: ¡Celos! En mi pecho están. ¿Qué pena se les iguala? Pues a una cosa tan mala, ¿nombre tan bueno le dan? A los cielos se parece en el nombre, pero en el rigor al infierno. ELENA: Es un dolor que con los remedios crece. (¡Qué gran donaire ha tenido!) Aparte CARLOS: Pues ¿con qué haré resistencia a este mal? ELENA: Con el ausencia. CARLOS: ¿Por qué? ELENA: Porque causa olvido. Cuando la dama es ingrata, se entiende. CARLOS: ¡Gran desventura! ¿Y cierto la ausencia cura? ELENA: A lo menos cura, o mata. CARLOS: Otro remedio más llano busco yo, a decir verdad. Dame la mano. ELENA: Tu edad me obliga a darte la mano.
Dásela
CARLOS: ¡Qué gusto siento! ELENA: ¡Qué bien! CARLOS: Ya celos no me atormentan. Y ¿con esto se contentan los hombres que quieren bien? ELENA: ¿Luego es esta gloria poca? (Muerta de risa le escucho.) Aparte CARLOS: ¿No la hay mayor? ELENA: Cuando mucho, pueden llegar a la boca. CARLOS: Gran gloria será. Pues yo a llegarla me dispongo.
Llega la mano a la boca
Y así en los ojos la pongo. ¿Será disparate? ELENA: No. CARLOS: ¿Con qué pagarte podré el contento que me das? Y ¿puede llegar a más este gusto? ELENA: Bien, a fe, no puede, no haciendo injuria al honor.
Sale el CONDE como furioso
CONDE: ¡Mueran, villanos! ¡Ninguno vendrá a mis manos que se escape de mi furia, hasta que el rey y la infanta me paguen el mal que han hecho! CARLOS: Que viene loco sospecho. ELENA: Ya su locura me espanta.
Cógelos el CONDE debajo los brazos diciendo
CONDE: He de arrojar estos dos de una peña, la más alta. CARLOS: El ánimo no me falta, fáltame la fuerza. ELENA: ¡Ay, Dios! CARLOS: Espera. ELENA: Señor, ¿qué hacéis? CONDE: De una peña he de arrojaros. Pero, si vuelvo a miraros, no sé, amigos, qué os tenéis, que tanto os siento apegar al pecho, al alma y al ser, que ya no podéis caer aunque yo os quisiera arrojar. ¿Qué me hicistéis? ¿Qué tenéis, que si os miro y me miráis mi locura reportáis y mi pecho enternecéis? CARLOS: Suéltanos. CONDE: ¿Huyes? Espera. ELENA: Huye tú también. CARLOS: No quiero, que un honrado caballero no puede hüir aunque muera. Mi madre lo dice ansí y así lo pienso yo hacer. CONDE: ¿Qué me queda ya por ver, pues todos huyen de mí? ¡Qué mucho, si estoy envuelto entre sombras! Cosa es clara. Siempre miro aquella cara con aquel cabello suelto. Tras mí la llevo, y no vale decirle la pena mía, que por los pechos salía y por las espaldas sale. Venganza pide, eso es. Hoy he de ser un abismo por vengarla, y de mí mismo se la pienso dar después. CARLOS: Algún dolor le condena. CONDE: ¡Ay de ti, conde, que viste tu esposa en figura triste y no te acaba la pena!
Vase el CONDE

El conde Alarcos part 9

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Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham