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JORNADA TERCERA


Salen el criado llamado HORTENSIO y MARGARITA, vestidos los dos con pieles
MARGARITA: Mucho debo. HORTENSIO: Pago ansí mi obligación conocida. MARGARITA: Diste a mi hijo la vida, después me la diste a mí, y aquí con mano piadosa, sustentándolas estás; cuando no hay caza nos das fruta silvestre y sabrosa, que de ésta nunca faltó por todo aqueste horizonte, porque las plantas del monte riego con lágrimas yo. Seis años ha que a tus ojos lloro mi infelice historia, sin perder de mi memoria el menor de mis enojos.
Sale CARLOS como que huye
CARLOS: ¡Padre, madre! MARGARITA: Dios te guarde. HORTENSIO: ¿De qué huyes? CARLOS: De un león. HORTENSIO: ¿Es de hombre tu corazón? MARGARITA: Hijo villano, cobarde, ¿miedo tenéis, sino a Dios, y de una fiera huís? ¿De qué tembláis? ¿Qué decís? ¿Sangre de rey tenéis vos? CARLOS: Siendo tan pequeño agora no es mucho que me recate; mas volveré a que me mate si ése es tu gusto, señora. MARGARITA: Tente, aun no te obligo a tanto, pero ¿temblando has de huir? Los hombres han de morir de heridas y no de espanto. ¿Crees en Dios y en su ley? CARLOS: Sí, madre. MARGARITA: A todo responde. ¿Quién tienes por padre? CARLOS: Al conde. MARGARITA: ¿Y por enemigo? CARLOS: Al rey. MARGARITA: Y dime, un buen caballero ¿qué cosas ha de tener para parecerlo? CARLOS: Ser buen cristiano lo primero. MARGARITA: ¿Y de trato? CARLOS: Noble y claro. MARGARITA ¿Qué más? CARLOS: No hacer cosa fea. MARGARITA: ¿Y en lo que gastar? CARLOS: Que sea entre pródigo y avaro. MARGARITA: ¿Con las mujeres? CARLOS: Afable. MARGARITA: ¿Y ha de querer? CARLOS: A ninguna. MARGARITA: ¿Paciente? CARLOS: Con la Fortuna. MARGARITA: ¿Y en lo que promete? CARLOS: Estable. MARGARITA: ¿Qué hará si debe? CARLOS: Pagar. MARGARITA: ¿Qué no ha de ser? CARLOS: Inquieto. MARGARITA: ¿Y qué ha de guardar? CARLOS: Secreto. MARGARITA: Pocos le saben guardar. ¿Qué no ha de dar? CARLOS: Ocasión. MARGARITA: ¿Si se la dan? CARLOS: Arrojarse. MARGARITA: ¿Si le ofenden? CARLOS: Mejorarse. MARGARITA: ¿Y qué ha de tener? CARLOS: Razón. MARGARITA: ¿Ser amigo...? CARLOS: ...de su amigo. MARGARITA: ¿Qué hará? CARLOS: Servirle y honrarle. MARGARITA: ¿Y al enemigo? CARLOS: Estimarle. MARGARITA: ¿Y qué más? CARLOS: No serle enemigo. MARGARITA: Y, sobre todo, ¿qué importa? CARLOS: Que diga siempre verdad. MARGARITA: Esa lición repasad cada día, pues es corta. HORTENSIO: Gran mujer, si cada día, la que tú le das, señora, diesen los padres de agora, menos infames habría. MARGARITA: Este niño es mi consuelo, quiérole como al vivir. HORTENSIO: Vamos, Carlos, de esgrimir tomaréis lición. CARLOS: ¡Ah, cielo! Si tú me dejas crecer, con la fuerza de mis brazos leones hechos pedazos a mi madre he de traer.
Vanse y queda MARGARITA sola
MARGARITA: Ya que sola me han dejado en mi ordinario ejercicio, haced, ojos, el oficio que mi desdicha os ha dado. ¡Ay, conde Alarcos!...¿Quién viene?
Sale ELENA
ELENA: ¡Qué bién empleados pies! MARGARITA: Una pastorcilla es que grande donaire tiene. ELENA: ¡Ay, Jesús! ¿Cómo resisto a este trance? Huir no puedo con el miedo. MARGARITA: Tiene miedo. Sin duda aquel rostro he visto otra vez, mas no imagino cómo y dónde. Espera, espera. ELENA: ¡Ay, cuitada! Bueno fuera. ¡Valedme, cielo divino, que no puedo, de turbada, valerme! MARGARITA: No hay que temer, que como tú soy mujer, aunque mujer desdichada. ¿Espanto yo? ELENA: Sí, que estás como salvaje entre fieras. MARGARITA: Pues, si mi desdicha vieras, te hubiera espantado más. Dame la mano. ELENA: No oso un poco el miedo he perdido. MARGARITA: Pues, aunque del sol curtido, rostro tengo. ELENA: Y harto hermoso. Parece que el corazón con verte se alegra un poco. Desde que te miro y toco te voy cobrando afición. Y que te he visto sospecho otra vez, pero no vengo a conocerte. MARGARITA: Si tengo negro el rostro y ronco el pecho, no es posible, y es tu edad muy poca para acordarte dónde, cómo y en qué parte me viste. ELENA: Dices verdad. MARGARITA: Abrázame. Cosa rara, yo también--¡ah, tiempo ingrato!-- tengo en el alma un retrato muy parecido a tu cara, y agora, amiga, querría meterte do esté escondido. ELENA: En amor se ha convertido el miedo que te tenía. MARGARITA: ¿Quién eres? ELENA: Por el efeto que has hecho de amor en mí, quiero decírtelo. MARGARITA: Di. ELENA: Has de guardarme secreto.

Yo soy, aunque en este traje, hija de Alarcos el conde. El color tienes perdido, ¿qué te turba y descompone? Ya vuelve a cobrar tu rostro sus perdidos arreboles ¿Por qué me abrazas y lloras? ¿Qué dices?¿No me respondes? Señora, ¿qué extraño efeto han hecho en ti mis razones? Vuelve en ti y dime la causa. MARGARITA: Prosigue, amiga. ELENA: No llores. Pues un día desdichado que salimos de la corte mi padre, mi madre y yo, de muy poca edad entonces, en un despoblado valle que está en la falda de un monte, mató mi padre a mi madre, el cielo se lo perdone. Y un hombre en tu traje mesmo, su cuerpo en brazos llevóse, dejándome sola y a mí dando alaridos y voces. Hallóme el de Hungría ansí, que es mi tío, y preguntóme la causa. Contéle el caso; como era justo, sintióle. Juró de darme venganza, y entregóme a unos pastores, diciéndome que partía lleno de pena a la corte, donde halló que con la infanta estaba casado el conde. ¡Terribles son tus extremos! MARGARITA: Prosigue, amiga. ELENA: No llores. Con todos se descompuso, y usando de sus rigores le mandó prender el rey. Mientras pudo defendióse, pero apretado, a prisión hubo de darse a la postre, y aun dice que le mataran a no tener valedores. En un castillo le tiene, que se ve desde este monte, donde padece ha diez años los trabajos más inormes. Murió su padre en Hungría, y un vasallo suyo alzóse con el reino, y esto es causa que ninguno le socorre. Yo le hablo algunas veces por la reja de una torre, llevándole en esta cesta cuándo fruta, cuándo flores. Estoy en la casa misma donde me dejó, aunque pobre contenta, pues le consuelo, y alegre de que me adore. Pues sabes quien soy, agora, ansí mil años te goces, que me digas tú quién eres. MARGARITA Dame los brazos. ELENA: No llores.

MARGARITA: Más lugar he menester para que mi historia cuente, y un grande tropel de gente llega ya, voyme a esconder. ¿Que te miro, que te toco? ¡Cielos santos, cielos justos! Ya llegan... ¡Todos los gustos suelen durarme tan poco! Vuelve a verme de aquí un rato aquí mesmo. ELENA: Así lo haré. MARGARITA Yo, hija, te mostraré ELENA: ¿Qué? MARGARITA: De tu madre un retrato. ELENA: De tan extraño suceso con razón me maravillo. Adiós, y voyme al castillo donde el príncipe está preso.

Vase. Escóndese MARGARITA, y salen el REY, el CONDE, la INFANTA y MARCELO
REY: ¡Qué bien corrió al jabalí el lebrel! INFANTA: ¡Fue buena suerte! CONDE: (¿Cómo alcanzaré la muerte Aparte si vuela huyendo de mí?) MARGARITA: Quien tal mira ¿qué padece? VOZ: ¡Aquí, aquí! ¡Más gente acuda! Dentro REY: Voces oigo, sí, sin duda que algún buen lance se ofrece. Vamos todos.
Vase el REY solo
INFANTA: Tú, señor, ¿no vienes conmigo? CONDE: No. INFANTA: ¿Por qué? CONDE: ¿No sabes que yo si estoy solo estoy mejor? INFANTA: Ya sé que de noche y día te canso. CONDE: Dices verdad. INFANTA: Y es tu misma soledad tu apacible compañía. Ya sé que tu Margarita muerta ocupa tu memoria. MARGARITA: ¡No me ha dado poca gloria oírlo! CONDE: Será infinita. INFANTA: Conde, que en tan largos años, porque para ti lo han sido, ¿los enojos no has perdido conmigo? CONDE: Fueron extraños. INFANTA: Vuelve, señor, en tu acuerdo, que como loco has quedado desde entonces. CONDE: Y he mostrado sólo en eso que soy cuerdo; que quien el seso y el ser no pierde, si es grave el mal que le sucede, es señal que no tuvo qué perder. INFANTA: Ya imagino que eres loco, pues por tal te has confesado. CONDE: Y tú cuchillo embotado que me matas poco a poco. INFANTA: Dame la mano, que estoy... CONDE: Presto me quieres matar, pues filos le quieres dar en la mano que te doy, pues cuando tuya no fuera, bastaba acordarme yo de que el alma me costó el dártela... MARGARITA: ¡Quién pudiera quitársela agora! INFANTA: ¡Ay, triste! CONDE: Déjame. INFANTA: Crüel estás. MARGARITA: Pues con dársela me das la muerte que no me diste. Estoy por vengarme agora, pero debo más respeto al conde. INFANTA: ¡Qué extraño efeto de crueldad! CONDE: Dejad, señora. INFANTA: Ya dejo--¡ah rigor terrible!-- de cansarte y de cansarme; pero dejar de vengarme de un villano, no es posible. Queda en paz, que de mi guerra no ha de escaparse tu vida.
Vase la INFANTA
CONDE: Para tenerte escondida abra su centro la tierra. MARGARITA: Consuelo dan sus desdenes a mis penas inmortales. CONDE: La memoria de mis males, y el archivo de mis bienes, descuelga de aquel arzón, y en mi ordinario ejercicio pasaré un rato. MARGARITA: El jüicio se le ha vuelto, y con razón. MARCELO: Mejor es que te diviertas en otra cosa. CONDE: Marcelo, ¿no sabes que mi consuelo consiste ya en prendas muertas? Ve al momento. MARCELO: Pues yo voy.
Vase MARCELO
CONDE: ¿Dónde estás, mi prenda cara, Margarita? MARGARITA: ¡Quien llegara a decirle dónde estoy! CONDE: ¿Dónde estás? ¿Qué triste suerte permite... MARGARITA: Muero callando. CONDE: ...que siempre te esté mirando y que nunca pueda verte? MARGARITA: ¿Qué esperáis, cobardes pies? ¿Hablaréle? No,... CONDE: ¡Señora! MARGARITA: ...que me está llamando agora y me matará después. ¡Maldigo a quien os quisiere, hombres, pues no puede ser confïarse la mujer del hombre que más la quiere! CONDE: A mi Margarita bella pienso que el alma divisa, que muchas estrellas pisa. MARGARITA: Y es infelice su estrella. CONDE: ¿Qué habrá que no me inquiete?
Entra MARCELO
MARCELO: Ya la maleta está aquí. CONDE: Y yo, triste, estoy sin mí. Ábrela, Marcelo, y vete.

El conde Alarcos part 8

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Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham