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HORTENSIO: ¡Grande lástima! ¿Qué haré?
¿Saldré? No es justo salir.
MARGARITA: Si es que el uno ha de morir
de los dos, yo moriré.
Mátame.
CONDE: Yo estoy difunto
de escucharte.
MARGARITA: Mas, señor
¿Que tantos años de amor
han de acabarse en un punto?
Pero no es razón que huya
de locura que es tan cuerda;
mas no es justo que se pierda
un alma que ha sido tuya.
Querría, por mi consuelo,
confesarme.
CONDE: ¡Trance horrible!
Margarita, no es posible,
confiésate con el cielo.
MARGARITA: Baste. No más. Sea ansí.
Los cielos enternecidos
me escuchen, pues tus oídos
están sordos para mí.
Aunque temo su desdén,
pues con propósito firme
jamás pude arrepentirme
de haberte querido bien.
Mas, señor, pues en la tierra
no hay cosa que no me aflija,
confesores de los cielos,
grandes son las culpas mías.
Mártires santos, valed
a esta triste que os imita;
vosotros también, pues muero
con vuestra inocencia misma,
valedme, inocentes todos;
los que en las supremas sillas
tenéis gloriosos lugares
me valed, y vos, bendita
abogada de los hombres,
Virgen preñada y parida,
Madre del Eterno Hijo,
del Eterno Padre hija,
intercede por mí agora
y aparejad una silla
adonde, por culpa nuestra,
contemplo tantas vacías,
y quédese el mundo en paz,
pues es su guerra infinita.
A vos yo os perdono, conde,
por el amor que os tenía,
pero, pues sin culpa muero,
para dentro en quince días
al rey cito y a la infanta,
ante la justa justicia.
Agora déjame dar
dos abrazos a esta niña.
ELENA: Padre, no mate a mi madre.
CONDE: ¡Qué congoja!
MARGARITA: ¡Qué desdicha!
Y a ti también te abrazara,
pero no quiero que digas
que hace lo mesmo al verdugo
el que la vida le quita.
Con todo, quiero abrazarte.
CONDE: Algún demonio me incita.
Ya de puro sentimiento,
de lástima, de mancilla,
el seso he perdido, rabio;
y aunque la condesa es mía,
seré, pues lo quiere el rey,
su verdugo y su homicida.
Como el que, rabioso y loco,
se ceba en su carne misma,
echaréle un lazo al cuello
de una toca o de una liga,
y, llamando a mis crïados,
diré que murió. Infinita
es mi maldad. Pero vaya,
pues lo quiere el rey. Amiga,
ya es hora.
MARGARITA: ¡Qué dulce nombre!
Espera. Jesús, María!
Aprieta el lazo que le puso
CONDE: La fuerza faltó a los brazos,
más ya es muerta.
HORTENSIO: ¡Qué desdicha,
que estorbarle no he podido!
ELENA: Padre, padre, madre mía.
CONDE: Agora, conde villano,
te falta el ánimo, gritas.
Tengo un ñudo en la garganta,
mas yo voy y vuelvo aprisa.
Acudid, crïados míos,
que la condesa se fina.
Vase el CONDE y sale HORTENSIO
ELENA: Jesús, qué fiero animal!
HORTENSIO: Aún parece que está viva.
Sobre mis hombros la llevo.
ELENA: ¿Adónde iré? ¡Qué desdicha!
Vase HORTENSIO llevando en hombros a la condesa
MARGARITA, y salen el PRÍNCIPE y CRIADOS
CRIADO: En este lugar los vi,
llorando a los tres.
PRÍNCIPE: No hallo
sosiego.
CRIADO: Y maté un caballo
por avisarte.
ELENA: ¡Ay!
PRÍNCIPE: ¿Qué oí?
ELENA: ¡Señor tío, señor tío!
PRÍNCIPE: ¿Hay cosa tan peregrina?
¿Cómo tan sola, sobrina?
ELENA: Hanme dejado.
PRÍNCIPE: ¡Ángel mío!
¿Y quién tan sola os dejó?
ELENA: Mataron aquí a mi madre.
PRÍNCIPE: Y ¿quién la mató?
ELENA: Mi padre.
PRÍNCIPE ¿Vístelo vos?
ELENA: Vilo yo.
Bien lo vi y bien le pesaba.
PRÍNCIPE: ¿Hay pena como la mía?
ELENA: Y así llorando decía...
PRINCIPE ¿Qué?
ELENA: Que el rey se lo mandaba.
PRÍNCIPE: Jesús, decid la verdad!
Y ¿por qué?
ELENA: Porque se case
con la infanta.
PRÍNCIPE: ¿Que eso pase?
¿Hase visto tal maldad?
Pues no ha de ser de esta suerte,
aunque el cielo lo permita,
que en mí tiene Margarita
quien sabrá vengar su muerte.
¡Oh, rey falso! Y tú, mis ojos,
¿cómo aquí tan sola estás?
ELENA: Dejóme y fuése.
PRÍNCIPE: ¿Eso más?
Vamos, que rabio de enojos;
y pues con razón me fundo
y esto acabo de entender,
una venganza he de hacer
con que atemorice al mundo.
Vanse. Sale el CONDE y CRIADOS
CONDE: Pienso que es éste el lugar
donde mi esposa he dejado,
mas tal estoy de turbado
que aún no le podré hallar.
Ya ha rato que ando perdido.
¿Éste será? ¡Extraña cosa!
Pero no está en él mi esposa,
al cielo se habrá subido.
Mi hija quedó con ella
y falta también--¡ay, Dios!--
que cualquiera de las dos
le podrá servir de estrella.
Mas ¿cómo no arroja rayos,
si es justo, a un pecho alevoso
como el mío? ¡Ay, cielo hermoso!
Mortales son mis desmayos.
CRIADO: Señor...
CONDE: Déjame y de un monte...
CRIADO: ¿Qué haces?
CONDE: Crïados míos,
por buscarlas dividíos
todos por este horizonte.
CRIADO: Será así.
CONDE: Mi pena es tanta
¿y la muerte no me doy?
Mas pues a la corte voy,
y veré al rey y a la infanta,
con verme me matarán;
que pues con pecho atrevido
causa de mi daño han sido,
mis basiliscos serán.
Vanse todos. Salen el REY y dos GRANDES
GRANDE 1: No es rigor, sino justicia,
volver un rey por su honor.
GRANDE 2: Y, cuando fuera rigor,
le merece su malicia.
REY: No es poco gusto saber,
para en ocasión que importe,
que dos grandes de mi corte
aprueben mi parecer.
GRANDE 1: Como de tu ingenio es.
REY: Si tiene el debido efeto,
casarse han luego en secreto,
y publicarse ha después.
Y pues sabréis que me vengo,
o al menos me satisfago,
del casamiento que hago
y de la razón que tengo
seréis testigos.
GRANDE 1: Tú puedes
mandarnos.
GRANDE 2: No hay que dudar.
REY: Y vosotros esperar
mis regalos y mercedes.
Y si no cumple el villano
su palabra y mi deseo,
por el Dios que adoro y creo,
justo, eterno y soberano,
que de haber burlado ansí
un real y noble pecho,
ha de hallar el mundo estrecho
para guardarse de mí.
Sale la INFANTA y un CRIADO
CRIADO: Él y un paje en dos caballos
a toda furia salían.
El príncipe...
INFANTA: Correrían,
sin duda, para estorballos.
Algún aviso ha tenido,
algún estorbo recelo
a mi gusto. Quiera el cielo,
aunque de mí está ofendido,
que caiga, si corre a eso,
de suerte que levantar
no se pueda. ¿Que avisar
le pudieron? Pierdo el seso.
REY: ¿Infanta?
INFANTA: ¡Señor!
REY: ¿Qué extremo
de tristeza echo de ver
en tus ojos?
INFANTA: Del temer
nace el dudar, y yo temo
y estoy triste.
REY: ¿Pones duda
en tu gusto, infanta hermosa?
INFANTA: El que desea una cosa
siempre la teme y la duda,
y hasta verla no estaré
jamás con el rostro enjuto.
Sale un PAJE
PAJE: Cubierto el conde de luto
desde la cabeza al pie,
pide licencia.
REY: En buen hora.
INFANTA: No es como él mi suerte, negra;
el primer luto que alegra
es éste.
GRANDE 2: ¿Estás triste agora?
Sale el CONDE cubierto de luto
REY: ¿Qué es, conde?
CONDE: El tiempo enemigo
me ha puesto de esta manera.
REY: Sálganse todos afuera
cuantos vinieron contigo.
Vanse los que vinieron con el CONDE
CONDE: (¡Oh cielo!) Aparte
REY: Di lo que has hecho,
que cuantos mirando estás
lo saben.
CONDE: Y tú sabrás
que tuve de acero el pecho.
REY: Agora quiero abrazarte,
pues que le tuviste hidalgo.
Levanta.
CONDE: (De seso salgo.) Aparte
REY: Al momento he de casarte
con mi hija, que es lo más
que a mí la suerte me ha dado.
CONDE: (Yo quedaré bien pagado, Aparte
con la muerte que me das,
de la que di a mi mujer.
¡Ah, cielo!) Beso tus pies.
REY: Pues el duque y el marqués
testigos vienen a ser
de este casamiento, luego
le da la mano.
CONDE: Sí, doy.
INFANTA: Y yo la tomo.
CONDE: (Y yo estoy Aparte
de cólera mudo y ciego;
pero pagarme convino
a mi desdicha el tributo.)
REY: A desposarse con luto
fuiste el primero que vino.
CONDE: Que así había de venir
nos enseña la experiencia,
por la poca diferencia
que hay del casarse al morir.
INFANTA: (Ya me han vengado los cielos, Aparte
porque este forzado empleo
no ha sido amor ni deseo,
sino tema, rabia y celos.
Aborrézcame el traidor,
que, porque su pena crezca,
deseo que me aborrezca,
para vengarme mejor.)
GRANDE 1: Gocéis mil años del bien
que tenéis.
GRANDE 2: No tenga igual
vuestro gusto.
CONDE: (De mi mal Aparte
me están dando el parabién.)
INFANTA: Déjeme el cielo pagar
vuestro buen celo.
GRANDE 1: Señora,
mil años vivas.
REY: Agora
mis hijos quiero abrazar.
INFANTA: Las manos nos da por ello.
REY: El alma daros quisiera.
CONDE: (¡Cuánto mejor estuviera Aparte
aquel lazo en este cuello!)
GRANDE 1: Sentimiento muestra el conde.
GRANDE 2: Quería mucho a su esposa.
GRANDE 1: Y casi a ninguna cosa
de las que escucha responde.
Suena dentro ruido y dicen desde dentro el
PRÍNCIPE y un PAJE
PAJE: Al rey he de avisar.
PRÍNCIPE: Es un tirano.
Dejadme entrar, o quedará deshecho
este palacio a coces. ¡Oh, villano!
PAJE: ¡Ay, que me ha muerto!
PRÍNCIPE: Ha sido de provecho.
Sale el PRÍNCIPE
Si eres, rey, descendiente de otros reyes,
¿ha sido hazaña digna de tu pecho
romper y traspasar las justas leyes?
¿Es hazaña de rey lo que tú hiciste?
¡Hiciéranlo los que andan tras los bueyes!
Y tú, conde villano...
CONDE: ¿Qué dijiste?
GRANDE 1: Mira, príncipe ciego...
PRÍNCIPE: ¿Ha sido justo
lo que hasta él mismo cielo tiene triste?
..................... [-usto]
....................... [-isto]
........................ [-usto];
pero ¿cómo a mi cólera resisto?
Dime, Conde traidor, ¿habrás hallado
en las leyes de amor, o en las de Cristo,
que el dar la muerte a quien la muerte has dado
fue cosa justa? Por quererlo un hombre
mataste un ángel.
REY: Oye, hante informado
mal, y hablaste peor.
CONDE: Ése es mi nombre,
pues traidor me llamaste. Yo confieso
que tengo culpa, aunque mi culpa asombre,
pero perdí el valor perdiendo el seso.
PRÍNCIPE: ¡Oh, enemigo; oh, tirano!
REY: ¿Que permita
esto, en su casa, un rey?
PRÍNCIPE: ¡Qué bueno es eso!
¡Súfrete el cielo a ti...!
REY: ¡Rabia infinita!
¡Prendelde!
PRÍNCIPE: ¿Qué prender? Tirano, advierte
que es de mi sangre y casa Margarita,
y así, en este ofendido pecho fuerte,
enciende el fuego su ceniza fría,
que ha de abrasarte a ti y vengar su muerte.
Y tú, Circe crüel, infame arpía...
Mas yo me vengaré...
INFANTA: Villano, calla.
PRÍNCIPE: Si junto mi valor con el de Hungría,
comienza a defender esa muralla
de mis intentos solos.
REY: Serán vanos.
PRÍNCIPE: Con mi aliento me atrevo a derriballa.
REY: ¡Matad a ese traidor!
PRÍNCIPE: ¿No tengo manos,
si no basta el respeto que se debe
a un hombre como yo?
GRANDE 1: Dadle.
PRÍNCIPE: ¡Villanos!
¡Y tantos contra un hombre!
CONDE: Gente llueve;
remediarle no puedo, estando agora
como un hombre de mármol o de nieve.
INFANTA: Matad ese traidor.
CONDE: Tú, eres traidora.
Vanse todos, unos por una puerta y otros por
otra
FIN DE LA SEGUNDA JORNADA
Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham