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CONDE:            ¿Cuál es?
REY:                        La condesa muera.
               Traspasa las justas leyes,
               que las honras de los reyes
               las pueden hacer de cera.
CONDE:            ¿Que muera mi esposa?
REY:                                    Sí.
INFANTA:       ¡Cómo al villano le pesa!
REY:           Mata, conde, a la condesa.
CONDE:         Mátame primero a mí.
                  ¿Yo he de eclipsar la luz pura,
               que al mundo la puede dar?
               ¿A un ángel he de matar
               en discreción y hermosura?
                  Mira, Rey...
REY:                          Traidor, ya miro
               las desdichas a que vengo.
CONDE:         Que ha diez años que la tengo
               y diez y seis que la miro,
                  y que se extremó en quererme,
               y que, por no darme enojos,
               jamás levantó los ojos
               que no fuera para verme.
                  Mira aquellas hebras de oro,
               de aquel rostro peregrino,
               aquel sujeto divino
               a quien respeto y adoro.
                  Mira que hazaña tan fea
               parecerá al mundo extraña,
               mira también que te engaña
               otra Circe, otra Medea.
                  Mira que hay, pues que te obliga
               un cristiano y justo celo,
               purgatorio, infierno y cielo
               y un Dios que premia y castiga.
INFANTA:          ¿Cómo se puede escuchar
               esta afrenta, padre amado?
REY:           No llores, tanto he mirado,
               que no tengo que mirar.
                  Lo que digo se ha de hacer,
               pues a mi suerte le plugo,
               o en las manos de un verdugo
               tú, tu hija y tu mujer
                  moriréis, pues en mi casa
               juntos os tengo a los tres.
CONDE:         ¡Jesús mil veces! ¿No ves,
               rey?
INFANTA:           (El alma se me abrasa.)        Aparte
REY:              De tu porfía me espanto.
               ¡Éste es mi honor y mi gusto!
CONDE:         ¡Rey magnánimo, rey justo,
               rey poderoso, rey santo,
                  mi señor, infanta bella,
               a tu valor corresponde!
INFANTA:       Muera la condesa, conde.
REY:           Muera mi afrenta con ella.
                  Dirás que te he desterrado
               y partiráste hoy de aquí,
               y en el camino...
CONDE:                        ¡Ay de mí!
REY:           ...más desierto y despoblado
                  la matarás, y de suerte
               que disimules tu pena,
               buscando una excusa buena
               para disfrazar su muerte.
                  La palabra me has de dar
               de lo que digo, o morir
               luego los tres.
CONDE:                        (Resistir           Aparte
               no puedo a tanto pesar.
                  ¿Mataré a mi dulce esposa?
               Sí, que en aquesta jornada
               escogió la muerte honrada
               por huír de la afrentosa.)
REY:              Y el mesmo día, en secreto,
               te casarás con la infanta.
               ¿Prométeslo?
CONDE:                        ¿Hay pena tanta
               en la tierra?  Sí prometo.
REY:              ¿Júraslo así?
CONDE:                         Así lo juro,
               y al cielo doy por testigo
               de tu injusticia.
INFANTA:                        ¡Ah, enemigo!
               Lavar mi afrenta procuro.
REY:              ¡Hola!
CONDE:                   ¿Quién no muere agora...
REY:           Di al príncipe y la condesa
               que entren.
CONDE:                    Rigurosa empresa.
REY:           Vete tú, infanta.
CONDE:                        ¡Ay, traidora!
INFANTA:          Vengada voy.
CONDE:                        (Cielo, ¿dónde          Aparte
               dan tan crüeles despojos?
               ¡Ay, rigor!, ¡ay, bellos ojos!)
REY:           Entrad.  Disimula, conde.

Entran el PRÍNCIPE y MARGARITA
Condesa, tened en mucho el daros a vuestro esposo. MARGARITA: Tus pies beso. CONDE: (¡Ay, cielo hermoso!) Aparte MARGARITA: Señor, ¿qué miro?, ¿qué escucho? Halle mi desenvoltura disculpa en mis alegrías.
Va a abrazar MARGARITA al CONDE
CONDE: (No salgáis, lágrimas mías.) Aparte MARGARITA: ¡Mi consuelo! CONDE: ¡Mi luz pura! (¡Que estimes los mesmos brazos Aparte que han de matarte! ¡Ah, cuitada!) INFANTA: (Ya tiene filos la espada, Aparte que ha de cortar estos lazos.) PRÍNCIPE: Bueno fuera durar eso.
El REY y el PRÍNCIPE aparte
Gran merced he recebido. REY: La parte y el todo ha sido el servirte. PRÍNCIPE: Tus pies beso. (Viendo esta enemiga ingrata Aparte toda el alma se me altera.) INFANTA: (Muero, mas antes que muera Aparte ha de morir quien me mata.) REY: El destierro de mi corte se ponga en ejecución, para dar satisfacción a mi gente, aunque no importe. PRÍNCIPE: ¿Salen de ella desterrados? REY: Sí, príncipe. PRÍNCIPE: Acompañarlos será justo, hasta dejarlos en tierra de sus estados. INFANTA: (Si éste va en su compañía Aparte pondrá estorbos a su muerte; mas ya pienso de qué suerte le detendré.) CONDE: Esposa mía, ¿que iras contenta? MARGARITA: ¿Pues no? Contigo, sin alboroto, del mundo en lo más remoto viviré con gusto yo. CONDE: (¡Ay, esposa dulce y fiel! Aparte Castigue Dios soberano los que quieren, por mi mano, sacarte sin culpa de él.) REY: ¿Y que no hay qué te desvíe de ese intento? PRÍNCIPE: Porque es justo ir con ellos. REY: Haz tu gusto. CONDE: Danos los pies. REY: Dios os guíe. INFANTA: (Para que estorbo no fuera Aparte le quisiera detener.) MARGARITA: ¿Que te tengo? CONDE: (¡Que he de ser Aparte el lobo de esta cordera!) INFANTA: Escucha. PRINCIPE ¿Qué he de escucharte? (¿Qué pretende esta inhumana?) Aparte INFANTA: Esta noche a la ventana te espero, que quiero hablarte. Cosa es que te importa, ven. PRÍNCIPE: Pues ¿en qué puedo servirte? INFANTA: No puedo agora decirte más de que te quiero bien. (De esta suerte he de engañar Aparte a este necio.) ¿No respondes? PRÍNCIPE: Iré a servirte. (A los condes Aparte dejaré de acompañar. Diré que he de ser su esposo y engañaré esta mujer. ¡Qué gran gusto debe ser enganar a un alevoso!)
Vanse todos. Sale el criadoque trajo la sangre y el corazón, llamado HORTENSIO
HORTENSIO: Mucho me vendrá a deber este ifante, y con razón, si, cual es la obligación, le diese el tiempo el poder. Aquí, mi piedad por norte, le crió, y tengo guardado en lugar más despoblado y más cercano a la corte, pudiendo acudir a ella sólo a buscarle sustento. Este hidalgo pensamiento premie su benigna estrella. De sus prendas y linaje, a sus parientes y amigos, daré por fieles testigos estos montes y este traje, si el tiempo... ¿Quién viene allí? Parece mujer que pasa de la cueva, que es mi casa.
Salen el CONDE, MARGARITA y ELENA
MARGARITA: ¿Sin crïados? CONDE: (Y sin mí.) Aparte De aquí nuestra gente espera muy cerca, y ellos vendrán cuando tú gustes. MARGARITA: Harán tu gusto. CONDE: (Morir quisiera.) Aparte MARGARITA: ¿Qué habemos de hacer, amigo, en lugar tan despoblado? CONDE: Siéntate, que aquí sentado quiero descansar contigo, que tengo en el corazón una gran congoja. MARGARITA: ¡Ay, triste! Y ¿cuándo tú la tuviste en mi presencia? HORTENSIO: Ellos son. ELENA: ¿Qué tiene padre? CONDE: Mis ojos, dadme vos un beso. ELENA: Y dos. MARGARITA: ¿Qué es esto, mi gloria? CONDE: (Adiós.) Aparte MARGARITA: ¿Tú lágrimas y enojos, mi regalo y mi consuelo? Dime la causa del llanto. ELENA: (Quiérele mi madre tanto, Aparte ¿y llora? CONDE: (¡Ay, ángel del cielo!) Aparte MARGARITA: De que soy tuya me pesa cuando en mi poder te hallas, me miras, lloras y callas, mi bien, mi conde... CONDE: ¡Ay, condesa! MARGARITA: ¿Qué tienes? CONDE: La muerte toco. MARGARITA: ¿Cómo, señor? CONDE: Ardo en fuego. MARGARITA: No me aflijas. CONDE: Estoy ciego. MARGARITA: No me mates. CONDE: Estoy loco. Condesa, mi bien... MARGARITA: Mi dueño... CONDE: Luego sabrás mis enojos, veré si doy a mis ojos, tras estas lágrimas, sueño. MARGARITA: Sosiega, reposa. CONDE: Espera, por si puedo... MARGARITA: Estoy sin vida. CONDE: ...en una muerte fingida alcanzar la verdadera. MARGARITA: ¿Qué es esto? Estas ocasiones no dejara de temer si, como toda mujer, fuera toda corazones. (Con cien mil temores lucho. Aparte ¿Qué tiene el conde? ¿Qué creo?) HORTENSIO: Cielo, ¿es cierto lo que veo, o es quimera lo que escucho? MARGARITA: ¿Qué haces? CONDE: Mi mal no afloja; veamos... MARGARITA: (Cielos, ¿qué haré?) Aparte CONDE: ...si paseando podré aliviar esta congoja. (Todo me cansa. ¡Oh suceso Aparte infelice y riguroso! ¿Puede ser?) MARGARITA: Querido esposo, sosiégate. CONDE: (Pierdo el seso.) Aparte MARGARITA: Vuelve, vuelve... CONDE: ¡Ay, ojos bellos! MARGARITA: ...a sentarte y darme abrazos. ¿No descansas en mis brazos? CONDE: Morirme quisiera en ellos. MARGARITA: Esta niña, aunque pequeña, ¿no es gran consuelo? CONDE: Sí es. ELENA: ¡Padre! CONDE: ¡Hija! HORTENSIO: Ver los tres enterneciera una peña. MARGARITA: ¿No sabría qué te aflige? CONDE: El caso más dolorido que en el mundo ha permitido el que le gobierna y rige; la más dañada esperanza, el mayor atrevimiento, el más crüel pensamiento, la más injusta venganza, el más injusto rigor, el agravio más terrible, la pena más insufrible y la desdicha mayor. MARGARITA: ¿Y qué es? CONDE: El mayor pesar, la más rigurosa empresa... de morir habéis, condesa, que el rey os manda matar. MARGARITA: ¿Cómo, señor? CONDE: Triste calma. Este injusto, este tirano, quiere que ponga la mano donde tengo puesta el alma. MARGARITA: Ya me ha muerto ver que tratas tú de quitarme el vivir; que yo no siento el morir, sino el ver que tú me matas. CONDE: Palabra de caballero di de matarte, y casarme. MARGARITA: No más, que para matarme esto bastaba. Ya muero.
Desmáyase MARGARITA
CONDE: ¿Desmáyaste? Triste suerte; pero ¡qué necios ensayos!, ¿qué me duelen tus desmayos cuando procuro tu muerte? MARGARITA: ¿Que te has de casar y que has de emplearte en otra parte? CONDE: ¿No sientes que he de matarte? MARGARITA: No, que esotro siento más. ¿No me pudieras callar esa segunda promesa y matarme? CONDE: ¡Ay, mi condesa! MARGARITA: Señor, ¿que te has de casar? Pónesme en duda la palma que mereciera en los cielos, que a no matarme con celos, llevara quieta el alma. Tu inclemencia se corrija si es posible... ELENA: Señor padre. MARGARITA: ...siquiera porque soy madre de este ángel que es tu hija. CONDE: No es posible resistir al rigor de este pesar. Mas, pues no puedo matar, ¡vive Dios que he de morir!
Quiere matarse
MARGARITA: ¡Mi bien! CONDE: Esposa querida, deja... MARGARITA: ¡Terribles desdenes! ¡Mi gloria! CONDE: ¿Un brazo detienes que ha de quitarte la vida? Moriré, mas no mantengo mi palabra, así es verdad. ¡Ah, cielos, que aun libertad para matarme no tengo!

El conde Alarcos part 6

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Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham