This file was last updated on June 16, 1999
JUAN: El tropel de mis desvelos me trae confuso y loco, que el discurso enfrena poco si pican muchos los celos. No es posible hallar medio mi desdicha en tanta pena. Mi ingratitud me condena, y el morir sólo es remedio. Pues morir, honor, morir, que la ocasión os advierte que vale una honrada muerte más que un infame vivir. Bien se arguye mi cuidado. --¡Ay, honor!-- pues no reposo, desesperado y celoso.
Sale doña LEONOR
LEONOR: Perdóname si he tardado, que me ha detenido Estela mandándome que la siga. JUAN: No me da su amor fatiga cuando mi honor me desvela. Yo os he llamado, Leonardo, para mataros muriendo. LEONOR: Don Juan, lo mismo pretendo.
[Sale] RIBETE a la puerta
RIBETE: ¡Grandes requiebros! ¿Qué aguardo? No he temido en vano. Apriesa a llamar su hermano voy, que está con Estela hoy. Leonor, se acaba tu empresa.
Vase [RIBETE]
LEONOR: Hoy, don Juan, se ha de acabar toda mi infamia --¡por Dios!-- porque matándoos a vos libre me podré casar con quien deseo. JUAN: Esa dicha bien os podrá suceder, mas no a mí, que vengo a ser el todo de la desdicha. De suerte que, aunque mi espada llegue primero, no importa, pues aunque muráis, no acorta en mí esta afrenta pesada, este infame deshonor; porque no es razón que pase por tal infamia y me case habiendo sido Leonor fácil, después de ser mía, con vos. Y si me matáis, con ella viuda os casáis. Mirad si dicha sería vuestra; mas no ha de quedar esta vez de aquesa suerte. Yo os tengo de dar la muerte; procuradme vos matar; porque muriendo los dos como ambas vidas se acabe un tormento en mí tan grave, en bien tan dichoso en vos. LEONOR: Don Juan, mataros deseo, no morir, cuando imagino de aquel objeto divino ser el venturoso empleo. Acortemos de razones, que en afrentas declaradas mejor hablan las espadas. ......................
Sacan las espadas y salen don FERNANDO y [el príncipe] LUDOVICO
FERNANDO: [Eso es lo que voy diciendo.] En este instante me avisa Ribete, que a toda prisa venga, Príncipe, y riñendo están don Juan y Leonardo. ¿Qué es esto? LUDOVICO: Pues, caballeros, ¿amigos y los aceros desnudos? FERNANDO: Si un punto tardo sucede... JUAN: ¿Fuera posible? (¡Nada me sucede bien! Aparte ¡Ah, ingrata Fortuna! ¿A quién, sino a mí, lance terrible?) FERNANDO: ¿Fue aquesto probar las armas? ¿Venir a ejercer fue aquesto las espadas negras? ¿Son estos los ángulos rectos de don Luis de Narváez y el entretener el tiempo en su loable ejercicio? Don Juan, ¿con mi primo mesmo reñís? ¿Ésta es la amistad? JUAN: (¡En qué de afrentas me has puesto, Aparte Leonor!) FERNANDO: No hay más atención a que es mi sangre, mi deudo, a que es de mi propia casta, ya que soy amigo vuestro. ¿Tan grande ha sido el agravio, que para satisfacerlo no basta el ser yo quien soy? Vos, primo, ¿cómo tan necio buscáis los peligros, cómo os mostráis tan poco cuerdo? LEONOR: Yo hago lo que me toca. Sin razón le estás diciendo oprobios a mi justicia. FERNANDO: Decidme, pues, el suceso. LEONOR: Don Juan lo dirá mejor. JUAN: (¿Cómo declararme puedo, Aparte agraviado en las afrentas y convencido en los riesgos?) FERNANDO: ¿Qué es esto? ¿No respondéis? JUAN: (¡Que esto permitan los cielos!) Aparte Diga Leonardo la causa. (De pesar estoy muriendo.) Aparte LEONOR: Pues gustas de que publique de tus mudables excesos el número, Ludovico y Fernando, estad atentos: Pues ya te hizo don Juan --¡oh, primo!-- de los secretos de su amor y su mudanza, como me dijiste, [luego] que se vino, y lo demás sucedido, y en efecto, que sirvió a Estela, que aleve intentó su casamiento, óyeme y sabrás lo más importante a nuestro cuento. Doña Leonor de Ribera, tu hermana, hermoso objeto del vulgo y las pretensiones de infinitos caballeros, fue, --no sé cómo lo diga-- FERNANDO: Acaba, Leonardo, presto. JUAN: Espera, espera, Leonardo. (Todo me ha cubierto un hielo. Aparte ¡Si es hermana de Fernando! ¿Hay más confuso tormento?) LEONOR: Digo, pues, que fue tu hermana doña Leonor, de los yerros de don Juan causa. JUAN: (Acabó Aparte de echar la Fortuna el resto a mis desdichas.) FERNANDO: Prosigue, prosigue, que estoy temiendo que para oírte me falte el juicio y el sufrimiento. (¡Ah, mal caballero, ingrato, Aparte bien pagabas mis deseos casándote con Estela!) LEONOR: Palabra de casamiento le dio don Juan, ya lo sabes, disculpa que culpa ha hecho la inocencia en las mujeres; mas dejóla, ingrato, a tiempo que yo la amaba, Fernando, con tan notables efectos, que el alma dudó tal vez respiraciones y alientos en el pecho, y animaba la vida en el dulce incendio de la beldad de Leonor corrida en los escarmientos de la traición de don Juan. Y obligándome primero con juramentos --que amando todos hacen juramentos-- me declaró de su historia el lastimoso suceso con más perlas que palabras; mas yo, amante verdadero, la prometí de vengar su agravio, y dando al silencio con la muerte de don Juan la ley forzosa del duelo, ser su esposo y lo he de ser, don Fernando, si no muero a manos de mi enemigo. A Flandes vine, sabiendo que estaba en Bruselas. Soy noble, honor sólo profeso. Ved si es forzoso que vengue este agravio, pues soy dueño de él y de Leonor también. JUAN: No lo serás. ¡Vive el cielo! FERNANDO: ¿Hay mayores confusiones? ¡Hoy la vida y honor pierdo! ¡Ah, hermana fácil! Don Juan, mal pagaste de mi pecho las finezas. JUAN: (De corrido Aparte a mirarle no me atrevo.) A saber que era tu hermana... FERNANDO: ¿Qué hicieras? No hallo medio en tanto mal, Ludovico. LEONOR: Yo la adoro. JUAN: Yo la quiero. LEONOR: (¡Qué gusto!) Aparte JUAN: (¡Qué pesadumbre!) Aparte LEONOR: (¡Qué satisfacción!) Aparte JUAN: (Qué celos!) Aparte Yo no me puedo casar con doña Leonor, es cierto, aunque muera Leonardo; antes moriré primero. ¡Ah, si hubiera sido honrada! FERNANDO: ¡Qué laberinto tan ciego! Dice bien don Juan, bien dice, pues si casarla pretendo con Leonardo, ¿cómo puede, vivo don Juan? Esto es hecho. Todos hemos de matarnos. Yo no hallo otro remedio. LUDOVICO: Ni yo le miro --¡por Dios!-- Y ése es bárbaro y sangriento. LEONOR: En efecto, si Leonor no rompiera el lazo estrecho de tu amor, y si no hubiera admitido mis empeños, ¿la quisieras? JUAN: La adorara. LEONOR: Pues a Leonor verás presto, y quizá de tus engaños podrás quedar satisfecho. JUAN: ¿Dónde está? LEONOR: En Bruselas. JUAN: ¿Cómo? LEONOR: Esperad aquí un momento.
Vase doña LEONOR y salen ESTELA, LISARDA, FLORA, RIBETE, TOMILLO
ESTELA: ¿Don Leonardo con don Juan de disgusto? RIBETE: Así lo entiendo. TOMILLO: ¡Ay, mi bolso y mis escudos! LISARDA: No está Leonardo con ellos. ESTELA: Señores, ¿qué ha sucedido? FERNANDO: No sé qué os diga, no puedo hablar. LISARDA: Ludovico, escucha. LUDOVICO: (De ver a Estela me ofendo, Aparte después que oí a mis oídos tan desairados desprecios.) ¿Qué decís, Lisarda hermosa? LISARDA: Don Leonardo, ¿qué se ha hecho? ¿Dónde está? LUDOVICO: Escuchad aparte. FERNANDO: (¡Qué mal prevenidos riesgos! Aparte Hoy he de quedar sin vida o ha de quedar satisfecho mi deshonor. ¡Ay, hermana, el jüicio estoy perdiendo!) TOMILLO: Flora, vamos a la parte. FLORA: ¿A qué parte, majadero? TOMILLO: Ribete... RIBETE: ¿Qué es lo que dice? TOMILLO: Digo que soy un jumento. RIBETE: ¿Dónde está Leonor? ¡Que se haya metido en tales empeños!
Sale doña LEONOR, dama bizarra
LEONOR: Hermano, Príncipe, esposo, yo os perdono el mal concepto que habéis hecho de mi amor, si basta satisfaceros haber venido constante y resuelta... RIBETE: ¿Qué es aquesto? LEONOR: Desde España hasta Flandes, y haberme arrojado al riesgo de matarme tantas veces; la primera, en el terrero retirando a Ludovico y a mi propio esposo hiriendo, y hoy, cuando guardó a Palacio mi valor justo respeto, y deslumbrando a mi hermano, fingir pude engaños nuevos, y ahora, arrojada y valiente, por mi casto honor volviendo, salí a quitarle la vida y lo hiciera --¡vive el cielo!-- a no verle arrepentido, que tanto puede en un pecho valor, agravio y mujer. Leonardo fui, mas ya vuelvo a ser Leonor. ¿Me querrás? JUAN: Te adoraré. RIBETE: Los enredos de Leonor tuvieron fin. FERNANDO: Confuso, hermana, y suspenso me ha tenido tanto bien. LUDOVICO: ¿Hay más dichoso suceso? ESTELA: ¿Leonardo? ¿Así me engañabas? LEONOR: Fue fuerza, Estela. ESTELA: Quedemos hermanas, Leonor hermosa. Fernando, ¿de esposo y dueño me das la mano? FERNANDO; Estas dichas causó Leonor. Yo soy vuestro. LUDOVICO: Ganar quiero tu belleza, Lisarda hermosa. Pues pierdo a Estela, dame tu mano. LISARDA: La mano y el alma ofrezco. RIBETE: Flora, de tres para tres han sido los casamientos. Tú quedas para los dos y entrambos te dejaremos, para que te coman lobos, borrica de muchos dueños... ESTELA: Yo te la doy, y seis mil escudos. RIBETE: Digo que acepto por los escudos, pues bien los ha menester el necio que se casa de paciencia. TOMILLO: Sólo yo todo lo pierdo; Flora, bolsillo y escudos. LEONOR: Aquí, senado discreto, valor, agravio y mujer acaban. Pídeos su dueño, por mujer y por humilde, que perdonéis sus defectos.
FIN DE LA COMEDIA
Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham
vwilliam@u.arizona.edu