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JORNADA TERCERA


Salen don FERNANDO, don JUAN y TOMILLO

FERNANDO: Si para satisfaceros a mi crédito importara dar al peligro la vida, arrojar al riesgo el alma, no dudéis, don Juan, lo hiciera. ¿Yo a Estela? Mi propia espada me mate si... JUAN: Don Fernando, paso. Mil veces mal haya quien malquistó tantas dichas, dando a tantos males causa. Yo os creo; mas --¡vive Dios!-- que no sé que en Flandes haya hombre que sepa mi historia. FERNANDO: En mi valor fuera infamia, cuanto más en mi afición que se precia muy de hidalga y amante vuestra. JUAN: Es agravio, después de desengañada la mía, satisfacerme. ¡Por Dios, que me sangra a pausas la pena de no saber quién tan descompuesto habla de mis cosas! ¡Yo estoy loco! ¡Qué de penas, miedos y ansias me afligen! FERNANDO: Estela viene.

Salen ESTELA y LISARDA

JUAN: Inquieta la espera el alma; no le digáis nada vos. FERNANDO: Estela hermosa, Lisarda bella, hoy amanece tarde, pues juntas el sol y el alba venís. LISARDA: Hipérbole nueva. JUAN: No es nueva, pues siempre abrasa el sol de Estela, y da luz vuestro rostro, aurora clara. ESTELA: Señor don Juan, bueno está. ¿Tantas veces obligada a valor y a cortesías queréis que esté? JUAN: Mi desgracia jamás acierta a agradaros, pues siempre esquiva e ingrata me castigáis. ESTELA: No, don Juan, ingrata no, descuidada puedo haber sido en serviros. JUAN: Vuestros descuidos me matan. ESTELA: Siempre soy vuestra, don Juan; y quiera Dios que yo valga para serviros. Veréis cuán agradecida paga mi voluntad vuestro afecto. JUAN: Don Fernando, ¡gran mudanza! FERNANDO: ¿Ves cómo estás engañado? (Hoy mis intentos acaban.) Aparte JUAN: Decidme --¡por vida vuestra!-- una verdad. ESTELA: Preguntadla. JUAN: ¿Diréisla? ESTELA: Sí, ¡por mi vida! JUAN: ¿Quién os dijo que en España serví, enamoré y gocé a doña Leonor, la dama de Sevilla? ESTELA: ¿Quién? Vos mismo. JUAN: ¿Yo? ¿Cuándo? ESTELA: ¡Agora! ¿No acaba de despertar vuestra lengua desengaño en mi ignorancia? JUAN: Y antes, ¿quién? ESTELA: Nadie, a fe mía. JUAN: Pues ¿cómo tan enojada me hablasteis en el terrero la otra noche? ESTELA: ¿Oyes, Lisarda? Don Juan dice que le hablé. LISARDA: Bien claro está que se engaña. JUAN: ¿Cómo engaño? ¿No dijisteis que una dama sevillana fue trofeo de mi amor? ESTELA: Don Juan, para burla basta, que no lo sé hasta agora, no --¡por quien soy!-- ni palabra os hablé de esto en mi vida en terrero ni en ventana. JUAN: (¡Vive el cielo, que estoy loco! Aparte Sin duda Estela me ama y quiere disimular por don Fernando y Lisarda; porque negar que me dijo verdades tan declaradas, no carece de misterio. ¡Ea, amor! ¡Al arma, al arma! Pensamientos amorosos, volvamos a la batalla, pues está animando Estela vuestras dulces esperanzas. Yo quiero disimular.) Perdonad, que me burlaba para entretener el tiempo. FERNANDO: La burla ha sido extremada, mas pienso que contra vos. LISARDA: ¿Era, don Juan, vuestra dama muy hermosa? Porque tienen las sevillanas gran fama. JUAN: Todo fue burla, ¡por Dios! ESTELA: Si acaso quedó burlada, burla sería, don Juan. JUAN: ¡No, a fe! (¿Quién imaginara Aparte este suceso? ­Oh, amor! ¿Qué es esto que por mí pasa? Ya me favorece Estela, ya me despide, y se agravia de que la pretenda, ya me obliga y me desengaña, ya niega el favorecerme, ya se muestra afable y grata; y yo, incontrastable roca al furor de sus mudanzas, mar que siempre crece en olas, no me canso en adorarla.) FERNANDO: Sabe el cielo cuánto estimo que favorecéis mi causa por lo que quiero a don Juan. (Este equívoco declara Aparte amor a la bella Estela.) Y así os pido, a quien hablara por sí mismo, que le honréis. (¡Oh amistad, y cuánto allanas!) Aparte ESTELA: Yo hablaré con vos después. Don Juan, tened con las damas más firme correspondencia. JUAN: Injustamente me agravia vuestro desdén, bella Estela. ESTELA: Leonor fue la agraviada. JUAN: (No quiero dar a entender Aparte que la entiendo, pues se cansa de verme Estela.) Fernando, vamos. FERNANDO: Venid. ¡Qué enojada la tenéis! Adiós, señoras. ESTELA: Adiós.

[Vanse don FERNANDO y don JUAN]

¿Hay más sazonada quimera? LISARDA: ¿Qué es esto, prima? ESTELA: No sé --por tu vida!-- aguarda. Curiosidad de mujer es ésta. A Tomillo llama que él nos dirá la verdad. LISARDA: Dices bien. Tomillo... TOMILLO: ¿Mandas en qué te pueda servir? ESTELA: Si una verdad me declaras aqueste bolsillo es tuyo. TOMILLO: [(Mi verdad vale tal paga.)] Aparte Ea, pregunta. ESTELA: ¿Quién fue, dime, una Leonor que hablaba don Juan en Sevilla? TOMILLO: ¿Quién? ¡Ah, sí! ¡Ah, sí! No me acordaba. Norilla la cantonera, que vivía en Cantarranas de resellar cuartos falsos. ¿No dices a cuya casa iba don Juan? ESTELA: Sí, será. TOMILLO: (¡Qué dulcemente se engaña!) Aparte ESTELA: ¨Qué mujer era? TOMILLO: No era mujer, sino una fantasma. ancha de frente y angosta de sienes, cejiencorvada. ESTELA: El parabién del empleo pienso darle. LISARDA: [¡Vaya,] vaya! ¿Y la quería? TOMILLO: No sé; sólo sé que se alababa ella de ser su respeto. ESTELA: ¿Hay tal hombre? TOMILLO: ¿Esto te espanta? ¿No sabes que le parece hermosa quien sea dama? ESTELA: Dices bien. Éste es Leonardo. TOMILLO: ([Se] la he dado por su carta.) Aparte

Sale doña LEONOR [vestida de hombre. Vase TOMILLO]

LEONOR: Preguntéle a mi cuidado, Estela hermosa, por mí, y respondióme que en ti me pudiera haber hallado. Dudó la dicha, el temor venció, al temor la humildad. Alentóse la verdad y aseguróme el amor. Busquéme en ti, y declaré en mi dicha el silogismo, pues no hallándome en mí mismo en tus ojos me hallé. ESTELA: Haberte, Leonardo, hallado en mis ojos, imagino que no acredita desino de tu desvelo el cuidado; y no parezcan antojos, pues viene a estar de mi parte, por mi afecto, el retratarte siempre mi amor en mis ojos; que claro está que mayor fineza viniera a ser que en ti me pudieras ver por transformación de amor, que sin mí hallarte en mí, pues con eso me apercibes que sin mis memorias vives, pues no me hallas en ti; que en consecuencia notoria, que si me quisieras bien, como estás en mí, también estuviera en tu memoria. LEONOR: Aunque más tu lengua intime esa engañosa opinión, no tiene el amante acción que en lo que ama no se anime; si amor de veras inflama un pecho, alienta y respira transformado en lo que mira, animado en lo que ama. Yo, aunque sé que estás en mí, en fe de mi amor, no creo, si en tus ojos no me veo, que merezco estar en ti. ESTELA: En fin, no te hallas sin verme. LEONOR: Como no está el merecer de mi parte, sé querer, pero no satisfacerme. ESTELA: ¿Y es amor desconfïar? LISARDA: Es, al menos, discreción. LEONOR: No hay en mí satisfacción de que me puedas amar si mis partes considero. ESTELA: ¡Injusta desconfïanza! Alentad más la esperanza en los méritos. Yo quiero salir al campo esta tarde. Sigue la carroza. LEONOR: Ajusto a tu obediencia mi gusto. ESTELA: Pues queda adiós.

Va[n]se [ESTELA y LISARDA]

LEONOR: Él te guarde. En males tan declarados, en daños tan descubiertos, los peligros hallo ciertos, los remedios ignorados. No sé por dónde --¡ay de mí!-- acabar. Amor intenta la tragedia de mi afrenta.

Sale don JUAN

JUAN: (Sí, estaba Leonardo aquí. Aparte Parece que le hall¢ la fuerza de mi deseo.) LEONOR: (¡Que ha de tener otro empleo, Aparte y yo burlada! ¡Eso no! ¡Primero pienso morir!) JUAN: Señor don Leonardo... LEONOR: Amigo... (¡Pluguiera a Dios que lo fueras! Aparte Mas eres hombre.) ¿En qué os sirvo? JUAN: Favorecerme podréis; mas escuchaD: yo he venido, como a noble, a suplicaros como a quien sois, a pediros... LEONOR: (¡Ah, falso!) Aparte ¿Cómo a muy vuestro no decís, siendo el camino más cierto para mandarme? JUAN: Conózcoos por señor mío, y, concluyendo argumentos, quiero de una vez decirlo, pues Estela me animó. La Condesa... LEONOR: ¡Buen principio! Ea, pasad adelante. JUAN: La condesa Estela, digo, o ya por su gusto o ya porque dio forzoso indicio mi valor en la ocasión que ya sabéis, de mis bríos, puso los ojos en mí. En mujer no fue delito. Vióse obligada, bastó, porque el común descuido de las mujeres, comienza por afecto agradecido. Dio ocasión a mis desvelos, dio causa a mis desatinos, aliento a mis esperanzas, acogida a mis suspiros; de suerte que me juzgué dueño feliz --¡qué delirio!-- de su belleza y su estado. De España a este tiempo mismo vinisteis, siendo a sus ojos vuestra gallardía hechizo, que suspendió de mis dichas los amorosos principios. A los semblantes de Estela, Argos velador he sido, sacando de cierta ciencia, que sus mudables indicios acreditan que me estima. Y así, Leonardo, os suplico, si algo os obliga mi ruego, por lo que debe a sí mismo quien es noble como vos, que deis a mi pena alivio, dejando su pretensión, pues anterior habéis visto la mía, y con tanta fuerza de heroicos empeños míos. Haced por mí esta fineza, porque nos rotule el siglo, si por generoso a vos a mí por agradecido. LEONOR: (¡Ah, ingrato, mal caballero!) Aparte ¡Bien corresponde tu estilo a quien eres! Vuestras penas, señor don Juan, habéis dicho con tal afecto, tal ansia que quisiera --¡por Dios vivo! (poder sacaros el alma) Aparte dar a su cuidado alivio. Confieso que la Condesa una y mil veces me ha dicho que ha de ser mía, y que soy el dueño de su albedrío a quien amorosa ofrece por víctima y sacrificio sus acciones; mas ¿qué importa, si diferentes motivos si firmes obligaciones, si lazos de amor altivos me tienen rendida el alma? Que otra vez quisiera, digo, por hacer algo por vos como quien soy, por serviros y daros gusto, querer a Estela y haberle sido muy amante, muy fïel; mas creed que en nada os sirvo, pues mis dulces pensamientos me tienen tan divertido que en ellos está mi gloria; y así, don Juan, imagino que nada haga por vos.

Valor, agravio y mujer part 8

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Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham

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