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LUDOVICO: Aquí don Leonardo me dijo que le esperase, y sospecho que se tarda. JUAN: Ya procuró acreditarse mi paciencia de cortés, conociendo que hablasteis por otro; pero no habéis querido excusar los lances. LUDOVICO: ¡Espada en el terrero! LEONOR: ¡Ejemplo de desleales, bien os conozco! JUAN: ¡Ea, pues, riñamos!

Riñen

LUDOVICO: (¡Fortuna, acabe Aparte mi competencia! Don Juan es éste, y podré matarle ayudando a su enemigo.)

Pónese al lado de LEONOR

Pues estoy de vuestra parte, ¡muera el villano! LEONOR: No hará,

Pónese al lado de don JUAN

que basta para librarle de mil muertes mi valor. JUAN: ¿Hay suceso más notable? LUDOVICO: ¿A quien procura ofenderos defendéis? LEONOR: Puede importarme su vida. JUAN: ¿Qué es esto, cielos? ¿Tal mudanza en un instante? LUDOVICO: ¡Ah, quién matara a don Juan! LEONOR: No os habrá de ser muy fácil que soy yo quien le defiende. LUDOVICO: ¡Terribles golpes! LEONOR: Más vale, pues aquesto no os importa, iros, caballero, antes que os cueste... LUDOVICO: (El primer consejo Aparte del contrario es favorable. A mí no me han conocido. Mejor será retirarme. No espere Estela.)

Vase retirando [LUDOVICO] y LEONOR tras él

LEONOR: Eso sí. JUAN: Vos sois bizarro y galante. ¡Válgame el cielo! ¿Qué es esto? ¡Que este hombre me ocasionase a reñir, y con la espada hiciese tan desiguales el enojo y la razón! ¡Que tan resuelto jurase darme muerte, y que en un punto me defendiese! Éste es lance que lo imagino imposible. Que puede, dijo, importarle mi vida; y cuando brïoso a reñir me persüade, al que me ofende resiste. No entiendo estas novedades.

Sale doña LEONOR

LEONOR: ¡Ea, ya se fue. Volvamos a reñir! JUAN; El obligarme y el ofenderme, quisiera saber --¡por Dios!-- de qué nace. Yo no he de reñir con vos, hidalgo. Prueba bastante de que soy agradecido. LEONOR: Tendréis a favor muy grande el haberos defendido y ayudado. ¡Qué mal sabe conocer vuestro designio! ¡La intención de mi dictamen, con justa causa ofendido de vos. ¡No quise que nadie tuviese parte en la gloria que ya espero con vengarme; pues no era victoria mía que otro valor me usurpase el triunfo, ni fuera gusto o lisonja el ayudarme, pues con esto mi venganza fuera menos memorable cuando está toda mi dicha en mataros sólo. JUAN: Si alguien os ha ofendido, y creéis que soy yo, engañáisos. LEONOR: Antes, fui el engañado; ya no. JUAN: Pues decid quién sois. LEONOR: En balde procura saber quién soy quien tan mal pagarme sabe. El príncipe de Pinoy era el que seguí; bastante ocasión para que vuelva le he dado. Quiero excusarme de verle. Quedaos, que a mí no me importa aquesto, y si antes os provoqué, no fue acaso. JUAN: ¿Quién sois? Decid. LEONOR: No se [sabe. Quedamos en] que mi agravio os buscará en otra parte. JUAN: Escuchad. Oíd. LEONOR: No es posible. Yo os buscaré. Aquesto baste.

Vase [LEONOR]

JUAN: ¡Vive Dios, que he de seguirle sólo por saber si sabe que soy yo con quien habló; que recuerdos semejantes de mi suceso, no sé que pueda saberlos nadie.

Vase [don JUAN] y sale ESTELA a la ventana

ESTELA: Mucho Leonardo tarda; que se sosieguen en palacio aguarda, si no es que de otros brazos le entretienen gustosos embarazos. ¡Oh, qué mal en su ausencia me divierto! Haga el amor este temor incierto. Ya sospecho que viene.

Sale [LUDOVICO,] el de Pinoy

LUDOVICO: ¡Válgame el cielo! ¿Dónde se detiene Leonardo a aquesta hora? Hablar oí. ESTELA: ¿Es Leonardo? LUDOVICO: Soy, señora, --(Quiero fingirme él mismo)-- vuestro esclavo, que ya por serlo mi ventura alabo. ESTELA: Confusa os aguardaba mi esperanza. LUDOVICO: Toda mi dicha ha estado en mi tardanza. ESTELA: ¿Cómo? LUDOVICO: Porque os ha dado, hermosísima Estela, ese cuidado. ESTELA: ¿En qué os habéis entretenido? LUDOVICO: Un rato jugué. ESTELA: ¿Ganasteis? LUDOVICO: Sí. ESTELA: Dadme barato. LUDOVICO: ¿Qué me queda que daros, si soy todo vuestro? ESTELA: Para excusaros buscáis modo. Llegaos más cerca, oíd. LUDOVICO: ¡Dichoso empleo!

Sale doña LEONOR, [vestida de mujer]

LEONOR: Si le hablo, consigue mi deseo el más feliz engaño, pues teniendo de Estela desengaño, podrá dejar la pretensión...

Sale don JUAN

JUAN: ¡Que fuese siguiéndole, y al cabo le perdiese al volver de Palacio! LEONOR: (Éste es don Juan. ¡A espacio, amor, a espacio! Aparte Que esta noche me pones de perderme y ganarme en ocasiones.) JUAN: Ésta es, sin duda, Estela. LEONOR: ¿Quién es? JUAN: Una perdida centinela de la guerra de amor. LEONOR: ¡Bravo soldado! ¿Es don Juan? JUAN: Es quien tiene a ese sol dado del alma el rendimiento, memoria, voluntad y entendimiento, con gustosa violencia; de suerte que no hay acto de potencia libre en mí que ejercite, razón que juzgue, fuerza que milite que a vos no esté sujeta. LEONOR: ¿Qué? ¿Tanto me queréis? JUAN: Vos sois discreta, y sabéis que adoraros es fuerza si al cristal queréis miraros. LEONOR: Desengaños me ofrece, si ambiciosa tal vez estuvo en la pasión dudosa, la vanidad. JUAN: Será cristal oscuro... LEONOR: Ahora, señor don Juan, yo no procuro lisonjas al pincel de mi retrato, sólo os quisiera ver menos ingrato. JUAN: ¿Yo ingrato? ¡Quiera el cielo, si no os adora mi amoroso celo, que sea aqueste mi último fracaso! LEONOR: ¿Qué? ¿No me conocéis? Vamos al caso. ¿Cómo queréis que os crea, si no era necia, fea, pobre, humilde, villana doña Leonor, la dama sevillana? Y ya sabéis, ingrato, habéis burlado con su honor la verdad de su cuidado. JUAN: ¿Qué Leonor o qué dama? LEONOR: Llegaos más cerca. Oíd. Nunca la fama se engaña totalmente, y yo sé que no miente. JUAN: (¡Que me haya don Fernando descubierto!) Aparte LUDOVICO: De que soy vuestro esclavo estoy bien cierto, mas no de que os desvela mi amor, hermosa Estela. (Quiero saber lo que a Leonardo quiere.) Aparte Yo sé que el de Pinoy por vos se muere. Es rico, es noble, es príncipe, en efecto, y aunque atropella amor todo respeto, no me juzgo dichoso. ESTELA: Por cansado, soberbio y ambicioso, aún su nombre aborrezco. LUDOVICO: (¡Ah, ingrata, bien merezco Aparte que anticipéis mi amor a sus favores!) LEONOR: ¿De qué sirven retóricos colores? Ya confesáis su amor. JUAN: Ya lo confieso. LEONOR: Pues lo demás será traición, exceso. JUAN: Que la quise es muy cierto, mas no ofendí su honor, esto os advierto. LEONOR: Muy fácil sois, don Juan. Pues, ¿sin gozalla, pudisteis olvidalla? JUAN: Sólo vuestra beldad tiene la culpa. LEONOR: ¿Mi beldad? ¡No está mala la disculpa! Si os andáis a querer a las más bellas, iréis dejando aquéstas por aquéllas. JUAN: ¡Oíd, por vida vuestra! ESTELA: (Yo haré de mis finezas clara muestra.) Aparte LUDOVICO: ¿Qué decís de don Juan? ESTELA: Que no me agrada [no hay, jamás, cosa que me persüada] para quererle; sólo a vos os quiero. LUDOVICO: De que así me queráis me desespero. JUAN: (¡Que ya lo sepa Estela! ¡Yo estoy loco!) Aparte LEONOR: Decid, don Juan, decid. JUAN: Oíd un poco: Como el que ve de la aurora la estrella o claro lucero de su lumbre mensajero cuando el horizonte dora, que se admira y se enamora de su brillante arrebol, pero saliendo el farol del cielo, luciente y puro, el lucero llama oscuro, viendo tan hermoso el sol; así yo, que a Leonor vi, o de lucero o estrella, adoré su lumbre bella y su mariposa fui; mas luego, mirando en ti del sol lucientes ensayos, hallé sombras y desmayos en la vista de mi amor, que es poca estrella Leonor, y eres sol con muchos rayos. LUDOVICO: Pues yo sé que a don Juan se vio obligado vuestro amante cuidado. ESTELA: Negarlo engaño fuera; mas fue... escuchad. LUDOVICO: Decid. ESTELA: De esta manera. Como él que en la selva umbrosa o jardín ve de colores una provincia de flores pura, fragante y hermosa, que se aficiona a la rosa por su belleza, y al fin halla en la selva o jardín un jazmín, y porque sabe que es el jazmín más süave, la deja y coge el jazmín. Así yo, que vi a don Juan, rosa que a la vista agrada, de su valor obligada, pude admitirle galán; mas siendo tu vista imán de mi sentido, escogí lo que más hermoso vi; pues aunque la rosa admiro, eres el jazmín, y miro más fragante gala en ti. LEONOR: ¿De suerte, que la estrella precursora del sol, luciente y bella, fue Leonor? JUAN: Sí. LEONOR: (Con cuántas penas lucho!) Aparte Pues escuchad: JUAN: Decid, que ya os escucho. LEONOR: El que en la tiniebla oscura de alguna noche camina, adora por peregrina del lucero la luz pura; sólo en su lumbre asegura de su guía la esperanza, y aunque ya del sol le alcanza el rayo, está agradecido al lucero, porque ha sido de su tormenta bonanza. Tú, en el oscuro contraste de la noche de tu amor, el lucero de Leonor, norte a tus penas miraste. Guióte, mas olvidaste como ingrato la centella de su lumbre clara y bella antes de amor mi arrebol. ¿Ves cómo sin ver el sol aborreciste la estrella? LUDOVICO: Metáfora curiosa ha sido, Estela, comparar la rosa a don Juan por su gala y bizarría. ESTELA: Engañáisos. LUDOVICO: ¡Oíd, por vida mía! El que eligió en el jardín el jazmín, no fue discreto, que no tiene olor perfeto si se marchita el jazmín; la rosa hasta su fin, porque aun su morir le alabe tiene olor muy dulce y grave, fragancia más olorosa; luego es mejor flor la rosa y el jazmín menos süave. Tú, que rosa y jazmín ves, admites la pompa breve del jazmín, fragante nieve que un soplo al céfiro es; mas conociendo después la altiva lisonja hermosa de la rosa codiciosa, la antepondrás a mi amor, que es el jazmín poca flor, mucha fragancia la rosa. JUAN: ¡Sofístico argumento! LEONOR: Perdonad, yo os he dicho lo que siento. Volved, volved a España, que no es honrosa hazaña burlar una mujer ilustre y noble. JUAN: Por sólo amaros, la aborrece al doble mi voluntad, y ved qué premio alcanza. LEONOR: Pues perded la esperanza, que sólo os he llamado por dejaros, don Juan, desengañado.

[Vase LEONOR]

ESTELA: ¡Fáciles paradojas intimas, don Leonardo, a mis congojas! Yo he de quererte firme, sin poder persuadirme a que deje de amar, desdicha alguna. LUDOVICO: Triunfo seré dichoso de fortuna o ya jazmín o rosa. ESTELA: Adiós, que sale ya la aurora hermosa entre luz y arreboles. LUDOVICO: No os vais, para que envidie vuestros soles. ESTELA: Lisonjas. Vedme luego, y adiós.

Vase ESTELA

LUDOVICO: Sin vuestros rayos quedo ciego. JUAN: ¡Que así fuese Estela! ¿Hay tal despecho? El corazón da golpes en el pecho por dejar la prisión en que se halla; la vida muere en la civil batalla de sus propios deseos. Al alma afligen locos devaneos, y en un confuso caos está dudando; la culpa de esto tiene don Fernando. ¿Qué haré, Estela, ingrata? LUDOVICO: Aunque tan mal me trata tu amor, ingrata Estela, mi engaño o mi cautela, ya que no el adorarte, mis desdichas tendrán la mayor parte.

Vase [el príncipe LUDOVICO]

JUAN: Mas, ¿cómo desconfío? ¿Dónde está mi valor? ¿Dónde mi brío? Yo he de seguir esta amorosa empresa, yo he de amar la Condesa, yo he de oponerme firme a todo el mundo, yo he de hacer que mi afecto sin segundo conquiste sus desdenes; yo he de adorar sus males por mis bienes. Confiérense en mi daño ira, enojo, tibieza, desengaño, odio, aborrecimiento; apóquese la vida en el tormento de mi pena importuna, que si ayuda Fortuna al que osado se atreve, sea la vida breve, y el tormento crecido, osado y atrevido, con firmeza resuelta, de su inconstancia me opondré a la vuelta.

Vase

FIN DE LA SEGUNDA JORNADA

Valor, agravio y mujer part 7

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Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham

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