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JORNADA SEGUNDA


Salen ESTELA y LISARDA

LISARDA: ¿Qué te parece don Juan, Estela? ESTELA: Bien me parece. LISARDA: Cualquier agrado merece por gentilhombre y galán. ¡Qué gallardo, qué brïoso, qué alentado, qué valiente anduvo! ESTELA: Forzosamente será bizarro y airoso que en la elección de tu gusto calificó su buen aire. LISARDA: Bueno está, prima, el donaire. ¿Y el de Pinoy? ESTELA: No hay disgusto para mí como su nombre. ¡Jesús! ¡Líbrenme los cielos de su ambición! LISARDA: (Mis desvelos Aparte premie Amor.) ESTELA: ¡Qué bárbaro hombre! LISARDA: ¿Al fin no le quieres? ESTELA: No. LISARDA: Por discreto y por gallardo bien merece don Leonardo amor. ESTELA: Ya, prima, llegó a declararse el cuidado, pues en término tan breve tantos desvelos me debe, tantas penas me ha costado. La obligación de don Juan, bien solicita en mi intento forzoso agradecimiento. Mas este Adonis galán, este fénix español, este Ganímedes nuevo, este dios de amor mancebo, este Narciso, este sol, de tal suerte en mi sentido mudanza su vista ha hecho, que no ha dejado en el pecho ni aun memorias de otro olvido. LISARDA: ¡Gran mudanza! ESTELA: Yo confieso que lo es; mas si mi elección jamás tuvo inclinación declarada, no fue exceso rendirme, [como verás] LISARDA: [Pues así] a solicitar sus dichas le trae [el amar]. ESTELA: Las mías, mejor dirás.

Salen Don FERNANDO, Doña LEONOR, y RIBETE

FERNANDO: Ludovico, hermosa Estela, me pide que os venga a hablar. Don Juan es mi amigo, y sé que os rinde el alma don Juan; y yo, humilde, a vuestras plantas... (¿Por dónde he de comenzar?) Aparte Que, (¡por Dios que no me atrevo!) ...a pediros... ESTELA: Que pidáis poco importa, don Fernando, cuando tan lejos está mi voluntad de elegir. FERNANDO: Basta. ESTELA: No me digáis más de don Juan ni Ludovico. FERNANDO: (¡Qué dichoso desdeñar! Aparte Pues me deja acción de amante.) LEONOR: (Pues aborrece a don Juan, Aparte ¡qué dichoso despedir!) ESTELA: Don Leonardo, ¿no me habláis? ¿Vos sin verme tantos días? ¡Oh, qué mal cumplís, qué mal, la ley de la cortesía, la obligación de galán! FERNANDO: Pues no os resolvéis, adiós. ESTELA: Adiós. FERNANDO: Leonardo, ¿os quedáis? LEONOR: Sí, primo. ESTELA: A los dos por mí, don Fernando, les dirás que ni estoy enamorada, ni me pretendo casar.

Vase don FERNANDO

LEONOR: Mi silencio, hermosa Estela, mucho os dice sin hablar, que es lengua el afecto mudo que está confesando ya los efectos que esos ojos sólo pudieron causar, soles que imperiosamente de luz ostentando están, entre rayos y entre flechas, bonanza y serenidad, en el engaño, dulzura, extrañeza en la beldad, valentía en el donaire, y donaire en el mirar. ¿En quién, sino en vos, se ve el rigor y la piedad con que dais pena y dais gloria, con que dais vida y matáis? Poder sobre el albedrío para inquietarle su paz, jurisdicción en el gusto, imperio en la voluntad, ¿quién, como vos, le ha tenido? ¿Quién, como vos, le tendrá? ¿Quién, sino vos, que sois sola, o ya sol o ya deidad, es dueño de cuanto mira, pues cuando más libre estáis, parece que lisonjera con rendir y con matar, hacéis ociosa la pena, hacéis apacible el mal, apetecible el rigor, inexcusable el pensar? Pues si no es de esa belleza la imperiosa majestad, gustosos desasosiegos en el valle, ¿quien los da? Cuando más rendida el alma pide a esos ojos piedad, más rigores examina, desengaños siente más. Y si humilde a vuestras manos sagrado vine a buscar, atreviéndose al jazmín, mirándose en el cristal, desengañado y corrido, su designio vuelve atrás, pues gala haciendo el delito, y lisonja la crueldad, el homicidio cautela, que son, publicando están, quien voluntades cautiva, quien roba la libertad. Discreta como hermosa, a un mismo tiempo ostentáis en el agrado aspereza, halago en la gravedad, en los desvíos cordura, entereza en la beldad, en el ofender disculpa, pues tenéis para matar altiveces de hermosura con secretos de deidad. Gala es en vos lo que pudo ser defeto en la que más se precia de airosa y bella, porque el herir y el matar a traición, jamás halló sólo en vos disculpa igual. Haced dichosa mi pena, dad licencia a mi humildad para que os sirve, si es justo que a mi amor lo permitáis; que esas venturas, aquestos favores que el alma ya solicita en vuestra vista o busca en vuestra piedad, si vuestros ojos los niegan, ¿dónde se podrán hallar? RIBETE: (Aquí gracia y después gloria, Aparte amén, por siempre jamás. ¡Qué difícil asonante buscó Leonor! No hizo mal; déle versos en agudo, pues que no le puede dar otros agudos en prosa.) ESTELA: Don Leonardo, bastan ya las lisonjas, que imagino que el ruiseñor imitáis, que no canta enamorado de sus celos al compás, porque siente o porque quiere, sino por querer cantar. Estimo las cortesías, y a tener seguridad, las pagara con finezas. LEONOR: Mi amor se acreditará con experiencia; mas no habéis comparado mal al canto del ruiseñor de mi afecto la verdad, pues si dulcemente, grave, sobre el jazmín o rosal hace facistol, adonde suele contrapuntear bienvenidas a la aurora, aurora sois celestial. Dos soles son vuestros ojos, un cielo es vuestra beldad. ¿Qué mucho que, ruiseñor amante, quiere engañar, en la gloria de miraros, de no veros el penar? ESTELA: ¡Qué bien sabéis persuadir! Basta, Leonardo, no más; esta noche en el terrero a solas os quiero hablar por las rejas que al jardín se corresponden. LEONOR: Irá a obedecerte el alma. ESTELA: Pues adiós. LEONOR: Adiós. Mandad, bella Lisarda, en qué os sirva. LISARDA: Luego os veré. ESTELA: Bien está.

Vanse las damas

LEONOR: ¿Qué te parece de Estela? RIBETE: Que se va cumpliendo ya mi vaticinio, pues ciega, fuego imagina sacar de dos pedernales fríos. ¡Qué bien se entablará el fuego de amor, aunque ella muestre que picada está, si para que se despique no la puedes envidar si no es de falso, por ser limitado tu caudal para empeño tan forzoso! LEONOR: Amor de mi parte está. El príncipe de Pinoy es éste; su vanidad se está leyendo en su talle; mas me importa su amistad. RIBETE: ¡Linda alhaja!

Sale el príncipe [LUDOVICO]

LUDOVICO: ¡Don Leonardo! LEONOR: ¡Oh, Príncipe! Un siglo ha que no os veo. LUDOVICO: Bien así la amistad acreditáis. LEONOR: Yo os juro por vida vuestra... LUDOVICO: Basta; ¿para que juráis? LEONOR: ¿Qué hay de Estela? LUDOVICO: ¿Qué hay de Estela? Fernando la vino a hablar y respondió desdeñosa que la deje, que no está del Príncipe enamorada ni se pretende casar; desaire que me ha enfadado, por ser tan pública ya mi pretensión. LEONOR: ¿Sois mi amigo? LUDOVICO: ¿Quién merece la verdad de mi amor sino vos solo? LEONOR: Mucho tengo que hablar con vos. RIBETE: (Mira lo que haces.) Aparte LEONOR: Esto me importa. Escuchad: Estela se ha declarado conmigo; no la he de amar por vos, aunque me importara la vida, que la amistad verdadera se conoce en aquestos lances; mas, del favor que me hiciere, dueño mi gusto os hará; y para que desde luego la pretensión consigáis, al terrero, aquesta noche, quiero que la vais a hablar disfrazado con mi nombre. LUDOVICO: ¿Qué decís? LEONOR: Que me debáis estas finezas; venid, que yo os diré los demás.

Vanse los dos [LUDOVICO y LEONOR]

RIBETE: ¿Qué intenta Leonor, qué es esto? Mas es mujer. ¿Qué no hará? Que la más compuesta tiene mil pelos de Satanás.

Sale TOMILLO

TOMILLO: ¡Vive Dios, que no sé dónde he de hallar a don Juan! RIBETE: (Éste es el bufón que a Flora Aparte imagina desflorar.) Pregonalde a uso de España. TOMILLO: ¡Oh, paisano! ¿Qué será que las mismas pajarillas se me alegran en pensar que veo españoles? RIBETE: Ésa es fuerza del natural. TOMILLO: Al cuarto de don Fernando creo que asistís. RIBETE: Es verdad; crïado soy de su primo don Leonardo. ¿Queréis más? TOMILLO: ¿Cómo va de paga? RIBETE: Paga adelantado. TOMILLO: ¿Y os da ración? RIBETE: Como yo la quiero. TOMILLO: No hay tanto bien por acá. ¿De dónde sois? RIBETE: De Madrid. TOMILLO: ¿Cuándo vinisteis de allá? RIBETE: ¡Bravo chasco! Habrá seis meses [que hemos llegado hasta acá.] TOMILLO: ¿Qué hay en el lugar de nuevo? RIBETE: Ya es todo muy viejo allá; sólo en esto de poetas hay notable novedad por innumerables, tanto que aun quieren poetizar las mujeres, y se atreven a hacer comedias ya. TOMILLO: ¡Válgame Dios! Pues, ¿no fuera mejor coser e hilar? ¡Mujeres poetas! RIBETE: Sí; mas no es nuevo, pues están Argentaria, Safo, Areta, Blesilla, y más de un millar de modernas, que hoy a Italia lustre soberano dan, disculpando la osadía de su nueva vanidad. TOMILLO: Y decidme... RIBETE: ¡Voto a Cristo, que eso es mucho preguntar!

Vanse [TOMILLO y RIBETE] y sale don JUAN, solo

Valor, agravio y mujer part 5

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Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham

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