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RIBETE: ¿De qué? LEONOR: De ver a mi hermano. RIBETE: ¿Ése es valor sevillano? LEONOR: Has dicho bien. Mi honor hoy me ha de dar valor gallardo para lucir su decoro, que, sin honra, es vil el oro. FERNANDO: Yo he leído, don Leonardo, esta carta, y sólo para en que os ampare mi amor cuando por mil de favor vuestra presencia bastara. Mi hermana lo pide así, y yo, a su gusto obligado, quedaré desempeñado con vos, por ella y por mí. ¿Cómo está? LEONOR: Siente tu ausencia como es justo. FERNANDO: ¿Es muy hermosa? LEONOR: Es afable y virtüosa. FERNANDO: Eso le basta. ¿Y Laurencia, la más pequeña? LEONOR: Es un cielo, una azucena, un jazmín, un ángel, un serafín mentido al humano velo. FERNANDO: Decidme, por vida mía, ¿qué os trae a Flandes? LEONOR: Intento, con justo agradecimiento, pagar vuestra cortesía, y es imposible, pues vos, liberalmente discreto, acobardáis el conceto en los labios. FERNANDO: Guárdeos Dios. LEONOR: Si es justa ley de obligación forzosa --¡Oh, Ribera famoso!-- obedeceros, escuchad mi fortuna rigurosa, piadosa ya, pues me ha traído a veros. El valor de mi sangre generosa no será menester encareceros, pues por blasón de su nobleza muestro el preciarme de ser muy deudo vuestro.

[Se abrazan los dos]

Serví una dama donde los primeros de toda la hermosura cifró el cielo; gozó en secreto el alma sus favores, vinculando la gloria en el desvelo. Compitióme el poder, y mis temores apenas conocieron el recelo --y no os admire-- porque la firmeza de Anarda sólo iguala a su belleza. Atrevido mostró el marqués Ricardo querer servir en público a mi dama; mas no por ello el ánimo acobardo, antes le aliento en una celosa llama. Presumiendo de rico y de gallardo perder quiso el decoro de su fama, inútil presunción, respetos justos, ocasionando celos y disgustos. Entre otras, una noche que a la puerta de Anarda le hallé, sintiendo en vano en flor marchita su esperanza, muerta al primero verdor de su verano, hallando en su asistencia ocasión cierta, rayos hizo vibrar mi espada y mano tanto que pude sólo retiralle a él y a otros dos valientes de la calle. Disimuló este agravio, mas un día asistiendo los dos a la pelota, sobre jugar la suerte suya o mía, se enfada, se enfurece y alborota; un "¡miente todo el mundo!" al aire envía, con que vi mi cordura tan remota que una mano lugar buscó en su cara y otra de mi furor rayos dispara. Desbaratóse el fuego, y los parciales, coléricos, trabaron civil guerra, en tanto que mis golpes desiguales hacen que bese mi rival la tierra. Uno, de meter paces da señales; otro, animoso y despechado, cierra; y al fin, entre vengados y ofendidos, salieron uno muerto y tres heridos. Ricardo, tantas veces despreciado de mi dama, de mí, de su fortuna, si no celoso ya, desesperado, no perdona ocasión ni traza alguna; a la venganza aspira, y agraviado, sus amigos y deudos importuna, haciendo de su ofensa vil alarde, acción, si no de noble, de cobarde. Mas yo, por no cansarte, dando medio de su forzoso enojo a la violencia, quise elegir por último remedio hacer de la querida patria ausencia. En efecto, poniendo tierra en medio. Objeto no seré de su impaciencia, pues pudiera vengarse como sabio, que no cabe traición donde hay agravio. Previno nuestro tío mi jornada, y antes de irme a embarcar, esta sortija me dió por prenda rica y estimada, de Victoria, su hermosa y noble hija. Del reino de Anfítrite la salada región cerúlea vi, sin la prolija pensión de una tormenta, y con bonanza tomó a tus plantas puerto mi esperanza. FERNANDO: De gustoso y satisfecho, suspenso me habéis dejado. No os dé la patria cuidado, puesto que halláis en mi pecho de pariente voluntad, fineza de amigo, amor de hermano, pues a Leonor no amara con más verdad. Esa sortija le di a la hermosa Victoria mi prima, que sea en gloria, cuando de España partí; y aunque sirve de testigo que os abona y acredita, la verdad no necesita de prueba alguna conmigo. Bien haya, amén, la ocasión del disgusto sucedido, pues ésta la causa ha sido de veros. LEONOR: No sin razón vuestro valor tiene fama en el mundo. FERNANDO: Don Leonardo, mi hermano sois. LEONOR: (¡Qué gallardo! Aparte Mas de tal ribera es rama.) FERNANDO: En el cuarto de don Juan de Córdoba estaréis bien. LEONOR: ¿Quién es ese hidalgo? FERNANDO: ¿Quién? Un caballero galán, cordobés. LEONOR: No será justo ni cortés urbanidad que por mi comodidad compre ese hidalgo un disgusto. FERNANDO: Don Juan tiene cuarto aparte y le honra Su Alteza mucho por su gran valor. LEONOR: (¿Qué escucho?) Aparte Y, ¿es persona de buen arte? FERNANDO: Es la primer maravilla su talle, y de afable trato, aunque fácil, pues ingrato, a una dama de Sevilla a quien gozó con cautela, hoy la aborrece, y adora a la condesa de Sora; que aunque es muy hermosa Estela, no hay, en mi opinión, disculpa para una injusta mudanza. LEONOR: (¡Animo, altiva esperanza!) Aparte Los hombres no tienen culpa tal vez. FERNANDO: Antes, de Leonor repite mil perfecciones. LEONOR: Y, ¿la aborrece? FERNANDO: Opiniones son del ciego lince, amor. Por la Condesa el sentido está perdiendo. LEONOR: (¡Ay, crüel!) Aparte Y ella ¿corresponde fiel? FERNANDO: Con semblante agradecido se muestra afable y cortés. Forzosa satisfacción de la generosa acción de la facción que después sabréis. ¡Fineo!... FINEO: Señor...

[Sale FINEO]

FERNANDO: Aderezad aposento a don Leonardo al momento. LEONOR: (¡Muerta estoy!) Aparte RIBETE: Calla, Leonor. FERNANDO: En el cuarto de don Juan. FINEO: Voy al punto. FERNANDO: Entrad, Leonardo. LEONOR: Ya os sigo. FERNANDO: En el cuarto aguardo de Su Alteza.

Vanse [FERNANDO y FINEO por lados opuestos]

RIBETE: (Malos van Aparte los títeres. ¿A quién digo? ¡Hola, hao! De allende el mar volvámonos a embarcar pues ya lo está aquel amigo. Centellas, furias, enojos, viboreznos, basiliscos, iras, promontorios, discos está echando por los ojos. Si en los primeros ensayos hay arrobos, hay desvelos, hay furores, rabias, celos, relámpagos, truenos, rayos, ¿qué será después? Agora está pensando, a mi ver, los estragos que ha de hacer sobre el reto de Zamora.) ¡Ah, señora! ¿Con quién hablo? LEONOR: ¡Déjame, villano infame!

Dale

RIBETE: Belcebú, que más te llame, demándetelo el dïablo. ¿Miraste el retrato en mí de don Juan? ¡Tal antubión...! ¡Qué bien das un pescozón! LEONOR: ¡Déjame, vete de aquí!

Vase [RIBETE]

¿Adónde, cielos, adónde vuestros rigores se encubren? ¿Para cuándo es el castigo? La justicia, ¿dónde huye? ¿Dónde está? ¿Cómo es posible que esta maldad disimule? ¡La piedad en un aleve injusta pasión arguye! ¿Dónde están, Jove, los rayos? ¿Ya vive ocioso e inútil tu brazo ¿Cómo traiciones bárbaras y enormes sufre? ¿No te ministra Vulcano, de su fragua y de su yunque, armas de fuego de quien sólo el laurel se asegure? Némesis, ¿dónde se oculta? ¿A qué dios le substituye su poder para que grato mi venganza no ejecute? Las desdichas, los agravios, hace la suerte comunes. ¡No importa el mérito, no! ¿Tienen precio las virtudes? ¿Tan mal se premia el amor, que a número no reduce un hombre tantas finezas cuando de noble presume? ¿Qué es esto, desdichas? ¿Cómo tanta verdad se desluce, tanto afecto se malogra, tal calidad se destruye, tal sangre se deshonora, tal recato se reduce a opiniones? Tal honor, ¿cómo se apura y consume? ¿Yo aborrecida y sin honra? ¡Tal maldad los cielos sufren! ¿Mi nobleza despreciada? ¿Mi clara opinión sin lustre? ¿Sin premio mi voluntad? Mi fe, que las altas nubes pasó y llegó a las estrellas, ¿es posible que la injurie don Juan? ¡Venganza, venganza, cielos! El mundo murmure, que ha de ver en mi valor, a pesar de las comunes opiniones, la más nueva historia, la más ilustre resolución que vio el orbe. Y ¡Juro por los azules velos del cielo, y por cuantas en ellos se miran luces, que he de morir o vencer, sin que me den pesadumbre iras, olvidos, desprecios, desdenes, ingratitudes, aborrecimientos, odios! Mi honor, en la altiva cumbre de los cielos he de ver, o hacer que se disculpen en mis locuras mis yerros, o que ellas mismas apuren con excesos cuanto pueden con errores cuanto lucen valor, agravio y mujer, si en un sujeto se incluyen.

FIN DE LA PRIMERA JORNADA

Valor, agravio y mujer part 4

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Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham

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