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LUDOVICO: Don Fernando de Ribera, ¿decís que está aquí? ¡Oh, amigo! FERNANDO: ¿Qué hay, Príncipe? LUDOVICO: Que su alteza a mí, a Fisberto, a Lucindo y al duque Liseno, ordena por diferentes parajes que sin Lisarda y Estela no volvamos; y pues ya libres de las inclemencias del tiempo con nos están, vuelvan presto a su presencia, que al repecho de ese valle con una carroza esperan caballeros y crïados. ESTELA: Vamos, pues; haced que venga ese hidalgo con nosotros. FERNANDO: Bueno es que tú me la adviertas. ESTELA: (¡Que no acabase su historia.) Aparte FERNANDO: Con el Príncipe, Condesa, os adelantad al coche, que ya os seguimos. ESTELA: Con pena voy, por no saber, Lisarda, lo que del suceso queda. LISARDA: Después lo sabrás.

Vanse [las mujeres] con el príncipe [LUDOVICO, TOMILLO] y la gente

FERNANDO: Amigo, alguna fuerza secreta de inclinación natural, de simpatía de estrellas, me obliga a quereros bien. Venid conmigo a Bruselas. JUAN: Por vos he de ser dichoso. FERNANDO: Mientras a la quinta llegan y los seguimos a espacio, proseguid. --¡Por vida vuestra!-- ¿Qué es lo que os trae a Flandes? [¿Y por qué aquí no te quedas?] JUAN: (Dicha tuve en que viniese Aparte el Príncipe por Estela porque a su belleza el alma ha rendido las potencias y podrá ser que me importe que mi suceso no sepa.) Digo, pues, que divertido y admirado en las grandezas de Sevilla estaba, cuando un martes, en una iglesia, día de la Cruz de Mayo, que tanto en mis hombros pesa, vi una mujer, don Fernando, y en ella tanta belleza, que usurpó su gallardía los aplausos de la fiesta. No os pinto su hermosura por no eslabonar cadenas a los yerros de mi amor; pero con aborrecerla, si dijere que es un ángel, no hayas miedo que encarezca lo más de su perfección. Vila, en efecto, y améla. Supe su casa, su estado, partes, calidad, hacienda, y, satisfecho de todo, persuadí sus enterezas, solicité sus descuidos, facilité mis promesas. Favoreció mis deseos de suerte que una tercera fue testigo de mis dichas, si hay dichas en la violencia. Dila palabra de esposo. No es menester que advierta lo demás. Discreto sois. Yo muy ciego, ella muy tierna, y con ser bella en extremo y con extremo discreta, --afable para los gustos, para los disgustos cuerda-- contra mi propio disinio, cuanto los disinios yerran, obligaciones tan justas, tan bien conocidas deudas, o su estrella o su desdicha desconocen o chancelan. Cansado y arrepentido la dejé, y seguí la fuerza, si de mi fortuna no, de mis mudables estrellas. Sin despedirme ni hablarla, con resolución grosera, pasé a Lisboa, corrido de la mudable inflüencia que me obligó a despreciarla. Vi a Francia y a Ingalaterra, y al fin llegué a estos países y a su corte de Bruselas donde halla centro el alma porque otra vez considera las grandezas de Madrid. Asiento tienen las treguas de las guerras con Holanda, causa de que yo no pueda ejercitarme en las armas; mas pues ya vuestra nobleza me ampara, en tanto que a Flandes algún socorro me llega, favoreced mis intentos, --pues podéis con Sus Altezas-- porque ocupado en palacio algún tiempo me entretenga. Don Juan de Córdoba soy, andaluz; vos sois Ribera, noble y andaluz también. En esta ocasión, en ésta, es bien que el ánimo luzca, es bien que el valor se vea de los andaluces pechos, de la española nobleza. Éste es mi suceso. Agora, como de una patria mesma y como quien sois, honradme, pues ya es obligación vuestra. FERNANDO: Huélgome de conoceros, señor don Juan, y quisiera que a mi afecto se igualara el posible de mis fuerzas. A vuestro heroico valor por alguna oculta fuerza estoy inclinado tanto que he de hacer que Su Alteza, como suya, satisfaga la obligación en que Estela y todos por ella estamos, y en tanto, de mi hacienda y de mi casa os servid. Vamos juntos donde os vea la Infanta, para que os premie y desempeña las deudas de mi voluntad. JUAN: No sé --¡por Dios!-- cómo os agradezca tantos favores. FERNANDO: Venid.

Sale TOMILLO

TOMILLO: Señor, las mulas esperan. FERNANDO: ¿Y la carroza? TOMILLO: Ya está pienso que en la cuarta esfera por emular la de Apolo compitiendo con las selvas.

Vanse. Sale doña LEONOR, vestida de hombre, bizarra, y RIBETE, lacayo. [En otro lugar más cerca del palacio]

LEONOR: En este traje podré cobrar mi perdido honor. RIBETE: Pareces el dios de amor. ¡Qué talle, qué pierna y pie! Notable resolución fue la tuya, mujer tierna y noble. LEONOR: Cuando gobierna la fuerza de la pasión, no hay discurso cuerdo o sabio en quien ama; pero yo, mi razón, que mi amor no, consultada con mi agravio, voy siguiendo en las violencias de mi forzoso destino, porque al primer desatino se rindieron las potencias. Supe que a Flandes venía este ingrato que ha ofendido tanto amor con tanto olvido, tal fe con tal tiranía. Fingí en el más recoleto monasterio mi retiro, y sólo ocultarme aspiro de mis deudos; en efecto no tengo quién me visite si no es mi hermana, y está del caso avisada ya, para que me solicite y vaya a ver con engaño, de suerte que, aunque terrible mi locura, es imposible que se averigüe su engaño. Ya, pues, me determiné, y atrevida pasé el mar. O he de morir o acabar la empresa que comencé. O, a todos los cielos juro que, nueva amazona, intente --¡Oh, Camila más valiente!-- vengarme de aquel perjuro aleve. RIBETE: Oyéndote estoy, y --¡por Cristo!-- que he pensado que el nuevo traje te ha dado alientos. LEONOR: ¡Yo soy quien soy! Engáñaste si imaginas, Ribete, que soy mujer. Mi agravio mudó mi ser. RIBETE: Impresiones peregrinas suele hacer un agravio. Ten que la verdad se prueba de Ovidio, pues, Isis nueva, de oro guarneces el labio. Mas, volviendo a nuestro intento: ¿matarásle? LEONOR: Mataré, ¡vive Dios! RIBETE: ¿En buena fe? LEONOR: ¡Por Cristo! RIBETE: ¿Otro juramento? Lástima es. LEONOR: Flema gentil gastas. RIBETE: Señor Magallanes, a él y a cuantos donjuanes, ciento a ciento y mil a mil, salieren. LEONOR: Calla, inocente. RIBETE: Escucha, así Dios te guarde: ¿Por fuerza he de ser cobarde? ¿No habrá un lacayo valiente? LEONOR: Pues, ¿por eso te amohinas? RIBETE: Estoy mal con enfadosos que introducen los graciosos muertos de hambre y gallinas. El que ha nacido alentado, ¿no lo ha de ser si no es noble? ¿Qué? ¿No podrá serlo al doble del caballero el crïado? LEONOR: Has dicho muy bien; no en vano te he elegido por mi amigo, no por crïado. RIBETE: Contigo va Ribete el sevillano, bravo que tuvo a laceria reñir con tres algún día y pendón rojo añadía a los verdes de la feria; pero tratemos del modo de vivir. ¿Qué has de hacer ahora? LEONOR: Hemos menester, para no perderlo todo, buscar, Ribete, a mi hermano. RIBETE: ¿Y si te conoce? LEONOR: No puede ser, que me dejó de seis años, y está llano que no se puede acordar de mi rostro; y si privanza tengo con él, mi venganza mi valor ha de lograr. RIBETE: ¿Don Leonardo, en fin te llamas, Ponce de León? LEONOR: Sí llamo. RIBETE: ¡Cuántas veces, señor amo, me han de importunar las damas con el recado o billete! Ya me parece comedia donde todo lo remedia un bufón medio alcahuete. No hay fábula, no hay tramoya, adonde no venga al justo un lacayo de buen gusto, porque si no, ¡aquí fue Troya! ¿Hay mayor impropiedad en graciosidades tales que haga un lacayo iguales la almohaza y majestad? ¡Que siendo rayo temido un rey, haciendo mil gestos, le obligue un lacayo de estos a que ría divertido! LEONOR: Gente viene hacia esta parte. Desvía.

Salen don FERNANDO de Ribera y el príncipe LUDOVICO

FERNANDO: Esto ha pasado. LUDOVICO: Hame el suceso admirado. FERNANDO: Más pudieras admirarte que su dicha, aunque es tanta, de su bizarro valor, pues por él goza favor en la gracia de la Infanta. Su mayordomo, en efecto, don Juan de Córdoba es ya. LEONOR: ¡Ay, Ribete! LUDOVICO: Bien está, pues lo merece el sujeto. Y, al fin, ¿Estela se inclina a don Juan? FERNANDO: Así lo siento, por ser de agradecimiento satisfacción peregrina.

Hablan aparte los dos

LEONOR: Don Juan de Córdoba --¡Ay, Dios!-- dijo. ¡Si es aquel ingrato! Mal disimula el recato tantos pesares. FERNANDO: Por vos la hablaré. LUDOVICO: ¿Puede aspirar Estela a mayor altura? Su riqueza, su hermosura, ¿en quién la puede emplear como en mí? FERNANDO: Decís muy bien. LUDOVICO: ¿Hay en todo Flandes hombre más galán, más gentilhombre? RIBETE: (¡Maldígate el cielo, amén!) Aparte FERNANDO: Fïad esto a mi cuidado. LUDOVICO: Que me está bien, sólo os digo: haced, pues que sois mi amigo, que tenga efeto.

Vase LUDOVICO

FERNANDO: ¡Qué enfado! LEONOR: Ribete, llegarme quiero a preguntar por mi hermano. RIBETE: ¿Si le conocerá? LEONOR: Es llano. FERNANDO: ¿Mandáis algo, caballero? LEONOR: No, señor; saber quisiera de un capitán. FERNANDO: ¿Capitán? ¿Qué nombre?

[LEONOR va sacando unas cartas]

LEONOR: Éstas lo dirán. Don Fernando de Ribera, caballerizo mayor y capitán de la guarda de Su Alteza. FERNANDO: (¡Qué gallarda Aparte presencia! ¿Si es de Leonor?) Haced cuenta que le veis. Dadme el pliego. LEONOR: ¡Oh, cuánto gana hoy mi dicha! FERNANDO: ¿Es de mi hermana?

Dale el pliego

LEONOR: En la letra lo veréis. Ribete, turbada estoy.

Lee don FERNANDO

Valor, agravio y mujer part 3

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Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham

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