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VALOR, AGRAVIO Y MUJER,
de Ana Caro de Mallén
Personas que hablan en ella:
JORNADA PRIMERA
Han de estar a los dos lados del tablado escalerillas vestidas de murta, a manera de riscos, que lleguen a lo alto del vestuario. Por la una de ellas bajen ESTELA y LISARDA, vestidas de cazadoras, con venablos. Fingiránse truenos y torbellino al bajar.
LISARDA: Por aquí, gallarda Estela, de ese inaccesible monte, de ese gigante soberbio que a las estrellas se opone, podrás bajar a este valle en tanto que los rigores del cielo, menos severos y más piadosos, deponen negro encapotado ceño. Sígueme, prima. ESTELA: ¿Por dónde? ¡Qué soy de hielo! ¡Mal hayan, mil veces, mis ambiciones!
Van bajando poco a poco y hablando
¡Y el corzo que dió, ligero, ocasión a que malogren sus altiveces, mi brío, mi orgullo bizarro, el golpe felizmente ejecutado! Pues, sus pisadas veloces persuadieron mis alientos y repiten mis temores. ¡Válgame el cielo! ¿No miras cómo el cristalino móvil de su asiento desencaja las columnas de sus orbes? Y, ¿cómo turbado el cielo, entre asombros y entre horrores, segunda vez representa principios de Faetonte? ¿Cómo, temblando sus ejes, se altera y se descompone la paz de los elementos, que airados y desconformes granizan, ruidosos truenos fulminan, prestos vapores congelados en la esfera ya rayos, ya exhalaciones? ¿No ves cómo, airado Eolo, la intrépida cárcel rompe al Noto y Boreas, porque, desatadas sus prisiones, estremeciendo la tierra en lo cóncavo rimbomben de sus maternas entrañas con prodigiosos temblores? ¿No ves vestidos de luto los azules pabellones, y que las preñadas nubes, caliginosos ardores que engendraron la violencia, hace que rayos se aborten? Todo está brotando miedos, todo penas y rigores, todo pesar, todo asombro, todo sustos y aflicciones. No se termina el celaje en el opuesto horizonte. ¿Qué hemos de hacer? LISARDA: No te aflijas. ESTELA: Estatua de piedra inmóvil me ha hecho el temor, Lisarda. ¡Que así me entrase en el bosque!
Acaban de bajar
LISARDA: A la inclemencia del tiempo, debajo de aquestos robles, nos negaremos, Estela, en tanto que nos socorre el cielo, que ya descubre al occidente arreboles.
Desvíanse a un lado, y salen TIBALDO, RUFINO y ASTOLFO, bandoleros
TIBALDO: ¡Buenos bandidos, por Dios! De más tenemos el nombre, pues el ocio o la desgracia nos está dando lecciones de doncellas de labor, Bien se ejerce de Mavorte la bélica disciplina en nuestras ejecuciones. ¡Bravo orgullo! RUFINO: Sin razón nos culpas. Las ocasiones faltan, los ánimos, no. TIBALDO: Buscarlas porque se logren. ASTOLFO: ¡Por Dios, que si no me engaño no es mala la que nos pone en las manos la ventura! TIBALDO: ¡Quiera el cielo que se goce! ASTOLFO: Dos mujeres son, bizarras, y hablando están. ¿No las oyes? TIBALDO: Acerquémonos corteses. ESTELA: Lisarda, ¿no ves tres hombres? LISARDA: Sí, hacia nosotras vienen. ESTELA: ¡Gracias al cielo! Señores, ¿está muy lejos de aquí la quinta de Enrique, el Conde de Belfor? TIBALDO: Bien cerca está. ESTELA: ¿Queréis decirnos por dónde? TIBALDO: Vamos. Venid con nosotros. ESTELA: Vuestra cortesía es norte que nos guía. RUFINO: (Antes de mucho, Aparte con más miedos, más temores, zozobrará nuestra calma.)
Llévanlas, y baja Don JUAN de Córdoba, muy galán, de camino, por el risco opuesto al que bajaron ellas
JUAN: ¡Qué notables confusiones! ¡Qué impensado terremoto! ¡Qué tempestad tan disforme! Perdí el camino, en efecto. Y ¿será dicha que tope quién me le enseñe? Tal es la soledad de estos montes...
Vaya bajando
Ata esas mulas, Tomillo, a un árbol, y mientras comen baja a este llano.
TOMILLO arriba, sin bajar
TOMILLO: ¿Qué llano? Un tigre, un rinoceronte, un cocodrilo, un caimán, un Polifemo cíclope, un ánima condenada y un diablo, --Dios me perdone-- te ha de llevar. JUAN: Majadero, ¿sobre qué das esas voces?
[Va bajándose TOMILLO]
TOMILLO: Sobre que es fuerza que pagues sacrilegio tan enorme como fue dejar a un ángel. JUAN: ¿Hay disparates mayores? TOMILLO: Pues, ¿qué puede sucedernos bien, cuando tú... JUAN: No me enojes. Deja esas locuras. TOMILLO: ¡Bueno! ¡Locuras y sinrazones son las verdades! JUAN: ¡Escucha! Mal articuladas voces oigo. TOMILLO: Algún sátiro o fauno.
Salen los bandoleros con las damas, y para atarles las manos ponen en el suelo las pistolas y gabanes, y estáse don JUAN retirado
TIBALDO: Perdonen o no perdonen. LISARDA: Pues, bárbaros, ¿qué intentáis? ASTOLFO: No es nada, no se alboroten; que será peor. TOMILLO: Acaban de bajar. JUAN: ¡Escucha, oye! TOMILLO: ¿Que he de oír? ¿Hay algún paso de comedia, encanto, bosque o aventura en que seamos yo Sancho, tú don Quijote porque busquemos la venta, los palos y Maritornes? JUAN: Paso es, y no poco estrecho, adonde es fuerza que apoye sus osadías mi orgullo. TOMILLO: Mira, señor, no te arrojes. TIBALDO: Idles quitando las joyas. ESTELA: Tomad las joyas, traidores, y dejadnos. ¡Ay, Lisarda! JUAN: ¿No ves, Tomillo, dos soles padeciendo injusto eclipse? ¿No miras sus resplandores turbados, y que a su lumbre bárbaramente se opone? TOMILLO: Querrás decir que la tierra. No son sino salteadores que quizá si nos descubren nos cenarán esta noche --sin dejarnos confesar-- en picadillo o gigote. JUAN: Yo he de cumplir con quien soy. LISARDA: ¡Matadnos, ingratos hombres! RUFINO: No aspiramos a eso, reina. ESTELA: ¿Cómo su piedad esconde el cielo?
Póneseles don JUAN delante con la espada desnuda. TOMILLO coge en tanto los gabanes y pistolas y se entra entre los ramos, y ellos se turban
JUAN: Pues, ¿a qué aspiran? ¿A experimentar rigores de mi brazo y de mi espada? ESTELA: ¡Oh, qué irresistibles golpes! JUAN: ¡Villanos viles, cobardes! TOMILLO: Aunque pese a mis temores, les he de quitar las armas para que el riesgo se estorbe; que de ayuda servirá. TIBALDO: ¡Dispara, Rufino! RUFINO: ¿Dónde están las pistolas? TOMILLO: Pistos les será mejor que tomen. ASTOLFO: No hay que esperar. TIBALDO: ¡Huye, Astolfo! Que éste es demonio, no es hombre. RUFINO: ¡Huye, Tibaldo!
Vanse, y don JUAN tras ellos
TOMILLO: ¡Pardiez, que los lleva a lindo trote el tal mi amo, y les da lindamente a trochemoche cintarazo como tierra, porque por fuerza la tomen! ¡Eso sí! ¡Plégate Cristo! ¡Qué bien corrido galope! ESTELA: ¡Ay, Lisarda! LISARDA: Estela mía, ánimo, que bien disponen nuestro remedio los cielos.
Sale don FERNANDO de Ribera, GODOFRE, capitán de la guarda, y gente
FERNANDO: ¡Que no parezcan, Godofre! ¿Qué selva encantada, o qué laberinto las esconde? Mas, ¿qué es esto? ESTELA: ¡Ay, don Fernando! Rendidas a la desorden de la suerte... FERNANDO: ¿Qué fue? ¿Cómo? LISARDA: Unos bandidos enormes nos han puesto... FERNANDO: ¿Hay tal desdicha?
Desátelas
LISARDA: Mas un caballero noble nos libró.
Sale don JUAN
JUAN: Ahora verán los bárbaros que se oponen a la beldad de esos cielos, sin venerar los candores de vuestras manos, el justo castigo. FERNANDO: ¡Muera!
Empuña la espada
ESTELA: No borres con ingratitud, Fernando, mis tristes obligaciones. Vida y honor le debemos. FERNANDO: Dejad que a esos pies me postre, y perdonad mi ignorancia. TOMILLO: Y ¿será razón que monde nísperos Tomillo, en tanto? Estos testigos --conformes o contestes-- ¿no declaran mis alentados valores? FERNANDO: Yo te premiaré.
[FERNANDO le da a TOMILLO una bolsa]
JUAN: Anda, necio. Guárdeos Dios, porque se abone en vuestro valor mi celo. ESTELA: Decid vuestra patria y nombre, caballero, si no hay causa alguno que lo estorbe. Sepa yo a quién debo tanto, porque agradecida logre mi obligación en serviros, deseos por galardones. FERNANDO: Lo mismo os pido, y si acaso de Bruselas en la corte se ofrece en qué os sirva, si no porque se reconoce obligada la Condesa, sino por inclinaciones naturales de mi estrella, venid, que cuanto os importe tendréis en mi voluntad.
[FERNANDO le da a TOMILLO la cadena]
TOMILLO: Mas que doscientos Nestores vivas. ¡Qué buen mocetón! LISARDA: Tan justas obligaciones como os tenemos las dos, más dilatará el informe que juntos os suplicamos. JUAN: Con el efecto responde mi obediencia agradecida. FERNANDO: (¡Qué galán! ¡Qué gentilhombre!) Aparte JUAN: Nací en la ciudad famosa que la antigüedad celebra por madre de los ingenios, por origen de las letras, esplandor de los estudios, claro archivo de la ciencia, epílogo del valor y centro de la nobleza, la que en dos felices partos dio al mundo a Lucano y Séneca, éste filósofo estoico, aquél insigne poeta. Otro Séneca y Aneo Galïón, aquél enseña moralidad virtüosa en memorables tragedias y éste oraciones ilustres; sin otros muchos que deja mi justo afecto, y entre ellos el famoso Juan de Mena, en castellana poesía; como en la difícil ciencia de matemática, raro escudriñador de estrellas aquel Marqués generoso, don Enrique de Villena cuyos sucesos admiran, si bien tanto se adulteran en los vicios que hace el tiempo; Rufo y Marcial, aunque queda el último en opiniones. Mas porque de una vez sepas cuál es mi patria, nació don Luis de Góngora en ella, raro prodigio del orbe que la castellana lengua enriqueció con su ingenio frasis, dulzura, agudeza. En Córdoba nací, al fin, cuyos muros hermosea el Betis, y desatado tal vez en cristal, los besa por verle antiguo edificio de la romana soberbia en quien ostentó Marcelo de su poder la grandeza. Heredé la noble sangre de los Córdobas en ella, nombre famoso que ilustra de España alguna Excelencia. Gasté en Madrid de mis años floreciente primavera en las lisonjas que acaban cuando el escarmiento empieza. Dejéla porque es la envidia hidra que no se sujeta a muerte, pues de un principio saca infinitas cabezas. Por sucesos amorosos que no importan, me destierran, y junto poder y amor mil favores atropellan. Volví, en efecto, a la patria, adonde triste y violenta se hallaba la voluntad, hecha a mayores grandezas, y por divertir el gusto, --si hay alivio que divierta el forzoso sentimiento de una fortuna deshecha-- a Sevilla vine, donde de mis deudos la nobleza desahogo solicita en su agrado a mis tristezas. Divertíme en su hermosura, en su alcázar, en sus huertas, en su grandeza, en su río, en su lonja, en su alameda, en su iglesia mayor, que es la maravilla primera y la octava de las siete, por más insigne y más bella en su riqueza, y al fin...
Sale el príncipe LUDOVICO y gente
Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham
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