This file was last updated on April 22, 1998


ROSAURA:       Prosigue, Conde, prosigue...  
               
Medio dormida
¡Ay Dios! ¿Qué es esto? Engañome tu traición. ¿Qué has hecho, ingrato?
Levántase
GAULÍN: Hija en casa y malas noches tenemos. ROSAURA: Mal caballero, ¿conmigo trato tan doble? Falso, aleve, fementido, de humildes obligaciones; ¿qué atrevimiento esforzó tu maldad a tan disforme agravio, engañoso, fácil?
Sale ALDORA
ALDORA: ¿Qué tienes? ¿por qué das voces, Rosaura hermosa? ¿qué es esto? ROSAURA: Aldora, a ese bárbaro hombre haz despeñar, por ingrato, traidor, engañoso enorme. Muera el Conde; esto ha de ser, aunque a pedazos destroce el corazón que le adora, con puros afectos nobles. Esta es forzosa venganza, aunque la pena me ahogue; porque ya sin duda advierto, pues malogré mis favores, que del vaticinio infausto es dueño el aleve Conde. Muera antes que lo padezca mi imperio; desde esa torre hazle despeñar al valle; pues ofendió con traiciones tanto amor. ALDORA: ¡Ofensa grave! Es francés, no es bien te asombre; que jamás guardan palabra. CONDE: Oye. ROSAURA: No hay satisfaciones a tal traición, a tal yerro. GAULÍN: Por Dios, que tú la reportes, Señora. ROSAURA: ¿También tú hablas, crïado vil? GAULÍN: Sabañones; ¡mal haya mi lengua, amén! CONDE: Ya que el castigo dispones, advierte... ROSAURA: ¿Qué he de advertir? CONDE: Amor... ROSAURA: ¿Qué satisfaciones? CONDE: Acuérdate... ROSAURA: No hables más. CONDE: De los dichosos favores... ROSAURA: ¡Oh atrevido! Presto, Aldora; que con sus mismas razones está incitando mis iras para que venganza tomen. Quítale ya de mis ojos; acaba o daré mil voces a los de mi guarda; ¡hola! GAULÍN: Sancti Petri, ora pro nobis. ALDORA: Ven, Conde, conmigo presto. CONDE: Ea, desdichas, de golpe me despeñad, porque fui del carro del sol, Faetonte.
Vanse, salen al son de cajas y clarines LISBELLA con espada, sombrero de plumas y soldados
LISBELLA: Ya es fuerza, heroicos soldados, ya es tiempo, vasallos míos que pruebe Constantinopla vuestros esfuerzos altivos; y que en su arenosa playa, --a quien llaman los antiguos Nigroponto--, echen sus anclas nuestros valientes navios. Esa voluble montaña, esa campaña de pinos, esa escuadra de gigantes, ese biforme prodigio, que se rige con las cuerdas y gobierna con el lino, quede surto en las espumas de ese margen cristalino. Supuesto que sabéis todos o la causa o el designio que, alentando a mi esperanza, da a mi jornada motivo, no ha de saltar nadie en tierra; que a ninguno le permito que me sirva o acompañe; solos Favio y Ludovico me asistirán, porque sean de mis alientos testigos; y verá Constantinopla, y verá el mundo que imito a Semíramis, armada de ardimientos vengativos; y verá también Rosaura, cómo valerosa aspiro a destruïr sus imperios si no me entrega a mi primo. Ea pues, vasallos nobles, puesto que, muerto mi tío, soy vuestra reina, mostrad de vuestro acero los filos; pues si no me entrega al Conde vuestro rey, vuestro caudillo, ¡vive Dios!, que en la experiencia ha de hallar mal prevenidos mis enojos y sus daños, mis celos y sus delirios, mi rigor y sus pesares, mis iras y sus delitos. UNO: Todos te obedecerán. OTRO: Todos morirán contigo. LISBELLA: Pues vamos a prevenir mi venganza o mi castigo; rayo ardiente desatado, de cuyos obscuros giros, primero el rigor se siente que se previene el ruïdo.
Vanse y salen GAULÍN y el CONDE medio desnudo
GAULÍN: Mira, Señor, que es locura estimar la vida en poco. CONDE: Claro está, Gaulín, que es loco quien perdió tal hermosura. GAULÍN: Si ella te quisiera bien, no era fineza en rigor; que en lo que verás de amor más te engañó. CONDE: Dices bien. GAULÍN: Alégrate, pese a tal, que a tu vida es de importancia; mira que te espera en Francia tu Lisbella. CONDE: Dices mal. GAULÍN: ¡Con qué rabia y qué desdén, la tal Rosaura, mandó matarte, y cómo mostró que era falsa! CONDE: Dices bien. GAULÍN: No des tan flaca señal de tu amorosa querella; apela para Lisbella, que es muy bella. CONDE: Dices mal; villano, infame, atrevido, tú tienes la culpa, tú.
Va trás él
GAULÍN: ¡Oh fiera de Bercebú, nunca tú hubieras nacido! ¡Ah Señor, Señor por vida de Rosaura, no me des! CONDE: Pierda yo la vida, pues hallé la ocasión perdida. ¡Muerto estoy! GAULÍN: ¿Que vivo estás? CONDE: ¡Vivo yo! ¡qué vano intento! Yo no toco, yo no siento. Llégate, llégate más. GAULÍN: Aquí estoy bien. CONDE: ¿Dónde está mi vida? GAULÍN: Gentil historia: en tí mismo. CONDE: ¿Y mi memoria? GAULÍN: Tu Rosaura, de ella sabrá. CONDE: ¡Ay dulce amorosa llama! ¡qué me abraso, que me hielo! ¡Socorro, socorro, cielo!
Sale ALDORA, en una apariencia, en que se subirán con ella los dos al fin del paso
ALDORA: ¿Conde? ¡ah, Conde! CONDE: ¿Quién me llama? ALDORA: Yo soy. GAULÍN: Tramoya tenemos; esto es hecho. CONDE: ¿Oiste hablar?
En el aire, sin verse
ALDORA: ¿Conde? GAULÍN: Prisa en condear, ¿dónde nos esconderemos? Señores, aquí es mi hora; temblando de miedo estoy.
Ábrese la tramoya
ALDORA: ¿Conde? CONDE: ¿Quién eres? ALDORA: Yo soy, la que te protege, Aldora.
Baja al tablado
CONDE: Hermosísima Señora, precursora de aquel sol, de aquel oriente arrebol, lucero de aquella aurora, ¿es posible que te veo? ALDORA: Di, ¿cómo estás de esa suerte? CONDE: Quien desea hallar su muerte, no hace en las galas empleo. Mas dime, ¿qué novedad de esta suerte te ha traïdo? ALDORA: Buscar tu dicha. CONDE: Yo he sido dichoso, si eso es verdad. ALDORA: Tú has de sustentar por mí un torneo. CONDE: Justo empleo, cuando servirte deseo. ALDORA: Carteles puse, por ti, de que un príncipe encubierto, sustenta que de Rosaura, él sólo la mano aguarda. CONDE: Ya tu pensamiento advierto. ALDORA: Diciendo que en calidad, en valor y en bizarría, y en puesto la merecía. CONDE: Ése soy yo. ALDORA: Así es verdad; el reino se alborotó, y Rosaura en tus ardores, a los tres sus pretensores, a salir les obligó a la defensa, fïada de mí, sospechosa que de su rigor te libré; y aún hasta ahora engañada. El tiempo se cumple ya del cartel, mas no me espanto, pues de mi ciencia el encanto la jornada abreviará. CONDE: ¿Ella está ya arrepentida? ¿qué dice? ALDORA: Lo que has oido; sólo a llevarte, he venido. CONDE: Di mejor, a darme vida. ALDORA: Vente conmigo, si quieres. CONDE: Dichoso mil veces soy. GAULÍN: Más loco que el Conde estoy; demonios son las mujeres.

El conde Partinuplés part 9

Return to COMEDIA home page

Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham

vwilliam@u.arizona.edu