ROSAURA: Prosigue, Conde, prosigue...
Medio dormida
¡Ay Dios! ¿Qué es esto? Engañome
tu traición. ¿Qué has hecho, ingrato?
Levántase
GAULÍN: Hija en casa y malas noches
tenemos.
ROSAURA: Mal caballero,
¿conmigo trato tan doble?
Falso, aleve, fementido,
de humildes obligaciones;
¿qué atrevimiento esforzó
tu maldad a tan disforme
agravio, engañoso, fácil?
Sale ALDORA
ALDORA: ¿Qué tienes? ¿por qué das voces,
Rosaura hermosa? ¿qué es esto?
ROSAURA: Aldora, a ese bárbaro hombre
haz despeñar, por ingrato,
traidor, engañoso enorme.
Muera el Conde; esto ha de ser,
aunque a pedazos destroce
el corazón que le adora,
con puros afectos nobles.
Esta es forzosa venganza,
aunque la pena me ahogue;
porque ya sin duda advierto,
pues malogré mis favores,
que del vaticinio infausto
es dueño el aleve Conde.
Muera antes que lo padezca
mi imperio; desde esa torre
hazle despeñar al valle;
pues ofendió con traiciones
tanto amor.
ALDORA: ¡Ofensa grave!
Es francés, no es bien te asombre;
que jamás guardan palabra.
CONDE: Oye.
ROSAURA: No hay satisfaciones
a tal traición, a tal yerro.
GAULÍN: Por Dios, que tú la reportes,
Señora.
ROSAURA: ¿También tú hablas,
crïado vil?
GAULÍN: Sabañones;
¡mal haya mi lengua, amén!
CONDE: Ya que el castigo dispones,
advierte...
ROSAURA: ¿Qué he de advertir?
CONDE: Amor...
ROSAURA: ¿Qué satisfaciones?
CONDE: Acuérdate...
ROSAURA: No hables más.
CONDE: De los dichosos favores...
ROSAURA: ¡Oh atrevido! Presto, Aldora;
que con sus mismas razones
está incitando mis iras
para que venganza tomen.
Quítale ya de mis ojos;
acaba o daré mil voces
a los de mi guarda; ¡hola!
GAULÍN: Sancti Petri, ora pro nobis.
ALDORA: Ven, Conde, conmigo presto.
CONDE: Ea, desdichas, de golpe
me despeñad, porque fui
del carro del sol, Faetonte.
Vanse, salen al son de cajas y clarines LISBELLA
con espada, sombrero de plumas y soldados
LISBELLA: Ya es fuerza, heroicos soldados,
ya es tiempo, vasallos míos
que pruebe Constantinopla
vuestros esfuerzos altivos;
y que en su arenosa playa,
--a quien llaman los antiguos
Nigroponto--, echen sus anclas
nuestros valientes navios.
Esa voluble montaña,
esa campaña de pinos,
esa escuadra de gigantes,
ese biforme prodigio,
que se rige con las cuerdas
y gobierna con el lino,
quede surto en las espumas
de ese margen cristalino.
Supuesto que sabéis todos
o la causa o el designio
que, alentando a mi esperanza,
da a mi jornada motivo,
no ha de saltar nadie en tierra;
que a ninguno le permito
que me sirva o acompañe;
solos Favio y Ludovico
me asistirán, porque sean
de mis alientos testigos;
y verá Constantinopla,
y verá el mundo que imito
a Semíramis, armada
de ardimientos vengativos;
y verá también Rosaura,
cómo valerosa aspiro
a destruïr sus imperios
si no me entrega a mi primo.
Ea pues, vasallos nobles,
puesto que, muerto mi tío,
soy vuestra reina, mostrad
de vuestro acero los filos;
pues si no me entrega al Conde
vuestro rey, vuestro caudillo,
¡vive Dios!, que en la experiencia
ha de hallar mal prevenidos
mis enojos y sus daños,
mis celos y sus delirios,
mi rigor y sus pesares,
mis iras y sus delitos.
UNO: Todos te obedecerán.
OTRO: Todos morirán contigo.
LISBELLA: Pues vamos a prevenir
mi venganza o mi castigo;
rayo ardiente desatado,
de cuyos obscuros giros,
primero el rigor se siente
que se previene el ruïdo.
Vanse y salen GAULÍN y el CONDE medio desnudo
GAULÍN: Mira, Señor, que es locura
estimar la vida en poco.
CONDE: Claro está, Gaulín, que es loco
quien perdió tal hermosura.
GAULÍN: Si ella te quisiera bien,
no era fineza en rigor;
que en lo que verás de amor
más te engañó.
CONDE: Dices bien.
GAULÍN: Alégrate, pese a tal,
que a tu vida es de importancia;
mira que te espera en Francia
tu Lisbella.
CONDE: Dices mal.
GAULÍN: ¡Con qué rabia y qué desdén,
la tal Rosaura, mandó
matarte, y cómo mostró
que era falsa!
CONDE: Dices bien.
GAULÍN: No des tan flaca señal
de tu amorosa querella;
apela para Lisbella,
que es muy bella.
CONDE: Dices mal;
villano, infame, atrevido,
tú tienes la culpa, tú.
Va trás él
GAULÍN: ¡Oh fiera de Bercebú,
nunca tú hubieras nacido!
¡Ah Señor, Señor por vida
de Rosaura, no me des!
CONDE: Pierda yo la vida, pues
hallé la ocasión perdida.
¡Muerto estoy!
GAULÍN: ¿Que vivo estás?
CONDE: ¡Vivo yo! ¡qué vano intento!
Yo no toco, yo no siento.
Llégate, llégate más.
GAULÍN: Aquí estoy bien.
CONDE: ¿Dónde está
mi vida?
GAULÍN: Gentil historia:
en tí mismo.
CONDE: ¿Y mi memoria?
GAULÍN: Tu Rosaura, de ella sabrá.
CONDE: ¡Ay dulce amorosa llama!
¡qué me abraso, que me hielo!
¡Socorro, socorro, cielo!
Sale ALDORA, en una apariencia, en que se
subirán con ella los dos al fin del paso
ALDORA: ¿Conde? ¡ah, Conde!
CONDE: ¿Quién me llama?
ALDORA: Yo soy.
GAULÍN: Tramoya tenemos;
esto es hecho.
CONDE: ¿Oiste hablar?
En el aire, sin verse
ALDORA: ¿Conde?
GAULÍN: Prisa en condear,
¿dónde nos esconderemos?
Señores, aquí es mi hora;
temblando de miedo estoy.
Ábrese la tramoya
ALDORA: ¿Conde?
CONDE: ¿Quién eres?
ALDORA: Yo soy,
la que te protege, Aldora.
Baja al tablado
CONDE: Hermosísima Señora,
precursora de aquel sol,
de aquel oriente arrebol,
lucero de aquella aurora,
¿es posible que te veo?
ALDORA: Di, ¿cómo estás de esa suerte?
CONDE: Quien desea hallar su muerte,
no hace en las galas empleo.
Mas dime, ¿qué novedad
de esta suerte te ha traïdo?
ALDORA: Buscar tu dicha.
CONDE: Yo he sido
dichoso, si eso es verdad.
ALDORA: Tú has de sustentar por mí
un torneo.
CONDE: Justo empleo,
cuando servirte deseo.
ALDORA: Carteles puse, por ti,
de que un príncipe encubierto,
sustenta que de Rosaura,
él sólo la mano aguarda.
CONDE: Ya tu pensamiento advierto.
ALDORA: Diciendo que en calidad,
en valor y en bizarría,
y en puesto la merecía.
CONDE: Ése soy yo.
ALDORA: Así es verdad;
el reino se alborotó,
y Rosaura en tus ardores,
a los tres sus pretensores,
a salir les obligó
a la defensa, fïada
de mí, sospechosa que
de su rigor te libré;
y aún hasta ahora engañada.
El tiempo se cumple ya
del cartel, mas no me espanto,
pues de mi ciencia el encanto
la jornada abreviará.
CONDE: ¿Ella está ya arrepentida?
¿qué dice?
ALDORA: Lo que has oido;
sólo a llevarte, he venido.
CONDE: Di mejor, a darme vida.
ALDORA: Vente conmigo, si quieres.
CONDE: Dichoso mil veces soy.
GAULÍN: Más loco que el Conde estoy;
demonios son las mujeres.
Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham
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