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CONDE:            ¿Qué dices?
GAULÍN:                       Digo que oí          
               lo que te he dicho.                          
CONDE:                              No sé;           
               ¿Constantinopla?
GAULÍN:                         Eso fue.             
CONDE:         ¿Que es Constantinopla?
GAULÍN:                                Sí.         
CONDE:            ¿Tú, en fin, estás bien
hallado?
GAULÍN:        ¿No he de estar, si duermo y como
               sin pagarle al mayordomo                
               distribución ni cuidado?                   
CONDE:            De mis dichas participas.                      
GAULÍN:        Claro está y tener procuro
               en mi estómago a Epicuro                   
               y a Heliogábalo en mis tripas;        
                  yo no sé por dónde viene,        
               quién lo guisa o quién lo da;       
               mas sé que en entrando acá
               es bueno el sabor que tiene.                 
                  Guarde Dios cierta marquesa,              
               que no veo, sin embargo                 
               que tomó muy a su cargo                    
               las expensas de mi mesa
                  desde la noche que entramos;                   
               pero, dejando esto aparte,              
               he querido preguntarte                  
               mil veces, no sé si estamos                
                  seguros de qué nos dio;                 
               escucha a fuer de convento,                  
               ¿cómo te hallas?                      
CONDE:                          Muy contento.          
GAULÍN:        ¿Viste ya la tal mujer?               
CONDE:                                 No.             
GAULÍN:           ¿Qué dices?
CONDE:                        Lo que te digo.
GAULÍN:        Pues, ¿por qué?
CONDE:                         Porque no quiere.                 
GAULÍN:        ¿Amante de miserere                   
                  te has hecho?                                  
CONDE:                        Mis dichas digo.         
GAULÍN:           ¿Y la quieres bien?
CONDE:                               La adoro.              
GAULÍN:        ¿Sin verla, Señor?
CONDE:                            Sin vella.
GAULÍN:        ¿Y Lisbella?
CONDE:                      No hay Lisbella;
               perdóneme su decoro.                       
GAULÍN:           Y, ¿el retrato y fiera?
CONDE:                                    Espera;                
               vengo Gaulín, a entender                   
               que es esta hermosa mujer
               mi bella adorada fiera;
                  porque haciendo reflexión,
               de los sucesos pasados                       
               en la memoria y notados                 
               equívocos y canción,
                  y otras mil cosas, es ella.                    
GAULÍN:         Ésa es ignorancia clara,
               porque no se te ocultara,                         
               siendo una mujer tan bella.             
CONDE:            Con fe de que la he querido,
               sea o no sea.            
GAULÍN:                      Bien mirado,
               tú estás muy enamorado,
               pero muy mal avenido.                   
                  La fiera no es maravilla                  
               querer; mas, ¿quién no se pasma  
               de que ames una fantasma,                         
               buho, lechuza, abubilla,
                  sin saber si es moza o vieja,                  
               coja, tuerta, corcovada,                
               flaca, gorda, endemoniada,
               azafranada o bermeja?                             
                  por Dios, que es un desaliño            
               de los más lindos que vi.                  
CONDE:         Yo adoro, Gaulín, allí              
               un espíritu divino.                   
GAULÍN:           ¡Espíritu! guarda fuera.    
CONDE:         Un entendimiento claro,
               un ingenio único y raro,                   
               de quien mi fe verdadera                     
                  hoy se halla tan bien pagada,                  
               que aprehende y con razón,       
               que es la mayor perfección
               su hermosura imaginada;                 
                  igual al entendimiento                         
               será toda, es evidencia.                   
GAULÍN:        Yo niego la consecuencia
               y refuto el argumento,                  
                  pues jamás oí igual cosa,        
               ni es posible que se vea;               
               siempre la discreta es fea                   
               y siempre es necia la hermosa.               
CONDE:            Si de iguales perfecciones
               consta la hermosura; ella                         
               es la más discreta y bella.           
GAULÍN:        Disparate, aunque perdones;                
                  tú la miras con antojos                 
               de hermosura.
CONDE:                       El alma ve,                         
               y el alma ha de hacer más fe               
               que el crédito de los ojos.           
GAULIN:                  ¡Qué hayas dado en inocente!
               Ya la noche se ha llegado;
               yo me acojo a mi sagrado.
CONDE:         Parece que siento gente.                
GAULÍN:           Es fuerza, que ha anochecido.           
               Yo temo que me han de dar
               mil palos y he de pagar
               por lo hablado, lo comido.                        
CONDE:            Calla, necio.
GAULÍN:                         Ya me voy.                
               Adiós, ¡oh que miedo llevo!           
               hoy me ponen como nuevo.            

Vase y sale ROSAURA
ROSAURA: ¿Conde? CONDE: ¿Quién me llama? ROSAURA: Yo soy.

¿Cómo te hallas desde anoche? CONDE: Como quien libradas tiene, en tu amor las esperanzas de su vida o de su muerte; como quien vive de amarte, como quien sin verte muere, y entre la gloria y la pena el bien goza, el mal padece. Pues si nada de esto ignoras, pues si todo esto aprendes, ¿cómo a mis ojos te niegas? ¿has juzgado, --acaso-- aleves las lealtades, los efectos de mis verdades corteses? que si es así, vives tú, dueño amado, que me ofendes en imaginarlo, aún más que me obligas con quererme. ROSAURA: Conde, amigo, Señor, dueño, aunque pudiera ofenderme de tu poca fe, después, de tan grandes y solemnes juramentos, como has hecho, de no hablar con esa leve materia, ni procurar de ninguna suerte verme hasta que ocasión y tiempo nuestras cosas dispusiesen, préciome tanto la tuya; ¡oh Conde! y tanto me debes, que disculpo lo curioso de tu deseo impaciente, con los achaques de amor, que en ti flaquezas parecen. A la fuerza de tus quejas, he satisfecho mil veces con decirte que soy tuya y que presto podrás verme; --o sea razón de estado, o forzosos intereses de mi voluntad, o sea prueba de mi corta suerte--. Hagan más crédito en ti de amor las hidalgas leyes, que el antojo de un sentido, a quien no es justo deberle crédito tal vez los cuatro. Supuesto que engaña y miente; los demás están despiertos, y si ahora la vista duerme, no quieras que por mi daño y por el tuyo despierte. Esto, Conde, importa ahora; bien es que tu amor se esfuerce en las dudas, que el valor nunca en ellas desfallece. Y porque veas que yo, aún siendo forzosamente, por mujer, más incapaz de aliento, más flaca y débil; fío más de tus verdades y de la fe que me tienes, que tú de mí te aseguras, quiero revelarte, --advierte-- un secreto, confïada en que indubitablemente te volveré a mis caricias victorioso, ufano, alegre. Francia está en grande peligro, el inglés cercada tiene a París, del Rey, tu tío, famosa corte eminente. Ha sentido el Rey tu falta, --como es justo--, pues no puede, sin tu valor, gobernar su desalentada gente. Ésta, Conde, es ocasión que dilación no consiente; ve a favorecer tu patria, haz que el enemigo tiemble, que se sujeten sus bríos, que su arrogancia se enfrene; prueba es ésta de mi amor, pues siendo el gozarte y verte mi mayor dicha, procuro, Partinuplés, que me dejes, porque quiero más tu honor que los propios intereses de mi gusto; esto es amarte. Al arma, pues, héroe fuerte; ea, gallardo francés, ea, príncipe valiente, bizarro el escudo embraza, saca el acero luciente, da motivo a las historias y a tu renombre laureles. Al arma toca el honor; la fama el ocio despierte, el triunfo llame a las glorias de tus claros descendientes; pueda el valor más en ti que de amor los accidentes; desempeña belicoso la obligación de quien eres; porque yo te deba más y porque el mundo celebre mis finezas y tus bríos, que unas triunfan y otras vencen. CONDE: (Entre el amor y el temor, Aparte no sé lo que me sucede.) Al fin, Señora, ¿que Francia está en peligro eminente? ROSAURA: No hay duda, Conde; al remedio. CONDE: Si tú me animas, ¿qué teme mi amor? Mas, ¿podré llegar a tiempo, cuando tan breve remedio pide el peligro? ROSAURA: Eso, Conde, es bien que dejes a cargo de quien dispone tus cosas; en ese puente del río, que este castillo foso de plata guarnece; hallarás armas, caballo, y quien te encamine y lleve en breve espacio. CONDE: ¿Que al fin te he de dejar? ¡Lance fuerte! ROSAURA: Esto importa por ahora; tiempo queda para verme, si acaso mi amor te obliga. CONDE: Haz de mí lo que quisieres. ROSAURA: ¿Sabes que me debes mucho? CONDE: Sé que he de pagarte siempre. ROSAURA: ¿Sabes que el alma me llevas? CONDE: Sé que he de morir sin verte. ROSAURA: ¿Serás mío? CONDE: Soy tu esclavo. ROSAURA: ¿Serás firme? CONDE: Eternamente. ROSAURA: ¿Olvidarasme? CONDE: Jamás. ROSAURA: ¿Volverás con gusto? CONDE: Advierte que sin tí, no quiero vida. ROSAURA: Pues, adiós.

Vase
CONDE: Adiós. Si excede la obligación al amor, en mi ejemplo puede verse; pues hoy, porque mi honor viva, me solicitó la muerte.
Vase

FIN DE LA SEGUNDA JORNADA

El conde Partinuplés part 7

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Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham

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