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ALDORA: Suspensa, prima, has quedado.
ROSAURA: No tengo, Aldora, no tengo
satisfacción de mi suerte.
Aquellos anuncios temo,
y no sé si he de elegir
algun ingrato por dueño,
que el alma que me amenaza
sea bárbaro instrumento.
Quisiera yo, prima mía,
ver y conocer primero
estos caballeros que
mis vasallos me han propuesto,
y si de alguno me agrada
el arte, presencia e ingenio,
saberle la condición,
y verle el alma hacia dentro,
el corazón, el agrado,
discurso y entendimiento,
penetrarle la intención,
examinarle el concepto
de su pecho, en lo apacible,
o ya ambicioso o ya necio.
Mas, si nada de esto puedo
saber, y me he de arrogar
al mar profundo y soberbio
de elegir por dueño a un hombre
que ha de regir el imperio
del alma con libertad,
o ya ambicioso, o ya ciego,
¿qué gusto puedo tener
cuando, --¡ay Dios!-- me considero
esclava, siendo Señora,
y vasalla, siendo dueño?
ALDORA: Discretamente discurres;
mas es imposible intento
penetrar los corazones
y del alma los secretos.
Lo mas que hoy puedo hacer
por ti, pues sabes mi ingenio
en cuanto a la mágica arte,
es enseñarte primero,
en aparentes personas,
estos príncipes propuestos;
y si es fuerza conocer
las causas por los efectos,
viendo en lo que se ejercitan,
será fácil presupuesto
saber cuál es entendido,
cuál arrogante o modesto,
cuál discreto y estudioso,
cuál amoroso, o cuál tierno;
y así mismo es contingente
inclinarte a alguno de ellos
antes que con sus presencias
tenga tu decoro empeño,
no atreviéndose a elegir.
ROSAURA: ¡Oh Aldora, cuánto te debo!
si hacer quieres lo que dices,
presto, prima, presto, presto;
pues sabes que las mujeres,
pecamos en el extremo
de curiosas de ordinario.
Ejercita tus portentos;
ejecuta tus prodigios,
que ya me muero por verlos.
ALDORA: Presto lo verás; atiende.
ROSAURA: Con toda el alma te atiendo.
ALDORA: ¡Espíritus infelices!
que en el espantoso reino
habitáis por esas negras
llamas, sin luz y con fuego,
os conjuro, apremio y mando
que juntos mostréis a un tiempo,
de la suerte que estuvieren,
a los príncipes excelsos,
de Polonia a Federico,
de Transilvania a Roberto,
de Escocia a Eduardo, de Francia
Partinuplés..., ¿bastan estos?
ROSAURA: Sí, prima; admirada estoy.
ALDORA: Ea, haced que en breve tiempo,
en aparentes figuras,
sean de mi vista objetos.
Vuélvese el teatro y descúbrense los
cuatro de la manera que los nombra
ROSAURA: Válgame el cielo, ¿qué miro,
hermosa Aldora? ¿qué es esto?
ALDORA: Éste que miras galán,
que en la luna de un espejo,
traslada las perfecciones
del bizarro, airoso cuerpo,
es Federico, polonio.
Va señalando a cada uno
Aquéste que está leyendo
estudioso y divertido,
es Eduardo, del reino
de Escocia, príncipe noble,
sabio, ingenioso y discreto,
filósofo y judiciario.
Aquél, que de limpio acero
adorna el pecho gallardo,
es el valiente Roberto,
príncipe de Transilvania.
El que allí se ve suspenso
o entretenido, mirando
el sol de un retrato bello,
es Partinuplés famoso,
de Francia noble heredero,
por sobrino de su rey,
que le ofrece en casamiento
a Lisbella, prima suya;
príncipe noble, modesto,
apacible, cortesano,
valiente, animoso y cuerdo.
Éste es más digno de ser
entre los demás, tu dueño,
a no estar, --como te he dicho--
tratado su casamiento
con Lisbella.
ROSAURA: ¿Con Lisbella?
por eso, Aldora, por eso
me lleva la inclinación
aquel hombre.
ALDORA: Impedimiento
tiene, a ser lo que te digo.
ROSAURA: ¡Ay Aldora! a no tenerlo,
otro me agradara, otro
fuera, en mi grandeza, empeño
de importancia su elección;
pero, si lo miro ajeno,
¿cómo es posible dejar,
por envidia o por deseo,
de intentar un imposible,
aún siendo sus gracias menos?
Vuélvase el teatro como antes y
cúbrese todo
Ya se ausentó, y a mis ojos
falta el agradable objeto
de su vista, y queda el alma,
¿diré en la pena o tormento?
digo en el tormento y pena
de su ausencia y de mis celos.
ALDORA: No sé si le llame amor,
Rosaura, a tu arrojamiento,
y parece desatino.
ROSAURA: Que es desatino confieso.
ALDORA: ¿No es galán el de Polonia?
¿no es el de Escocia discreto,
gallardo el de Transilvania?
ROSAURA: Si consulta con su espejo
el de Polonia sus gracias,
y está de ellas satisfecho;
¿cómo podra para mí
tener, Aldora, requiebros?
Si es filósofo el de Escocia,
judiciario y estrellero;
¿cómo podrá acariciarme,
ocupado el pensamiento
y el tiempo siempre en estudio?
Y si es tan bravo Roberto;
¿quién duda que batirá
de mi pecho el muro tierno
con fuerzas y tiranías,
siendo quizá el monstruo fiero
que amenaza la ruïna
de mi vida y de este imperio?
ALDORA: ¿No es peor estar rendida
a otra beldad?
ROSAURA: Es exceso
el que propones, si sabes
que no halla el común proverbio
excepción en la grandeza.
Yo lo difícil intento;
lo fácil es para todos.
ALDORA: Pues, emperatriz, supuesto
que Partinuplés te agrada,
todo cuanto soy te ofrezco.
Yo haré que un retrato tuyo
sea brevemente objeto
de su vista, porque amor
comience a hacer sus efectos;
ven conmigo.
ROSAURA: Voy contigo;
desde hoy en tu dulce incendio
soy humilde mariposa,
tirano dios, niño ciego.
Vanse y suena ruido de cazay sale el REY de Francia,
LISBELLA y el CONDE de Partinuplés y
GAULÍN y criados de caza todos
DENTRO: Al arroyo van ligeros.
OTRO: Por esa otra parte, Enrico,
Julio, Fabio, Ludovico.
CONDE: Al valle, al valle, monteros.
REY: ¡Qué notable ligereza!
o hijos del viento son,
o del fuego exhalación.
CONDE: Descanse, Señor tu alteza;
baste la caza por hoy.
REY: ¿Vienes cansada, Lisbella?
LISBELLA: Como siguiendo la estrella
del sol, que mirando estoy.
REY: El equívoco me agrada;
ese sol, ¿soy yo o tu primo?
LISBELLA: Tú, pues en tu luz animo
la vida, Señor.
GAULÍN: ¿No es nada
requebritos en presencia
de quien a ser suyo aspira?
Mas, si es justo, ¿qué me admira?
REY: Habla, pues tienes licencia,
Partinuplés, a tu esposa.
CONDE: Cuando sabe que soy suyo,
ociosa, Señor, arguyo
toda palabra amorosa;
porque, a mi entender, no hay mengua
en el amable discreto,
como empeñar el respeto
en lo activo de la lengua.
El que explica libremente
su amor, la verdad desdice;
que siente mal lo que dice,
quien dice bien lo que siente.
Yo, que la luz reverencio
del sol que en Lisbella adoro,
por no ofender su decoro,
la hablo con el silencio;
que fuera causarla enojos,
con discursos pocos sabios,
volverla a decir los labios,
lo que le han dicho los ojos.
REY: Bien encarecido está,
sobrino, tu sentimiento.
LISBELLA: Y yo, de oirte contenta,
también primo, en mí será
el silencio lengua muda,
que acredite tu opinión.
Salen dos PESCADORES asidos de una caja
PESCADOR 1: Mía es.
PESCADOR 2: Mayor acción
tengo a su valor, no hay duda,
pues te la enseñé; y así,
la caja, Pinardo es mía.
PESCADOR 1: Saquemos de esta porfía,
su alteza, pues está allí;
démosela.
PESCADOR 2: Soy contento.
REY: ¿Qué es esto?
PESCADOR 1: Este pescador
y yo sacamos, Señor,
de ese espumoso elemento,
esta caja de una nave
que pasó naufragio ya;
y por salvarse quizá,
alijó su peso grave;
mas, aunque fue de los dos
hallada, y ambos queremos
su valor, ya le cedemos
con gusto, Señor en vos.
Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham
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