This file was last updated on November 15, 1997

SEGISMUNDO: (Cielos, si es verdad que sueño,  Aparte
            suspendedme la memoria,
            que no es posible que quepan
            en un sueño tantas cosas. 
            ¡Válgame Dios, quién supiera,
            o saber salir de todas,
            o no pensar en ninguna!
            ¿Quién vio penas tan dudosas:
            Si soñé aquella grandeza     
            en que me vi, ¿cómo agora
            esta mujer me refiere
            unas señas tan notorias?
            Luego fue verdad, no sueño;
            y si fue verdad --que es otra    
            confusión y no menor--,
            ¿cómo mi vida le nombra
            sueño?  Pues, ¿tan parecidas
            a los sueños son las glorias,
            que las verdaderas son 
            tenidas por mentirosas,
            y las fingidas por ciertas?
            ¡Tan poco hay de unas a otras
            que hay cuestión sobre saber
            si lo que se ve y se goza   
            es mentira o es verdad!
            ¿Tan semejante es la copia
            al original, que hay duda   
            en saber si es ella propia?
            Pues si es así, y ha de verse  
            desvanecida entre sombras
            la grandeza y el poder,
            la majestad, y la pompa,
            sepamos aprovechar
            este rato que nos toca,     
            pues sólo se goza en ella
            lo que entre sueños se goza.
            Rosaura está en mi poder;
            su hermosura el alma adora;
            gocemos, pues, la ocasión;     
            el amor las leyes rompa
            del valor y confïanza
            con que a mis plantas se postra.
            Esto es sueño; y pues lo es,
            soñemos dichas agora,     
            que después serán pesares.
            Mas ¡con mis razones propias
            vuelvo a convencerme a mí!
            Si es sueño, si es vanagloria,
            ¿quién por vanagloria humana   
            pierde una divina gloria?
            ¿Qué pasado bien no es sueño?
            ¿Quién tuvo dichas heroicas
            que entre sí no diga, cuando
            las revuelve en su memoria:
            "sin duda que fue soñado  
            cuanto vi?"  Pues si esto toca
            mi desengaño, si sé
            que es el gusto llama hermosa,
            que la convierte en cenizas
            cualquiera viento que sopla,     
            acudamos a lo eterno;
            que es la fama vividora
            donde ni duermen las dichas,
            ni las grandezas reposan.
            Rosaura está sin honor;   
            más a un príncipe le toca
            el dar honor que quitarle.
            ¡Vive Dios!, que de su honra
            he de ser conquistador,
            antes que de mi corona.     
            Huyamos de la ocasión,
            que es muy fuerte).  

A un soldado

¡Al arma toca que hoy de dar la batalla, antes que a las negras sombras sepulten los rayos de oro entre verdinegras ondas. ROSAURA: ¡Señor! ¿Pues así te ausentas? ¿Pues ni una palabra sola no te debe mi cuidado, ni merece mi congoja? ¿Cómo es posible, señor, que ni me miras ni oigas? ¿Aun no me vuelves el rostro? SEGISMUNDO: Rosaura, al honor le importa, por ser piadoso contigo, ser crüel contigo agora. No te responde mi voz, porque mi honor te responda; no te hablo, porque quiero que te hablen por mí mis obras; ni te miro, porque es fuerza, en pena tan rigurosa, que no mire tu hermosura quien ha de mirar tu honra.

Vase SEGISMUNDO

ROSAURA: ¿Qué enigmas, cielos, son éstas? Después de tanto pesar, ¡aun me queda que dudar con equívocas respuestas!

Sale CLARÍN

CLARÍN: ¿Señora, es hora de verte? ROSAURA: ¡Ay, Clarín! ¿Dónde has estado? CLARÍN: En una torre encerrado brujuleando mi muerte, si me da, o no me da; y a figura que me diera pasante quínola fuera mi vida; que estuve ya para dar un estallido. ROSAURA: ¿Por qué? CLARÍN: Porque sé el secreto de quién eres, y en efeto,

Dentro cajas

Clotaldo... ¿Pero qué ruido es éste? ROSAURA: Qué puede ser? CLARÍN: Que del palacio sitiado sale un escuadrón armado a resistir y vencer el del fiero Segismundo. ROSAURA: ¿Pues cómo cobarde estoy, y ya a su lado no soy un escándalo del mundo, cuando ya tanta crueldad cierra sin orden ni ley?

Vase ROSAURA. Hablan dentro

UNOS: ¡Vive nuestro invicto rey! OTROS: ¡Viva nuestra libertad! CLARÍN: ¡La libertad y el rey vivan! Vivan muy enhorabuena; que a mí nada me da pena como en cuenta me reciban, que yo, apartado este día en tan grande confusión, haga el papel de Nerón, que de nada se dolía. Si bien me quiero doler de algo, y ha de ser de mí; escondido desde aquí toda la fiesta he de ver. El sitio es oculto y fuerte entre estas peñas. Pues ya la muerte no me hallará, ¡dos higas para la muerte!

Escóndese, suena ruido de armas. Salen el rey BASILIO, CLOTALDO y ASTOLFO huyendo

BASILIO: ¿Hay más infelice rey? ¿Hay padre más perseguido? CLOTALDO: Ya tu ejército vencido baja sin tino ni ley. ASTOLFO: Los traidores vencedores quedan. BASILIO: En batallas tales los que vencen son leales, los vencidos, los traidores. Huyamos, Clotaldo, pues, del crüel, del inhumana rigor de un hijo tirano.

Disparan dentro y cae CLARÍN, herido, de donde está

CLARÍN: ¡Válgame el cielo! ASTOLFO: ¿Quién es este infelice soldado, que a nuestros pies ha caído en sangre todo teñido? CLARÍN: Soy un hombre desdichado, que por quererme guardar de la muerte, la busqué. Huyendo de ella, topé con ella, pues no hay lugar para la muerte secreto; de donde claro se arguye que quien más su efecto huye, es quien se llega a su efeto. Por eso tornad, tornad a la lid sangrienta luego; que entre las armas y el fuego hay mayor seguridad que en el monte más guardado; que no hay seguro camino a la fuerza del destino y a la inclemencia del hado; y así, aunque a libraros vais de la muerte con huír. ¡Mirad que vais a morir, si está de Dios que muráis!

Cae dentro

BASILIO: "¡Mirad que vais a morir si está de Dios que muráis!" Qué bien, ¡ay cielos!, persuade nuestro error, nuestra ignorancia a mayor conocimiento este cadáver que habla por la boca de una herida siendo el humor que desata sangrienta lengua que enseña que son diligencias vanas del hombre cuantas dispone contra mayor fuerza y causa! Pues yo, por librar de muertes y sediciones mi patria, vine a entregarle a los mismos de quien pretendí librarla. CLOTALDO: Aunque el hado, señor, sabe todos los caminos, y halla a quien busca entre los espeso de las peñas, no es cristiana determinación decir que no hay reparo a su saña. Sí hay, que el prudente varón victoria del hado alcanza; y si no estás reservado de la pena y la desgracia, haz por donde te reserves. ASTOLFO: Clotaldo, señor, te habla como prudente varón que madura edad alcanza; yo, como joven valiente. Entre las espesas ramas de ese monte está un caballo, veloz aborto del aura; huye en él, que yo entretanto te guardaré las espaldas. BASILIO: Si está de Dios que yo muera, o si la muerte me aguarda aquí, hoy la quiero buscar, esperando cara a cara.

Tocan al arma y sale SEGISMUNDO y toda la compañía

SEGISMUNDO: En lo intricado del monte, entre sus espesas ramas, el rey se esconde. ¡Seguidle! No quede en sus cumbres planta que no examine el cuidado, tronco a tronco, y rama a rama. CLOTALDO: ¡Huye, señor! BASILIO: ¿Para qué? ASTOLFO: ¿Qué intentas? BASILIO: Astolfo, aparta. CLOTALDO: ¿Qué quieres? BASILIO: Hacer, Clotaldo, un remedio que me falta.

A SEGISMUNDO

Si a mí buscándome vas, ya estoy, príncipe, a tus plantas. Sea de ellas blanca alfombra esta nieve de mis canas. Pisa mi cerviz y huella mi corona; postra, arrastra mi decoro y mi respeto; toma de mi honor venganza, sírvete de mí cautivo; y tras prevenciones tantas, cumpla el hado su homenaje, cumpla el cielo su palabra. SEGISMUNDO: Corte ilustre de Polonia, que de admiraciones tantas sois testigos, atended, que vuestro príncipe os habla. Lo que está determinado del cielo, y en azul tabla Dios con el dedo escribió, de quien son cifras y estampas tantos papeles azules que adornan letras doradas; nunca engañan, nunca mienten, porque quien miente y engaña es quien, para usar mal de ellas, las penetra y las alcanza. Mi padre, que está presente, por excusarse a la saña de mi condición, me hizo un bruto, una fiera humana; de suerte que, cuando yo por mi nobleza gallarda, por mi sangre generosa, por mi condición bizarra hubiera nacido dócil y humilde, sólo bastara tal género de vivir, tal linaje de crïanza, a hacer fieras mis costumbres; ¡qué buen modo de estorbarlas! Si a cualquier hombre dijesen "Alguna fiera inhumana te dará muerte," ¿escogiera buen remedio en despertallas cuando estuviesen durmiendo? Si dijeras: "Esta espada que traes ceñida, ha de ser quien te dé la muerte," vana diligencia de evitarlo fuera entonces desnudarla, y ponérsela a los pechos. Si dijesen: "Golfos de agua han de ser tu sepultura en monumentos de plata," mal hiciera en darse al mar, cuando, soberbio, levanta rizados montes de nieve, de cristal crespas montañas. Lo mismo le ha sucedido que a quien, porque le amenaza una fiera, la despierta; que a quien, temiendo una espada la desnuda; y que a quien mueve las ondas de la borrasca. Y cuando fuera --escuchadme-- dormida fiera mi saña, templada espada mi furia, mi rigor quieta bonanza, la Fortuna no se vence con injusticia y venganza, porque antes se incita más; y así, quien vencer aguarda a su fortuna, ha de ser con prudencia y con templanza. No antes de venir el daño se reserva ni se guarda quien le previene; que aunque puede humilde --cosa es clara-- reservarse de él, no es sino después que se halla en la ocasión, porque aquésta no hay camino de estorbarla. Sirva de ejemplo este raro espectáculo, esta extraña admiración, este horror, este prodigio; pues nada es más, que llegar a ver con prevenciones tan varias, rendido a mis pies a mi padre y atropellado a un monarca. Sentencia del cielo fue; por más que quiso estorbarla él, no pudo; ¿y podré yo que soy menor en las canas, en el valor y en la ciencia, vencerla? Señor, levanta. Dame tu mano, que ya que el cielo te desengaña de que has errado en el modo de vencerle, humilde aguarda mi cuello a que tú te vengues; rendido estoy a tus plantas. BASILIO: Hijo, que tan noble acción otra vez en mis entrañas te engendra, príncipe eres. A ti el laurel y la palma se te deben; tú venciste; corónente tus hazañas. TODOS: ¡Viva Segismundo, viva! SEGISMUNDO: Pues que ya vencer aguarda mi valor grandes victorias, hoy ha de ser la más alta vencerme a mí. --Astolfo dé la mano luego a Rosaura, pues sabe que de su honor es deuda, y yo he de cobrarla. ASTOLFO: Aunque es verdad que la debo obligaciones, repara que ella no sabe quién es; y es bajeza y es infamia casarme yo con mujer... CLOTALDO: No prosigas, tente, aguarda; porque Rosaura es tan noble como tú, Astolfo, y mi espada lo defenderá en el campo; que es mi hija, y esto basta. ASTOLFO: ¿Qué dices? CLOTALDO: Que yo hasta verla casada, noble y honrada, no la quise descubrir. La historia de esto es muy larga; pero, en fin, es hija mía. ASTOLFO: Pues, siendo así, mi palabra cumpliré. SEGISMUNDO: Pues, porque Estrella no quede desconsolada, viendo que príncipe pierde de tanto valor y fama, de mi propia mano yo con esposo he de casarla que en méritos y fortuna si no le excede, le iguala. Dame la mano. ESTRELLA: Yo gano en merecer dicha tanta. SEGISMUNDO: A Clotaldo, que leal sirvió a mi padre, le aguardan mis brazos, con las mercedes que él pidiere que le haga. SOLDADO 1º: Si así a quien no te ha servido honras, ¿a mí, que fui causa del alboroto del reino, y de la torre en que estabas te saqué, qué me darás? SEGISMUNDO: La torre; y porque no salgas de ella nunca, hasta morir has de estar allí con guardas; que el traidor no es menester siendo la traición pasada. BASILIO: Tu ingenio a todos admira. ASTOLFO: ¡Qué condición tan mudada! ROSAURA: ¡Qué discreto y qué prudente! SEGISMUNDO: ¿Qué os admira? ¿Qué os espanta, si fue mi maestro un sueño, y estoy temiendo, en mis ansias, que he de despertar y hallarme otra vez en mi cerrada prisión? Y cuando no sea, el soñarlo sólo basta; pues así llegué a saber que toda la dicha humana, en fin, pasa como sueño, y quiero hoy aprovecharla el tiempo que me durare, pidiendo de nuestras faltas perdón, pues de pechos nobles es tan propio el perdonarlas.

FIN DE LA COMEDIA

Return to COMEDIA home page

Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham