BLANCA: Pobre fue mi padre, pero
tan noble que el mismo sol,
menos puro, cotejaba
su esplendor con su esplendor.
Viendo, pues, que no podía
medir con igual acción
la calidad y la hacienda,
en tiernos años trató
casarme, siendo ellos solos
el dote que a Lope dio,
porque supliesen los suyos
el caudal con el amor.
En desiguales edades
casamos, en fin, los dos,
siendo en mi abril y su enero
él la nieve y yo la flor.
Sabe el cielo que le quise
más que al vivir, aunque no
lo merecí a sus despegos,
lo debí a su desamor;
porque él templado al antiguo
estilo, al moderno yo,
disonábamos al gusto,
pero no a la obligación.
Parecíendome que fuera
bisagra de nuestro amor
un hijo, que estos extremos
ellos quien los ata son,
le deseé con tanto afecto
que Dios me le castigó
en no dármele; porqué,
como Él sabe lo mejor,
da a entender que todo y nada
se le ha de pedir a Dios.
Doblemos aquí la hoja,
dejando aparte, señor,
domésticos desagrados
que pasamos Lope y yo;
y vamos a que tenía
mi padre una hija menor,
a quien yo, para tener
en la áspera condición
de mi esposo algún consuelo,
algún alivio o favor,
la llevé a vivir conmigo.
De esta, pues, se enamoró
un caballero; y si algo
mi humildad os mereció,
sea no nombrarle, puesto
que para mi verdad no
importa, y hoy puede ser
de disgusto para vos.
Mas ¿qué digo? ¿En qué reparo?
Que en abono de mi honor
no he de dejar sospechoso
ni aun el indicio menor.
Don Mendo Torrellas fue
el que, viendo su pasión
desvalida de mi hermana,
de otro de casa buscó
medios que le introdujesen
de noche por un balcón
en su cuarto, donde es cierto
que la palabra la dio
de esposo, testigo el cielo;
cuya promesa creyó,
para que saliese dueño
el que había entrado ladrón.
Casóse después con otra;
que no hay hombre que, traidor,
no mire a la conveniencia
antes que a la obligación;
y dentro de pocos días
vuestro padre le envïó
por embajador a Francia;
de suerte que se ausentó
sin saber más, que hasta aquí,
de lo que ahora resta. Yo,
viendo con poca salud
a mi hermana, y que un rigor
continuo la atormentaba,
quise saber la ocasión,
y con ruegos, con halagos
y con lágrimas, que son,
sobre la sangre, los más
fuertes conjuros de amor,
la obligué a que me dijera
lo que he dicho; y añadió
que tenía en sus entrañas
por testigo de su error
un áspid, alimentado
dos veces del corazón.
Era mi hermana, sentílo,
sin reñírselo, señor;
que es la reprehensión inútil
a lo hecho, y es rigor
que en quien buscaba un consuelo
hallase una reprehensión.
"¡Oh, válgame el cielo!" dije
una y mil veces. "¿Quién vio
que una misma causa tenga
desdichadas a las dos?
Pues lo que para mí fuera
la dicha y el bien mayor,
es desdicha para ti."
Y discurriendo veloz
en esto, dando una y mil
vueltas la imaginación,
de su pena y de mi pena
mi industria sacar pensó
el secreto y el alivio
de ambas, trocando la acción,
la preñez ella ocultando
` y publicándola yo.
Llegó de su parto el día.
¿Quién más nuevo caso vio
que una el dolor disimule
y que otra finja el dolor?
Supuesta otra enfermedad,
Laura del parto murió;
que no pudo de otra suerte
cumplir con su obligación.
Sola una matrona fue
cómplice de nuestro error;
que hasta hoy ninguno ha sabido,
ni se supiera desde hoy;
porque encerrado duraba
en bien segura prisión
si a tormentos de vergüenza
no la rompiérades vos.
Mi culpa, señor, es ésta.
Humilde a esos pies estoy;
padezca vuestros enojos
yo solamente, pues soy
en aquesta acción culpada.
Pero recibid, señor,
en cuenta de tanto engaño,
tener a mi esposo amor,
tener amor a mi hermana,
y juzgar que, entre los dos,
a uno a mi fe le traía,
y a otro llevaba a su honor.
Y finalmente, si habéis,
Pedro invicto de Aragón,
que llaman el justiciero,
[de] mostrar en mí lo sois,
ésta es mi vida; postrada
está a vuestras plantas. No
os pido me perdonéis,
sólo os pido que el pregón
que os dé en mi justicia fama
sea, diciendo en alta voz
que engañé a mi esposo, que
al mundo engañé; mas no
que mi decoro ofendí,
que manché mi presunción,
que deslucí mi altivez,
que turbé mi pundonor,
que manché mi vanidad,
ni que ajé mi estimación;
porque en efecto los yerros
en mujeres como yo
pueden constar de un engaño,
pero de otra cosa no.
REY: (¡Oh cuánto estimo el haber Aparte
salido con la aprehensión
de que el que ofendió no es hijo
ni padre el que querelló!
Aunque mal en este caso
salí de una confusión,
pues me quedo con la misma,
añadidas otras dos.
Don Lope ofendió a su padre
en la pública opinión
de todo el pueblo; el secreto
no he de revelarle yo;
que importa oculto. Don Mendo
traidoramente burló
el honor de Laura muerta;
y Blanca en fin engañó
a su esposo; tres delitos
públicos y ocultos son.
Luego, aunque yo haya sabido
que no es su hijo, debo yo,
por Lope, por Blanca y Mendo,
y por mí, que soy quien soy,
dar a públicos delitos
pública satisfacción
y a los secretos secreta.)
Adiós, Blanca.
Blanca: Guárdeos Dios
los años que...
Llaman a la puerta al ir a abrir el REY
REY: ¿Llaman?
BLANCA: Sí.
REY: Pues abrid la puerta vos,
y a nadie que sea digáis
que estoy aquí ni quién soy.
Retírase
BLANCA: ¿Quién llama?
MENDO: Yo, Blanca. Dentro
Abre BLANCA. Sale don MENDO
BLANCA: Pues,
¿qué buscáis? (¡Qué confusión!) Aparte
MENDO: Venir a deciros sólo
que nada os cause temor
de cuanto veis; pues, teniendo
la causa en mis manos hoy,
¿quién se atreverá a decir
lo que yo no quiera?
Sale el REY
REY: Yo.
MENDO: Señor... vos... pues...
REY: Bien está.
La llave de la prisión
en que tenéis a don Lope
me dad.
MENDO: Aquésta es, señor.
Mas sabed...
REY: Ya lo sé todo.
Retiraos, Blanca, vos;
y vos, don Mendo, quedaos.
(Esta noche, ¡vive Dios!, Aparte
verá el mundo mi justicia.)
Vase
MENDO: ¿Qué es esto, Blanca?
BLANCA: Es tu error,
y es mi error también, que el cielo
hoy nos castiga a los dos.
Sigue al rey, piedad le pide,
sabiendo--¡ay de mí!--que no
es mi hijo, que es de Laura
y tuyo.
MENDO: ¡Válgame Dios!
Él vivirá, aunque yo muera.
BLANCA: ¡Muerta quedo!
MENDO: ¡Sin mí voy!
Vanse. Salen ELVIRA y doña VIOLANTE
ELVIRA: Considera...
VIOLANTE: Esto ha de ser.
ELVIRA: Mira...
VIOLANTE: No hay que persuadirme.
ELVIRA: Advierte...
VIOLANTE: No hay que decirme.
ELVIRA: ¿No echas, señora, de ver
que han de culpar que haya sido
tu padre quien le ha librado?
VIOLANTE: Cuando le juzguen culpado,
¿qué importa? Y pues no te pido
consejo, no me le des.
Llega y abre aquesa puerta.
ELVIRA: Sí haré, de temores muerta.
Pero gente hay dentro.
VIOLANTE: Pues
antes que nos resolvamos
a abrir, Elvira, escuchemos;
porque puede ser que erremos
el fin de lo que intentamos,
si acaso por la otra puerta
alguien entró a la prisión,
y se queda su intención
sin su efecto descubierta.
Pon en la llave el oído.
Mira qué oyes.
ELVIRA: Nada puedo
entender, porque hablan quedo,
y sólo a mí llega el ruido
de la voz, sin las palabras.
VIOLANTE: Quítate, llegaré yo
a ver si algo escucho... No;
pero para que no abras,
el rumor bastante fue.
Mucha gente veo.
ELVIRA: Así
lo he sentido yo.
Sale don MENDO
MENDO: ¡Ay de mí!
VIOLANTE: Señor, ¿qué tienes?
MENDO: No sé;
pero bien lo sé, mal digo;
que en efecto ¿mi pesar
con quién ha de descansar,
si no descansa contigo?
¡Con cuántas causas me aflijo!
Advierte; don Lope, pues
hijo de Blanca no es,
que es tu hermano y es mi hijo.
VIOLANTE: ¿Qué dices? ¡Válgame el cielo!
MENDO: Que vengo determinado
a perder vida y estado,
privanza, honor y consuelo,
por darle la libertad.
VIOLANTE: Sin saberlo yo, habían hecho
sus desdichas en mi pecho
aquesa misma piedad.
Y pues el ruido que oí
ya cesó en el aposento,
yo abriré.
MENDO: Llega con tiento.
Don LOPE HIJO dentro
LOPE HIJO: ¡Ay infelice de mí!
MENDO: Justamente te estremeces
a tan mísero gemido.
VIOLANTE: De turbada, no he podido
abrir ya.
LOPE HIJO: ¡Jesús mil veces! Dentro
MENDO: Muestra la llave; que, aunqué
tanto este acento me turba,
yo abriré.
Dale la llave VIOLANTE
VIOLANTE: Toma; que yo,
más que viva, estoy difunta.
Llaman a las dos puertas de dos lados, por la
parte de
adentro
MENDO: A aquella puerta y a ésta
a un tiempo han llamado juntas.
VIOLANTE: ¿Quién será? ¡Válgame el cielo!
MENDO: Mientras que yo abro la una,
abre tú la otra.
Llegan a abrir doña VIOLANTE y don MENDO las dos puertas.
Salen, por la de VIOLANTE, doña BLANCA y BEATRIZ y, por la
otra, don LOPE PADRE y VICENTE
LOPE PADRE: Don Mendo,
el rey me manda que acuda
a vos, a que me digáis
la sentencia que dio justa
en mi desagravio.
BLANCA: Yo,
Violante, en vuestra hermosura
vengo a consolar mis penas
que anticipadas me asustan.
VICENTE: Y yo, por hallarme en todo,
vengo siguiendo la chusma.
MENDO: El rey, Lope, no me ha dado
a mí sentencia ninguna...
VIOLANTE: Muy mal podrá, Blanca, daros
consuelos la que los busca.
MENDO: Si ya no es que la sentencia
en esta cuadra se oculta,
donde está preso don Lope.
Abre la puerta, que será la de en medio del teatro, y se ve
a don LOPE HIJO, como dado garrote, un papel en la mano, y luces a los lados
Mas ¿qué miro?
BLANCA: ¡Suerte injusta!
VIOLANTE: ¡Qué desdicha!
VICENTE: ¡Qué tragedia!
BEATRIZ: ¡Qué pena!
ELVIRA: ¡Qué desventura!
LOPE PADRE: Cuanto fue hasta aquí rencor
es ya lástima y angustia.
MENDO: Si el papel que está en su mano
es, Lope, el que el rey procura
que yo por sentencia os lea,
vedle vos; que a mí me turba
este horror tanto, que soy
una helada estatua muda.
(¡Ay hijo! Castigo ha sido Aparte
dilatado de mi culpa
hasta aquí. Pero estas voces
quédense en el alma ocultas.)
BLANCA: (De mi engaño el instrumento Aparte
para castigo me busca,
--¡ay de mí!-- pero esta pena
secreta el alma la sufra.)
LOPE PADRE: "Quien al que tuvo por padre
ofende, agravia e injuria,
muera; y véale morir
quien un limpio honor deslustra,
para que llore su muerte
también quien de engaños usa,
juntando de tres delitos
las tres justicias en una."
TODOS: Y de los demás defectos
merezca el autor disculpa.
FIN DE LA COMEDIA
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Electronic text by Vern G. Williamsen
and J T Abraham
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