This file last updated February 1, 1999

BLANCA:         Pobre fue mi padre, pero
                tan noble que el mismo sol,
                menos puro, cotejaba
                su esplendor con su esplendor.
                Viendo, pues, que no podía
                medir con igual acción
                la calidad y la hacienda,
                en tiernos años trató
                casarme, siendo ellos solos
                el dote que a Lope dio,
                porque supliesen los suyos 
                el caudal con el amor.
                En desiguales edades
                casamos, en fin, los dos,
                siendo en mi abril y su enero
                él la nieve y yo la flor.
                Sabe el cielo que le quise
                más que al vivir, aunque no
                lo merecí a sus despegos,
                lo debí a su desamor;
                porque él templado al antiguo
                estilo, al moderno yo,
                disonábamos al gusto,
                pero no a la obligación.
                Parecíendome que fuera
                bisagra de nuestro amor
                un hijo, que estos extremos
                ellos quien los ata son,
                le deseé con tanto afecto
                que Dios me le castigó
                en no dármele; porqué,
                como Él sabe lo mejor,
                da a entender que todo y nada
                se le ha de pedir a Dios.
                Doblemos aquí la hoja,
                dejando aparte, señor,
                domésticos desagrados
                que pasamos Lope y yo;
                y vamos a que tenía
                mi padre una hija menor,
                a quien yo, para tener
                en la áspera condición
                de mi esposo algún consuelo,
                algún alivio o favor,
                la llevé a vivir conmigo.
                De esta, pues, se enamoró
                un caballero; y si algo
                mi humildad os mereció,
                sea no nombrarle, puesto
                que para mi verdad no
                importa, y hoy puede ser
                de disgusto para vos.
                Mas ¿qué digo?  ¿En qué reparo?
                Que en abono de mi honor
                no he de dejar sospechoso
                ni aun el indicio menor.
                Don Mendo Torrellas fue
                el que, viendo su pasión
                desvalida de mi hermana,
                de otro de casa buscó
                medios que le introdujesen
                de noche por un balcón
                en su cuarto, donde es cierto
                que la palabra la dio
                de esposo, testigo el cielo;
                cuya promesa creyó,
                para que saliese dueño
                el que había entrado ladrón.
                Casóse después con otra;
                que no hay hombre que, traidor,
                no mire a la conveniencia
                antes que a la obligación;
                y dentro de pocos días
                vuestro padre le envïó
                por embajador a Francia;
                de suerte que se ausentó
                sin saber más, que hasta aquí,
                de lo que ahora resta.  Yo,
                viendo con poca salud
                a mi hermana, y que un rigor
                continuo la atormentaba,
                quise saber la ocasión,
                y con ruegos, con halagos
                y con lágrimas, que son,
                sobre la sangre, los más
                fuertes conjuros de amor,
                la obligué a que me dijera
                lo que he dicho; y añadió
                que tenía en sus entrañas
                por testigo de su error
                un áspid, alimentado
                dos veces del corazón.
                Era mi hermana, sentílo,
                sin reñírselo, señor;
                que es la reprehensión inútil
                a lo hecho, y es rigor
                que en quien buscaba un consuelo
                hallase una reprehensión.
                "¡Oh, válgame el cielo!" dije
                una y mil veces.  "¿Quién vio
                que una misma causa tenga
                desdichadas a las dos?
                Pues lo que para mí fuera
                la dicha y el bien mayor,
                es desdicha para ti."
                Y discurriendo veloz
                en esto, dando una y mil
                vueltas la imaginación,
                de su pena y de mi pena
                mi industria sacar pensó
                el secreto y el alivio
                de ambas, trocando la acción,
                la preñez ella ocultando
     `          y publicándola yo.
                Llegó de su parto el día.
                ¿Quién más nuevo caso vio
                que una el dolor disimule
                y que otra finja el dolor?
                Supuesta otra enfermedad,
                Laura del parto murió;
                que no pudo de otra suerte
                cumplir con su obligación.
                Sola una matrona fue
                cómplice de nuestro error;
                que hasta hoy ninguno ha sabido,
                ni se supiera desde hoy;
                porque encerrado duraba
                en bien segura prisión
                si a tormentos de vergüenza
                no la rompiérades vos.
                Mi culpa, señor, es ésta.
                Humilde a esos pies estoy;
                padezca vuestros enojos
                yo solamente, pues soy
                en aquesta acción culpada.
                Pero recibid, señor,
                en cuenta de tanto engaño,
                tener a mi esposo amor,
                tener amor a mi hermana,
                y juzgar que, entre los dos,
                a uno a mi fe le traía,
                y a otro llevaba a su honor.
                Y finalmente, si habéis,
                Pedro invicto de Aragón,
                que llaman el justiciero,
                [de] mostrar en mí lo sois,
                ésta es mi vida; postrada
                está a vuestras plantas.  No
                os pido me perdonéis,
                sólo os pido que el pregón
                que os dé en mi justicia fama
                sea, diciendo en alta voz
                que engañé a mi esposo, que
                al mundo engañé; mas no 
                que mi decoro ofendí,
                que manché mi presunción,
                que deslucí mi altivez,
                que turbé mi pundonor,
                que manché mi vanidad,
                ni que ajé mi estimación;
                porque en efecto los yerros
                en mujeres como yo
                pueden constar de un engaño,
                pero de otra cosa no.
REY:            (¡Oh cuánto estimo el haber    Aparte
                salido con la aprehensión
                de que el que ofendió no es hijo
                ni padre el que querelló!
                Aunque mal en este caso
                salí de una confusión,
                pues me quedo con la misma,
                añadidas otras dos.
                Don Lope ofendió a su padre
                en la pública opinión
                de todo el pueblo; el secreto
                no he de revelarle yo;
                que importa oculto.  Don Mendo
                traidoramente burló
                el honor de Laura muerta;
                y Blanca en fin engañó
                a su esposo; tres delitos
                públicos y ocultos son.
                Luego, aunque yo haya sabido
                que no es su hijo, debo yo,
                por Lope, por Blanca y Mendo,
                y por mí, que soy quien soy,
                dar a públicos delitos
                pública satisfacción
                y a los secretos secreta.)
                Adiós, Blanca.
Blanca:                         Guárdeos Dios
                los años que...

Llaman a la puerta al ir a abrir el REY
REY: ¿Llaman? BLANCA: Sí. REY: Pues abrid la puerta vos, y a nadie que sea digáis que estoy aquí ni quién soy.
Retírase
BLANCA: ¿Quién llama? MENDO: Yo, Blanca. Dentro
Abre BLANCA. Sale don MENDO
BLANCA: Pues, ¿qué buscáis? (¡Qué confusión!) Aparte MENDO: Venir a deciros sólo que nada os cause temor de cuanto veis; pues, teniendo la causa en mis manos hoy, ¿quién se atreverá a decir lo que yo no quiera?
Sale el REY
REY: Yo. MENDO: Señor... vos... pues... REY: Bien está. La llave de la prisión en que tenéis a don Lope me dad. MENDO: Aquésta es, señor. Mas sabed... REY: Ya lo sé todo. Retiraos, Blanca, vos; y vos, don Mendo, quedaos. (Esta noche, ¡vive Dios!, Aparte verá el mundo mi justicia.)
Vase
MENDO: ¿Qué es esto, Blanca? BLANCA: Es tu error, y es mi error también, que el cielo hoy nos castiga a los dos. Sigue al rey, piedad le pide, sabiendo--¡ay de mí!--que no es mi hijo, que es de Laura y tuyo. MENDO: ¡Válgame Dios! Él vivirá, aunque yo muera. BLANCA: ¡Muerta quedo! MENDO: ¡Sin mí voy!
Vanse. Salen ELVIRA y doña VIOLANTE
ELVIRA: Considera... VIOLANTE: Esto ha de ser. ELVIRA: Mira... VIOLANTE: No hay que persuadirme. ELVIRA: Advierte... VIOLANTE: No hay que decirme. ELVIRA: ¿No echas, señora, de ver que han de culpar que haya sido tu padre quien le ha librado? VIOLANTE: Cuando le juzguen culpado, ¿qué importa? Y pues no te pido consejo, no me le des. Llega y abre aquesa puerta. ELVIRA: Sí haré, de temores muerta. Pero gente hay dentro. VIOLANTE: Pues antes que nos resolvamos a abrir, Elvira, escuchemos; porque puede ser que erremos el fin de lo que intentamos, si acaso por la otra puerta alguien entró a la prisión, y se queda su intención sin su efecto descubierta. Pon en la llave el oído. Mira qué oyes. ELVIRA: Nada puedo entender, porque hablan quedo, y sólo a mí llega el ruido de la voz, sin las palabras. VIOLANTE: Quítate, llegaré yo a ver si algo escucho... No; pero para que no abras, el rumor bastante fue. Mucha gente veo. ELVIRA: Así lo he sentido yo.
Sale don MENDO
MENDO: ¡Ay de mí! VIOLANTE: Señor, ¿qué tienes? MENDO: No sé; pero bien lo sé, mal digo; que en efecto ¿mi pesar con quién ha de descansar, si no descansa contigo? ¡Con cuántas causas me aflijo! Advierte; don Lope, pues hijo de Blanca no es, que es tu hermano y es mi hijo. VIOLANTE: ¿Qué dices? ¡Válgame el cielo! MENDO: Que vengo determinado a perder vida y estado, privanza, honor y consuelo, por darle la libertad. VIOLANTE: Sin saberlo yo, habían hecho sus desdichas en mi pecho aquesa misma piedad. Y pues el ruido que oí ya cesó en el aposento, yo abriré. MENDO: Llega con tiento.
Don LOPE HIJO dentro
LOPE HIJO: ¡Ay infelice de mí! MENDO: Justamente te estremeces a tan mísero gemido. VIOLANTE: De turbada, no he podido abrir ya. LOPE HIJO: ¡Jesús mil veces! Dentro

MENDO: Muestra la llave; que, aunqué tanto este acento me turba, yo abriré.

Dale la llave VIOLANTE
VIOLANTE: Toma; que yo, más que viva, estoy difunta.
Llaman a las dos puertas de dos lados, por la parte de adentro
MENDO: A aquella puerta y a ésta a un tiempo han llamado juntas. VIOLANTE: ¿Quién será? ¡Válgame el cielo! MENDO: Mientras que yo abro la una, abre tú la otra.
Llegan a abrir doña VIOLANTE y don MENDO las dos puertas. Salen, por la de VIOLANTE, doña BLANCA y BEATRIZ y, por la otra, don LOPE PADRE y VICENTE
LOPE PADRE: Don Mendo, el rey me manda que acuda a vos, a que me digáis la sentencia que dio justa en mi desagravio. BLANCA: Yo, Violante, en vuestra hermosura vengo a consolar mis penas que anticipadas me asustan. VICENTE: Y yo, por hallarme en todo, vengo siguiendo la chusma. MENDO: El rey, Lope, no me ha dado a mí sentencia ninguna... VIOLANTE: Muy mal podrá, Blanca, daros consuelos la que los busca. MENDO: Si ya no es que la sentencia en esta cuadra se oculta, donde está preso don Lope.
Abre la puerta, que será la de en medio del teatro, y se ve a don LOPE HIJO, como dado garrote, un papel en la mano, y luces a los lados
Mas ¿qué miro? BLANCA: ¡Suerte injusta! VIOLANTE: ¡Qué desdicha! VICENTE: ¡Qué tragedia! BEATRIZ: ¡Qué pena! ELVIRA: ¡Qué desventura! LOPE PADRE: Cuanto fue hasta aquí rencor es ya lástima y angustia. MENDO: Si el papel que está en su mano es, Lope, el que el rey procura que yo por sentencia os lea, vedle vos; que a mí me turba este horror tanto, que soy una helada estatua muda. (¡Ay hijo! Castigo ha sido Aparte dilatado de mi culpa hasta aquí. Pero estas voces quédense en el alma ocultas.) BLANCA: (De mi engaño el instrumento Aparte para castigo me busca, --¡ay de mí!-- pero esta pena secreta el alma la sufra.) LOPE PADRE: "Quien al que tuvo por padre ofende, agravia e injuria, muera; y véale morir quien un limpio honor deslustra, para que llore su muerte también quien de engaños usa, juntando de tres delitos las tres justicias en una." TODOS: Y de los demás defectos merezca el autor disculpa.

FIN DE LA COMEDIA

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Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham

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