This file last updated February 1, 1999


JORNADA TERCERA


Salen don MENDO y gente con armas
UNO: Por esta parte, señor, que es por donde más brïoso el Ebro corre, arrastrando de esos montes los arroyos, es por donde él escaparse intenta. MENDO: Seguidle todos, examinando su espacio peña a peña y tronco a tronco.
Vase la gente
¿Quién en el mundo se ha visto en empeño tan forzoso como yo? Pues voy buscando --¡ay infelice!--lo propio que hallar no quisiera, acción hija de los celos solos. Por una parte me manda el rey, severo o piadoso, que no vuelva a su presencia sin dejar--¡terrible ahogo!-- preso a don Lope; y por otra la deuda que reconozco, la inclinación que le tengo me están sirviendo de estorbo. Si le prendo, a mi amor falto; y si no le prendo, pongo la gracia del rey a riesgo. ¿Cómo podré--¡cielos!--cómo, entre obediencia y amor, cumplir a un tiempo con todo?
Salen acuchillando a don LOPE HIJO, que trae sangriento el rostro
LOPE HIJO: Viéndome que es imposible quedar con vida conozco; mas para el precio en que tengo de venderla aun sois muy pocos. MENDO: No le matéis; que llevarle vivo me importa. (¡Oh, si logro Aparte prenderle aquí, porque pueda mi discurso buscar modo de salvar después su vida!) ¡Don Lope! LOPE HIJO: Tu voz conozco primero que tu semblante, porque confuso y dudoso me tienen tres veces ciego la ira, la sangre y el polvo. Y no sé si voz ha sido para mí o trueno ruidoso, que en su acento me dejó helado, inmóvil y absorto. ¿Qué me quieres? ¿Qué me quieres? Que tú solo, que tú solo, don Mendo, has podido darme más temores, más asombros, con una voz que me has dado, que con sus armas estotros. MENDO: Lo que quiero es que la espada rindas, y menos brïoso te des a prisión. LOPE HIJO: ¿Yo? MENDO: Sí. LOPE HIJO: Eso es muy dificultoso. MENDO: Yo te ofrezco... LOPE HIJO: Yo lo creo, señor, pero no lo otorgo; que no he de darme a partido al temor. MENDO: ¡Bárbaro, loco! ¿Qué intentas? LOPE HIJO: Morir matando. Pero en vano lo propongo; que contra ti no es posible que yo me muestre animoso; porque tiemblo si te miro, me estremezco si te oigo, en mis lágrimas me anego, en mis suspiros me ahogo; el cielo y la tierra, cuando contra ti la espada tomo, se me obscurecen y faltan. MENDO: Aquése es efecto propio de la justicia, en quien Dios puso el temor y el asombro del delincuente. LOPE HIJO: No es eso; pues aunque me reconozco delincuente, bien pudiera, como herido can rabioso, a cuantos vienen contigo despedazar; mas tú solo me pones miedo y respeto; y así a tus plantas me postro. Esta espada, rayo ardiente, que desde la punta al pomo sangrienta se vio en mi mano, rendida a tus pies arrojo, al mismo tiempo--¡ay de mí!-- que en ellos la boca pongo. MENDO: Levanta, Lope; que el cielo sabe bien que en tan penoso trance, delincuente tú y yo juez, tuviera a logro trocar la suerte contigo; pues me viera más dichoso, tu peligro padeciendo, que padeciendo mi asombro. Pero no temas porqué me muestre aquí riguroso contigo, que importa hacerme de parte de los enojos del rey. LOPE HIJO: Pues ¿el rey qué sabe de mí ya? MENDO: Tu padre propio de ti le pidió justicia. LOPE HIJO: A buscar mi espada torno. MENDO: No la hallarás; que ya está en mi mano. LOPE HIJO: ¡Oh rigurosos cielos! Que, al mirarla en ella, tiemblo y me estremezco todo, como cuando vi un cuchillo. ¿Qué miedo es el que te cobro? ¿Qué temor el que te tengo? Cuando a mi padre no ignoro, si otra vez me desmintiera, que hiciera otra vez lo propio. MENDO: ¡Hola! UNO: ¿Señor? MENDO: A don Lope con alguna capa el rostro le cubrid, y de esa suerte le llevad a un calabozo. -- Oye tú aparte. OTRO: ¿Qué mandas? MENDO: Que, para que el alboroto sea menos, por la puerta falsa de mi cuarto propio, que cae al campo, le dejes, sin que él sepa dónde o cómo; y haz que le curen en tanto que de su prisión informo yo al rey. (¿Qué pena, qué rabia, Aparte qué dolor, qué ansia, qué enojo es éste que acá en el alma tan dueño de mí conozco?)
Vanse. Sale el REY
REY: De don Mendo cuidadoso estoy, por si ha ejecutado lo que le tengo ordenado; y hasta verlo no reposo. ¡Que un tirano proceder de un hijo tan atrevido a su padre haya ofendido, sin que tema mi poder! El rigor de mi justicia hoy ha de ver Aragón, castigando la intención de su soberbia y malicia. Esto a mi reino conviene. ¡Vive Dios, que han de ver hoy si soy don Pedro o no soy! Pero aquí don Mendo viene.
Sale don MENDO
MENDO: Vuestra Majestad me dé, señor, su mano a besar. REY: Los brazos debo yo dar a quien de mi reino fue el Atlante, con quien hoy parto la inmensa fatiga de su pesadumbre. MENDO: Diga mi obediencia cuánto estoy, gran señor, reconocido a la merced que me hacéis. REY: Pues a mis ojos volvéis, no dudo que habréis prendido a don Lope. MENDO: Sí, señor, preso ya en mi casa queda, porque nadie hablarle pueda. REY: Nunca me hicisteis mayor servicio; que solicito conservar de justiciero el nombre adquirido, y quiero afianzarle en un delito tan extraño que otra vez no sé si tuvo ejemplar. MENDO: No ha de dejarse llevar el que es soberano juez tanto de la información primera; que, a lo que sé, tan grave el cargo no fue como fue la relación. REY: ¿No hay un hijo, Mendo, en ella, que a su padre le maltrata? ¿Y no hay un padre que trata de dar de su hijo querella? ¿Qué más grave puede ser? MENDO: Yo confieso que lo ha sido, pero hasta ahora no has oído descargo que puede haber de su parte. REY: Yo me holgara que tantos, don Mendo, hubiera que en mi reino no se diera culpa tan nueva, tan rara, tan fea y tan singular cometida. MENDO: Has de saber que, aunque lo es, al parecer, no llegada a averiguar, don Lope con don Guillén de Azagra, señor, reñía. No sé la causa que había, mas preso queda también. Su padre a tiempo llegó que advirtió que entre el reñir le iba Azagra a desmentir; y cuando ciego le vio, ya a la razón empeñado, porque él no la dijera, la pronunció; de manera que el acento equivocado, sin saber cúyo había sido, tiró a su competidor el golpe, a tiempo, señor, que su padre, introducido en medio, le recibió; siendo así que él no tiraba a su padre, claro estaba. Don Lope, cuando se vio maltratado de su hijo, con la cólera primera llegó a tus pies; de manera que estará, según colijo, arrepentido de haber tomado tan mal consejo. Él es en extremo viejo, y bien su acción da a entender que es delirio de la edad en querellarse ante ti de su hijo; siendo así que desde la antigüedad hay ley de que no sea oído, por decretos naturales en las causas criminales, ni padre de hijo ofendido, ni hijo de padre, así yo esto lo dejara aquí. REY: Paréceos justo eso? MENDO: Sí; REY: Pues a mí, don Mendo, no; porque, el delito extrañando, la queja desconociendo, ésta en el uno admitiendo, la culpa en otro apurando, he de ver, haya o no agravio, si es posible haber habido ni un hijo tan atrevido, ni un padre tan poco sabio. Y así, mientras esto pasa, al padre prended, porqué me importa a mí que no esté aquesta noche en su casa. MENDO: Yo lo haré.
Vase el REY
¡Válgame el cielo! Que no sé qué confusión trae acá mi corazón; que algún gran daño recelo.
Vase. Salen doña VIOLANTE y ELVIRA
ELVIRA: ¿De qué nace tu dolor? VIOLANTE: De un temor. ELVIRA: ¿Y el temor, señora, injusto? VIOLANTE: De un disgusto. ELVIRA: ¿Qué es, en fin, tu desconsuelo? VIOLANTE: Un recelo; porque hoy ha dispuesto el cielo que, a una tristeza rendida, puedan quitarme la vida temor, disgusto y recelo. ELVIRA: ¿Quién embaraza tu dicha? VIOLANTE: Mi desdicha. ELVIRA: Pues ¿quién causa su rigor? VIOLANTE: Mi amor. ELVIRA: Dime lo que te importuna. VIOLANTE: Mi fortuna. Y así, sin piedad alguna, no hallo alivio en mi pasión porque mis contrarios son desdicha, amor y fortuna. ELVIRA: ¿Quién alienta tu querella? VIOLANTE: Mi estrella. ELVIRA: Véncela con tu arrebol. VIOLANTE: Es mi estrella todo el sol. ELVIRA: Su luz eclipsa importuna. VIOLANTE: Está menguante mi luna. Con que esperanza ninguna me ha quedado, pues ya vi conjurados contra mí la estrella, el sol y la luna. ELVIRA: ¿Qué te obliga a mal tan fuerte? VIOLANTE: Ver mi muerte. ELVIRA: Pues ¿quién tu muerte ha causado? VIOLANTE: El fiero hado. ELVIRA: Pierde, señora, el recelo. VIOLANTE: Es contra el cielo. Y así para nada apelo, dejándome padecer; que no se pueden vencer la muerte, el hado y el cielo.

Y no me preguntes más; pues habiendo, Elvira, visto (¡qué mal el llanto resisto!) Aparte preso a don Lope, me estás matando tú en preguntarme de qué nace mi pasión, sabiendo que en su prisión están, si vuelvo a acordarme, temor, disgusto y recelo, desdicha, amor y fortuna, la estrella, el sol y la luna, la muerte, el hado y el cielo. ELVIRA: El cuarto de mi señor, que por otra puerta abrieron, es adonde le trajeron. VIOLANTE: ¡Oh si pudiera mi amor hacer, Elvira, por él alguna grande fineza! ELVIRA: ¿Qué mayor que tu belleza sentir su pena crüel? VIOLANTE: Mayor; pues viéndole estar en suerte tan oprimida, o me ha de costar la vida o la vida le he de dar. Esto a mi pasión conviene. La llave del cuarto muestra de mi padre. ELVIRA: La maestra mi señor es quien la tiene; estotra ahí está. VIOLANTE: Veré si darle un aviso puedo, ya que a mí me perdí el miedo que a sus desdichas cobré. Quédate tú, Elvira, allí, porque puedas avisar si alguno vieres entrar.

Vanse. Sale don LOPE HIJO
LOPE HIJO: ¡Ay infelice de mí!

¿Qué prisión, cielos, es ésta donde ciego me han traído? ¡Ay, Violante, cuánto ha sido lo que tu beldad me cuesta! Y aun lo poco que me resta del vivir, viéndome así, por ti lo siento; que aquí perder no me da pesar la vida, sino el pensar que te he de perder a ti.

Abre una puerta doña VIOLANTE, y sale

Las tres justicias en una, part 8

Return to COMEDIA home page

Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham

vwilliam@u.arizona.edu