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JORNADA SEGUNDA


Salen don LOPE HIJO y VICENTE vestidos de camino, y por otra parte doña BLANCA, don LOPE PADRE y BEATRIZ
LOPE HIJO: Una y mil veces el día, señor, venturoso sea en que llegar a tus plantas humilde mi amor merezca. LOPE PADRE: Álzate, Lope, del suelo, y tan bien venido seas como has sido de tus padres deseado. LOPE HIJO: Sin que me ofrezcas tu mano a besar, no es justo levantarme de la tierra. LOPE PADRE: Toma. Dios te haga tan bueno como yo le pido. Llega, besa la mano a tu madre. LOPE HIJO: Con temor y con vergüenza llego, señora, a tus ojos, por tantas lágrimas tiernas como les debo. BLANCA: No sólo aquéllas, Lope, me [cuestas], pero éstas también; si bien son con una diferencia; que aquéllas lloró el pesar y llora el placer aquéstas. Tú seas muy bien venido. VICENTE: ¿Darásele ahora licencia a un ermitaño del diablo, que ha vivido entre dos peñas, haciendo en servicio suyo muchísima penitencia, para llegar a besar tu mano? LOPE PADRE: ¡Qué buena pieza! ¿Vos también venís? VICENTE: Si soy el cojín de esta maleta, la silla de este cojín, y de esta silla la bestia, ¿no era preciso, señor, que donde viniere venga? LOPE PADRE: Con tan buena compañía segura traerá la enmienda. VICENTE: ¿Ves que te parece mala? Pues ¡por Cristo, que no es buena! LOPE PADRE: No juréis. VICENTE: Rezagos son que me han sobrado de aquella mala vida. Vos, señora, permitidme que me atreva, si no a besaros la mano, a besar la feliz tierra que pisáis. BLANCA: Alza del suelo; que es justo que te agradezca la lealtad que con don Lope tienes, pues que no le dejas en ningún trabajo. VICENTE: Soy criado adquirido ad perpetuam rei memoriam. BEATRIZ: ¿Mi señor vino ya?
A BLANCA
Pues aunque sea delante de ti, he de darle un abrazo en mi conciencia. LOPE HIJO: Guárdete el cielo, Beatriz. LOPE PADRE: Todos de verte se alegran, pero más que todos yo; y pues ya ir a ver es fuerza a don Mendo, y darle gracias del cuidado y la fineza con que acudió a tu perdón, Beatriz, a su cuarto llega; mira lo que hace, y en tanto quiero, Lope, que me atiendas.
Vase BEATRIZ
VICENTE: (Plática espiritual Aparte tenemos.) LOPE HIJO: (Calla, y paciencia, Aparte pues ya sabes que venimos a escuchar impertinencias.) LOPE PADRE: Lope, ya ves el estado en que estamos; nuestra hacienda, que es lo de menos, está toda empeñada y deshecha. Estefanía, la dama que tantos sustos nos cuesta, está en un convento; yo la he dado el dote y la renta. Sabe Dios si, por poder hacerlo y cumplir con ella, poco menos he quedado que a pedir de puerta en puerta. En fin, hijo, tú estás hoy, por la piadosa nobleza de don Mendo, perdonado; con que parece que cesa ya todo lo padecido. Lo que rogarte quisiera, con lágrimas en los ojos, con suspiros en la lengua, y aun de rodillas, si a esto dieren mis canas licencia, es, Lope, que desde hoy haya en tu vida alguna enmienda. Restauremos lo perdido de la opinión, y parezca que a quien tiene entendimiento los trabajos le escarmientan. Hijo, seamos amigos, y no haya más competencias de amor ni de odio en los dos. Vivamos en blanda y quieta paz, haciendo de su parte cada uno lo que pueda. Yo de la mía pondré mi amor, regalo y terneza; pon tú de la tuya, Lope, solamente una obediencia. Tu padre es quien te lo pide. Y al fin, Lope, considera que no hay siempre un valedor; y aun podría ser que venga tiempo en que este amor y aquellos favores, si los desprecias, convertidos en venganzas, contra tu vida se vuelvan. VICENTE: ("Aquí gracia y después gloria" Aparte faltó para ser entera la tal plática.) LOPE HIJO: Señor, palabra doy de que veas desde hoy en mis costumbres enmienda tal que agradezca a mis pasadas fortunas el conocimiento de ellas.
Salen don MENDO y BEATRIZ
MENDO: Y yo salgo por fiador de una tan justa promesa. LOPE PADRE: Señor... MENDO: Viendo que querías pasar a verme, no fuera justo que yo no ganara de mano a esa diligencia. LOPE PADRE: No sólo hacéis las mercedes, mas las hacéis de manera que ya más que hacerlas viene a ser el modo de hacerlas. LOPE HIJO: Dame tu mano, señor, y plegue a Dios que te veas tan glorioso en la privanza del rey que la envidia fiera, basilisco de palacio, tu nombre ignore, y le sepa la aclamación que le escriba en láminas de oro eternas. MENDO: Dame los brazos, y no, don Lope, así me agadrezcas lo que aun no he hecho por ti; que bien mi valor se acuerda que te debe honor y vida, y un perdón solo no es prenda que pueda satisfacer el crédito de dos deudas. BLANCA: ¡Plegue a Dios, señor, que el cielo...! MENDO: Nada, Blanca, me encarezca la voz; el silencio solo en vos ha de hablarme. BLANCA: Esa es la merced que os estimo más que todas, pues con ella me dejáis desempeñada de una continua vergüenza. MENDO: Ahora bien, quedad con Dios; que Su Majestad me espera. LOPE PADRE: Y a mí un negocio me aguarda. LOPE HIJO: Yo dividirme quisiera por ir a los dos sirviendo; mas, ya que elegir es fuerza, para que os asista a vos dará mi padre licencia. LOPE PADRE: Sí doy, y con harta envidia de ver elección tan cuerda.
Vase don LOPE PADRE
MENDO: Y yo lo acepto, no tanto, don Lope, porque lo sea, cuanto porque, yendo ahora vos conmigo, es cosa cierta que me excusáis de quedarme yo con vos; pues de manera está el alma en vuestra vista ufana, alegre y contenta, que no quisiera apartaros un punto de su presencia.
Vanse don MENDO y don LOPE HIJO
VICENTE: Beatriz, escucha. BEATRIZ: ¿Qué quieres? VICENTE: Ya que los amos se ausentan, ¿no mereceré yo, por recién venido siquiera, algún abrazo traído? BEATRIZ: Y aun sacado de la tienda para ese efecto. VICENTE: ¡Ay, Beatriz, qué de cuidados me cuestas! BEATRIZ: Bueno es eso para haber dos mil meses que te espera mi amor, y no haber venido a dar por acá una vuelta. VICENTE: ¿Cómo no? Pues ¿no venimos mi amo y yo una noche de estas pasadas, y nos entramos como en nuestra casa mesma, en el cuarto de don Mendo, donde con Violante bella a medio destocar dimos, donde hubo el "detente, espera, sombra, ilusión" con su poco de desmayo y pataleta? BEATRIZ: Calla, calla; no me cuentes lancecitos de novela. VICENTE: ¡Pluguiera a mi Dios, Beatriz! Pues con eso no estuviera tal mi amo que no es no-vela, sino sí-vela; pues ni dormir ni comer a ninguna hora me deja, hablando siempre en si estaba más hermosa, más perfecta desmelenada que no melenada su belleza. BEATRIZ: ¿Eso tenemos ahora? VICENTE: Pues ¿y bien? ¿De qué te pesa a ti? BEATRIZ: De que, habiendo amor, es preciso que tú seas el "correveidile" de él; y como vayas y vengas, Elvira, que, a lo que he visto, es su secretaria, es fuerza que no pierda sus derechos. VICENTE: ¡Ay, Beatriz, y si tú vieras, como yo, a la tal Elvira, qué pocos celos te diera su hermosura! BEATRIZ: Pues ¿por qué? VICENTE: Porque es la sierpe lernea en carne humana. Ella estaba, como ya tan tarde era y no esperaba visita, quitada la cabellera. BEATRIZ: [¿Cómo?] ¿Quitada? VICENTE: A cercén. BEATRIZ: Luego ¿es calva? VICENTE: Calvatruena. Fuera de esto, no tenía tan cabal como debiera del estuche de la boca la necesaria herramienta. BEATRIZ: ¿Aquella moza tan moza, dientes postizos? VICENTE: Aquélla, sin otras cosas que callo; que no es de hombres de mis prendas hablar mal de las mujeres, ni han de perder por mi lengua las doncellas su remedio. Pero mi amo, como deja ya en la carroza a don Mendo, aquí vuelve. BEATRIZ: Adiós te queda. (¡Miren quién de aquella cara Aparte tales defectos creyera! ¡Qué bien dicen que es la noche el toque de las bellezas!)
Vase BEATRIZ. Sale don LOPE HIJO
LOPE HIJO: Vicente, ¿por dicha has visto en alguna desas rejas a Violante? VICENTE: No, señor; ni pienso que, aunque la viera, la conociera yo ahora. LOPE HIJO: Como tuya es la respuesta. VICENTE: De lo que a mí no me incumbe no hago memoria; que fuera ser la memoria local. LOPE HIJO: ¿Posible es que olvidar puedas haberla visto el cabello, desmarañando las trenzas, dar al aire golfos de oro, tan al revés de otras selvas que allá es perlas cuanto corre sobre doradas arenas, y aquí, al derramar los rizos la inundación de sus hebras sobre su nevado cuello, es con tanta diferencia que corren arroyos de oro sobre márgenes de perlas? ¿No te acuerdas? VICENTE: No, señor; ni me acuerdo ni quisiera, por no acordarme que vi, si es que hemos de hablar de veras, a Elvira a su lado, haciendo ventaja, no competencia, a su hermosura. LOPE HIJO: ¡Qué loco! VICENTE: Pues ¿será la vez primera que sea mejor la crïada que no el ama? LOPE HIJO: ¡Oh, si pudiera por alguna parte ver a Violante! VICENTE: Considera, señor, que hoy hemos venido escapados de una y buena; no nos metamos en otra igual por Violante bella. LOPE HIJO: A mi padre le he llevado muy mal que me reprehenda. Mira cómo llevaré que lo hagas tú. ¡Bueno fuera que mi gusto embarazara ninguno! Pero ¿quién entra allí? VICENTE: Don Guillén de Azagra.
Sale don GUILLÉN
LOPE HIJO: ¿Qué dices? ¿No me pidieras albricias? ¿En Zaragoza, don Guillén? GUILLÉN: Y mal pudiera sufrir, don Lope, un instante el corazón más ausencias. Apenas que habíais venido supe cuando con presteza os busqué, no para daros una y muchas norabuenas, sino para recibirlas yo. LOPE HIJO: Toda aquesa fineza, don Guillén, es justamente debida a la amistad nuestra. Y por pagar en la misma obligación esta deuda, vos también seáis bien venido. GUILLÉN: No es posible que lo sea quien viene tras un cuidado, vivo el sentimiento y muerta la esperanza. LOPE HIJO: ¿De qué suerte? GUILLÉN: Ya os acordáis que a la guerra de Nápoles me partí tres años ha. LOPE HIJO: Por más señas me acuerdo de que los dos nos despedimos en esa plaza [de la Seo], con hartos sentimientos y tristezas, como adivinos entonces de las notables tragedias que habían de sucederme, don Guillén, en vuestra ausencia. GUILLÉN: Todas las supe, y el cielo sabe si sentí saberlas. Pero vamos a las mías, ya que cesaron las vuestras, porque habéis, a lo que espero, de ser el alivio de ellas. LOPE HIJO: Vuestro soy, y no habrá cosa que mi amistad no os ofrezca. GUILLÉN: Pasé a Nápoles, en fin, donde nuestro rey intenta vengar por armas la muerte que dio con tanta fiereza el de Nápoles al grande [Conradino], hijo del César, pues en público cadalso le hizo cortar la cabeza. Pero aquesto no es del caso; volvamos a otra materia. Entré en Nápoles un día, donde vi una belleza reducido el sol a un rayo, cifrado el cielo a una esfera, a una lágrima la aurora y a una flor la primavera. De estos encarecimientos llegaréis a la experiencia cuando sepáis que a quien vi dentro de Nápoles era... VICENTE: Doña Violante, señor. LOPE HIJO: ¿Qué dices? ¡Maldito seas! VICENTE: ¿Por qué? ¿Digo yo más que sale de su cuarto y entra en éste y, al conocer que hay gente aquí, da la vuelta? LOPE HIJO: Retiraos, don Guillén, un breve espacio ahí afuera; no embarecemos el paso a esta dama. GUILLÉN: Norabuena; que yo tampoco no quiero que ahora aquí hablaros me vea.
Vase
LOPE HIJO: ¡Vive el cielo, que temí que fuese la dama ella! VICENTE: Pues ¿podía yo saberlo? Háblala antes que se vuelva.
Salen doña VIOLANTE y ELVIRA

Las tres justicias en una, part 5

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Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham

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