This file last updated February 2, 1999


LAS TRES JUSTICIAS EN UNA


Personas que hablan en ella:


JORNADA PRIMERA


Suena dentro un arcabuzazo, y salen don MENDO y doña VIOLANTE, retirándose de cuatro bandoleros que los siguen, y VICENTE entre ellos
MENDO: Bárbaro escuadrón fiero, ni del plomo el horror, ni del acero el golpe repetido, antes que muerto, me verán vencido; porque no dan a mi valor recelos ni el morir ni el vivir. VIOLANTE: ¡Socorro, cielos! BANDOLERO 1: Si ves esta montaña, que desde su eminencia a su campaña al pasajero advierte mil funestos teatros de la muerte, ¿cómo, aunque a Marte en el valor imitas, de tantos defenderte solicitas? VICENTE: Esa rara hermosura, que del sol desvanece la luz pura, hoy, con mejor empleo, de nuestro capitán será trofeo. MENDO: Primero que ofendida esta beldad se vea, de mi vida triunfará vuestra saña rigurosa. Diga después la fama presurosa que si no fui bastante a defendella, bastante fui para morir por ella. BANDOLERO 2: Eso será bien presto. VIOLANTE: ¡Ay infeliz! MENDO: Pues ¿qué esperáis?
Sale don LOPE HIJO, de bandolero
LOPE HIJO: ¿Qué es esto? VICENTE: En este monte hallamos entre los laberintos y los ramos, que inculta fabricó la primavera, defendiéndose al sol, de una litera a esa dama apeada, de pequeña familia acompañada. Así como nos vieron, los crïados huyeron; y solo aquese anciano es quien pretende librarla, y de nosotros la defiende. LOPE HIJO: Pues ¿cómo contra tantos, dime, piensa no hallar tu esfuerzo inútil la defensa? MENDO: Señor, si yo intentara vivir, locura fuera, cosa es clara; pero como no intento sino morir, no es loco atrevimiento. Y ya que tu venida es última sentencia de mi vida, de tu rigor a tu rigor apelo, no te pido piedad.
Arrodíllase
LOPE HIJO: Alza del suelo; que el primer hombre has sido que a compasión mi cólera ha movido. ¿Es la dama, que va en tu compañía, tu esposa? MENDO: No, señor, sino hija mía. VIOLANTE: Y tan hija, en efeto, de su valor, su sangre y su respeto que, si aquí con su muerte presumes de mi vida dueño hacerte, no podrás; pues primero que lo consigas, a faltarme acero, siendo mis manos de mi cuello lazos, ahogada me verás o hecha pedazos, cuando desesperada caiga del monte al valle despeñada. LOPE HIJO: Peregrina belleza, convalezca del susto la tristeza; que, aunque ella hubiera dado disculpa a lo crüel, a lo obstinado de mi vida, ella ha sido también la que mi acción ha suspendido, siendo el primero efeto que vi en mí de piedad y de respeto. ¿Adónde es tu camino? MENDO: A Zaragoza voy, donde imagino que podrá ser que la persona mía te pague estas piedades algún día. LOPE HIJO: Pues ¿quién eres? MENDO: Don Mendo Torrellas me apellido. Al rey sirviendo, don Pedro de Aragón, gran tiempo he estado en Francia, Roma, y Nápoles; llamado de él hoy vuelvo a la corte, a hacerlo en lo que más mi vida importe; donde te doy palabra, si te ha puesto algún fracaso en esto de vivir de esta suerte, de ampararte y valerte, trocando mis servicios a tu perdón, y al mundo dando indicios de que el alma te queda agradecida, deudora del honor y de la vida. LOPE HIJO: La palabra aceptara cuando de mis locuras esperara el perdón que me ofreces; pero a la muerte estoy dos o tres veces, por travesuras mías, condenado --si bien ninguna ruin--con que he llegado a la desconfïanza de dejarme vivir sin esperanza, haciendo más insultos cada día; que es la desdicha mía tal que guardarme haciendo solicito sagrado de un delito otro delito. MENDO: No tanto de tu vida desconfíes; que como aquí de mi verdad te fíes, bien podrá ser que sea yo parte a tu perdón; y porque vea el mundo que a mi aumento te prefieres, dime, joven, ¿quién eres? Que al rey no pediré merced alguna hasta ver mejorada tu fortuna. LOPE HIJO: Aunque es vano tu intento --todos os retirad--estáme atento.
Vanse los Bandoleros
Yo, generoso don Mendo, soy don Lope de Urrea, hijo de Lope de Urrea. Así fueran mis costumbres como han sido ilustres mi nacimiento y mi sangre. MENDO: Yo lo afirmo; si bien no valdrá mi voto, que amigos un tiempo fuimos don Lope y yo, con que ya más justamente me obligo a hacer por vos cuanto pueda. LOPE HIJO: Antes, señor, imagino que ya por mí no haréis nada; porque siendo vos amigo de mi padre, y él a quien hoy tienen tan ofendido mis locuras, tan quejoso mis costumbres, tan mohino mis travesuras, y en fin tan pobre mis desvaríos, bien, siendo su amigo, infiero que no querréis serlo mío; aunque, si de disculparme tratara, yo os certifico que pudiera, pues él fue de mis desdichas principio. MENDO: ¿De qué suerte? LOPE HIJO: De esta suerte. MENDO: Decid; que holgaré de oírlo. VIOLANTE: (Ya poco a poco en mí va Aparte cobrando el aliento brío.) LOPE HIJO: Mi padre, según después acá mil veces he oído, desde sus primeros años, o fuese virtud o vicio, aborreció el casamiento; pero juzgando perdido un mayorazgo en su casa tan noble, ilustre y antiguo, a persuasión de sus deudos o a persuasión de sí mismo, tomó en su mayor edad, contra el natural motivo de su inclinación, estado; para cuyo efecto hizo elección de igual nobleza, virtud grande y honor limpio; si bien halló en una parte engañado su albedrío, que fue la desigualdad de la edad, habiendo sido doña Blanca Sol de Vila de quince años no cumplidos su esposa, cuando ya en él nevaba el invierno frío helados copos, que son caducas flores del juicio. MENDO: Ya lo sé; y ¡pluguiera al cielo no lo supiese! (Prolijos Aparte discursos, ¿qué me queréis?) Proseguid, pues. LOPE HIJO: Ya prosigo. Resistió ella el casamiento, quizá habiendo conocido cuánto en las desigualdades está violento el cariño; mas como las principales mujeres nunca han tenido propia elección, hizo ella de la suya sacrificio. Casóse forzada, en fin, de sus padres. ¡Ay, delirio de la conveniencia! ¿Qué te falta para homicidio? Él con poca inclinación al estado recibido, y con poco gusto ella, imaginad discursivo ahora vos de qué humores compuesto nacería hijo, que nacía para ser concepto de amor tan tibio? Bien pensaron que yo fuera, como otros hijos han sido, la nueva paz de los dos; mas tan al revés lo vimos que de los dos nueva guerra fui por afectos distintos, de amor que engendré en mi madre, y de odio en el padre mío. Contra la naturaleza, ni un instante bien me quiso, aborreciéndome aun cuando son los enfados hechizos. Crióme sin algún maestro, cuyo desorden me hizo más libre de lo que fuera, a tener mis desatinos quien los corrigiera, puesto que al más crüel, más esquivo bruto tratable le hacen o el halago o el castigo. Apenas, pues, el discurso me dio primeros avisos de las luces racionales cuando, viéndome tan mío, di en acompañarme mal, sin que supiesen reñirlo ni de mi madre el amor ni de mi padre el olvido. Con estas licencias, pues, desbocado mi albedrío corrió sin rienda ni freno la campaña de los vicios. Mujeres y juegos fueron los mejores ejercicios de mi vida, sobre quien creciendo iba el edificio de mis años. Mirad vos fábricas que en su principio titubean, cuánto están fáciles al precipicio. Al cabo de muchos días, que ya estaba yo perdido, porque ya en mí habían ganado las libertades dominio, cayó en mi mala enseñanza y sin ley ni tiempo quiso tarde enderezar el tronco que había dejado él mismo sobre vicio en las raíces nacer y crecer torcido. Bien confieso que quisiera yo agradarle; mas si os digo la verdad, nunca acerté a hacer cosa que él me dijo. Tolerándonos, en fin, el uno al otro, vivimos siempre opuestos, siendo siempre los dos eterno martirio de mi madre, que hasta hoy vive el corazón partido en dos mitades, teniendo con él una, otra conmigo; tanto que, si alguna noche disfrazado a verla he ido --porque no tienen sus penas ni mis penas otro alivio-- ha sido dándome llave para entrar tan escondido que mi padre no me sienta. ¿Quién en el mundo habrá visto que el digno amor de una madre y de un hijo el amor digno hayan puesto a la virtud la máscara del delito? Y en fin, para que lleguemos de una vez al más esquivo suceso de las fortunas que a este estado me han traído, dejando juegos, amores, pendencias y desafíos, que a los dos nos tienen hoy, a él pobre y a mí malquisto, sabréis que junto a mi casa vivió una dama; mal digo, que no era sino un milagro de la hermosura, un prodigio de la discreción, en quien generosamente unidos los extremos compusieron aquellos bandos antiguos que la perfección partió en lo discreto y lo lindo. Servíla, siendo los medios de mi amor en los principios mudas señas que después, convertidas en suspiros, pasaron a ser conceptos bien pensados y mal dichos. Signifiquéla mis penas en mil papeles escritos que, introduciéndose leves en sus piadosos oídos, ganaron para la voz algún aplauso de finos; tal vez que, siendo la noche de mis finezas testigo, me oyó quejar a sus rejas, dándose ellas a partido con su pecho, pues sus hierros, limados del dolor mío, consecuencia a sus rigores hicieron enternecidos. Oyóme, pues; con que entiendo que de una vez os he dicho que agradecida a mis males se mostró; porque es preciso que se conceda a estimarlos la que no se niega a oírlos. De aqueste favor primero ufano y desvanecido, alimenté la esperanza algún tiempo, hasta que quiso amor que a su mayor dicha volasen mis atrevidos pensamientos. ¡Oh, qué mal dicha la llamo, si miro que en el imperio de amor es tan tirano el dominio que hasta el cuerpo de la dicha es la sombra del peligro! Entré en su casa, en efecto, habiendo antes precedido mil juramentos, mil votos que sería su marido. ¡Oh, qué fácil es hacerlos! ¡Oh, qué difícil cumplirlos! Pues apenas mi amor hubo su hermosura conseguido, cuando se quitó la venda y vio en cristal menos limpio que, aunque era hermosa, era fácil. ¡Oh, honor, fiero basilisco, que, si a ti mismo te miras, te das la muerte a ti mismo! De una parte enamorado, y de otra arrepentido, cuanto su hermosura amaba tanto aborrecía su estilo. Y así, por lograr aquélla sin este temor, previno mi ingenio, con las disculpas de ser de familias hijo, dar largas a sus deseos, hasta que, habiendo caído ella en que las dilaciones eran supuesto artificio, mañosamente me dio a entender que había creído la ocasión, sin que pudiese, ni aun en el menor desvío, conocer jamás que estaba doble su intención conmigo. Tenía un hermano fuera de Zaragoza, bandido, porque con alevosía había muerto a un hombre rico. Este, pues, llamado de ella, desde las montañas vino; y teniéndole en su casa secretamente escondido, le dio cuenta del estado de su honor. El, ofendido, para sus intentos trajo dos camaradas consigo. Yo, con la seguridad que otras noches había ido a verla, fui aquella noche, y apenas sus cuadras piso cuando de los tres me veo traidoramente embestido, tan a un tiempo que tres puntas con sólo un reparo libro; y calando una pistola de que ellos por el rüido no debieron de valerse, di...
Ruido dentro
UNOS: ¡Al valle! OTROS: ¡Al monte! TODOS: ¡Al camino!
Sale VICENTE

Las tres justicias en una, part 2

Return to COMEDIA home page

Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham

vwilliam@u.arizona.edu