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Sale don JUAN, con un pan
JUAN: Por alcanzar este pan que traerte, me han seguido los moros, y me han herido con los palos que me dan. FERNANDO: Ésa es la herencia de Adán. JUAN: Tómale. FERNANDO: Amigo leal, tarde llegas, que mi mal es ya mortal. JUAN: Déme el cielo en tantas penas consuelo. FERNANDO: Pero, ¿qué mal no es mortal si mortal el hombre es, y en este confuso abismo la enfermedad de sí mismo le viene a matar después? Hombre, mira que no estés descuidado. La verdad sigue, que hay eternidad y otra enfermedad no esperes que te avise, pues tú eres tu mayor enfermedad. Pisando la tierra dura de continuo el hombre está, y cada paso que da es sobre su sepultura. Triste ley, sentencia dura es saber en cualquier caso cada paso--¡gran fracaso!-- es para andar adelante, y Dios no es a hacer bastante que no haya dado aquel paso. Amigos, a mi fin llego. Llevadme de aquí en los brazos. JUAN: Serán los últimos lazos de mi vida. FERNANDO: Lo que os ruego, noble don Juan, es que luego que expire me desnudéis. En la mazmorra hallaréis de mi religión el manto que le traje tiempo tanto. Con éste me enterraréis descubierto, si el rey fiero ablanda la saña dura dándome la sepultura. Ésta señalad, que espero que, aunque hoy cautivo muero, rescatado he de gozar el sufragio del altar; que pues yo os he dado a vos tantas iglesias, mi Dios, alguna me habéis de dar.
Llévanle en brazos. Sale don ALFONSO, y soldados con arcabuces
ALFONSO: Dejad a la inconstante playa azul esa máquina arrogante de naves, que causando al cielo asombros el mar sustenta en sus nevado hombros; y en estos horizontes aborten gente los preñados montes del mar, siendo con máquinas de fuego cada bajel un edificio griego.
Sale don ENRIQUE
ENRIQUE: Señor, tú no quisiste que saliera nuestra gente de Fez en la ribera, y este puesto escogiste para desembarcar. Infeliz fuiste porque por una parte marchando viene el numeroso Marte, cuyo ejército al viento desvanece y los collados de los montes crece. Tarudante conduce gente tanta, llevando a su mujer, felice infanta de Fez, hacia Marruecos... Mas respondan las lenguas de los ecos. ALFONSO: Enrique, a eso he venido, a esperarle a este paso, que no ha sido esta elección acaso; prevenida estaba, y la razón está entendida. Si yo a desembarcar a Fez llegara, esta gente y la suya en ella hallara; y estando divididos, hoy con menos poder están vencidos; y antes que se prevengan, . . . . . . . . . . . [ --engan]. Toca al arma. ENRIQUE: Señor, advierte y mira que es sin tiempo esta guerra. ALFONSO: Ya mi ira ningún consejo alcanza. No se dilate un punto esta venganza. Entre en mi brazo fuerte por África el azote de la muerte. ENRIQUE: Mira que ya la noche, envuelta en sombras, el luciente coche del sol esconde entre las sombras puras. ALFONSO: Pelearemos a oscuras, que a la fe que me anima ni el tiempo ni el poder la desanima. Fernando, si el martirio que padeces, pues es suya la causa, a Dios le ofreces. Cierta está la victoria. Mío será el honor, mía la gloria. ENRIQUE: Tu orgullo altivo yerra.
Dentro
FERNANDO: ¡Embiste, gran Alfonso! ¡Guerra, guerra!
[Tócase un] clarín
ALFONSO: ¿Oyes confusas voces romper los vientos tristes y veloces? ENRIQUE: Sí, y en ellos se oyeron trompetas que a embestir señal hicieron. ALFONSO: ¡Pues a embestir, Enrique, que no hay duda que el cielo ha de ayudarnos hoy!
Sale [FERNANDO] con manto capitular y una luz
FERNANDO: Sí, ayuda porque obligando al cielo que vio tu fe, tu religión, tu celos, hoy tu causa defiende. Librarme a mí de esclavitud pretende porque, por raro ejemplo, por tantos templos Dios me ofrece un templo; y con esta luciente antorcha desasida del oriente, tu ejército arrogante alumbrando he de ir siempre delante, para que hoy en trofeos iguales, grande Alfonso, a tus deseos, llegues a Fez, no a coronarte agora, sino a librar mi ocaso en el aurora.
Vase
ENRIQUE: Dudando estoy, Alfonso, lo que veo. ALFONSO: Yo no, todo lo creo; y si es de Dios la gloria, no digas guerra ya, sino victoria.
Vanse. Salen el REY y CELÍN [con acompañamiento]; y en lo alto estará don JUAN y un cautivo, y un ataúd en que parezca estar el infante [FERNANDO]
JUAN: Bárbaro, gózate aquí de que tirano quitaste la mujer vida. REY: ¿Quién eres? JUAN: Un hombre que, aunque me maten, no he de dejar a Fernando, y aunque de congoja rabie, he de ser perro leal que en muerte he de acompañarle. REY: Cristianos, ése es padrón que a las futuras edades informe de mi justicia; que rigor no ha de llamarse venganza de agravios hechos contra personal reales. Venga Alfonso agora, venga con arrogancia a sacarle de esclavitud; que aunque yo perdí esperanzas tan grandes de que Ceuta fuese mía, porque las pierda arrogante de su libertad, me huelgo de verle en estrecha cárcel. Aun muerto no ha de estar libre de mis rigores notables; y así puesto a la vergüenza quiero que esté a cuantos pasen. JUAN: Presto verás tu castigo, que por campañas y mares ya descubro desde aquí mis cristianos estandartes. REY: Subamos a la muralla a saber sus novedades.
Vanse
JUAN: Arrastrando las banderas, y destempladas los parches, muertas las cuerdas y luces, todas son tristes señales.
Tocan cajas destempladas, sale don FERNANDO delante con una hacha encendida, y detrás don ALFONSO y don ENRIQUE, y todos los soldados, que traen presos a TARUDANTE, FÉNIX, y MULEY
FERNANDO: En el horror de la noche por sendas que nadie sabe te guïé. Ya con el sol pardas nubes se deshacen. Victorioso, gran Alfonso, a Fez conmigo llegaste. Éste es el muro de Fez, trata en él de mi rescate.
Vase
ALFONSO: ¡Ay de los muros! Decid al rey que salga a escucharme.
Salen el REY y CELÍN al muro
REY: ¿Qué quieres, valiente joven? ALFONSO: Que me entregues al infante, al maestre don Fernando, y te daré por rescate a Tarudante y a Fénix que presos están delante. Escoge lo que quisieres. Morir Fénix o entregarle. REY: ¿Qué he de hacer, Celín amigo, en confusiones tan grandes? Fernando es muerto, y mi hija está en su poder. ¡Mudable condición de la Fortuna que a tal estado me trae! FÉNIX: ¿Qué es esto, señor? Pues viendo mi persona en este trance, mi vida en este peligro, mi honor en este combate, ¿dudas qué has de responder? ¿Un minuto ni un instante de dilación te permite el deseo de librarme? En tu mano está mi vida ¿y consientes--¡pena grave!-- que la mía--¡dolor fiero!-- injustas prisiones aten? De tu voz está pendiente mi vida--¡rigor notable!-- ¿y permites que la mía turbe la esfera del aire? A tus ojos ves mi pecho rendido a un desnudo alfanje, ¿y consientes que los míos tiernas lágrimas derramen? Siendo rey, has sido fiera; siendo padre, fuiste áspid; siendo juez, eres verdugo; ni eres rey, ni juez, ni padre. REY: Fénix, no es la dilación de la respuesta negarte la vida, cuando los cielos quieren que la mía acabe. Y puesto que ya es forzoso que una ni otra se dilate, sabe, Alfonso, que a la hora que Fénix salió ayer tarde, con el sol llegó al ocaso, sepultándose en dos mares de la muerte y de la espuma, juntos el sol y el infante. Esta caja humilde y breve es de su cuerpo el engaste. Da la muerte a Fénix bella. Venga tu sangre en mi sangre. FÉNIX: ¡Ay de mí! Ya mi esperanza de todo punto se acabe. REY: Ya no me queda remedio para vivir un instante. ENRIQUE: ¡Válgame el cielo! ¿Qué escucho? ¡Qué tarde, cielos, qué tarde le llegó la libertad! ALFONSO: No digas tal; que si antes Fernando en sombras nos dijo que de esclavitud le saque, por su cadáver lo dijo, porque goce su cadáver por muchos templos un templo, y a él se ha de hacer el rescate. Rey de Fez, porque no pienses que muerto Fernando vale menos que aquesta hermosura; por él, cuando muerto yace, te la trueco. Envía, pues, la nieve por los cristales, el enero por los mayos, las rosas por los diamantes, y al fin, un muerto infelice por una divina imagen. REY: ¿Qué dices, invicto Alfonso? ALFONSO: Que esos cautivos le bajen. FÉNIX: Precio soy de un hombre muerto; cumplió el cielo su homenaje. REY: Por el muro descolgad el ataúd, y entregadle; que para hacer las entregas a sus pies voy a arrojarme.
Vase y bajan el ataúd con cuerdas por el muro
ALFONSO: En mis brazos os recibo, divino príncipe mártir. ENRIQUE: Yo hermano, aquí te respeto.
Salen el REY, don JUAN y [los] cautivos
JUAN: Dame, invicto Alfonso, dame la mano. ALFONSO: Don Juan, amigo, ¡buena cuenta del infante me habéis dado! JUAN: Hasta su muerte le acompañé, hasta mirarle libre; vivo y muerto estuve con él. Mirad dónde yace. ALFONSO: Dadme, tío, vuestra mano; que aunque necio e ignorante a sacaros del peligro vine, gran señor, tan tarde en la muerte, que es mayor se muestran las amistades. En un templo soberano haré depósito grave de vuestro dichoso cuerpo. A Fénix y a Tarudante te entrego, rey, y te pido que aquí con Muley la cases, por la amistad que yo sé que tuvo con el infante. Ahora llegad, cautivos, vuestro infante ved, llevadle en hombros hasta la armada. REY: Todos es bien le acompañen. ALFONSO: Al son de dulces trompetas y templadas cajas marche el ejército, con orden de entierro, para que acabe pidiendo perdón humilde aquí de sus yerros grandes, el lusitano Fernando, príncipe en la fe constante.
FIN DE LA COMEDIA
Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham