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FERNANDO: Ponedme en aquesta parte, para que goce mejor la luz que el cielo reparte. ¡Oh inmenso, oh dulce Señor, qué de gracias debo darte! Cuando como yo se veía Job, el día maldecía, mas era por el pecado en que había sido engendrado; pero yo bendigo el día por la gracia que nos da Dios en él; pues claro está que cada hermoso arrebol, y cada rayo del sol lengua de fuego será con que le alabo y bendigo. BRITO: ¿Estás bien, señor, así? FERNANDO: Mejor que merezco, amigo. ¡Qué de piedades aquí, oh señor, usáis conmigo! Cuando acaban de sacarme de un calabozo, me dais un sol para calentarme. ¡Liberal, señor, estáis! CAUTIVO 1: Sabe el cielo si quedarme y acompañaros quisiera, mas ya veis que nos espera el trabajo. FERNANDO: Hijos, adiós. CAUTIVO 2: ¡Qué pesar! CAUTIVO 3: ¡Qué ansia tan fiera!
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FERNANDO: ¿Quedáis conmigo los dos? JUAN: Yo también te he de dejar. FERNANDO: ¿Qué haré yo sin tu favor? . . . . . . . . . .[ -ar]. JUAN: Presto volveré, señor; que sólo voy a buscar algo que comas, porque después que Muley se fue de Fez, nos falta en el suelo todo el humano consuelo; pero con todo eso iré a procurarle, si bien imposibles solicito, porque ya cuantos me ven, por no ir contra el edito que manda que no te den ni agua tampoco, ni a mí me venden nada, señor, por ver que te asisto a ti; que a tanto llega el rigor de la suerte. Pero aquí gente viene.
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FERNANDO: ¡Oh si pudiera mi voz mover a piedad a alguno, porque siquiera un instante más viviera padeciendo!
Salen el REY, TARUDANTE, FÉNIX, y CELÍN
CELÍN: [Majestad,] por una calle has venido que es fuerza que visto seas del infante y advertido.
[A TARUDANTE]
REY: Acompañarte he querido porque mi grandeza veas. FERNANDO: Dale de limosna hoy a este pobre algún sustento; mirad que hombre humano soy, y que afligido y hambriento muriendo de hambre estoy. Hombres doleos de mí, que una fiera de otra fiera se compadece. BRITO: Ya aquí no hay pedir de esa manera. FERNANDO: ¿Cómo he de decir? BRITO: Así: Moros, tened compasión, y algo que este pobre coma le dad en esta ocasión por el santo zancarrón del gran profeta Mahoma. REY: Que tenga fe en este estado tan mísero y desdichado más me ofende, más me infama, ¡maestre, infante! BRITO: El rey llama. FERNANDO: ¿A mí, Brito? Haste engañado. Ni infante ni maestre soy, el cadáver suyo sí; y pues ya en la tierra estoy, aunque infante y maestre fui, no es ése mi nombre hoy. REY: Pues no eres maestre ni infante, respóndeme por Fernando. FERNANDO: Agora, aunque me levante de la tierra, iré arrastrando a besar tu pie. REY: ¿Constante te muestras a mi pesar? ¿Es humildad o valor esta obediencia? FERNANDO: Es mostrar cuanto debe respetar el esclavo a su señor.
Y pues que tu esclavo soy, y estoy en presencia tuya, esta vez tengo de hablarte. Mi rey y señor, escucha. Rey te llamé y, aunque seas de otra ley, es tan augusta de los reyes la deidad, tan fuerte y tan absoluta, que engendra ánimo piadoso; y así es forzoso que acudas a la sangre generosa con piedad y con cordura; que aun entre brutos y fieras Este nombre es de tan suma autoridad, que la ley de naturaleza ajusta obediencias. Y así, leemos en repúblicas incultas al león rey de las fieras, que cuando la frente arruga de guedejas se corona, es piadoso, pues que nunca hizo presa en el rendido. En las saladas espumas del mar el delfín, que es rey de los peces, le dibujan escamas de plata y oro sobre la espalda cerúlea coronas, y ya se vio de una tormenta importuna sacar los hombre a tierra, porque el mar no los consuma. El águila caudalosa, a quien copete de plumas riza el viento en sus esferas, de cuantas aves saludan al sol es emperatriz, y con piedad noble y justa, porque brindado no beba el hombre entre plata pura la muerte, que en los cristales mezcló la ponzoña dura del áspid, con pico y alas los revuelve y los enturbia. Aun entre plantas y piedras se dilata y se dibuja este imperio. La granada a quien coronan las puntas de una corteza en señal de que es reina de las frutas, envenenada marchita los rubíes que la ilustran, y los convierte en topacios, color desmayada y mustia. El diamante, a cuya vista ni aun el imán ejecuta su propiedad, que por rey esta obediencia le jura, tan noble es que la traición del dueño no disimula, y la dureza, imposible de que buriles la pulan, se deshace entre sí misma vuelta en cenizas menudas. Pues si entre fieras y peces, plantas, piedras y aves, usa esta majestad de rey de piedad, no será injusta entre los hombres, señor; porque el ser no te disculpa de otra ley, que la crueldad en cualquiera ley es una. No quiero compadecerte con mis lágrimas y angustias para que me des la vida, que mi voz no la procura; que bien sé que he de morir de esta enfermedad que turba mis sentidos, que mis miembros discurre helada y caduca. Bien sé, al fin, que soy mortal, y que no hay hora segura; y por eso dio una forma con una materia en una semejanza la razón al ataúd y a la cuna. Acción nuestra es natural cuando recibir procura algo un hombre, alzar las manos en esta manera juntas; mas cuando quiere arrojarlo, de aquella misma acción usa, pues las vuelve boca abajo porque así las desocupa. El mundo cuando nacemos, en señal de que nos busca, en la cuna nos recibe, y en ella nos asegura boca arriba; pero cuando o con desdén o con furia quiere arrojarnos de sí, vuelve las manos que junta, y aquel instrumento mismo forma esta materia muda, pues fue cuna boca arriba lo que boca abajo es tumba; tan cerca vivimos, pues, de nuestra muerte, tan juntas tenemos, cuando nacemos el lecho como la cuna. ¿Qué aguarda quien esto oye? Quien esto sabe, ¿qué busca? Claro está que no será la vida. No admite duda. La muerte sí; ésta te pido porque los cielos me cumplan un deseo de morir por la fe; que aunque presumas que esto es desesperación porque el vivir me disgusta, no es sino afecto de dar la vida en defensa justa de la fe, y sacrificar a Dios vida y alma juntas; y así, aunque pida la muerte, el afecto me disculpa. Y si piedad no puede vencerte, el rigor presuma obligarte. ¿Eres león? Pues ya será bien que rujas, y despedaces a quien te ofende, agravia e injuria. ¿Eres águila? Pues hiere con el pico y con las uñas a quien tu nido deshace. ¿Eres delfín? Pues anuncia tormentas al marinero que el mar de este mundo surca. ¿Eres árbol real? Pues muestra todas las ramas desnudas a la violencia del tiempo que iras de Dios ejecuta. ¿Eres diamante? Hecho polvos sé, pues venenosa furia; y cánsate, porque yo, aunque más tormentos sufra, aunque más rigores vea, aunque llore más angustias, aunque más miserias pase, aunque halle más desventuras, aunque más hambre padezca, aunque mis carnes no cubran estas ropas, y aunque sea mi esfera esta estancia sucia, firme he de estar en mi fe; porque es el sol que me alumbra, porque es la luz que me guía, es el laurel que me ilustra. No has de triunfar de la Iglesia; de mí, si quisieres, triunfa; Dios defenderá mi causa, pues yo defiendo la suya.
REY: ¿Posible es que en tales penas blasones y te consueles si tú de ti no te dueles siendo propias? ¿Qué condenas no me duelan, siendo ajenas; que pues tu muerte causó tu misma mano, y yo no, no esperes piedad de mí. Ten lástima de ti, Fernando, y tendréla yo.
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FERNANDO: Señor, vuestra majestad me valga. TARUDANTE: ¡Qué desventura!
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FERNANDO: Si es alma de la hermosura esa divina deidad, vos, señora, me amparad con el rey. FÉNIX: ¡Qué gran dolor! FERNANDO: ¿Aún no me miráis? FÉNIX: ¡Qué horror! FERNANDO: Hacéis bien; que vuestros ojos no son para ver enojos. FÉNIX: ¡Qué lástima! ¡Qué pavor! FERNANDO: Pues aunque no me miréis, señora, es bien que sepáis que aunque tan bella os juzgáis y ausentaros intentéis que más que yo no valéis, y yo quizá valgo más. FÉNIX: Horror con tu voz me das y con tu aliento me hieres. ¡Déjame, hombre! ¿Qué me quieres? ¡Que no puedo sentir más.
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Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham