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Vanse. Salen CELÍN y el infante [FERNANDO] de cautivo y con cadenas

CELÍN: El rey manda que asistas en aqueste jardín, y no resistas su ley a tu obediencia. FERNANDO: Mayor que su rigor es mi paciencia.

Salen los cautivos, y uno canta mientras los otros cavan en un jardín. Canta

CAUTIVO 1: "A la conquista de Tánger, contra el bárbaro Muley, al infante don Fernando envió su hermano el rey."

FERNANDO: ¿Que un instante mi historia no deje de cansar a la memoria? Triste estoy y turbado. CAUTIVO 2: Cautivo, ¿cómo estáis tan descuidado? . . . . . . .[--estre] No lloréis, consolaos; que ya el maestre dijo que volveremos presto a la patria y libertad tendremos. Ninguno ha de quedar en este suelo. FERNANDO: (¡Qué presto perderéis ese consuelo!) Aparte CAUTIVO 2: Consolad los rigores, y ayudadme a regar aquestas flores. Tomad los cubos, y agua me id trayendo de aquel estanque. FERNANDO: Obedecer pretendo. Buen cargo me habéis dado, pues agua me pedís; que mi cuidado, sembrando penas, cultivando enojos, llenará en la corriente de mis ojos.

Vase. Sale don JUAN y otro cautivo

CAUTIVO 3: A este baño han echado más cautivos. JUAN: Miremos con cuidado si estos jardines fueron donde vino, o si acaso estos le vieron; porque en su compañía menos el llanto y el dolor sería, y mayor el consuelo. Dígasme, amigo, que te guarde el cielo, si viste cultivando este jardín al maestre don Fernando. CAUTIVO 2: No, amigo, no le he visto. JUAN: Mal el dolor y lágrimas resisto. CAUTIVO 3: Digo que el baño abrieron, y que nuevos cautivos a él vinieron.

Sale don FERNANDO, con dos cubos de agua

FERNANDO: (Mortales, no os espante Aparte ver un Maestre de Avis, ver un infante en tan mísera afrenta; que el tiempo estas miserias representa.) JUAN: Pues, señor, ¿vuestra alteza en tan mísero estado? De tristeza rompa el dolor el pecho. FERNANDO: ¡Válgate Dios, qué gran pesar me has hecho, don Juan, en descubrirme! Que quisiera ocultarme y encubrirme entre mi misma gente, sirviendo pobre y miserablemente. CAUTIVO 1: Señor, que perdonéis, humilde os ruego, haber andado yo tan loco y ciego. CAUTIVO 2: Dadnos, señor, tu pies. FERNANDO: Alzad, amigo, no hagáis tal ceremonia ya conmigo. JUAN: Vuestra alteza... FERNANDO: ¿Qué alteza ha de tener quien vive en tal bajeza? Ved que yo humilde vivo, y soy entre vosotros un cautivo. Ninguno ya me trate, sino como a su igual. JUAN: ¡Que no desate un rayo el cielo para darme muerte! FERNANDO: Don Juan, no ha de quejarse de esa suerte un noble. ¿Quién del cielo desconfía? La prudencia, el valor, la bizarría se ha de mostrar agora.

Sale ZARA con un azafate

ZARA: Al jardín sale Fénix mi señora, y manda que matices y colores borden este azafate de sus flores.

Toma el azafate

FERNANDO: Yo llevársele espero, que en cuanto sea servir seré el primero. CAUTIVO 1: Ea, vamos a cogellas. ZARA: Aquí os aguardo mientras vais por ellas.

Híncase de rodillas los esclavos

FERNANDO: No me hagáis cortesías. Iguales vuestras penas y las mías son; y pues nuestra surte, si hoy no, mañana ha de igualar la muerte. No será acción liviana no dejar hoy que hacer para mañana.

Vanse el infante [FERNANDO] y todos haciéndole cortesías, quédase ZARA, y salen FÉNIX y ROSA

FÉNIX: ¿Mandaste que me trajesen las flores? ZARA: Ya lo mandé. FÉNIX: Sus colores deseé para que me divirtiesen. ROSA: ¡Que tales, señora, fuesen, creyendo tus fantasías, tus graves melancolías! ZARA: ¿Qué te obligó a estar así? FÉNIX: No fue sueño lo que vi, que fueron desdichas mías. Cuando sueña un desdichado que es dueño de algún tesoro, ni dudo, Zara, ni ignoro que entonces es bien soñado; mas si a soñar ha llegado en fortuna tan incierta que desdicha le concierta y aquello sus ojos ven, pues soñando el mal y el bien, halla el mal cuando despierta. Piedad no espero, ¡ay de mí! Porque mi mal será cierto. ZARA: ¿Y qué dejas para el muerto si tú lo sientes así? FÉNIX: Ya mis desdichas creí. ¡Precio de un muerto! ¿Quién vio tal pena? No hay gusto, no a una infelice mujer. ¿Que al fin de un muerto he de ser? ¿Quién será este muerto?

Sale don FERNANDO con las flores

FERNANDO: Yo. FÉNIX: ¡Ay cielos! ¿Qué es lo que veo? FERNANDO: ¿Qué te admira? FÉNIX: De una suerte me admira el oírte y verte. FERNANDO: No lo jures, bien lo creo. Yo, pues, Fénix, que deseo servirte humilde, traía flores, de la suerte mía jeroglíficos, señora, pues nacieron con la aurora y murieron con el día. FÉNIX: A la maravilla dio ese nombre al descubrilla. FERNANDO: ¿Qué flor, di, no es maravilla cuando te la sirvo yo? FÉNIX: Es verdad. Di, ¿quién causó esta novedad? FERNANDO: Mi suerte. FÉNIX: ¿Tan rigurosa es? FERNANDO: Tan fuerte. FÉNIX: Pena das. FERNANDO: Pues no te asombre. FÉNIX: ¿Por qué? FERNANDO: Porque nace el hombre sujeto a fortuna y muerte. FÉNIX: ¿No eres Fernando? FERNANDO: Sí soy. FÉNIX: ¿Quién te puso así? FERNANDO: La ley de esclavo. FÉNIX: ¿Quién la hizo? FERNANDO: El rey. FÉNIX: ¿Por qué? FERNANDO: Porque suyo soy. FÉNIX: ¿Pues no te ha estimado hoy? FERNANDO: Y también me ha aborrecido. FÉNIX: ¿Un día posible ha sido a desunir dos estrellas? FERNANDO: Para presumir por ellas las flores habrán venido.

Éstas, que fueron pompa y alegría despertando al albor de la mañana, a la tarde serán lástima vana, durmiendo en brazos de la noche fría. Este matiz, que al cielo desafía, iris listado de oro, nieve y grana, será escarmiento de la vida humana. ¡Tanto se emprende en término de un día! A florecer las rosas madrugaron, y para envejecerse florecieron. Cuna y sepulcro en un botón hallaron. Tales los hombres sus fortunas vieron. En un día nacieron y expiraron; que pasado los siglos, horas fueron.

FÉNIX: Horror y miedo me has dado, ni oírte ni verte quiero; sé que el desdichado primero de quien huyo un desdichado. FERNANDO: ¿Y las flores? FÉNIX: Si has hallado jeroglíficos en ellas, deshacellas y rompellas sólo sabrán mis rigores. FERNANDO: ¿Qué culpa tienen las flores? FÉNIX: Parecerse a las estrellas. FERNANDO: ¿Ya no las quieres? FÉNIX: Ninguna estimo en su rosicler. FERNANDO: ¿Cómo? FÉNIX: Nace la mujer sujeta a muerte y fortuna; y en esa estrella importuna tasada mi vida vi. FERNANDO: ¿Flores con estrellas? FÉNIX: Sí. FERNANDO: Aunque sus rigores lloro, esa propiedad ignoro. FÉNIX: Escucha, sabráslo. FERNANDO: Di.

FÉNIX: Esos rasgos de luz, esas centellas que cobran con amagos superiores alimentos del sol en resplandores, aquello viven que se duelen de ellas. Flores nocturnas son; aunque tan bellas, efímeras padecen sus ardores; pues si un día es el siglo de las flores, una noche es la edad de las estrellas. De esa, pues, primavera fugitiva ya nuestro mal, ya nuestro bien se infiere. Registro es nuestro, o muera el sol o viva. ¿Qué duración habrá que el hombre espere, o qué mudanza habrá, que no reciba de astro que cada noche nace y muere?

Vase [FÉNIX], y sale MULEY

MULEY: A que se ausente Fénix en esta parte esperé; que el águila más amante huye de la luz tal vez. ¿Estamos solos? FERNANDO: Sí. MULEY: Escucha. FERNANDO: ¿Qué quieres, noble Muley? MULEY: Que sepas que hay en el pecho de un moro lealtad y fe. No sé por dónde empezar a declararme, ni sé si diga cuánto he sentido este inconstante desdén del tiempo, este estrago injusto de la suerte, este crüel ejemplo del mundo, y este de la fortuna vaivén, mas a riesgo estoy si aquí hablar contigo me ven, que tratarte sin respeto es ya decreto del rey. Y así, a mi dolor dejando la voz, que él podrá más bien explicarse, como esclavo vengo a arrojarme a esos pies. Yo lo soy tuyo, y así no vengo, infante, a ofrecer mi favor, sino a pagar deuda que un tiempo cobré. La vida que tú me diste vengo a darte; que hacer bien es tesoro que se guarda para cuando es menester. Y porque el temor me tiene con grillos de miedo al pie, y está mi pecho y mi cuello entre el cuchillo y cordel, quiero, acortando discursos, declararme de una vez. Y así digo que esta noche tendré en el mar un bajel prevenido; en las troneras de las mazmorras pondré instrumentos que desarmen las prisiones que tenéis; luego, por parte de afuera, los candados romperé. Tú, con todos los cautivos que Fez encierra, hoy en él vuelve a tu patria, seguro de que yo lo quedo en Fez, pues es fácil el decir que ellos pudieron romper la prisión; y así los dos habremos librado bien, yo el honor y tú la vida, pues es cierto que a saber el rey mi intento me diera por traidor con justa ley; que no sintiera el morir. Y porque son menester para granjear voluntades dineros, aquí se ve a estas joyas reducido innumerable interés. Éste es, Fernando, el rescate de mi prisión, ésta es la obligación que te tengo; que un esclavo noble y fiel tan inmenso bien había de pagar alguna vez. FERNANDO: Agradecerte quisiera la libertad; pero el rey sale al jardín. MULEY: ¿Hate visto conmigo? FERNANDO: No. MULEY: Pues no des qué sospechar. FERNANDO: De estos ramos haré rústico cancel que me encubra mientras pasa.

Escóndese, y sale el REY

REY: (¿Con tal secreto Muley Aparte y Fernando? ¿E irse el uno en el punto que me ve, y disimular el otro? Algo hay aquí que temer. Sea cierto o no sea cierto mi temor procuraré asegurar.) Mucho estimo... MULEY: Gran señor, dame tus pies. REY: ...hallarte aquí. MULEY: ¿Qué me mandas? REY: Mucho he sentido el no ver a Ceuta por mía. MULEY: Conquista, coronado de laurel, sus muros; que a tu valor mal se podrá defender. REY: Con más doméstica guerra se ha de rendir a mis pies. MULEY: ¿De qué suerte? REY: De esta suerte: con abatir y poner a Fernando en tal estado que él mismo a Ceuta me dé. Sabrás, pues, Muley amigo, que yo he llagado a temer que del maestre la persona no está muy segura en Fez. Los cautivos, que en estado tan abatido le ven, se lastiman, y recelo que se amotinen por él. Fuera de esto, siempre ha sido poderoso el interés; que las guardas con el oro son fáciles de romper. MULEY: (Yo quiero apoyar agora Aparte que todo esto puede ser, porque de mí no se tenga sospecha.) Tú temes bien, fuerza es que quieran librarle. REY: Pues sólo un remedio hallé, porque ninguno se atreva a atropellar mi poder. MULEY: ¿Y es, señor? REY: Muley, que tú le guardes, y a cargo esté tuyo; a ti no ha de torcerte ni el temor ni el interés. Alcaide eres del infante, procura el guardarle bien; porque en cualquiera ocasión tú me has de dar cuenta de él.

Vase

MULEY: Sin duda alguna que oyó nuestros conciertos el rey. ¡Válgame Alá!

Sale don FERNANDO

FERNANDO: ¿Qué te aflige? MULEY: ¿Has escuchado? FERNANDO: Muy bien. MULEY: ¿Pues para qué me preguntas qué me aflige, si me ves en tan ciega confusión, y entre mi amigo y el rey el amistad y el honor hoy en batalla se ven? Si soy contigo leal, he de ser traidor con él; ingrato seré contigo si con él me juzgo fiel. ¿Qué he de hacer? ¡Valedme cielos! Pues al mismo que llegué a rendir la libertad me entrega, para que esté seguro en mi confïanza? ¿Qué he de hacer si ha echado el rey llave maestra al secreto? Mas para acertarlo bien te pido que me aconsejes. Dime tú qué debo hacer. FERNANDO: Muley, amor y amistad en grado inferior se ven con la lealtad y el honor. Nadie iguala con el rey. Él solo es igual contigo y así mi consejo es que a él le sirvas y me faltes. Tu amigo soy y porque esté seguro tu honor yo me guardaré también; y aunque otro llegue a ofrecerme libertad, no aceptaré la vida, porque tu honor conmigo seguro esté. MULEY: Fernando, no me aconsejas tan leal como cortés. Sé que te debo la vida, y que pagártela es bien; y así lo que está tratado esta noche dispondré. Líbrate tú, que mi vida se quedará a padecer tu muerte; líbrate tú, que nada temo después. FERNANDO: ¿Y será justo que yo sea tirano [e infïel] con quien conmigo es piadoso, y mate al honor, crüel, que a mí me está dando vida? No, y así te quiero hacer juez de mi causa y mi vida. Aconséjame también. ¿Tomaré la libertad de quien queda a padecer por mí? ¿Dejaré que sea uno con su honor crüel por ser liberal conmigo? ¿Qué me aconsejas? MULEY: No sé; que no me atrevo a decir sí ni no; el no porque me pesará que lo diga; y el sí porque echo de ver si voy a decir que sí, que no te aconsejo bien. FERNANDO: Sí aconsejas, porque yo, por mi Dios y por mi ley seré un príncipe constante en la esclavitud de Fez.

FIN DE LA SEGUNDA JORNADA

El príncipe constante part 7

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Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham