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MULEY: Valiente eres, español y cortés como valiente tan bien vences con la lengua como con la espada vences. Tuya fue la vida, cuando con la espada entre mi gente me venciste, pero agora que con la lengua me prendes es tuya el alma, porque alma y vida se confiesen tuyas, de ambos eres dueño; pues ya crüel, ya clemente por el trato y por las armas me has cautivado dos veces. Movido de la piedad de oírme, español, y verme preguntado me han la causa de mis suspiros ardientes. Y aunque confieso que el mal repetido y dicho suele templarse, también confieso que quien le repite quiere aliviarse, y es mi mal tan dueño de mis placeres que, por no hacerles disgusto y que aliviado me deje, no quisiera repetirle; mas ya es fuerza obedecerte, y quiérotela decir, por quien soy y por quien eres. Sobrino del rey de Fez soy, mi nombre es Muley Jeque, familia que ilustran tantos bajáes y belerbeyes. Tan hijo fui de desdichas desde mi primer oriente, que en el umbral de la vida nací en brazos de la muerte. Una desierta campaña que fue sepulcro eminente de españoles, fue mi cuna; pues para que lo confieses, en los Gelves nací el año que os perdisteis en los Gelves. A servir al rey mi tío vine, infante, pero empiecen las penas y las desdichas, cesen las venturas, cesen. Vine a Fez, y una hermosura a quien he adorado siempre junto a mi casa vivía, porque más cerca muriese. Desde mis primeros años, porque más constante fuese este amor, más imposible de acabarse y de romperse, ambos nos crïamos juntos y amor en nuestras niñeces no fue rayo, pues hirió en lo humilde, tierno y débil con más fuerza que pudiera en lo augusto, altivo y fuerte; tanto, que para mostrar sus fuerzas y sus poderes hirió nuestros corazones con arpones diferentes. Pero como la porfía del agua en las piedras suele hacer señal, por la fuerza no, sino cayendo siempre, así las lágrimas mías, porfiando tiernamente, la piedra del corazón, más que los diamantes, fuerte, labraron y no con fuerza de méritos excelentes pero con mi mucho amor, vino, en fin, a enternecerse. En este estado viví algún tiempo, aunque fue breve, gozando en auras süaves mil amoroso deleites. Ausentéme, por mi mal; harto he dicho en "ausentéme," pues en mi ausencia otro amante ha venido a darme muerte. Él dichoso, yo infelice, él asistiendo, yo ausente, yo cautivo, y libre él, me contrastara mi suerte cuando tú me cautivaste. Mira si es bien me lamente. FERNANDO: Valiente moro y galán, si adoras como refieres, si idolatras como dices, si amas como encareces, si celas como suspiras, si como recelas temes, y si como siente amas, dichosamente padeces. No quiero por tu rescate más precio de que le aceptes. Vuélvete y dile a tu dama que por su esclavo te ofrece un portugués caballero; y si obligada pretende pagarme el precio por ti, yo te doy lo que me debes, cobra la deuda de amor y logra tus intereses. Ya el caballo que rendido cayó en el suelo, parece con el ocio y el descanso que restituído vuelve; y porque sé qué es amor y qué es tardanza en ausentes, no te quiero detener. Sube en tu caballo y vete. MULEY: Nada mi voz te responde, que a quien liberal ofrece, sólo aceptar es lisonja. Dime, portugués, ¿quién eres? FERNANDO: Un hombre noble y no más. MULEY: Bien lo muestras, seas quien fueres; para el bien y para el mal soy tu esclavo eternamente. FERNANDO: Toma el caballo, que es tarde. MULEY: Pues si a ti te lo parece, ¿qué hará a quien vino cautivo y libre a sus dama vuelve?

Vase

FERNANDO: Generosa acción es dar, y más la vida.

Dentro MULEY

MULEY: ¡Valiente portugués! FERNANDO: Desde el caballo habla. ¿Qué es lo que me quieres? MULEY: Espero que he de pagarte algún día tantos bienes. FERNANDO: ¡Gózalos tú! MULEY: Porque al fin hacer bien nunca se pierde. ¡Alá te guarde, español! FERNANDO: Si Alá es Dios, con bien te lleve.

Suenan dentro cajas y trompetas

Mas, ¿qué trompa es aquesta, que el aire turba y la región molesta? Y por esta otra parte cajas se escuchan; música de Marte son las dos.

Sale don ENRIQUE

ENRIQUE: ¡Oh, Fernando! Tu persona veloz vengo buscando. FERNANDO: Enrique, ¿qué hay de nuevo? ENRIQUE: Aquellos ecos ejércitos de Fez y Marruecos son, porque Tarudante al rey de Fez socorre, y arrogante el rey con gente viene, en medio cada ejército nos tiene de modo que, cercados, somos los sitiadores y sitiados. Si la espada volvemos al uno, mal del otro nos podemos defender, pues por una y otra parte nos deslumbran relámpagos de Marte. ¿Qué haremos, pues de confusiones llenos? FERNANDO: ¿Qué? Morir como buenos, con ánimos constantes. ¿No somos dos maestres, dos infantes? . . . . . . . . . . . . [ --eses] Cuando bastara ser dos portugueses particulares, para no haber visto la cara al miedo. Pues Avis y Cristo a voces repitamos, y por la fe muramos, pues a morir venimos.

Sale don JUAN

JUAN: Mala salida a tierra dispusimos. FERNANDO: Ya no es tiempo de medios, a los brazos apelen los remedios, pues uno y otro ejército nos cierra en medio. ¡Avis y Cristo! JUAN: ¡Guerra, guerra!

Éntranse sacando las espadas, dase la batalla y sale BRITO

BRITO: Ya nos cogen en medio un ejército y otro sin remedio. ¡Qué bellaca palabra! La llave eterna de los cielos abra un resquicio siquiera, que de aqueste peligro salga afuera quien aquí se ha venido sin qué, ni para qué. Pero fingido muerte estaré un instante, y muerto lo tendré para adelante.

Échase en el suelo y sale[n don ENRIQUE Y] un moro acuchillándo[se]

MORO: ¿Quién tanto se defiende, siendo mi brazo rayo que desciende desde la cuarta esfera? ENRIQUE: Pues aunque yo tropiece, caiga y muera en cuerpos de cristianos, no desmaya la fuerza de las manos, que ella de quien yo soy mejor avisa. BRITO: (¡Cuerpo de Dios con él, y québien pisa!) Aparte

Písanle, y éntranse, y salen MULEY y don JUAN Coutiño riñendo

MULEY: Ver, portugués valiente, en ti fuerza tan grande no lo siente mi valor, pues quisiera daros hoy la victoria. JUAN: ¡Pena fiera! Sin tiento y sin aviso con cuerpos de cristianos cuantos piso. BRITO: (Yo se lo perdonara Aparte a trueco, mi señor, que no pisara.)

Vanse los dos y sale don FERNANDO, retirándose del REY y de otros moros

REY: Rinde la espada, altivo portugués; que si logro el verte vivo en mi poder, prometo . . . . . . . . . . . . .[ --eto] ser tu amigo. ¿Quién eres? FERNANDO: Un caballero soy, saber no esperes más de mí. Dame muerte.

Sale don JUAN, y pónese a su lado

JUAN: Primero, gran señor, mi pecho fuerte, que es muro de diamante, tu vida guardará puesto delante. ¡Ea, Fernando mío, muéstrese agora el heredado brío! REY: Si esto escucho, ¿qué espero? Suspéndanse las armas, que no quiero hoy más felice gloria que este preso me basta por victoria. Si tu prisión o muerte con tal sentencia decretó la suerte, de ala espada, Fernando, al rey de Fez.

Sale MULEY

MULEY: ¿Qué es lo que estoy mirando? FERNANDO: Sólo a un rey la rindiera, que desesperación negarla fuera.

Sale don ENRIQUE

ENRIQUE: ¿Preso mi hermano? FERNANDO: Enrique, tu voz más sentimiento no publique; que en la suerte importuna éstos son los sucesos de Fortuna. REY: Enrique, don Fernando está hoy en mi poder y aunque mostrando la ventaja que tengo pudiera daros muerte, yo no vengo hoy más que a defenderme, que vuestra sangre no viniera a hacerme honras tan conocidas, como podrán hacerme vuestras vidas. y para que el rescate con más puntualidad al rey se trate, vuelve tú, que Fernando en mi poder se quedará aguardando que vengas a libralle. Pero dile a Duarte, que en llevalle será su intento vano, si a Ceuta no me entrega por su mano. Y agora vuestra alteza, a quien debo esta honra, esta grandeza a Fez venga conmigo. FERNANDO: Iré a la esfera cuyos rayos sigo. MULEY: (¡Porque yo tenga, cielos, Aparte más que sentir entre amistad y celos!) FERNANDO: Enrique, preso quedo, ni a mal ni a la Fortuna tengo miedo. Dirásle a nuestro hermano que haga aquí como príncipe cristiano en la desdicha mía. ENRIQUE: ¿Pues quién de sus grandezas desconfía? FERNANDO: Esto te encargo y digo que haga como cristiano. ENRIQUE: Yo me obligo a volver como tal. FERNANDO: Dame esos brazos. ENRIQUE: Tú eres el preso, y pónesme a mí lazos. FERNANDO: Don Juan, adiós. JUAN: Yo he de quedar contigo; de mí no te despidas. FERNANDO: ¡Leal amigo! ENRIQUE: ¡Oh infelice jornada! FERNANDO: Dirásle al rey... Mas no le digas nada, si con grande silencio el miedo vano estas lágrimas lleva al rey mi hermano.

Vanse y salen dos moros, y ven a BRITO como muerto

MORO 1: Cristiano muerto es éste. MORO 2: Porque no causen peste, echad al mar los muertos. BRITO: En dejándoos los cascos bien abiertos a tajos y reveses, que "ainda mortos" somos portugueses.

FIN DE LA PRIMERA JORNADA

El príncipe constante part 4

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Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham