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REY: Calla, no me digas más, que de mortal furia lleno, cada voz es un veneno con que la muerte me das; mas sus bríos arrogantes haré que en África tengan sepulcro, aunque armados vengan sus maestres los infantes. Tú, Muley, con los jinetes de la costa parte luego, mientras yo en tu amparo llego que si, como me prometes, en escaramuzas diestras le ocupas, porque tan presto no tomen tierra, y en esto la sangre heredada muestras, Yo tan veloz llegaré como tú con lo restante del ejército arrogante que en este campo se ve. Y así, la sangre concluya tantos duelos en un día porque Ceuta ha de ser mía y Tánger no ha de ser suya.

Vase

MULEY: Aunque de paso, no quiero dejar, Fénix, de decir, ya que tengo de morir, la enfermedad de que muero; que aunque pierdan mis recelos el respeto a tu opinión, si celos mis penas son, ninguno es cortés con celos. ¿Qué retrato--¡ay enemiga!-- en tu blanca mano vi? ¿Quién es el dichoso, di? ¿Quién?... Mas espera. No diga tu lengua tales agravios. Basta, sin saber quién sea que yo en tu mano le vea, sin que le escuche en tus labios. FÉNIX: Muley, aunque mi deseo licencia de amar te dio, de ofender y injuriar, no. MULEY: Es verdad, Fénix. Ya veo que no es estilo ni modo de hablarte, pero los cielos saben que, en habiendo celos, se pierde el respeto a todo. Con grande recato y miedo te serví, quise y amé; mas si con amor callé, con celos, Fénix, no puedo. No puedo. FÉNIX: No ha merecido tu culpa satisfacción; pero yo por mi opinión satisfacerte he querido, que un agravio entre los dos disculpa tiene, y así te la doy. MULEY: Pues, ¿hayla? FÉNIX: Sí. MULEY: ¡Buenas nuevas te dé Dios! FÉNIX: Este retrato ha envïado... MULEY: ¿Quién? FÉNIX: Tarudante el infante. MULEY: ¿Para qué? FÉNIX: Porque ignorante mi padre de mi cuidado... MULEY: ¿Bien? FÉNIX: Pretende que estos dos reinos... MULEY: No me digas más. ¿Esa disculpa me das? ¡Malas nuevas te dé Dios! FÉNIX: Pues, ¿qué culpa habré tenido de que mi padre lo trate? MULEY: De haber hoy, aunque te mate, el retrato recibido. FÉNIX: ¿Pude excusarlo? MULEY: ¿Pues no? FÉNIX: ¿Cómo? MULEY: Otra cosa fingir. FÉNIX: Pues, ¿qué pude hacer? MULEY: Morir; que por ti lo hiciera yo. FÉNIX: Fue fuerza. MULEY: Más fue mudanza. FÉNIX: Fue violencia. MULEY: No hay violencia. FÉNIX: Pues, ¿qué pudo ser? MULEY: Mi ausencia, sepulcro de mi esperanza. Y para asegurarme de que te puedes mudar, ya me vuelvo yo a ausentar. Vuelve, Fénix a matarme. FÉNIX: Forzosa es la ausencia. Parte. MULEY: Ya lo está, el alma primero. FÉNIX: A Tánger, que en Fez te espero donde acabes de quejarte. MULEY: Sí, haré; si mi mal dilato. FÉNIX: Adiós, que es fuerza el partir. MULEY: Oye, ¿al fin me dejas ir sin entregarme el retrato? FÉNIX: Por el rey no le he deshecho.

Quítale el retrato

MULEY: Suelta, que no será en vano que saque yo de tu mano a quien me saca del pecho.

Vanse. Tocan un clarín, hay ruido de desembarcar, y van saliendo don FERNANDO, don ENRIQUE, don JUAN Coutiño, y soldados

FERNANDO: Yo he de ser el primero, África bella, que he de pisar tu margen arenosa, porque oprimida al peso de mi huella, sientas en tu cerviz la poderosa fuerza que ha de rendirte. ENRIQUE: Yo en el suelo africano la planta generosa el segundo pondré.

Cáe[se]

¡Válgame el cielo! Hasta aquí los agüeros me han seguido. FERNANDO: Pierde, Enrique, a esas cosas el recelo porque el caer agora antes ha sido que ya, como a señor, la misma tierra los brazos en albricias te ha pedido. ENRIQUE: Desierta esta campaña y esta sierra los alarbes, al vernos, han dejado. JUAN: Tánger las puertas de sus muros cierra. FERNANDO: Todos se han retirado a su sagrado. Don Juan Coutiño, conde de Miralva, reconoced las tierra con cuidado, ante que el sol, reconociendo el alba, con más furia nos hiera y nos ofenda, haced a la ciudad la primer salva. Decid que defenderse no pretenda, porque la he de ganar a sangre y fuego, que el campo inunde, el edificio encienda. JUAN: Tú verás que a sus mismas puertas llego, aunque volcán de llamas y de rayos, le deje al sol con pardas nubes ciego.

Vase. Sale BRITO

BRITO: ¡Gracias a Dios que abriles piso y mayos y en la tierra me voy por donde quiero, sin sustos, sin vaivenes ni desmayos! Y no en el mar adonde, si primero no se consulta un monstruo de madera --que es juez de palo, en fin, el más ligero-- no se puede escapar de una carrera en el mayor peligro. ¡Ah, tierra mía! No muera en agua yo, como no muera tampoco en tierra hasta el postrero día. ENRIQUE: [¿Qué dices loco?] [BRITO]: Una oración de fragua fúnebre, que es sermón de Berbería panegírico es que digo al agua y en emponomio horténsico me quejo porque este enojo, desde que se fragua con ella el vino, me quedó, y ya es viejo. [sin razón, sin arbitrio y sin consuelo. . . . . . . . . . . . . . . { --ejo} . . . . . . . . . . . . . . .{ --elo} . . . . . . . . . . . . . . . . { --ena} . . . . . . . . . . . . . . . . .{ --elo}.] ENRIQUE: ¡Que escuches este loco! FERNANDO: ¡Y que tu pena tanto de ti te priva y te divierte! ENRIQUE: El alma traigo de temores llena echado juzgo contra mí la suerte desde que de Lisboa, al salir solo, imágenes he visto de la muerte. Apenas, pues, al berberisco polo prevenimos los dos esta jornada, cuando de un parasismo el mismo Apolo, amortajado en nubes, la dorada faz escondió, y el mar sañudo y fiero deshizo con tormentas nuestra armada. Si miro al mar, mil sombras considero; si al cielo miro, sangre me parece su velo azul; si al aire lisonjero, aves nocturnas son las que me ofrece; si a la tierra, sepulcros representa, donde mísero yo caiga y tropiece. FERNANDO: Pues descifrarte aquí mi amor intenta causa de un melancólico accidente. Sorbernos una nave una tormenta, es decirnos que sobra aquella gente para ganar la empresa a que venimos; verte púrpura el cielo transparente es gala, no es horror, que si fingimos monstruos al agua y pájaros al viento, nosotros hasta aquí no los trajimos; pues si ellos aquí están, ¿no es argumento que a la tierra que habitan inhumanos pronostican el fin fiero y sangriento? Esos agüeros viles, miedos vanos, para los moros vienen, que los crean, no para que los duden los cristianos. Nosotros dos lo somos, no se emplean nuestras armas aquí por vanagloria de que en los libros inmortales lean ojos humanos esta gran victoria, la fe de Dios a engrandecer venimos, suyo será el honor, suya la gloria, si vivimos dichosos, pues morimos; el castigo de Dios justo es temerle, . . . . . . . . . . . . . . .[--imos.] . . . . . . . . . . . . . . .[--erle] Éste no viene envuelto en medios vanos, a servirle venimos, no a ofenderle. Cristianos sois; haced como cristianos.

Sale don JUAN

¿Pero qué es esto? JUAN: Señor, yendo al muro a obedecerte a la falda de ese monte vi una tropa de jinetes, que de la parte de Fez corriendo a esta parte vienen tan veloces, que a la vista aves, no brutos, parecen. El viento no los sustenta, la tierra apenas los siente. Y así la tierra ni el aire sabe si corren o vuelen. FERNANDO: Salgamos a recibirlos, haciendo primero frente los arcabuceros, luego los que caballos tuvieren salgan también, y su usanza, con lanzas y con arneses. Ea, Enrique, buen principio esta ocasión nos ofrece, ¡ánimo! ENRIQUE: Tu hermano soy, no me espantan accidentes del tiempo, ni me espantara el semblante de la muerte.

Vanse

BRITO: El cuartel de la salud me toca a mí guardar siempre; ¡oh, qué brava escaramuza! Ya se embisten, ya acometen, famoso juego de cañas, ponerme en cobro conviene.

Vase y tocan al arma, salen pelando don JUAN y don ENRIQUE con los moros

ENRIQUE: A ellos, que ya los moros vencido la espalda vuelven. JUAN: Llenos de despojos quedan, de caballos y de gentes estos campos. ENRIQUE: Don Fernando, ¿dónde está, que no parece? JUAN: Tanto se ha empeñado en ellos que ya de vista se pierde. ENRIQUE: Pues a buscarle, Coutiño. JUAN: Siempre a tu lado me tienes.

Vanse y salen don FERNANDO con la espada de MULEY, y MULEY con adarga sola

FERNANDO: En la desierta campaña que tumba común parece de cuerpos muertos, si ya no es teatro de la muerte, sólo tú, moro, has quedado porque, rendida, tu gente se retiró, y tu caballo que mares de sangre vierte envuelto en polvo y espuma que él mismo levanta y pierde, te dejó, para despojo de mi brazo altivo y fuerte, entre los sueltos caballos de los vencidos jinetes. Yo ufano con tal victoria, que me ilustra y desvanece más que el ver esta campaña coronada de claveles; pues es tanta la vertida sangre con que se guarnece, que la piedad de los ojos fue tan grande, tan vehemente de no ver siempre desdichas, de no mirar ruinas siempre, que por el campo buscaban entre lo rojo lo verde. En efecto, mi valor sujetando tus valientes bríos, de tantos perdidos un suelto caballo prende, un monstruo, que siendo hijo del viento, adopción pretende del fuego, y entre los dos lo desdice y lo desmiente el color, pues siendo blanco, dice el agua, "Parto es éste de mi esfera, sola yo pude cuajarle de nieve. En fin, en lo veloz, viento, rayo, en fin, en lo eminente, era por los blanco cisne, por lo sangriento era sierpe, por lo hermoso era soberbio, por lo atrevido valiente, por los relinchos lozano, y por las cernejas fuerte. En la silla y en las ancas puestos los dos juntamente, mares de sangre rompimos, por cuyas ondas crüeles este bajel animado, hecho proa de la frente, rompiendo el globo de nácar desde el codón al copete, pareció entre espuma y sangre, ya que bajel quise hacerle, de cuatro espuelas herido, que cuatro vientos le mueven. Rindióse al fin, si hubo peso que tanto Atlante sufriese, si bien, el de las desdichas hasta los brutos lo sienten; o ya fue que enternecido, entre sus instinto dijese, "Triste camino el alarbe y el español parte alegre. Luego yo contra mi patria ¿soy traidor y soy aleve?" No quiero pasar de aquí y puesto que triste vienes tanto, que aunque el corazón disimula cuanto puede por la boca y por los ojos --volcanes que el pecho enciende-- ardientes suspiros lanza y tiernas lágrimas vierte. Admirado mi valor de ver, cada vez que vuelve que a un golpe de la Fortuna tanto se postre y sujete tu valor, pienso que es otra la causa que te entristece, porque por la libertad, no era justo, ni decente, que tan tiernamente llore quien tan duramente hiere. Y así, si el comunicar los males alivio ofrece al sentimiento, entre tanto que llegamos a mi gente, mi deseo a tu cuidado, si tanto favor merece, con razones le pregunta comedidas y corteses, "Qué sientes, pues ya yo creo que el venir preso no sientes?" Comunicado el dolor se aplaca, si no se vence, y yo, que soy el que tuve más parte en este accidente de la Fortuna, también quiero ser el que consuele de tus suspiros la causa, si la causa lo consiente.

El príncipe constante part 3

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Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham