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Personas que hablan en ella:
ZARA: Cantad aquí, que ha gustado,
mientras toma de vestir
Fénix hermosa, de oír
las canciones que ha escuchado
tal vez en los baños, llenas
de dolor y sentimiento.
CAUTIVO 1: Música, cuyo instrumento
son los hierros y cadenas
que nos aprisionan, ¿puede
haberla alegrado?
ZARA: Sí,
ella escucha. Desde aquí
cantad.
CAUTIVO 2: Esa pena excede
Zara hermosa, a cuantas son,
pues sólo un rudo animal
sin discurso racional,
canta alegre en la prisión.
ZARA: ¡No cantáis vosotros?
CAUTIVO 3: Es
para divertir las penas
propias, mas no las ajenas.
ZARA: Ella escucha, cantad, pues.
Cantan
CAUTIVOS: "Al peso de los años
lo eminente se rinde
que a lo fácil del tiempo
no hay conquista difícil."
Sale ROSA
ROSA: Despejad, cautivos, dad
a vuestra canciones fin,
porque sale a este jardín
Fénix a dar vanidad
al campo con su hermosura,
segunda aurora del prado.
Vanse los cautivos y salen las moras vistiendo a
FÉNIX
ESTRELLA: Hermosa te has levantado.
ZARA: No blasone el alba pura
que la debe este jardín
la luz, ni fragancia hermosa
ni la púrpura la rosa,
ni la blancura el jazmín.
FÉNIX: El espejo.
ZARA: Es excusado
querer consultar con él
los borrones que el pincel
sobre la tez no ha dejado.
Danle un espejo
FÉNIX: ¿De qué sirve la hermosura
--cuando lo fuese la mía--
si me falta la alegría,
si me falta la ventura?
CELIMA: ¿Qué sientes?
FÉNIX: Si yo supiera,
ay Celima, lo que siento,
de mi mismo sentimiento
lisonja al dolor hiciera;
pero de la pena mía
no sé la naturaleza,
que entonces fuera tristeza,
lo que hoy es melancolía.
Sólo sé que sé sentir
lo que sé sentir no sé;
que ilusión del alma fue.
ZARA: Pues no pueden divertir
tu tristeza estos jardines,
que a la primavera hermosa
labran estatuas de rosa
sobre templos de jazmines,
hazte al mar, un barco sea
dorado carro del sol.
ROSA: Y cuando tanto arrebol
errar por sus ondas vea,
con grande melancolía
el jardín al mar dirá--
Ya el sola en su centro está
muy breve ha sido este día.
FÉNIX: Pues no me puede alegrar
formando sombras y lejos
la emulación que en reflejos
tienen la tierra y el mar;
cuando con grandezas sumas
compiten entre esplendores
la espumas a las flores,
la flores a las espumas.
Porque el jardín, envidioso
de ver las ondas del mar,
su curso quiere imitar;
y así, el céfiro amoroso
matices rinde y olores
que, soplando, en ellas bebe;
y hacen las hojas que mueve
un océano de flores;
cuando el mar, triste de ver
la natural compostura
del jardín, también procura
adornar, y componer
su playa, la pompa pierde
y, a segunda ley sujeto,
compite[n] con dulce efeto
campo azul y golfo verde;
siendo, ya con rizas plumas,
ya con mezclados colores,
el jardín un mar de flores
y el mar un jardín de espumas.
Sin duda mi pena es mucha,
no la pueden lisonjear
campo, cielo, tierra y mar.
ZARA: Gran pena contigo lucha.
Sale el REY con un retrato
REY: Si acaso permite el mal,
cuartana de tu belleza,
dar treguas a tu tristeza,
este bello original
--que no es retrato el que tiene
alma y vida--es del infante
de Marruecos, Tarudante,
que a rendir a tus pies viene
la corona. Embajador
es de su parte, y no dudo
que embajador que habla mudo,
trae embajadas de amor.
Favor en su amparo tengo.
Diez mil jinetes alista
que envïar a la conquista
de Ceuta, que ya prevengo.
Dé la vergüenza esta vez
licencia. Permite amar
a quien se ha de coronar
rey de tu hermosura en Fez.
FÉNIX: (¡Válgame Alá!) Aparte
REY: ¿Qué rigor
te suspende de esa suerte?
FÉNIX: La sentencia de mi muerte.
REY: ¿Qué es lo que dices?
FÉNIX: Señor,
si sabes que siempre has sido
mi dueño, mi padre y rey,
¿qué he de decir? (¡Ay, Muley, Aparte
grande ocasión has perdido!)
El silencio--¡ay infelice!--
hace mi humildad inmensa.
(Miente el alma, si lo piensa. Aparte
Miente la voz, si lo dice.)
REY: Toma el retrato.
FÉNIX: (Forzada Aparte
la mano le tomará;
pero el alma no podrá.
Disparan una pieza
ZARA: Esta salva es a la entrada
de Muley, que hoy ha surgido
del mar de Fez.
REY: Justa es.
Sale MULEY con bastón de general
MULEY: Dame, gran señor, los pies.
REY: Muley, seas bien venido.
MULEY: Quien penetra el arrebol
de tan soberana esfera,
y a quien en el puerto espera
tal aurora, hija del sol,
fuerza es que venga con bien,
dame, señora, la mano,
que este favor soberano
puede mereceros quien
con amor, lealtad y fe
nuevos triunfos te previene,
y fue a serviros, y viene
tan amante como fue.
FÉNIX: (¡Válgame el cielo! ¿Qué veo?) Aparte
Tú, Muley (¡Estoy mortal!) Aparte
vengas con bien.
MULEY: (No con mal Aparte
será, si a mis ojos creo.)
REY: En fin, Muley, ¿qué hay del mar?
MULEY: Hoy tu sufrimiento pruebas,
de pesar te traigo nuevas
porque ya todo es pesar.
REY: Pues cuanto supieres di,
que en un ánimo constante
siempre se halla igual semblante
para el bien y el mal...Aquí
te sienta, Fénix.
FÉNIX: Sí, haré.
REY: Todas os sentad... Prosigue
y nada a callar te obligue.
Siéntanse el REY y las damas
MULEY: Ni hablar, ni callar, podré.
Salí, como me mandaste,
con dos galeazas solas,
gran señor, a recorrer
de Berbería las costas.
Fue tu intento que llegase
a aquella ciudad famosa,
llamada en un tiempo Elisa,
aquella que está a la boca
del Freto Eurelio fundada,
y de Ceido nombre toma
--que Ceido, Ceuta, en hebreo
vuelto al árabe idïoma,
quiere decir, hermosura,
y ella es ciudad siempre hermosa--
aquélla, pues, que los cielos
quitaron a tu corona
quizá por justos enojos
del gran profeta Mahoma;
y en oprobio de las armas
nuestras, miramos agora,
que pendones portugueses
en sus torres se enarbolan
teniendo siempre a los ojos
un padrastro que baldona
nuestros aplausos, un freno
que nuestro orgullo reporta,
un Cáucaso que detiene
al Nilo de tus victorias
la corriente, y, puesta en medio,
el paso a España le estorba.
Iba con órdenes, pues,
de mirar, e inquirir todas
tus fuerzas, para decirte
la disposición y forma
que hoy tiene, y cómo podrás
a menos peligro y costa
emprender la guerra. El cielo
te conceda la victoria,
con esta restitución;
aunque la dilate agora
mayor desdicha, pues creo
que está su empresa dudosa,
y con más necesidad
te está apellidando otra;
pues las armas prevenidas
para la gran Ceuta, importa
que sobre Tánger acudan,
porque amenazada llora
de igual pena, igual desdicha,
igual ruina, igual congoja.
Yo lo sé porque en el mar
una mañana, a la hora
que, medio dormido el sol,
atropellando las sombras
del ocaso, desmaraña
sobre jazmines y rosas
rubios cabellos, que enjuga
con paños de oro a la aurora
lágrimas de fuego y nieve
que el sol convirtió en aljófar,
que a largo trecho del agua
venía una gruesa tropa
de naves; si bien entonces
no pudo la vista absorta
determinarse a decir
se eran naos, o si eran rocas,
porque como en los matices
sutiles pinceles logran
unos visos, unos lejos,
que en perspectiva dudosa
parecen montes tal vez
y tal ciudades famosas,
porque la distancia siempre
monstruos imposibles forma.
Así en países azules
hicieron luces y sombras,
confundiendo mar y cielo
con las nubes y las ondas
mil engaños a la vista,
pues ella entonces curiosa
sólo percibió los bultos,
y no distinguió las formas.
Primero nos pareció,
viendo que sus puntas tocan
con el cielo, que eran nubes
de las que a la mar se arrojan
a concebir en zafir
lluvias que en cristal abortan;
y fue bien pensado, pues
esta innumerable copia
pareció que pretendía
sorberse el mar gota a gota.
Luego de marinos monstruos
nos pareció errante copia,
que a acompañar a Neptuno
salían de sus alcobas;
pues sacudiendo las velas,
que son del viento lisonja,
pensamos que sacudían
las alas sobre las olas.
Ya parecía más cerca
una inmensa Babilonia,
de quien los pensiles fueron
flámulas que el viento azotan;
aquí ya desengañada
la vista, mejor se informa
de que era armada, pues vio
a los sulcos de las proas
--cuando batidas espumas
ya se encrespan, ya se entorchan--
rizarse montes de plata,
de cristal cuajarse rocas.
Yo que vi tanto enemigo
volví a su rigor la proa,
que también saber hüír,
es linaje de victoria.
Y así como más experto
en estos mares, la boca
tomé de una cala, adonde
al abrigo y a la sombra
de dos montecillos, pude
resistir la poderosa
furia de tan gran poder,
que mar, cielo y tierra asombra.
Pasan sin vernos, y yo
deseoso--¿quién lo ignora?--
de saber donde seguía
esta armada su derrota,
a la campaña del mar
salí otra vez, donde logra
el cielo mis esperanzas,
en esta ocasión dichosas;
pues vi que de aquella armada
se había quedado sola
una nave, y que en el mar
mal defendida zozobra
porque, según después supe,
de una tormenta que todas
corrieron, había salido
deshecha, rendida y rota.
Y así, llena de agua estaba
sin que bastasen las bombas
a agotarla, y titubeando
ya a aquella parte, ya a estotra,
estaba a cada vaivén
si se ahoga o no se ahogan.
Llegué a ella, y aunque moro,
les di alivio en sus congojas,
que el tener en las desdichas
compañía, de tal forma
consuela, que el enemigo
suele servir de lisonja.
El deseo de vivir
tanto a algunos les provoca,
que haciendo animoso escalas
de gúmenas y maromas,
a la prisión se vinieron;
si bien otros les baldonan
diciéndoles que el vivir
eternos, es vivir con honra.
Y aun así se resistieron.
¡Portuguesa vanagloria!
De los que salieron, uno
muy por extenso me informa.
Dice, pues, que aquella armada
ha salido de Lisboa
para Tánger y que viene
a sitiarla con heroica
determinación, que veas
en sus almenas famosas
las quinas que ves en Ceuta
cada vez que el sol se asoma.
Duarte de Portugal,
cuya fama vencedora
ha de volar con las plumas
de las águilas de Roma,
envía a sus dos hermanos,
Enrique y Fernando, gloria
de este siglo, que los mira
coronados de victorias,
maestres de Cristo y de Avis
son, los dos pechos adornan
cruces de perfiles blancos,
una verde y otra roja.
Catorce mil portugueses
son, gran señor, los que cobran
sus sueldos, sin los que vienen
sirviéndolos a su costa.
Mil son los fuertes caballos
que la soberbia española
los vistió para ser tigres
los calzó para ser onzas.
Ya a Tánger habrán llegado,
y esta, señor, es la hora
que si su arena no pisan,
al menos sus mares cortan.
Salgamos a defenderla
tú mismo las armas toma,
baje en tu valiente brazo
el azote de Mahoma,
y del libro de la muerte
desate la mejor hoja;
que quizá se cumple hoy
una profecía heroica
de Morabitos, que dicen
que en la margen arenosa
del África ha de tener
la portuguesa corona
sepulcro infeliz, y vean
que aquesta cuchilla corva
campañas verdes y azules
volvió con su sangre rojas.
Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham