This file was last updated on October 17, 1998
DIEGO: Cuando, llamado de vos,
aquel papel recibí,
una duda concebí;
entrando aquí, fueron dos;
tres al escucharos son.
Dejad que al remedio acuda,
si he de añadir una duda,
Beatriz, a cada renglón.
Sale don CARLOS al paño
CARLOS: (Temor, no sé lo que arguya Aparte
de esto, y es fuerza escuchar
si vienen éstos a hablar
en mi pena o en la suya.)
BEATRIZ: Mucha gana de dudar,
señor don Diego, tenéis,
supuesto que no entendéis
tan fácil modo de hablar.
Y para que a vuestro amor
ningún escrúpulo quede
de que entenderme no puede,
declárome más. Leonor
por vos su casa ha dejado,
padre, honor, vida y reposo;
a don Juan tenéis quejoso;
don Carlos está agraviado;
yo estoy de vos ofendida,
o por mi casa o por mí;
de Leonor el padre aquí
está también. Vuestra vida
corre gran riesgo; y es llano
que otro remedio no espero
que dar venganza a su acero
o dar a Leonor la mano.
Vos la amáis, ella os adora;
todos andan por mataros,
y es el remedio casaros.
¿Habéislo entendido ahora?
DIEGO: Necio fuera en no entenderos
cuando tan claro me habláis;
y si licencia me dais,
trataré de responderos.
BEATRIZ: Decid, pues.
CARLOS: (¿Qué es esto, cielos? Aparte
¿Don Diego y Beatriz se amaban?
¿Unos celos no bastaban?
¿Para qué son otros celos?
Más quiero oír; que fingido
esto no será, supuesto
que Beatriz no hablara de esto
donde yo estaba escondido.)
DIEGO: Mucho quisiera, Beatriz,
poder en aqueste instante
de amante y de caballero
dividirme en dos mitades;
porque no sé a cuál acuda
de dos afectos que, iguales,
al intentar responderos,
me sitian y me combaten.
Si como amante pretendo
daros la respuesta, es fácil
presumir que hace mi amor
de las mentiras verdades.
Y así, como quien soy sólo,
solicito hablaros antes,
pues antes, Beatriz hermosa,
fui caballero que amante.
Pensad que no hablo con vos;
que no quiero en esta parte
de vuestros celos, Beatriz,
ni de mi amor acordarme.
De mí mismo, de mi honor,
de mi obligación, mi sangre
me acuerdo sólo; y así
presumid que otro me trae
ese recado, y que a otro
respondo.
CARLOS: (¡Empeño notable!) Aparte
DIEGO: Yo vi en Madrid a Leonor.
Su hermosura pudo darme
ocasión de que asistiese
de día y de noche en su calle.
Vi, miré, pasé, escribí,
pero con desdenes tales
me trató que ya no eran
desdenes sino desaires.
Hice tema del amor,
sintiendo que me tratase
sin aquella estimación
con que las mujeres saben
despedir lo que no quieren;
que hay algunas de tal arte
que aun de los mismos desprecios
agradecimientos hacen.
Este le faltó a Leonor,
de suerte que yo, al mirarme
tan desvalido, acudí
al medio siempre más fácil,
que son las crïadas. Una,
poniéndose de mi parte,
gracias a no sé qué alhaja,
me dijo: "De lo que nacen
los desprecios de Leonor
es de que tiene otro amante."
Celos tuve, y aquí vuelvo,
contra lo propuesto, a darte
licencia de que seas tú
la que me oye, por mostrarme
honrado a tus ojos; pues
no lo es el que al infame
consuelo se da de que
otro lo que él pierde alcance.
Añadió que de secreto
con él trataba casarse,
cuyo seguro les daba
lugar para que se hablasen
de noche en su casa. Yo,
por poder, Beatriz, vengarme,
quise verlo; siendo sólo
mi ánimo que ella llegase
a saber que yo sabía
su amor, porque no ostentase
conmigo la vanidad
de no merecerla nadie.
Escondióme la crïada
de su cuarto en una parte
oculta, donde ver pude
que ella de allí a poco sale
hacia otro aposento. Quise
seguirla, por si alcanzase
a oír alguna razón
que repetirla adelante.
No seas tú aquí, que no quiero
que venganza tan cobarde
sepas de mí, como hacer
de las mujeres ultraje.
Sintióme ella; volvió a ver
quién era, y al mismo instante
entró don Carlos, de cuyo
encuentro el suceso sabes,
y así no quiero decirle.
Al fin, pues, de mucho lances
vine a Valencia, y por Dios,
--¡si en esto miento, El me falte!--
que no supe que en Valencia
Leonor estaba. Bastante
satisfacción es, Beatriz,
saber tú que vine a hablarte
la noche que fue forzoso
por ese balcón echarme.
Capaz de todo el suceso,
celosa, Beatriz, me hablaste,
y yo, por satisfacerte,
a verte volví ayer tarde.
Entró don Juan a este tiempo;
que parece que le traen
siempre a ocasión mis desdichas.
Intentando retirarme,
di con Leonor, y aunque pudo
el verla, y verla en tal traje,
suspenderme, me cobré
tanto que, por disculparme,
culpé a Leonor. Sobrevino
a tan no pensado lance
don Carlos. Pues si tú misma,
Beatriz, que es esto así sabes,
¿cómo me pides, Beatriz,
que yo con Leonor me case?
¿Mujer que me aborreció,
mujer que dio a mis pesares
ocasión con sus rigores,
mujer que con otro amante
vino a Valencia, y mujer
que, aunque en tu casa la hallase,
fue buscándote a ti, es justo
que me la proponga nadie?
Si tú en esta audiencia mía
a mejor empleo aspiraste,
y los celos de Madrid
tomas ahora por achaque,
múdate muy en buen hora,
Beatriz, pero no me cases;
que no es mujer para mí
mujer que tú me la traes.
CARLOS: (Cielos ¿qué escucho? ¿Quién vio Aparte
tan evidente, tan grande
desengaño? ¡Ay, Leonor mía!
Verdades son tus verdades.)
BEATRIZ: Y ¿qué es lo que hacer intentas
con enemigos tan grandes?
DIEGO: ¿Qué enemigos?
BEATRIZ: Yo, Leonor,
Carlos, don Juan y su padre.
DIEGO: De todos ésos, Beatriz,
sino a ti, no temo a nadie.
BEATRIZ: ¿Por qué a mí?
DIEGO: Porque me advierte
muchas cosas ver que hables
tú en esto.
Salen INÉS y GINÉS, cada uno por su puerta
GINÉS: ¡Señor!
INÉS: ¡Señora!
BEATRIZ: ¿Qué es lo que tienes?
DIEGO: ¿Qué traes?
INÉS: Mi señor viene; que yo
le he visto ahora en la calle.
GINÉS: Y es lo peor que con él
viene de Leonor el padre.
DIEGO: ¡Que destinado nací
a desdichas semejantes!
BEATRIZ: Por mi hermano no importara
que aquí te viese y te hablase;
por don Pedro sí.
GINÉS: Ellos son
de los dos más puntüales
padre y hermano que he visto.
No hay cosa en que no se hallen.
DIEGO: A esta cuadra me retiro,
mientras a su cuarto pase.
GINÉS: ¿Esto ha de ser cada día?
CARLOS: Aquí no puede entrar nadie.
DIEGO: ¡Un hombre está dentro, cielos!
BEATRIZ: ¿Hombre? ¿Quién?
GINÉS: Abindarráez
que por no quedarse hoy
sin posada, llegó antes.
DIEGO: No te hagas ahora de nuevas,
que el traerme aquí a rogarme
que me case con Leonor
bien muestra que quieres darle
satisfacción a quien es
de que tú mis bodas haces;
y ¡vive el cielo...!
BEATRIZ: Don Diego...
Sale doña LEONOR
LEONOR: Señora, ¿quién hay que cause
estas voces? Mas ¿qué miro?
BEATRIZ: No sé quién es.
DIEGO: Pues yo darte
el gusto de que lo sepas
quiero; porque, aunque me maten
todos cuantos contra mí
hoy solicitan vengarse,
he de ver quién es un hombre
tan reportado o cobarde
que a los ojos de su dama,
llamándole otro, no sale.
Sale don CARLOS
CARLOS: Eso no; que yo de atento
puedo desvïar un lance,
de cobarde no.
LEONOR: Desdichas,
¿hasta cuándo habéis de darme
siempre que sentir?
Salen don JUAN y don PEDRO
JUAN: ¿Qué es esto?
PEDRO: ¡Qué confusión tan notable!
Un enemigo buscaba,
y dos tengo ya delante.
Traidor Carlos, vil don Diego,
si no puedo en dos mitades
dividirme, para daros
dos muertes a un tiempo iguales,
poneos de un bando los dos,
para que de un golpe os mate.
JUAN: Teneos todos; que [sí] puede
de la razón el examen
mediarlo sin el acero,
componerlo sin la sangre.
¿Haos dicho Beatriz, don Diego,
el más conveniente y fácil
medio?
DIEGO: El más dificultoso
me ha dicho; que es que me case
con Leonor, y no he de hacerlo.
PEDRO: Ya, don Juan, no hay más que aguarde.
Pues no basta la razón,
baste el acero.
CARLOS: Dejadle.
Pónese don CARLOS al lado de don DIEGO
JUAN: ¿Tú le defiendes, diciendo
que no? Siendo así, ¿cómo haces
tú la fineza?
CARLOS: Don Juan,
si dijera que sí, darle
yo muerte vieras.
JUAN: ¿Por qué?
CARLOS: Porque de uno en otro instante
mejora tanto mi amor
que es fuerza que yo me case
con Leonor.
JUAN: ¿Y sus agravios?
CARLOS: Yo no satisfago a nadie.
Bástame a mí estarlo yo.
Llega, Leonor, a tu padre.
LEONOR: Señor...
PEDRO: No me digas nada;
que como mi honor restaure,
en albricias de esta dicha
perdono tantos pesares.
JUAN: Pues ¿no me diréis, don Carlos,
qué novedad visteis?
CARLOS: ¿Daisme
licencia de que lo diga?
JUAN: Sí.
CARLOS: Pues dejad que me pase
a vuestro lado.
Pónese CARLOS junto a don JUAN
¡Don Diego!
BEATRIZ: (El dice lo que oyó.) Aparte
CARLOS: Dadle
la mano a Beatriz.
DIEGO: Y el alma.
JUAN: Pues ¿cómo?
CARLOS: Esto es importante,
don Juan; con que ya sabréis
de qué mi mudanza nace;
pues si, donde está Leonor
y Beatriz, él entra y sale,
y yo caso con Leonor,
fuerza es que él con Beatriz case.
JUAN: Dichoso yo que, aunque tuve
recelos, no supe antes
el agravio que el remedio.
GINÉS: ¿Están hechas ya las paces?
Pues, Inés, boda me fecit,
para que con esto nadie
desconfíe de su dama;
que, aunque la experiencia engañe,
no siempre lo peor es cierto.
Perdonad sus yerros grandes.
FIN DE LA COMEDIA
Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham
vwilliam@u.arizona.edu