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CARLOS:            Luego hablar de él es error,
                supuesto que en mis recelos
                han de ir borrando los celos 
                cuanto pintare el amor.
                   ¿Dijisteis que había venido
                su padre?
JUAN:                      No; que no fuera
                justo que más la afligiera
                de lo que está.
CARLOS:                         Bien ha sido.
                   ¿Y qué mandasteis a Fabio?
JUAN:           Que en la posada esté, pues
                él conocido no es,
                para que leal y sabio
                   siempre a la mira estuviese
                del padre, y que procurase
                penetrar cuanto intentase.
CARLOS:         Medio muy frívolo es ése;
                   que claro es que él no dirá
                a nadie a lo que ha venido.
JUAN:           Con todo eso... Mas ¿qué ruido
                es éste?

Dentro hay ruido, y don CARLOS mira por la cerradura de la puerta
CARLOS: Ser cierto ya, don Juan, el lance mayor que sucedernos pudiera. Quien sube por la escalera es el padre de Leonor. JUAN: ¿Qué decís? CARLOS: Que yo por esa llave le vi y conocí. JUAN: ¿El padre de Leonor? CARLOS: Sí. JUAN: Pues retiraos apriesa vos a esa cuadra, que yo a recibirle saldré, y lo que intenta sabré. CARLOS: Deteneos, eso no; que no es, adonde Leonor y yo estamos, venir él lance tan poco crüel que permita mi valor dejaros. JUAN: Pues siempre os queda libre el paso a acción igual, no anticipemos el mal; dejémosle que suceda. Escuchémosle primero; retiraos de aquí. CARLOS: Sí haré; pero a la mira estaré.
Escóndese; abra la puerta don JUAN, y sale don PEDRO, vestido de camino
JUAN: ¿A quién buscáis, caballero? PEDRO: Suplícoos que me digáis, pues por caballero os toca honrarme, si don Juan Roca en casa está. JUAN: ¿Qué mandáis? Que yo don Juan Roca soy. PEDRO: Que vuestros brazos me deis, pues que vos sólo podéis ser de mis fortunas hoy puerto, a cuya confianza todas mis penas entrego, cuando a vuestra casa llego a lograr una esperanza, seguro de que ha de hallar mi infeliz tirana estrella todo cuanto busco en ella. CARLOS: (¿Qué más se ha de declarar?) Al paño JUAN: (Sin duda que ya ha sabido Aparte que don Carlos y Leonor están aquí.) Yo, señor, a mi suerte agradecido estoy, cuando así me honráis. Pero es fuerza padecer mil dudas hasta saber quién sois y qué me mandáis. PEDRO: Sentaos y quién soy, señor, de aquésta sabréis primero;
Dale una carta
luego sabréis lo que espero fïar de vuestro valor. JUAN: Del marqués mi señor es la carta. (¡Dudando estoy!) Aparte PEDRO: Leed, sabréis de ella quién soy, y mi pretensión después. JUAN: "El señor don Pedro de Lara, mi pariente y amigo, va a esa ciudad en seguimiento de un hombre de quien importa a su honor satisfacerse. Mi poca salud no me da lugar a acompañarle, pero fío que, donde vos estáis, no le hará falta mi persona. Y así os pido, que su ofensa es mía y su satisfacción corre por mi cuenta. Dios os guarde. El Marqués de Denia."

Lo que me escribe el marqués mi señor habéis oído; lo que yo respondo a esto es que aquí para serviros me tenéis a todo trance. PEDRO: ¡Guárdeos Dios! que así lo fío de las noticias que traigo y de las partes que miro en vos, con cuyo resguardo solo y secreto he venido, en confïanza no más desa carta; porque dijo el marqués que en vos tendría mi honor valedor y amigo por muchas obligaciones que a su casa habéis tenido. JUAN: Todas las confieso, y todas veréis en vuestro servicio empleadas igualmente. Pero para esto es preciso saber, señor, la ocasión que a Valencia os ha traído. (Apuremos de una vez Aparte todo el veneno al peligro.) PEDRO: Yo lo diré, si es que yo puedo acabarlo conmigo. Noble soy, don Juan, y sobre ser noble estoy ofendido. Mi enemigo está en Valencia; tras él vengo; harto os he dicho. JUAN: Y yo lo he entendido todo tan bien ya como vos mismo. PEDRO: Discreto sois, y así sólo quiero que estéis prevenido para cuando yo os avise de que de vos necesito.

Levántase
JUAN: Esperad; que falta más. PEDRO: Decid ¿qué falta? JUAN: Advertiros de que yo tengo en Valencia deudos, parientes y amigos; y así, sin saber quién es, don Pedro, vuestro enemigo, ni el marqués puede mandarme cosa contra el valor mío, ni yo ofrecer favor que resulte contra mí mismo. PEDRO: De vuestra sangre y cordura ha sido reparo digno y, aunque sea contra mí, os lo agradezco y estimo; y para que no dejemos el escrúpulo indeciso, ¿qué tenéis con un don Diego Centellas? JUAN: Ser conocido mío no más. CARLOS: (Éste es Aparte aquel competidor mío.) PEDRO: Según eso, ya el reparo es ninguno. JUAN: Así lo afirmo. PEDRO: Pues éste una noche --¡ay triste! ¡con qué dolor lo repito!-- quedó por muerto en mi casa, con que no pudo mi brío satisfacerse; que fuera villano rencor, indigno de mi valor, emplear en un cadáver los filos de mi vengativo acero; pero no tan vengativo que vida no diera muerto a quien diera muerte vivo. Llegó justicia, y yo alcé la mano al instante mismo a venganzas y querellas, porque no fuera bien visto que hombre como yo tratara de vengarse por escrito. Entre el alboroto huyó una hija mía... Al decirlo me embaraza la vergüenza. ¡Mal haya el primero que hizo ley tan rigurosa, pacto tan vil, duelo tan impío, y entre el hombre y la mujer un tan desigual partido como que esté el propio honor sujeto al ajeno arbitrio! Huyó, digo, de mi casa, y aunque de aqueste delito fueron dos los agresores, a este con dos causas sigo. La primera, que no sé del otro; y así es preciso que aquél, de quien sé primero, pruebe primero el castigo. La segunda, que, viniendo ahora por el camino, que un caballero venía recatado y prevenido con un criado y una dama en mil posadas me han dicho; y por las señas es ella; que, habiendo él convalecido y ella faltado, es muy fácil presumir que se ha valido de él en su fuga; y así, con este segundo indicio, más irritado le busco y más osado le sigo, para que así se reparen las ruinas del edificio de mi honor, que está por tierra, o para que vengativo haga que aun éstas no queden, sin que los incendios vivos de mi pecho les abrasen. Y pues mi agravio os he dicho, y ya no hay inconveniente en ayudar mis designios, después volveré a buscaros; que ahora de vos me retiro a hacer otra diligencia de que os vendré a dar aviso, como a quien ya desde aquí mi amparo ha de ser y asilo, no tanto porque a ello os mueva la carta que os he traído, cuanto por la obligación en que os pone haberme visto dar lágrimas a la tierra y dar al cielo suspiros.
Vase. Sale don CARLOS
CARLOS: ¿Quién en el mundo se vio en las dudas que me miro? JUAN: Vamos recorriendo, Carlos, lo que nos ha sucedido. CARLOS: Vos tenéis en vuestra casa a la dama de un amigo. JUAN: Hija de un hombre que hoy a valer de mí se vino. CARLOS: El amigo está también en vuestra casa escondido. JUAN: Y a efecto de que me ayude a vengar agravios míos. CARLOS: El enemigo que aquél busca es también mi enemigo. JUAN: Y yo, de todos prendado, no sé a qué me determino; de Leonor, porque es mujer; de vos, porque sois mi primo; por el marqués, de don Pedro; y de mi honor, por mí mismo. ¿Qué puedo hacer? CARLOS: Resolveros a que el tiempo ha de decirlo, obrando en los lances como se vinieren sucedidos. JUAN: Pues si habemos de esperarlos, Carlos, no hay que prevenirlos; que ellos vendrán; y hasta entonces vos, en mi cuarto escondido, sed de mi honor centinela, en tanto que yo advertido haga la deshecha fuera de que sin cuidado vivo. CARLOS: Pues adiós. (¡Piadosos cielos...!) Aparte JUAN: Adiós, pues. (¡Cielos divinos...!) Aparte CARLOS: (¡...sacadme de tantas penas!) Aparte JUAN: (¡...negadme a tantos peligros!) Aparte
Vanse cada uno por su puerta, y don CARLOS se cierra por dentro. Salen don DIEGO, y GINÉS cojeando
DIEGO: Tú has de ir. GINÉS: Yo no he de ir. DIEGO: ¿Por qué? GINÉS: Porque la más singular razón que hay para no andar es tener quebrado un pie. DIEGO: ¡Válgate Dios, qué notable estás! GINÉS: Para entre los dos me acuerda el "válgate Dios" cierto cuento razonable.

En un pozo un portugués cayó. Al verlo dijo un hombre: "¡Válgate Dios!" Y él de abajo le respondió: "¡Já nao pode!"

Fácil es la aplicación, y a propósito ha venido, si es lo mismo haber caído de pozo que de un balcón. DIEGO: ¿Yo también no salté, y no me hice daño? GINÉS: Pues ¿qué quieres, si tú quebradizo no eres y soy quebradizo yo? DIEGO: Tu poca maña condeno. GINÉS: Estreno, señor, de pies, malo para uno es lo que para otro es bueno. Con hambre y cansancio un día a una posada llegó cierto fraile, y preguntó a la huéspeda qué había que comer? "Si una gallina no mato," le dijo ella, "nada hay." "¿Quién podrá comella," respondió con gran mohina, "acabada de matar?" "Tierna estará," replicó la huéspeda, "porque yo sé un secreto singular con que se ablande." Y cogiendo la polla, que viva estaba, vio que los pies la quemaba, con que a nuestro reverendo muy blanda le pareció, y aunque el hambre pudo hacello, atribuyéndolo a aquello, en la cama se acostó. Estaba la cama dura, tanto que le tenía inquieto; y él, cayendo en el secreto, pegarla a los pies procura

la luz. Dijo, al ver la llama, la huéspeda: "¿Padre, qué es eso?" Y el dijo: "Nuestra ama, porque se ablande la cama, quemo a la cama los pies."

Así no te dé mohina que en los dos haga el secreto su efeto, porque en efeto tú eres paja y yo gallina. DIEGO: Por más que tu voz me diga, no has de escaparte, Ginés, de ir a ver a Inés. GINÉS: ¿Inés no es una fiera enemiga que anoche, con mil rigores, tras tenernos a un rincón, nos vació por un balcón al fin, como servidores? ¿Yo suyo, y tú de su ama? Pues ¡vive Dios, de no vella en mi vida...! DIEGO: Antes por ella se aseguró vida y fama de Beatriz, y agradecido debo a la fineza ser. GINÉS: Yo no, que aun agradecer no puede un hombre caído. DIEGO: Ya es notable tu extrañeza. GINÉS: Pues ¿no quieres que me enoje, señor, si a los dos nos coge tu amor de pies a cabeza? DIEGO: Por mí has de ir allá. GINÉS: Yo iré; pero por partido tomo traerte mal despacho. DIEGO: ¿Cómo? GINÉS: Como voy con muy mal pie. DIEGO: En esta esquina te espero. GINÉS: Poco tendrás que esperar, si sólo a Inés has de hablar. DIEGO: ¿Por qué? GINÉS: Porque, a lo que infiero del traje, el brío y el talle, es ella la que salió de su casa. DIEGO: Ella es, y no quisiera hablarla en la calle. Dila que en este portal estoy, que se llegue aquí.

Retírase junto al paño. Sale INÉS con manto
INÉS: (Desde la ventana vi Aparte a don Diego, y aunque es tal mi temor, le hablaré; pues, fiada en la industria mía, mi ama echadiza me envía.) GINÉS: ¿Qué importa, traidora Inés, lo tapadillo, si el brío va diciendo a voces que eres coliflor de las mujeres? INÉS: ¿Qué es aquesto, Ginés mío? GINÉS: Esto es cojear. INÉS: Ya lo veo. Pero ¿de qué achaque es? GINÉS: De un achaque tuyo, Inés. INÉS: Mientes como un cojifeo. GINÉS: Mi achaque fue tu balcón; luego claramente arguyo que es mi achaque achaque tuyo. INÉS: Negara la conclusión, a no ir en cas de Violante a un recado; y no quisiera que contigo hablar me viera nadie de casa. GINÉS: Al instante que te hable mi señor en esta parte, no más que una palabra, te irás. INÉS: Aqueso fuera peor; que si mi ama supiera que le hablaba, me matara.
Llega don DIEGO
DIEGO: ¿Por qué, Inés? INÉS: Porque es tan rara su cólera y es tan fiera la ira que tiene contigo, que no tomar me ha mandado papel tuyo ni recado. DIEGO: Pues, INÉS, ¿tanto castigo para quien la adora? INÉS: Darte quisiera ahora... DIEGO: ¿Por qué? Di. INÉS: ...porque no adores aquí y ofrezcas en otra parte. GINÉS: Si cesa la indignación con decir los enojados: "Mandaré a cuatro criados que os echen por un balcón" y ella, con mandarlo a una sola criada, nos echó tan a la letra que yo voy cojeando, ¿mi fortuna qué más quiere? DIEGO: ¿Tú también eres, Inés, contra mí? INÉS: Esto que te digo aquí sé allá disfrazar más bien; que sabe Dios si me cuesta más de dos pesares ya disculparte. DIEGO: Pues si está tanto en mi favor dispuesta tu voluntad, haz, Inés, que sólo un instante vella pueda yo. INÉS: En eso está ella. DIEGO: Y fía de mí, después de esto, que ahora te da mi amor la satisfacción.
Dale un bolsillo
INÉS: Para mí excusadas son estas cosas. GINÉS: ¡Claro está! INÉS: Y porque veas que tengo gana de servirte, haré una cosa: yo diré que ya del recado vengo, y pues ya empieza a cerrar la noche, y mi amo está fuera, tú a sólo que yo entre espera; que, dejándome al entrar la puerta abierta... DIEGO: ¡Ay Inés! ¡Hoy nueva vida me das! INÉS: ...entrarte tras mí podrás, y obre fortuna después. DIEGO: Dices bien, y yo te sigo. GINÉS: ¡Ay Inés, lo que te quiero! INÉS: ¿Habla vusted, caballero, con el bolsillo o conmigo? GINÉS: Con quien quisieres que sea; mas ponle a mi parte nombre. INÉS: Quita; que no hablo yo a hombre que sé de qué pie cojea. DIEGO: Sígueme, Ginés. GINÉS: ¿Yo? DIEGO: Sí. GINÉS: ¿Adónde? DIEGO: Conmigo ven. GINÉS: El diablo me lleve, amén, si yo pasare de aquí. ¿Qué me quieres encerrado? Si es por saltar uno más, en la calle me hallarás, y haz cuenta que ya he saltado. DIEGO: Ese temor me ha advertido que irme solo es lo mejor. GINÉS: Es muy cuerdo ese temor, y haz cuenta que ya he partido.
Vanse. Salen doña BEATRIZ y doña LEONOR

No siempre lo peor es cierto part 6

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Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham

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