This file was last updated on October 17, 1998


JORNADA SEGUNDA


Salen don CARLOS y FABIO
CARLOS: ¿Está todo prevenido? FABIO: Ya la ropa y las maletas tengo aparejadas, sólo falta que las postas vengan. CARLOS: Más falta. FABIO: ¿Qué es? CARLOS: Que don Juan que hoy he de partirme sepa, para que de él me despida. FABIO: Pues ¿no sabe que hoy te ausentas? CARLOS: No; ni él ni Leonor lo saben; que anoche aun no tenía esta resolución. FABIO: Pues yo iré a avisarle. CARLOS: Aguarda, espera; que él parece que ha tenido de mi pensamiento nuevas, pues a la posada viene antes casi que amanezca.
Sale don JUAN
¿Tan de mañana, don Juan? Pues ¿qué madrugada es ésta? JUAN: Lo mismo puedo deciros. ¿Dónde vais con tanta priesa? CARLOS: Anoche, cuando volví de vuestra casa, en aquesta posada supe que hay en Vinaroz dos galeras de Italia, y perder no quiero la ocasión de irme con ellas, porque no veo la hora de hacer de Leonor ausencia; que, aunque yo por verla muero, muero también por no verla. Y ya que queda segura, tengo por la acción más cuerda volver a todo la espalda. Y así, con vuestra licencia, don Juan, pienso partir hoy. JUAN: Si yo, don Carlos, pudiera o concederla o negarla, fuera muy gran conveniencia de mi dolor poder antes negarla que concederla. CARLOS: ¿Cómo? JUAN: Como me importara deteneros en Valencia unos días alma y vida. CARLOS: ¡Fabio! FABIO: ¿Señor? CARLOS: Cuando vengan las postas, despediráslas.
Vase FABIO
Ved, don Juan, con cuánta priesa son vuestros preceptos, antes que preceptos, obediencias. ¿Qué hay de nuevo? JUAN: ¿Estamos solos? CARLOS: Sí. JUAN: Pues cerrad esa puerta.
Cierra la puerta don CARLOS
CARLOS: Ya lo está. ¿Qué es esto? JUAN: Es una desdicha, una pena tan grande, Carlos, que solo vos podéis de mi saberla como mi amigo, porque soy mitad del alma vuestra, y como mi sangre, Carlos, por ser en los dos la mesma. Mirad cuánto de un día a otro muda la inconstante rueda de la fortuna las cosas. Ayer en vuestras tragedias venisteis de mí a valeros, y hoy en las mías es fuerza que yo me valga de vos. ¡Oh cuán villana, cuán necia es mi desdicha, pues cobra con tanta priesa la deuda! CARLOS: ¿Desde anoche acá hubo causa que a tan grande extremo os mueva? JUAN: Después que anoche salisteis de mi casa, porque en ella ni vos quisisteis quedaros ni yo quise haceros fuerza, y después que con instancias no dejasteis que viniera con vos, traté recogerme; y recorriendo las puertas de mi casa, que es en mí costumbre y no diligencia, en mi cuarto me entré, donde mil ilusiones diversas me desvelaron --de suerte que entre confusas ideas apenas dormir quería, cuando dispertaba a penas-- cuando oigo --¡tiemblo al decirlo!-- que en una cuadra de afuera una ventana se abría. Presumiendo que por ella alguna criada hablaba, quise averiguar quién era, abriendo, sin hacer ruido, de mi ventana la media; pues, oyendo una razón o tomando alguna seña, sin escándalo podía poner en el daño enmienda. A nadie en la calle vi, con que casi satisfechas mis dudas se persuadieron a que el viento hacer pudiera el ruido. Pero ¡qué poco dura el bien que un triste piensa! Pues por el balcón a este tiempo vi que se descuelga un hombre. Acudí volando a tomar una escopeta, y por prisa que me di, ya otro y él daban la vuelta a la calle, a cuyo tiempo cerraron, porque aun aquella o tibia o fácil o vana imaginación siquiera de que eran ladrones no me quedase, viendo que eran cómplices del hurto iguales los que huyen y el que cierra. Quise arrojarme tras ellos, mas, viendo con cuánta priesa y ventaja iban, hallé que era inútil diligencia. Conocer quién era quise la que vestida y despierta a aquellas horas estaba, y abriendo --¡ay de mí-- la puerta de mi cuarto, el de mi hermana cerrado hallé; de manera que llamar a él no era más, pues todas en mi presencia habían de alborotarse, que, equivocando las señas, el semblante de la culpa ponérsele a la inocencia y advertir para adelante; siendo la acción menos cuerda que hace un ofendido, cuando no está en términos la ofensa, darla a entender con decirla para no satisfacerla. Yo no he de hacer en mi casa novedad; de la manera que hasta aquí me vieron todos me han de ver, tan sin sospecha que hasta mi mismo semblante sabré hacer que el color mienta. Pero para este recato tener un amigo es fuerza afuera, si estoy en casa, o en casa, si estoy afuera. Pues si he de fiarme de otro, ¿de quién con mayor certeza que de vos que, como dije, sois mitad del alma mesma, y como deudo y amigo os toca tanto mi afrenta? Y así, para averiguarlo, oíd lo que mi pecho intenta. Dentro de mi cuarto yo tengo una cuadra pequeña con libros y con papeles, donde jamás sale o entra criado alguno. Aquí escondido, don Carlos...pero a la puerta llaman.
Llaman dentro
CARLOS: Esperad. ¿Quién es? FABIO: Yo soy, señor; abre apriesa. Dentro CARLOS: Si ves que tengo cerrado, ¿por qué llamas?
Sale FABIO
FABIO: Porque sepas una grande novedad, de que importa darte cuenta. CARLOS: ¿Qué es? FABIO: Estando de esta casa esperándote a la puerta, llegó de camino el padre de Leonor, a ver si en ella posada había. CARLOS: ¿Qué dices? FABIO: Lo que he visto; considera si es cosa para que oculta un instante te la tenga, y más habiéndole dicho que sí, y apeádose ahí fuera, donde te ha de ver, si sales. CARLOS: ¿Hay desdicha como ésta? Sin duda en mi seguimiento y de Leonor a Valencia viene. JUAN: ¿Conóceos él? CARLOS: Sí. JUAN: Pues mira tú cuándo pueda
A FABIO
salir de aqueste aposento don Carlos, sin que le vea, y avisa. FABIO: Ahora podrá; que él en el cuarto se entra que le han dado. JUAN: Pues salgamos de aquí una vez; que allá fuera veremos qué hemos de hacer. CARLOS: Salgamos, don Juan, apriesa. JUAN: Vamos a mi casa, adonde ya es de los dos conveniencia estar en ella escondido. CARLOS: ¡Qué de temores me cercan! JUAN: ¡Qué de cuidados me afligen! CARLOS: ¡Ay, Leonor, lo que me cuestas!
Vanse. Salen doña BEATRIZ e INÉS
BEATRIZ: Inés, nada me digas; que a más dolor mi sentimiento obligas. INÉS: Pues, habiendo salido del empeño de anoche tan sin ruido que, sin que en casa nadie lo sintiera, a don Diego y Ginés echamos fuera, ¿qué es lo que ahora te aflige? BEATRIZ: Tú de mi llanto mi pasión colige. ¿Qué importa que saliesen, sin que mi hermano ni Isabel los viesen, si después mis desvelos quedaron sin temor, mas no sin celos? ¿Viste, Inés, en tu vida desvergüenza mayor que la fingida confianza y tristeza con que a significarme la fineza que ausente había tenido llegó don Diego, habiendo yo sabido cuanto le había pasado en Madrid, de otra dama enamorado? INÉS: Él no nos oye ahora, y así por él he de volver, señora. ¿Qué querías que hiciera en Madrid, que es el centro y es la esfera de toda la lindura, el aseo, la gala y la hermosura, un caballero mozo que le apunta el dinero con el bozo y está, cuando más ama, cincuenta y tantas leguas de su dama? Ya pagó su pecado bastantemente en cas de aquella moza, puesto que, sin venir de Zaragoza, vino descalabrado; y así, aunque Amor en tu opinión le culpa, en la mía la ausencia le disculpa. BEATRIZ: No son mis celos, no, tan poco sabios que no sepan, Inés, que los agravios que tocan en el gusto y no en la fama tienen perdón en quien de veras ama; y si verdad te digo, diera por verle disculpar conmigo... No sé lo que me diera. ¡Loca estoy, muerta estoy! INÉS: Aguarda, espera; que si ése es tu deseo, yo te lo cumpliré, pues nada creo que embarazarnos puede que, cuando te entre a ver, aquí se quede. No hay ya que hacer extremos, pues que la escapatoria [nos] sabemos. BEATRIZ: Sí, pero no quisiera que mi amor tan rendido conociera, Inés, que imaginase que yo sobre mis quejas procurase a sus disculpas la ocasión. INÉS: A todo remedio hay. BEATRIZ: ¿De qué modo? INÉS: De este modo; yo le diré que estás tan enojada, tan ofendida y tan desesperada que una y doscientas veces me has mandado no admitir papel suyo ni recado; mas que, no obstante, sólo por hacelle gusto, me he de atrever... BEATRIZ: ¿A qué? INÉS: A ponelle donde te pueda hablar; con que consigo tres cosas: la una, que él se vea contigo; la otra, que tú rogarle no parezca; y la otra, que él a mí me lo agradezca. BEATRIZ: Inés, yo estoy celosa; cuerda eres; harto he dicho; haz tú allá lo que quisieres; y en esta parte más no discurramos, porque Isabel no entienda lo que hablamos.
Sale doña LEONOR con unos lazos en una bandeja
LEONOR: Aquestas son, señora, las flores que mandaste hacer. BEATRIZ: Ahora gusto, Isabel, no tengo para nada; yo las veré después. LEONOR: ¡Qué poco agrada quien sirve sin estrella! BEATRIZ: Menos agrada quien amó sin ella.
Vase
LEONOR: ¿Qué es esto, Inés? ¿Qué tiene nuestra ama? INÉS: Esto es, amiga, reventar de dama. Tiene una hipocondría con que de una hora a otra cada día muda mil pareceres. Oye, ve y calla, si agradarla quieres.
Vase
LEONOR: Harto oigo y harto veo y harto callo también. Loco deseo, ¿para qué neciamente persuadirme procuras que aquí, ausente de mi casa, mi patria y padre, puedo perder ya más a mi desdicha el miedo, si está tan cerca el daño que es locura aguardar el desengaño, y me pone tan lejos la esperanza que es locura tener la confïanza en lo instable del tiempo? Pues decía uno que enfermo de mi mal estaba: "¡Ay triste del que fía su cura al tiempo!," porque examinaba que es remedio, aunque sabio, tan incierto que ya el mal le había muerto cuando a curarle el médico llegaba, matando mil para uno que sanaba. ¿Quién jamás se habrá visto --¡mal el dolor, mal la pasión resisto!-- en tan mísero estado como yo, sin haber --¡ay de mí!-- dado ocasión a fortuna tan tirana, pues nunca fue...?
Sale don JUAN
JUAN: Isabel, ¿qué hace mi hermana? LEONOR: En su cuarto, señor, --¡oh pena fuerte!-- está. JUAN: Pues hablaréte de otra suerte, si sola estás. ¿Qué hacías, Leonor bella? LEONOR: Lo que siempre: quejarme de mi estrella. ¿Has visto a Carlos? JUAN: Sí; porque no fuera justo... LEONOR: ¿Qué? JUAN: Que sin verle se partiera. LEONOR: Luego ¿ya se ha partido? JUAN: Sí, Leonor. LEONOR: ¿Sin haberse despedido de mí? ¡Qué poco a sus finezas debo! JUAN: No, Leonor, con afecto ahora nuevo dejes tu entendimiento fácilmente llevar del sentimiento. Yo estoy en guarda tuya, y no sin causa tu discurso arguya que, de mí defendida, por ti he de aventurar honor y vida. LEONOR: No dudo esa fineza de tu valor, tu sangre y tu nobleza; y porque sepas cuánto, don Juan, fío de tan hidalgo y noble ofrecimiento, puesto que el pecho mío no es posible negarse al sentimiento, dame, señor, licencia para que en tanta pena, en dolor tanto me retire a llorar de tu presencia; que no es razón que descortés mi llanto pierda a tus confïanzas el decoro. No llore yo, sabiendo tú que lloro.
Vase
JUAN: (¡Qué cuerdamente decía Aparte aquel sabio que entre el ver padecer y el padecer ninguna distancia había! Díjela que se había ido Carlos, que encerrado ya dentro de mi cuarto está, porque él y yo hemos querido que nadie sepa este grave empeño; porque en efeto ninguno guarda un secreto mejor que el que no le sabe. Fuera de que, estando aquí hoy el padre de Leonor, para todos es mejor.) ¡Carlos!
Sale don CARLOS
CARLOS: ¿Estáis solo? JUAN: Sí; que no entrara acompañado. CARLOS: ¿Habéis hablado a Leonor? JUAN: Sí, Carlos; y de su amor y de su virtud me han dado bastante satisfacción sus lágrimas. Ha sentido pensar que os habéis partido con tan discreta pasión que he llegado a persuadirme, aunque el indicio la culpa, que ella está, Carlos, sin culpa. CARLOS: Poco tenéis que decirme en eso; pero aunque yo el desengaño deseo, mientras no le toco y veo, ¿tengo de creerle? JUAN: No.

No siempre lo peor es cierto part 5

Return to COMEDIA home page

Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham

vwilliam@u.arizona.edu