This file was last updated on October 17, 1998


NO SIEMPRE LO PEOR ES CIERTO


Personas que hablan en ella:


JORNADA PRIMERA


Salen don CARLOS y FABIO, vestidos de camino
CARLOS: ¿Diste el papel? FABIO: Sí, señor; y con notable alegría dijo que al punto vendría a esta posada. CARLOS: Y Leonor ¿habráse ya levantado? FABIO: Aun no ha abierto su aposento. CARLOS: Pues llama en él, porque intento darla parte del cuidado con que a asegurar me atrevo su vida y su honor aquí, por lo que me debo a mí, no por lo que a ella la debo. Llama, pues; que ya es hora de que despierte.
Sale doña LEONOR
LEONOR: Eso fuera si yo, don Carlos, durmiera; pero quien padece y llora desdenes de una fortuna tan crüel, tan inclemente, tan a todas horas siente que no descansa en ninguna. ¿Qué me quieres? CARLOS: Informarte de cómo en tan triste suerte trata mi amor defenderte, ya que no es posible amarte. Sabrás... LEONOR: No prosigas, no; pues sea justo o no sea justo, basta saber que es tu gusto para obedecerle yo. Que, aunque en pena semejante atento te considero a la ley de caballero, primero que a la de amante, en mí no hay más elección, más gusto, más albedrío que el tuyo; siendo éste el mío, ¿para qué es la relación? CARLOS: ¡Oh, qué bien esa humildad, hermosa Leonor, viniera, si de voluntad naciera, y no de necesidad! LEONOR: A quien ya le ha persuadido la apariencia de un engaño tarde o nunca el desengaño pondrá su queja en olvido; y más cuando él de su parte tan poco hace por creer que pudo o no pudo ser. CARLOS: No trates de disculparte; que no has de poder, Leonor. LEONOR: Haz una cosa por mí, por ser la última que aquí ha de deberte mi amor. CARLOS: Sí haré; sal de ese cuidado. Dime, pues, lo que deseas. LEONOR: Escúchame, y no me creas después de haberme escuchado. CARLOS: Con aquesa condición, sí haré. Prosigue, pues; di. ¿Qué es lo que quieres de mí? LEONOR: Solamente tu atención. CARLOS: Aguarda. ¡Fabio! FABIO: ¿Señor? CARLOS: Si viniere el caballero que llamaste, entra primero, porque se esconda Leonor.
Vase FABIO
Prosigue ahora. LEONOR: Ya sabes, Carlos mío... Mal empiezo, pues yendo a decir verdades, hube de empezar mintiendo. Descuido fue; ¡ay Dios! ¡Cuál debe de andar mi amor acá dentro, pues, de cuanto arroja fuera, hasta el descuido es requiebro! Ya sabes, digo otra vez, la ilustre sangre que tengo, por la estimación que has visto en mis padres y en mis deudos. También sabes que por mí, Carlos, no la desmerezco, aunque quieran mis desdichas deslucir mis pensamientos. ¡Oh, cuánto en esta materia cobarde estoy, conociendo que contra mí hasta la misma verdad sospechosa tengo! Pues quien me viere venir peregrinando a otro reino en poder de un hombre mozo, y dé este con tal despego tratada que las finezas que a su ilustre sangre debo aun no las debo yo, pues él se las debe a sí mesmož ¿cómo creerá que sin culpa tantas desdichas padezco, cuando al primero que obligo es el primero que ofendo? Pero ¿qué importa, qué importa que en lo aparente y supuesto se conjuren contra mí estrella, fortuna y tiempo, si en la verdad han de hallarse todos de mi parte, haciendo lo que el sol con el eclipse, que, aunque borre sus reflejos, aunque perturbe sus rayos, no por eso, no por eso deja, a pesar de las sombras, de salir después, venciendo la vaga interposición que ya le juzgaba muerto? Y al fin contra cuantas nieblas mi esplendor deslucen, pienso coronarme victoriosa; y hasta llegar este efecto, hoy, a pesar de sus iras, a atar el discurso vuelvo. En la corte, patria mía, --¡oh, pluguiera al mismo cielo hubiera sido al nacer mi cuna y mi monumento!-- Carlos, me viste una tarde que, a San Isidro saliendo con unas amigas mías por amistad o por deudo, llegaste a hablarlas y, dando licencias el campo--atento a mi hermosura dijera, si pensara que la tengo-- de galán y de entendido juntaste los dos extremos, haciendo la cortesía capa del atrevimiento. Continuaste desde entonces en mi calle los paseos, en mi reja los suspiros, de día y de noche siendo la estatua de mis umbrales y la sombra de mi cuerpo. Solicitaste crïadas y amigas, que son los medios comunes de amor, a quien debiste que tus afectos oyese, para escucharlos, si no para agradecerlos. ¡Cuántos días te costó de finezas y desvelos que leyese un papel tuyo! Tú lo sabes; y así quiero, dejando empeños menores, ir a mayores empeños. Enterada yo de que fuesen, Carlos, tus intentos tan lícitos que aspiraban sólo a fin de casamiento, admití, menos crüel que debiera, tus deseos; pero con aquel seguro bastante disculpa tengo en lo ilustre de tu sangre, lo honrado de tus respetos, lo galán de tu persona y lo sutil de tu ingenio. Ya nuestra correspondencia entablada, en el silencio de la noche, porque a él solo se fïaba el amor nuestro, nos hablábamos por una reja de mi cuarto; y viendo que no dejaba de ser escándalo a los que, necios, de sus cuidados se olvidan por cuidar de los ajenos, tratamos que desde entonces entrases al aposento de un criado, donde yo hablarte podía sin miedo. De esta vil curiosidad que tantos daños ha hecho, pues los peligros de afuera enmienda con los de adentro, una noche que veniste más tarde que otras--no quiero hablar, que no es ocasión, en si otro divertimiento más gustoso te detuvo, pues al fin yo le agradezco la novedad de venir al daño y no venir presto-- entraste en mi casa, y cuando, quejoso mi sentimiento, desconfïada mi fe, te esperaba con aquellos dulces desaires de amor que entre confianza y miedo hacen el cariño más porque le descubren menos, apenas una palabra pude hablarte, cuando siento dentro de mi cuarto ruido y a saber quién era vuelvo. Tú, pensando que sería desdén estudiado, a efecto de castigar tu tardanza, me seguiste, cuando--¡ay cielos!-- vi--¡mátame mi memoria!-- que--¡con qué dolor me acuerdo!-- un--¡con qué pena lo digo!-- hombre--¡ahógame mi aliento!-- embozado--¡qué desdicha!-- hacia mí...
Sale FABIO
FABIO: Aquel caballero que enviaste a llamar aguarda ahí fuera. CARLOS: Éntrate allá dentro; que no quiero que te vea hasta después. LEONOR: ¡Que hasta en esto hube de ser desdichada, pues, aun para este pequeño alivio de hablar siquiera, hubo de faltarme tiempo! CARLOS: Hoy verás cuánto es en vano querer disculparte. FABIO: Presto, si has de esconderte; que entra. CARLOS: Tú salte allá fuera luego;
A LEONOR
y tú escucha lo que hablamos. LEONOR: ¡Qué poco a mi estrella debo! CARLOS: Menos debo yo a la mía, pues lo que me dio la he vuelto.
Escóndese doña LEONOR y vase FABIO. Sale don JUAN
JUAN: ¡Don Carlos, primo! CARLOS: Los brazos me dad, don Juan. JUAN: Aunque tengo para negarlos razón, conmigo acabar no puedo que valga la queja más que vale el gusto de veros. ¿Vos en Valencia, don Carlos, y no en mi casa? ¿Qué es esto? Pues ¿cómo se hace este agravio a amistad y parentesco? CARLOS: La queja, don Juan, estimo, como es justo; pero tengo la disculpa tan a mano que habéis de olvidarla presto. ¿Cómo estáis? JUAN: Para serviros siempre, a todo trance expuesto. CARLOS: ¿Vuestra hermana y prima mía? JUAN: Salud goza; mas dejemos el cumplimiento, por Dios; que es un hidalgo muy necio. ¿Qué venida es esta, Carlos? ¿Qué hay en la corte de nuevo? CARLOS: ¿Qué ha de haber? Desdichas mías, de que en vano voy huyendo; pues dondequiera que voy allí, don Juan, las encuentro. JUAN: Con eso que me habéis dicho me habéis crecido el deseo de saber qué causa os trae tan despulsado el aliento. CARLOS: Yo vi una hermosura, y yo la amé, don Juan, tan a un tiempo todo, que entre ver y amar aun no sé cuál fue primero. Rendido ostenté finezas, constante sufrí desprecios, fino merecí favores, celoso lloré tormentos; que éstas son las cuatro edades de cualquier amor; pues vemos que en brazos del desdén nace, crece en poder del deseo, vive en casa del favor y muere en la de los celos. Entraba de noche a hablarla de un criado al aposento que corresponde a su cuarto; escuchamos pasos dentro, volvió ella, y yo tras ella, o recelando o temiendo que fuese su padre, cuando vimos un hombre cubierto que de su cuarto venía a hurto sus pasos siguiendo. "¿Quién es?" dijo. Él respondió: "Quien sólo quiso ver esto." Yo nada hablé, porque a vista de mi dama y de mis celos remití toda la voz a la lengua del acero. Saqué la espada y, cerrando los dos, a morir resueltos, quiso, no sé bien si diga piadoso o crüel, el cielo que de una herida cayese en la tierra, para hacernos iguales las suertes; pues nos vimos a un punto mesmo, muerto de la herida él, y yo del agravio muerto. Bien pensaréis que ésta es sola mi desdicha y que el suceso para en que yo delincuente me vengo a Valencia, huyendo del rigor de la justicia. Pues no, don Juan, pues no es eso; que ahora empieza el más extraño, el más notable, el más nuevo lance de amor que jamás dio la cadena a su templo. Al ruido de las espadas, de la dama los extremos, dieron las crïadas gritos; despertó su padre a ellos; consideradme a mí ahora, sobre declarados celos, conjurando contra mí su familia a un noble viejo, desmayada aquí mi dama, y allí mi enemigo muerto. En este trance me hallaba cuando ella--¡ay de mí!--volviendo del desmayo, me pidió su vida amparase. ¡Ah cielos, qué bien hace la mujer que, habiendo de hacer un yerro, lo fía de buena sangre! Dígalo yo, pues en medio de su traición y mi agravio dispuse acudir primero al reparo de su vida que no al de mi sentimiento. "Sígueme presto," la dije; y haciendo muro mi pecho, salí con ella a la calle, donde las alas del miedo nos ampararon de suerte veloces que en un momento en cas de un embajador tomamos seguro puerto. Envié a llamar un criado que, informado de secreto de todo, volvió a decirme que el hombre era un caballero forastero, que en la corte estaba a seguir un pleito, cuyo nombre, aunque le oí, por ahora no me acuerdo; que la herida en la cabeza le privó el sentido, pero, aunque con poca esperanza de vida, no estaba muerto, sino en otra casa, adonde le llevó un alcalde preso; que, habiendo sabido que era yo el agresor del suceso, mi hacienda estaba embargando. Ya añadió después a esto que el padre, como hombre al fin prudente, advertido y cuerdo, ni querella ni otra alguna diligencia había hecho, porque su venganza sólo librada tenía en su esfuerzo. Yo, viéndome, pues, cercado de penas y en un empeño tan grande como amparar la causa de ellas, resuelvo salir de Madrid, adonde pueda vivir por lo menos sin temor de la justicia, ni de su padre y sus deudos. Y así, lleno de pesares y de obligaciones lleno, acordándome de vos, de vos a valerme vengo. Yo, don Juan, traigo conmigo aquesta dama, a quien tengo de salvar la vida a costa de todos mis sentimientos. En dejándola segura, pues ésta es en todo riesgo mi primera obligación, podrán mis desdichas luego acudir a la segunda; pues la segunda que tengo es huir de esta enemiga que como noble defiendo, que como quejoso obligo, como enamorado quiero y como ofendido huyo; y en dos contrarios extremos, acudiendo a las dos partes, de amante y de caballero, enamorado la adoro y celoso la aborrezco; cuyas dos obligaciones tan cabal la acción han hecho que desde Madrid aquí, si no es hoy, juraros puedo que no la hablé dos palabras; porque no quise que en tiempo ninguno de mí dijese la fama que pudo menos mi valor que mi apetito; que es hombre bajo, que es necio, es vil, es ruin, es infame el que solamente atento a lo irracional del gusto y a lo bruto del deseo, viendo perdido lo más, se contenta con lo menos. Mirad vos cómo en Valencia, con otro nombre supuesto, podrá vivir esta dama, en qué casa, en qué convento, en qué retiro, en qué aldea, donde vereis que la dejo lo poco que traer conmigo pude para su sustento; que a mí me basta esta espada; pues al instante, al momento que ella asegurada quede, yo tengo de ir de ella huyendo. A Italia a servir al Rey me pasaré, donde al cielo le pido que la primera bala acierte con mi pecho, porque con mi vida acaben de una vez tantos recelos, tantas penas, tantas ansias, agravios y sentimientos, que como noble las huyo y como amante las siento.

No siempre lo peor es cierto part 2

Return to COMEDIA home page

Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham

vwilliam@u.arizona.edu