Last updated November 6, 1997


NO HAY BURLAS CON EL AMOR,
de Pedro Calderón de la Barca


Personas que hablan en ella:


ACTO PRIMERO


            Salen Don ALONSO de Luna y MOSCATEL muy triste

ALONSO: ¡Válgate el diablo! ¿Qué tienes, que andas todos estos días con mil necias fantasías? Ni a tiempo a servirme vienes, ni a propósito respondes; y, por errarlo dos veces, si no te llamo, pareces, y si te llamo, te escondes. ¿Qué es esto? Dilo. MOSCATEL: ¡Ay de mí! Suspiros que el alma debe. ALONSO: Pues ¿un pícaro se atreve a suspirar hoy así? MOSCATEL: Los pícaros ¿no tenemos alma? ALONSO: Sí, para sentir, y con rudeza decir de su pena los extremos; mas no para suspirar; que suspirar es acción digna de noble pasión. MOSCATEL: Y ¿quién me puede quitar la noble pasión a mí? ALONSO: ¡Qué locuras! MOSCATEL: ¿Hay, señor, más noble pasión que amor? ALONSO: Pudiera decir que sí; mas, para ahorrar la cuestión que "no" digo. MOSCATEL: ¿Que no? Luego, si yo a tener amor llego, noble será mi pasión. ALONSO: ¿Tú, amor? MOSCATEL: Yo amor. ALONSO: Bien podía, si aquí tu locura empieza, reírme hoy de tu tristeza más que ayer de tu alegría. MOSCATEL: Como tú nunca has sabido qué es estar enamorado; como siempre has estimado la libertad que has tenido, tanto, que en los dulces nombres de amor fueron tus placeres burlarte de las mujeres y reírte de los hombres; como jamás a ninguna quisiste, y más te acomodas a engañar, señor, a todas que hacer elección de una; como eres (en el abismo de amor jugando a dos manos, potente rey de romanos) mal vencedor de ti mismo, de mí te ríes, que estoy de veras enamorado. ALONSO: Pues yo no quiero crïado tan afectüoso. Hoy de casa te has de ir. MOSCATEL: Advierte... ALONSO: No hay para qué advertir. MOSCATEL: Mira... ALONSO: ¿Qué querrás decir? MOSCATEL: Que se ha trocado la suerte al paso, pues siempre dio el teatro enamorado el amo, libre el crïado. No tengo la culpa yo de esta mudanza, y así deja que hoy el mundo vea esta novedad, y sea yo el galán, tú el libre. ALONSO: Aquí hoy no has de quedar. MOSCATEL: ¿Tan presto, que aun de buscar no me das otro amo tiempo? ALONSO: No hay más de irte al instante.

Sale don JUAN

JUAN: ¿Que es esto? MOSCATEL: Es pagarme mi señor el tiempo que le he servido con haberme despedido. JUAN: ¿Con Moscatel tal rigor? ALONSO: Es un pícaro, y ha hecho la mayor bellaquería, bajeza y alevosía que cupo en humano pecho, la más enorme traición que haber pudo imaginado. JUAN: ¿Qué ha sido? ALONSO: ¡Hase enamorado! Mirad si tengo razón de darle tan bajo nombre, pues no hace alevosía, traición ni bellaquería, como enamorarse un hombre. JUAN: Antes pienso que por eso le debierais estimar, que diz que es dicha alcanzar, y yo por tal lo confieso. ¿Crïados enamorados? Un hombre que se servía de dos mozos, y los veía necios y desaliñados, nada en su enmienda buscaba como es decirlos a ratos: "¡Enamoraos, mentecatos!" que estándolo, imaginaba que cuerdos fuesen después, y aliñados; y, en efecto, ¿qué acción, qué pasión, qué afecto, decid, si no es amor, es el que al hombre da valor, el que le hace liberal, cuerdo y galán? ALONSO: ¡Pesia tal! De los milagros de amor la comedia me habéis hecho, que fue un engaño culpable, pues nadie hizo miserable, de avaro y cobarde pecho al hombre, si no es amor. JUAN: ¿Qué es lo que decís? ALONSO: Oíd, y este discurso advertid; veréis cuál prueba mejor. El hombre que enamorado está, todo cuanto adquiere para su dama lo quiere, sin que a amigo ni a crïado acuda, por acudir a su gusto; luego es miserable amando, pues no es, ni se puede decir virtud, lo que no es igual, y miserable no ha habido mayor, que el que sólo ha sido con su gusto liberal. Que hace osados es error, pues nadie contra su fama entra en casa de su dama que no entre con temor. ¡Cuántos cobardes han sido de miedo de no perdellas; cuántos, mirando por ellas, mil desaires han sufrido! Luego, si gusto u honor hacen sufrir y callar, nadie me podrá negar que hace cobardes amor. Pues si privan los sentidos los favores o desprecios, bien claro está que hace necios, puesto que hace divertidos; pues que si se llega a ver o desdeñado o celoso el hombre más cuidadoso de lucir y parecer, desde aquel punto se deja descaecer, sin acudir al parecer y al lucir, y sólo aliña su queja. Luego amor en sus cuidados hace, con causas mudables, cobardes y miserables, necios y desaliñados. Y en fin, sea así o no sea así, no quiero mozo que ama y que, por servir su dama, deje de servirme a mí. JUAN: A vuestra sofistería nada quiero responder, don Alonso, por no hacer agravio a la pena mía del amor; y si en su historia discurro, temo quedar vencido, y no quiero dar yo contra mí la victoria. A buscaros he venido para consultar con vos un pesar; mas viendo, ¡ay Dios!, que de mi amor ha nacido, le callaré, porque quien da a un crïado tal castigo, mal escuchará a un amigo. ALONSO: No escuchará sino bien; que no es todo uno, don Juan, ser vos el enamorado, o el bergante de un crïado; que vos sois noble, galán, rico discreto y, en fin, vuestro es amar y querer; mas ¿por qué ha de encarecer el amor la gente ruín, y a quién no da enojo y risa que haya en el mundo (¡qué errores!) quien diga con hambre amores, y requiebre sin camisa? Y porque sepáis de mí que trato de un mismo modo burlas y veras, a todo me tenéis, don Juan, aquí. Salte allá fuera. JUAN: Dejad que me escuche Moscatel, porque a vos os busco y a él. ALONSO: Pues, proseguid. JUAN: Escuchad: Ya, don Alonso, sabéis cuán rendido prisionero de la coyunda de amor, el carro tiré de Venus, tan fácil victoria suya que no sé cuál fue primero, querer vencer o vencerme, que un tiempo sobró a otro tiempo. Ya sabéis que la disculpa de tan noble rendimiento fue la beldad soberana, fue el soberano sujeto de doña Leonor Enríquez, hija del noble don Pedro Enríquez, de quien mi padre amigo fue muy estrecho. Este, pues, milagro hermoso, este, pues, prodigio bello es la dicha que conquisto, es la gloria que deseo. No os digo que venturoso amante, ¡ay de mí!, merezco favores suyos, que fuera descortés atrevimiento que los merezco decir; que aunque es verdad que los tengo, tenerlos es una cosa, y otra cosa merecerlos. Y así, que los tengo, digo; que los merezco, no puedo; que es conseguir lo imposible dicha, y no merecimiento. Con este engaño, llevado en las alas del deseo, lisonjeado de la noche, aplaudido del silencio, festejado de las sombras, a quien más favores debo que al sol, que a luz, que al día, vivo de saber que muero, hasta que más declarado pueda a rostro descubierto pedirla a su noble padre, de quien no dudo ni temo que me la dé, porque iguales haciendas y nacimientos, no hay que esperar, donde amor tiene hechos los conciertos. La causa de no pedirla y casarme desde luego con ella, es (aquí entra agora la pensión de este contento, el subsidio de esta dicha, y el azar de aqueste encuentro) tener Leonor una hermana mayor, y como no es cuerdo discurso querer que case a la segunda primero, no me declaro con él, porque si a pedirle llego alguna de sus dos hijas (que claro está que no tengo de decir a la que adoro), por ser la mayor, es cierto que me ha de dar a Beatriz; y si digo que no quiero sino a Leonor, es hacer sospechoso mi deseo, despertando la malicia que hoy yace en profundo sueño, y quizá perder la entrada que agora en su casa tengo, si no es ya que está perdida con el más triste suceso de amor, que me pasó anoche, pues la pena con que vengo buscándoos... Oídme, que aquí os he menester atento. Beatriz, de Leonor hermana, es el más raro sujeto que vio Madrid, porque en él, siendo bellísima, y siendo entendida, están echados a perder, por los extremos de una extraña condición, belleza y entendimiento. Es doña Beatriz tan vana de su persona, que creo que en su vida a ningún hombre miró a la cara, teniendo por cierto que allí no hay más que verle ella y caerse muerto; de su ingenio es tan amante que, por galantear su ingenio, estudió latinidad e hizo en castellano versos; tan afectada en vestirse que en todos los usos nuevos entra, y de ninguno sale. Cada día por lo menos se riza dos o tres veces, y ninguna a su contento. Los melindres de Belisa, que fingió con tanto acierto Lope de Vega, con ella son melindres muy pequeños; y con ser tan enfadosa en estas cosas, no es esto lo peor, sino es hablar con tan estudiado afecto que critica impertinente varios poetas leyendo; no habla palabra jamás sin frase y sin rodeos; tanto que ninguno puede entenderla sin comento. La lisonja y el aplauso que la dan algunos necios, tan soberbia, tan ufana la tienen que, en un desprecio de la deidad del amor, comunera es de su imperio. Este tema a todas horas, este enfado a todos tiempos aborrecible la hacen tanto, que no hay dos opuestos tan contrarios como son las dos hermanas, haciendo por instantes el estrado la campaña de su duelo. Ha dado, pues (yo no sé si es necia envidia o si celo), en asistir a Leonor, de suerte que no hay momento que no ande al alcance suyo, sus acciones inquiriendo tanto que al sol de sus ojos es la sombra de su cuerpo. Anoche, pues, en su calle entré embozado y secreto, y, haciendo al balcón la seña donde hablar con Leonor suelo, la ventana abrió Leonor, y yo a la ocasión atento llegué a hablarla; pero apenas la voz explicó el concepto que estudiado y no sabido no me cabía en el pecho, cuando tras ella Beatriz salió, y con notable estruendo la quitó de la ventana, dos mil locuras diciendo, que si yo entendí el estilo con que las dijo, sospecho que fueron que ella a su padre diría el atrevimiento. No sé si me conoció, y así cuidadoso temo el saber o no saber en qué ha parado el suceso, por cuya causa no voy a visitarle, temiendo su enojo; pero tampoco a dejar de ir me resuelvo, porque si acaso ha llegado a su noticia mi intento, la vida del dueño mío no dudo que corra riesgo. Y así, porque en irme o estarme hay peligro, elijo un medio, que es enviar este papel disimulado y secreto, que aun no va de letra mía, para cuyo efecto quiero a Moscatel que le lleve, valiéndose de su ingenio, y se la dé a Inés, crïada de Leonor, porque no siendo conocido por crïado mío, no hay que tener miedo. Y así que le deis licencia, don Alonso, es lo que os ruego, y que conmigo en la calle os halléis, porque si llego a saber que está Leonor en peligro, estoy resuelto a sacarla de su casa aunque todo el mundo entero lo estorbe; y para esta acción he elegido el valor vuestro. Mi amigo sois, don Alonso, y bien conocido tengo que las burlas del buen gusto son las veras del acero. No como amante os obligo, no como amigo os pretendo; como caballero, sí, pues basta ser caballero para que a un hombre valgáis que está a vuestras plantas puesto.

No hay burlas con el amor part 2

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Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham