This file last updated July 18, 1999

ELVIRA:           ¿Qué sientes?
ANA:                            Que ya estoy muerta,             
               aunque, para consolarme,
               la muerte quiere matarme,
               y parece que no acierta.
               Mal mis desdichas concierta.
               Díjome Félix que amaba
               a Nísida, y que aspiraba,
               Elvira, a casar con ella,
               y que yo a Nísida bella
               dijese que la adoraba.
                  Si él de veras la quisiera,
               a pesar de sus enojos,
               con el alma y con los ojos
               su sentimiento dijera;
               no esperara que yo fuera;
               pero más desentendida,
               con respuesta agradecida,
               quizá le despertaré
               una verdadera fe
               de una voluntad fingida.

Sale don FÉLIX
FÉLIX: Si hace Amor que una alegría dos pechos distintos mueva, ¡plegue a Dios que sea tu nueva, hermana, como la mía! En albricias te traía lo que ya decirte quiero, porque así obligarte espero; que no fuera trato justo que negaras tú mi gusto, sabiendo el tuyo primero. Hermana, casada estás; deseoso de tu bien, por mujer te pide quien te estima y te quiere más. Mira qué albricias me das de tu estado y de tu aumento. Vuélveme a dar tu contento.
Hablan aparte doña ANA y ELVIRA
ANA: Elvira, sin duda ha sido César el que me ha pedido. ¡Qué dichoso casamiento!
Vase ELVIRA
Que he de obedecerte es llano; y así no dudes que aquí puedes disponer de mí como padre y como hermano. Si tanto en servirte gano, oye lo que me pasó. A Nísida dije yo los suspiros que te cuesta, y fue la mejor respuesta... FÉLIX: ¿Qué? ANA: ...que no me respondió. Si a quien se llega a decir tu pasión la voz esconde, es señal, pues no responde, que le queda más que oír. Vuelve de nuevo a sentir; Tarde o nunca se libró mujer que una vez oyó. Prosigue, Félix; que bien responde callando quien oyendo no respondió. FÉLIX: ¿Qué dicha a mi dicha iguala? Mas término injusto fuera que, con tan buena tercera, esperara nueva mala.
Sale ELVIRA
ELVIRA: Don César está en la sala; dice que te quiere hablar. FÉLIX: Tú te puedes retirar. ANA: (Pues viene tan descubierto, Aparte sin duda mi bien es cierto. Desde aquí quiero escuchar.)
Retíranse doña ANA y ELVIRA
FÉLIX: Don César, mucho agraviáis esta casa, pues en ella, sabiendo vos que lo es, no entráis como en propia vuestra. ANA: (Ya como hermanos se tratan.) Aparte CÉSAR: Yo me detuve a la puerta por esperar, como es justo, que me diérades licencia. Don Félix, bien conocéis de mis padres la nobleza, de mi vida las costumbres y cantidad de mi hacienda. El crïado que más quiere el príncipe soy; bien muestra en mí su poder, pues hace mucho de nada su Alteza. En su casa me ha crïado, haciendo desde edad tierna confïanza en mi persona, como en mi ingenio experiencia. No volví el rostro a las armas, por inclinarme a las letras; que valor y estudio vieron la campaña y las escuelas. Al fin, para no cansaros, soy vuestro amigo, y quisiera asegurar la amistad. ANA: (Aquí sin duda conciertan Aparte lo que ya tienen tratado; quiero escuchar atenta.) CÉSAR: Mi intención y mi deseo, bien que atrevimiento sea, más claro que las razones, os habrán dicho las muestras; que, informándoos tan despacio, haber discurrido es fuerza el fin, pues en vuestra casa no tenéis más que una prenda. Confieso que, a ser del mundo señor, aun no mereciera mirarla; soberbia ha sido, mas disculpada soberbia. Perdonad; y si os obligan mi calidad y mis prendas, servíos con mis deseos, y honradadme con su belleza. ¿Qué pensáis? ¿Qué os suspendéis? ANA: (Parece que ahora empiezan Aparte lo que ya tienen tratado.) FÉLIX: Saben los cielos, don César, lo que estimo y agradezco vuestro deseo, y quisiera que de secretos del alma dieran las razones muestra. A ningún hombre del mundo con más gusto la ofreciera que a vos, porque sois mi amigo; mas no hay razón donde hay fuerza. No os puedo dar a mi hermana y no ha un hora que pudiera, que eso habrá que está casada. Tarde habéis venido, César. ANA: (¡Cielos! ¿Qué es esto que escucho?) Aparte CÉSAR: Si pensáis de esa manera castigar no haberos dicho antes de ahora mis penas, yo quedo bien castigado; bastan, don Félix, las pruebas, pues que nunca llega tarde conocimiento que llega. A tiempo estáis de enmendar esas pasadas ofensas; y pues no habéis ignorado que os está bien que esto sea, no desechéis la ocasión. FÉLIX: Ni ignoro vuestra nobleza, ni que a mí me está muy bien honrar mi casa con ella; pero solamente ignoro en qué razón os ofenda para enmendarlo. ¡Por Dios, que está casada! Quisiera poder deciros con quién. Y aquí ahora, por más señas, a mi hermana la decía de su casamiento, y ella, por ser mi gusto, lo oyó muy alegre y muy contenta. ANA: (¿Qué es esto, cielos? Elvira, Aparte esto me importa, aunque sea atrevimiento terrible. Hoy tengo de hablar a César.) CÉSAR: (¿Doña Ana alegre y casada, Aparte y yo con vida? ¡Paciencia, pues si no pierdo la vida es porque a doña Ana pierda!) Don Félix, bien os vengáis de mis deseos, pues eran aspirar a tanta gloria, y al fin me dejáis sin ella. Pues fue tan corta mi suerte que no pude merecerla, y mi señora doña Ana está casada y contenta, el nuevo dueño la goce tantos años que no tenga memoria de ellos la muerte. ELVIRA: (Mas, ¿qué presto se consuelan Aparte los hombres en sus desdichas!)
Hablan aparte doña ANA y ELVIRA
ANA: ¡Ay, Elvira, quién pudiera hablar a César! ELVIRA: Aguarda; veamos si mi industria llega a lograrlo de esta suerte.
Sale ELVIRA
ELVIRA: Un hombre espera a la puerta, diciendo que quiere hablarte. FÉLIX: Perdonadme, y dad licencia de ver quién es; que ya vuelvo al instante. CÉSAR: Id norabuena.
Vase don FÉLIX
¿Hasta cuándo, hados impíos, habéis de afligirme?
Sale doña ANA
ANA: César, ¿qué es esto? CÉSAR: Desdichas mías, que con tirana violencia el alma oprimen. ANA: Escucha; que nunca mi fe pudiera negar lo mucho que estimo.
Al paño habla don FÉLIX saliendo; y doña ANA se retira apriesa
FÉLIX: No vi a nadie. ELVIRA: Ya dio vuelta. ANA: (¡Infeliz de quien la falta Aparte tiempo aun de hablar en sus penas!)
Vase
FÉLIX: Hasta la calle salí. ELVIRA: Yo te aseguro que vuelva, si te ha menester.
Vase
CÉSAR: Don Félix, encareceros quisiera lo agradecido que estoy a mi desdicha, pues ella me ha dado aquí un desengaño tan grade, que no pudiera con otro satisfacerme. Casada doña Ana bella está, que ya no lo dudo; ruego a los cielos que sea con el gusto que deseo para mí. FÉLIX: Mirad, don César, que soy muy amigo vuestro, y que por eso no cesa mi amistad. CÉSAR: No, pues la mía en el mismo estado queda.
Vanse. Sale ALEJANDRO
ALEJANDRO: Cuando de mi confuso pensamiento, necio Amor, locos casos imagino, menos me atrevo y más me determino, que sobra amor y falta atrevimiento. Desconocido a mi valor, intento a un agravio remedio peregrino; y, animándole, apenas adivino verdugo de mi infamia el sentimiento. Olvido ingrato, agradecido adoro, aborrezco cobarde, amo atrevido, llamo y me huyo, quiero y no deseo; canto mis penas, y mis glorias lloro. ¿Qué mucho viva o muera arrepentido, si he de perder la vida o el deseo?
Sale LÁZARO
LÁZARO: Mandóme don César que buscase a don Félix; por- que quiere hablarle, y aunque me ha costado mucho tor- mento, a don Félix no hallé, ni ahora a mi señor tampoco hallo en toda la ciudad. Ellos me han de volver loco; mas si va a decir verdad, ellos tiene que hacer poco. Mas aquí el príncipe está. ALEJANDRO: ¡Lázaro! LÁZARO: Buen caballero te faltó. ALEJANDRO: ¿Cómo va? LÁZARO: Ya puedes ver. ALEJANDRO: ¿Qué hay? LÁZARO: No hay dinero; y así, no sé cómo va. Remendaba con estilo sus calzones un mancebo. Yo, que le acechaba, vilo, y pregunté, "¿Qué hay de nuevo?" Y él respondió, "Sólo el hilo." Yo a decirle no me atrevo, porque aun el hilo no es nuevo; pero, mirándome así, un famoso arbitrio di. ALEJANDRO: Si fue tuyo, ya le apruebo. LÁZARO: ¿Puesto en uso no se ve traer calzones de bayeta? Pues yo fui quien lo inventé, que soy Adán de esta seta. ALEJANDRO: ¿Y de qué manera fue? LÁZARO: Si el saberlo te desvela, yo unos calzones tenía muy rotos, y con cautela, faltóme la tela un día, y púseme la entretela. Agradó el gusto, y no lejos del mío, muchos después admitieron mis consejos; así que cuanto hoy ves todos son calzones viejos. ALEJANDRO: ¡Quién, para poderte oír, no tuviera que sentir!
Vase
LÁZARO: Ríe el pobre, el rico llora, y así en este mundo ahora todo es llorar y reír.
Sale don CÉSAR

Nadie fíe su secreto, part 9

Return to COMEDIA home page

Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham

vwilliam@u.arizona.edu