This file last updated July 16, 1999

CÉSAR:            Pues que te he escuchado atento
               hasta castigar mi culpa,
               y no escuchas la disculpa,
               habré de decirla al viento.
                  Sabe el mismo amor si lloro
               tu ausencia, y que en ella muero.
               Sabe el alma si te quiero.
               Sabe el cielo si te adoro.
                  No ha sido soberbia mía;
               que la ocasión me quitó
               mi desdicha, porque vio
               que yo no la merecía.
                  Y si esta ocasión perdida
               sospechas que me mudó,
               viva despreciado yo,
               y no estés arrepentida.
                  Que yo quiero, pues he sido
               en venturas desdichado,
               ser más cuerdo despreciado
               que necio favorecido.
                  De día vengo, y lo sería
               para mí, aunque noche fuera;
               pues en viéndote, saliera
               claro el sol, alegre el día.
                  Hasta verle me ha tenido
               el príncipe, que ha rondado
               la ciudad.  Esto ha pasado;
               tu hermano testigo ha sido.
                  Verdad es; si el merecer
               piensas que me ha de olvidar,
               vuélveme tú a despreciar,
               y vuelva yo a padecer.
                  Seamos extremos los dos;
               yo amante y tú ingrata seas;
               escúchame, y no me creas.

Vuelve doña ANA a la reja
ANA: Y eso ¿es verdad? CÉSAR: ¡Sí, por Dios! Pero. ¿en efecto creíste que yo pudiera olvidarte? ANA: ¿Y tú, quizá por vengarte, a voces no me dijiste que ya estaba arrepentida de quererte? Pues ¿por qué pusiste duda en la fe, sólo a tu gusto rendida? Ya el sol con sus luces dora las cumbres, y le hacen salva a un tiempo, con risa el alba, con lágrimas el aurora. Tarde es; yo daré ocasión de hablarnos, y no la pierdas. CÉSAR: Si de mis penas te acuerdas, glorias mis desdichas son. ANA: Vete. CÉSAR: Adiós, mi prenda amada. ANA: Él te guarde, y deje ver. CÉSAR: ¿Oyes? ANA: ¿Qué quieres? CÉSAR: Saber si quedas muy enojada. ANA: Gustos serán mis enojos, estando juntos los dos. CÉSAR: Adiós, mi enojada. ANA: Adiós, enojado de mis ojos.
Vase don CÉSAR, retírase doña ANA, y quedan ELVIRA y LAZARO
LÁZARO: Y ella, ¿qué me dice a mí? ¿No tiene estudiado nada de enojito? ELVIRA: ¿Yo enojada? ¿Por qué causa? LÁZARO: Porque sí, por que lo está su señora; que yo, porque mi señor amor tiene, tengo amor. ELVIRA: No le he entendido hasta ahora. LÁZARO: El día que mi amo tiene alegría, alegre estoy; si va triste, triste voy; vengo amante, si él lo viene; si tiene celos, celoso me verás; y si le han dado enojo, estaré enojado. Mas si amoroso, amoroso; con desdén, tendré desdén; amaré cuando él amare; y el día que él olvidare yo te olvidaré también. Seremos sombra los dos, sea justo o no sea justo, a la forma de tu gusto. ELVIRA: Y eso ¿es verdad? LÁZARO: ¡Sí, por Dios! Y pues ellos han reñido, riñamos los dos. ELVIRA: ¿Por qué? LÁZARO: Por si hubiere para qué. Escóndete, y yo ofendido llamaré como mi amo. ELVIRA: Pues si yo una vez me escondo, ¿qué va que no le respondo? LÁZARO: ¿Y qué va que no la llamo?
Vanse. Salen don FÉLIX y ALEJANDRO
FÉLIX: Parece que está triste, divertido consigo vuestra Alteza. ALEJANDRO: La pena que en mí asiste no es tristeza. ¡Ojalá fuera tristeza la que ofende mi vida, y no una confusión mal entendida! ¡Qué de veces sucede hacerse mil por remediar un daño! ¡Oh, dichoso el que puede rendirse a la verdad de un desengaño, dando, más advertido, a libres gustos cárceles de olvido!
Salen don CÉSAR, don ARIAS y LAZARO
CÉSAR: Quedó al fin satisfecha. ARIAS: Con el príncipe está don Félix. CÉSAR: Creo que quien no se aprovecha de la ocasión no estima su deseo; y es más segura ésta para dar el papel y traer respuesta. Aquí a doña Ana envío nuevas satisfacciones con la vida, porque dé al amor mío la ocasión que le tiene prometida. Toma, Lázaro, y mira si puedes por la calle hablar a Elvira; que pues estás seguro de don Félix, bien puedes descuidado. LÁZARO: Entrar dentro procuro de su casa, fingiendo algún recado; que pues él no está en ella, fácil será, señor, hablarla y vella.
Vase
FÉLIX: Don César y don Arias han llegado. ALEJANDRO: Su plática he entendido; mil confusiones varias pone una confusión a mi sentido. ¿Qué es lo que se trataba? ARIAS: César, señor, un cuento me contaba. ALEJANDRO: Oí algunas razones, aunque no le entendí, y saber deseo, por quitar confusiones, el cuento en qué paró. CÉSAR: (¿Qué es lo que veo?) Aparte Mal tu Alteza porfía en saberle; que no es tristeza mía; alegre estoy ahora. ALEJANDRO: Y, ¿qué fué? CÉSAR: De mí mismo desconfío; don Arias no le ignora; él le dirá mejor, y yo le fío que él la verdad te diga.
Hablan don ARIAS y don CÉSAR aparte
ARIAS: Con estas confïanzas más me obliga; pero ya llega tarde. CÉSAR: Mira lo que le dices, y no sea algo que me acobarde. ARIAS: Diréle una mentira que no crea el que la verdad mira cuál sea la verdad, cuál la mentira. ALEJANDRO: ¿Qué hay, don Arias?
Se apartan don ARIAS y ALEJANDRO
ARIAS: Airada la halló con mil razones rigurosas, pero desengañada quedó en fin a disculpas amorosas. Un papel la ha enviado, viendo que está don Félix ocupado; de éste respuesta espera, y otra ocasión. ALEJANDRO: ¿Ha mucho? ARIAS: En este instante. ALEJANDRO: ¿Hay confusión más fiera? Remediar ese daño es importante; que si el papel recibe, ¿quién duda los amores que la escribe? El papel me da celos, y temor la ocasión que en él aguarda. ¿Qué es lo que miro, cielos? Esto me anima, aquello me acobarda.
Se acerca nuevamente a CÉSAR
En fin, ¿eso ha pasado? CÉSAR: Don Arias la verdad te habrá contado. ALEJANDRO: Dejando aquesto aparte, don Félix, por no darte aquesta pena, excusaba contarte que, de pasión y de congoja llena, un desmayo a doña Ana ha dado. FÉLIX: ¿Con desmayo mi hermana? ALEJANDRO: Nísida me lo dijo; yo, por no apasionarte, lo encubría. FÉLIX: Más con eso me aflijo. ALEJANDRO: Dígolo ahora, viendo que podía importar tu presencia. FÉLIX: Iré a verla, señor, con tu licencia.
Vase
ALEJANDRO: (Eso es lo que deseo, Aparte que vayas a estorbarla que le escriba.) CÉSAR: (¡Cielos! ¿Qué es lo que veo?) Aparte ALEJANDRO: (Y cuando presunción de esto reciba, Aparte diré que engaño era del nombre. ¡Ay, si de amor sólo lo fuera!) Aparte
Vase
CÉSAR: Pues, don Arias, ¿qué es esto? ¿Qué pena o qué desdicha rigurosa es en la que me has puesto? ARIAS: ¡Cúlpame a mí! Por Dios, que es linda cosa, tras haberte servido con lo que agora al príncipe he mentido. Él me dijo que había oído "don Félix y doña Ana hermosa." Y como ya tenía el camino cogido, fue forzosa ocasión hablar de ellos, y el desmayo arrastré por los cabellos. CÉSAR: Si él a Lázaro halla con doña Ana, ¿qué haré? ARIAS: No habrá llegado Lázaro para hablalla; que Félix volará con el cuidado; y gran ventaja arguye quien corre al que anda, y a quien corre el que huye. CÉSAR: Ello es desdicha mía, pues la ocasión perdida desengaña que ha de ser mi alegría mi pena, y el remedio quien me daña. Y pues no hay otro medio, máteme el mal, pues muero del remedio.
Vanse. Salen doña ANA y ELVIRA
ELVIRA: ¿Acabaste de escribir? ANA: Escribí, mas no acabé; que antes pienso que empecé en cada letra a sentir. Quise en una breve suma cifrar mi pena crüel; puse encontrado el papel, y tomé al revés la pluma. En tanto que amor penetra las razones, le doblé; y al poner la pluma, fue un borrón la primer letra. Y yo dije, "Mi pasión letras hace a su contento, que mal puedo el mal que siento decirle, sino en borrón." Confusa y dudosa estaba qué principio tomaría y, aunque muchos prevenía, ninguno me contentaba. ¿No has visto en una redoma salir el agua con pena menos, cuando está más llena, hasta que algún viento toma? Así fui; porque al sentir tantas cosas concurrieron que unas a otras sirvieron de estorbo para salir. Y yo, que confusa miro su impedimento, porque pudieran salir, tomé el viento con un suspiro. Digo, en efecto, que hoy, por darle, más declarada, ocasión menos notada, a ver a mi quinta voy. Mas abierto está, y mejor sabrás lo que dice dél.
Sale don FÉLIX, y ANA se turba, viéndole
ELVIRA: ¡Mi señor! Guarda el papel. ANA: ¡Ay de mí! FÉLIX: Bien el color turbado que, haciendo pausa, hoy tu belleza condena, de tu dolor y mi pena me están diciendo la causa. Pues cuando presente tengo esta desdicha infelice, ella claramente dice el cuidado con que vengo. ¿Qué es esto? ANA: Hermano, no ha sido cosa ninguna. FÉLIX: No ciegues mis ojos, ni mi mal niegues; que ya todo lo he sabido. Y, aunque tu pena quisiera disimular mi disgusto, este sentimiento injusto por fuerza me lo dijera. Ya sé todo lo que pasa, bien me lo puedes decir; que no fue en vano venir a tales horas a casa. ANA: No darte pena pretendo; que sabe el cielo mejor que no te agravia mi amor. FÉLIX: Menos agora te entiendo. Si por desmentir mi pena, hermana, fingiendo estás, ¿cómo me disculparás verte de pasiones llena? ¿Qué tienes? ANA: No son indignos mis deseos. FÉLIX: Bueno va; con el accidente está diciendo mil desatinos.
Hablan doña ANA y ELVIRA aparte
ANA: Elvira, ¿qué puedo hacer? ELVIRA: Negar en toda ocasión; que es mucha la dilación del sospechar al saber. FÉLIX: ¿Qué es esto, Elvira? ELVIRA: Señor, un desmayo que la ha dado de esta suerte la ha dejado, sin aliento y sin color. FÉLIX: Luego fue mi pena cierta; que eso fue lo que temí. ELVIRA: Yo te aseguro que aquí la hemos tenido por muerta. Y, aunque todavía estaba de pena y congoja llena, por excusarte tu pena, la suya disimulaba. FÉLIX: Hermana, no fue el fingir tu pasión honrarme en ella; pues me alegro de sabella para ayudarla a sentir. Y, aunque holgarme es maravilla de lo que es propio disgusto, me alegro ya por el gusto que he de tener en sentilla. Mas, ¿para qué me decías que los tuyos, por rodeos, no son indignos deseos, ni que en tu amor me ofendías? ANA: Aunque encubrirte pensó mi amor esta pena fiera, si Elvira no la dijera, dijera la verdad yo. Mas como encubrir deseo tu pena, dije, señor, que no te ofendía mi amor, ni era indigno mi deseo. FÉLIX: ¿De qué, hermana, procedió ese tirano accidente? ANA: (Él aprieta bravamente; Aparte pero enmendarélo yo.) Un ruido en la calle oí, estando muy descuidada, y entonces, algo turbada, a la ventana salí. Vi que estaban a la puerta mil hombres, desenvainadas para uno las espadas. (Oh, lo que un temor concierta!) Aparte En todo le pareciste al otro que allí reñía. Yo entonces, mortal y fría, me rendí a un desmayo triste, que amenazó con mi muerte. Lo demás te ha dicho Elvira. ELVIRA: ¿Por qué he de decir mentira, si es la verdad de esta suerte? FÉLIX: Y, ¿cómo te sientes ya? ANA: Más segura y descansada.
Sale LÁZARO
LÁZARO: Por Dios, sin topar en nada, tengo de entrarme hasta acá, porque... FÉLIX: ¿Qué es la turbación? ¿Qué ha sucedido? LÁZARO: ...porque... FÉLIX: Di, Lázaro, lo que fue. LÁZARO: (Él es fantasma o visión. Aparte ¿No quedó en palacio ahora?) ANA: (Todas vienen juntas hoy Aparte mis desdichas.) LÁZARO: (Muerto soy, Aparte si una invención no mejora mi peligro, porque en fin quien a tal amparo viene segura la vida tiene.) ¡Ah follón! ¡Ah malandrín!

Nadie fíe su secreto, part 6

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Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham

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