This file last updated July 15, 1999

ALEJANDRO:        Don Félix, ¿no acompañáis
               a vuestra hermana?
FÉLIX:                             Señor,
               agradecido al favor
               con que a los dos nos honráis,
                  a vuestros pies he quedado,
               como crïado, rendido,
               como leal, reconocido
               y, como noble, obligado.
                  Esa vida el cielo aumente
               tanto que sea en su gloria
               testigo a vuestra memoria
               el olvido solamente;
                  la fama con vos ufana,
               dilatada por los vientos...
ALEJANDRO:     Dejad encarecimientos,
               y acompañad vuestra hermana
                  en mi nombre.  (¿Hay más enojos    Aparte
               que escuchar inadvertido
               lisonjas para el oído,
               negándolas a los ojos?)

Vase don FÉLIX. Llega don ARIAS al PRÍNCIPE
Don Arias, ¿qué hay de nuevo? ¿Viste a César? ARIAS: A César vi y hablé; pero, primero que sepas su respuesta, saber quiero el término de amor a que has llegado. ALEJANDRO: Tienen mi pensamiento triste César, doña Ana enamorado y, con un sentimiento, no sé cuál de los dos es lo que siento. Entré galán al cuarto de mi hermana, y con ella y sus damas vi a doña Ana. Vi en un jardín de amores que presidía entre comunes flores la rosa hermosa y bella. Mal digo; que, si bien lo considero, yo vi entre muchas rosas una estrella, o entre muchas estrellas un lucero; y, si mejor en su deidad reparo, prestando a los demás sus arreboles, entre muchos luceros vi un sol claro, y al fin vi un cielo para muchos soles. Y tanto su beldad les excedía que en muchos cielos hubo sólo un día. Hablando estuve, en ella divertidos los ojos, cuanto atentos los oídos; porque mostraba, en todo milagrosa, cuerda belleza en discreción hermosa. Despidióse en efecto. Si fue breve la tarde, Amor lo diga, que quisiera que un siglo entero cada instante fuera; y aun no fuera bastante, pues, aunque fuera siglo, fuera instante. La salí acompañando cortésmente; y aquí basta decirte que muero amante y que padezco ausente. ARIAS: Según eso, imposible es persuadirte que olvides ese amor. ALEJANDRO: Hoy ha nacido, y a más correspondencia pone olvido el alma, si previene mayor daño. ARIAS: Pues a tiempo llegó mi desengaño. Señor, si a César quieres, no la quieras; y básteme decir que, si pretendes a doña Ana, es a César al que ofendes. ALEJANDRO: Don Arias, cuando alguna cosa digas a quien no la pregunta, ya te obligas a no dejar la plática empezada. Dímelo todo, o no dijeras nada. ¿Quiere a doña Ana César? Poco importa; que César es mi amigo, y si me hallara muy prendado, por César la olvidara. Prosigue, pues; ¿qué temes? ARIAS: Que indiscreto falto a la fe jurada de un secreto. ALEJANDRO: Pues si callar debías, ¿para qué los principios me decías? ARIAS: Yo tu quietud pretendo. (Perdona, César, si el secreto ofendo.) Aparte Señor, ellos se quieren. ALEJANDRO: ¿Cómo es eso? Luego, ¿doña Ana sabe--¡pierdo el seso!-- que don César la quiere? ARIAS: Y amorosa le corresponde. ALEJANDRO: ¡Ay suerte rigurosa! ¿Quién se ha visto dudoso, triste y desesperado, antes desengañado que celoso, y celoso--¡ay de mí!--que enamorado? Si César la quisiera, la dejara, y sus celos no sintiera; mas que ella quiera a César, son más daños, que apadrinan los celos desengaños; pero si ellos se quieren, no se diga de mí que amor me obliga, ofendido y celoso, a amar ingrato y a querer quejoso. ARIAS: (Ahora encareciendo Aparte sus favores, pretendo que del todo la olvide.) ALEJANDRO: En mí el amor con el valor se mide. En efecto, ¿se quieren? ARIAS: Y yo he visto hoy un papel... ALEJANDRO: (¡Mal mi dolor resisto!) Aparte ARIAS: ...que amorosa doña Ana le escribía. ALEJANDRO: (¿No bastaba saber que le quería? Pero si ya olvidado estoy, ¿por qué un papel me da cuidado? Mas, ¿quién tendrá paciencia en tan mortal dolencia para no preguntar lo que decía? ¿Por no andar vacilando qué sería?) ¿Qué escribió? ARIAS: Que esta noche quiere hablalle por las ventanas bajas de la calle. ALEJANDRO: (¿Esta noche ha de hablalla, Aparte cuando el alma ofendida sufre y calla? ¿Ellos diciendo amores, yo padeciendo agravios y rigores? ¿Qué es lo que escucho, cielos? ¡Que en mí, más que el amar, puedan los celos! ¿Yo no estoy declarado? Pues que pongo silencio a mi cuidado por César, deje César por mis celos esta ocasión, si en ella reconoce mis penas y desvelos; y pues yo no la gozo, no la goce.) Don Arias, ¿sabe César que yo he puesto en doña Ana mi amor? ¡Ay de mí triste! ARIAS: ¿Cómo, si sólo a mí me lo dijiste? ALEJANDRO: Como a ti solo dijo inadvertido también César su amor, y lo he sabido. ARIAS: Quien con buena intención ofende, yerra con disculpa. ALEJANDRO: Don Arias, hoy se encierra en tu pecho mi gusto. No es aquesto en amor término injusto; una curiosidad es solamente, confieso que parezca impertinente. Cuanto a César pasare con doña Ana me has de decir; que si por él allana mi honor que no la quiera, y no puedo jugar, aunque picado, quiero mirar los lances desde afuera. ARIAS: Si el primero, señor, has condenado, ¿cómo diré el segundo? ALEJANDRO: Antes disculpa te ofrezco con haberlo preguntado, pues en aqueste punto lo que tú me dijeras te pregunto. ARIAS: Señor... ALEJANDRO: Esto ha de ser. ARIAS: Obedecerte es fuerza; pero ¡mira... ! ALEJANDRO: De esta suerte entretendré mis penas, mis desvelos, divirtiendo sus gustos en mis celos. ARIAS: ¡A qué de riesgos locos se pone quien no calla su secreto! ALEJANDRO: Todos lo dicen y le callan pocos.
Salen don CÉSAR y LAZARO, sin reparar por el momento en el PRÍNCIPE
CÉSAR: Pasa, sol, con tu porfía el cielo en dorado coche, que hoy amanece la noche, pues hoy anochece el día. Deposita en sombra fría, Apolo, tus luces bellas; nacerá otro sol en ellas de más luciente arrebol; y verás que de mi sol van huyendo las estrellas. LÁZARO: Maldito de Dios el caso hace el sol de tu tristeza; tú te quiebras la cabeza, y él se va paso entre paso por su cabal al ocaso. ¿De qué sirve en tu porfía tanto sol y tanto día? ¿Que es el sol, no echas de ver, cochero y que no ha de ser llevado por cortesía? CÉSAR: (Al príncipe vi, y leal Aparte el corazón en el pecho, no sé qué extremos ha hecho, pronósticos de mi mal.) Aunque a mi pena es igual de mi descuido la culpa, noblemente me disculpa ver que a tus pies no llegara, si en don Arias no enviara prevenida la disculpa. Perdóname haber faltado a tu servicio o tu gusto, si ya mi tormento injusto no me tiene disculpado. ALEJANDRO: Ya don Arias me ha contado, César, la fiera porfía de tanta melancolía, y tan bien la encareció que, con lo que dijo, yo vine a sentirla por mía. Tan bien la supo sentir que la causa del pesar no la supiera callar, como la supo decir. Yo, que empeñado en oír de tu mal las penas graves le escuché, con tan süaves razones me las pintó, que de tu mal supe yo la causa, que tú no sabes. Yo te quiero divertir; esto debo a tu amistad. A andar toda la ciudad esta noche has de salir conmigo; podremos ir encubiertos y embozados a visitar disfrazados varios modos de placeres; músicas, juegos, mujeres entretendrán tus cuidados; que yo te quiero de suerte que, por verte alegre, diera todo mi estado, y pudiera quedarme sólo por verte. CÉSAR: Tú me honras, pero advierte que está ya mi pensamiento, con ese encarecimiento que llega a merecer hoy, tan gozoso que ya estoy muy alegre y muy contento. Desde aqueste instante empieza en el alma misma a ser todo su pesar placer, gusto toda su tristeza. No, no se canse tu Alteza en divertirme mis quejas; que con aqueso me alejas del gusto, porque yo sé que aquesta noche estaré más contento si me dejas. Claro está, pues mi cuidado ha de ser mucho mayor, viendo que tú estás, señor, por mí desasosegado. ALEJANDRO: Tanto, César, me ha pesado de hablarte en tu pena ciego que, si yo a verte no llego esta noche, claro está, de no verte nacerá mi mayor desasosiego. ¡Lázaro! LÁZARO: ¿Señor? ALEJANDRO: También irás conmigo. LÁZARO: Eso sí, fíate, señor, de mí, que de ninguno más bien. ¡Ah, plegue a Dios que nos den ocasión en que empleado este brazo, y a tu lado...! ALEJANDRO: ¿Valiente eres? LÁZARO: ¡Pese a tal! Soy el más largo oficial que puso herramienta a un lado. ALEJANDRO: Y, ¿la hoja es buena? LÁZARO: (¡Aquí Aparte me coge vivo!) Señor, la tuya será mejor; mas ésta me sirve a mí de lo que la mando. ALEJANDRO: Así, por ensalzarla, la humillas. ¿Corta? LÁZARO: Que hace maravillas. Tanto, que al golpe primero, aunque un broquel sea de acero, hará que salten astillas. (Y es verdad; que saldrán della.) Aparte ALEJANDRO: ¿Buen temple? LÁZARO: El que tú le das. ALEJANDRO: Y, ¿qué ley? LÁZARO: No matarás; no hay culpa mortal en ella. ALEJANDRO: Gana me ha dado de vella. LÁZARO: (De aquí puedo escapar mal.) Aparte Por voto solemne... CÉSAR: (¡Ay tal! ¿Quién hay que a mi pena iguale?) LÁZARO: ...nunca de la vaina sale, si no es a caso fatal. Empléala, gran señor, en tu servicio, y verás... Mas no quiero decir más; que ella lo dirá mejor. CÉSAR: (¿Hay más pena, hay más rigor? Aparte ¡Hoy desesperado muero!) Señor, si mi llanto fiero quieres que alegre contigo, ya mi gozo es buen testigo. ALEJANDRO: Mira, César, que te espero; que bien se ve que no cesa tu pena, y que la entretienes; y de la ocasión que tienes ya como propia me pesa. Y pues el alma confiesa que es una melancolía la que en dos pechos se cría, para alegrarnos, andemos juntos y divertiremos yo tu pena y tú la mía.
Vase
CÉSAR: ¿Quién no perderá la vida en la ocasión deseada, en tantos gustos hallada, en tantas penas perdida? ARIAS: Cumplí la amistad debida. (Si el secreto le dijera...) Aparte Pues a vuestra pena fiera remedios que busca son, no os quitará la ocasión, que antes él mismo os la diera.
Vase
CÉSAR: ¡Lazaro! LÁZARO: ¿Señor? CÉSAR: ¿Doña Ana qué dirá de mí? LÁZARO: Dirá lo que quisiere. CÉSAR: ¿Qué hará? LÁZARO: Estará de mala gana esperando a la ventana. CÉSAR: Dirá que ha sido fingido mi amor, y el pecho ofendido, con el alma y con los labios dará a forzosos agravios satisfacciones de olvido. ¡Ay fiera desdicha mía! LÁZARO: ¿Tu mal quién podrá creello? Mas, ¿cómo es, señor, aquello? "Clara noche, oscuro día..." CÉSAR: ¿Vuelve tu necia porfía? LÁZARO: De un loco, si eres discreto, toma un consejo. El efeto no sé yo por dónde viene; mas tales peligros tiene quien no calla su secreto.
Vanse

FIN DE LA JORNADA PRIMERA

Nadie fíe su secreto, part 4

Return to COMEDIA home page

Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham

vwilliam@u.arizona.edu