This file last updated July 15, 1999
LÁZARO: Toma, señor, el papel,
que hoy Elvira me llamó
y para ti me le dio.
CÉSAR: ¿Y ahora vienes con él?
LÁZARO: Vive Dios, que te he buscado,
hasta entrar por ver si hablabas
al príncipe.
CÉSAR: ¿Y no me hallabas?
LÁZARO: ¿Qué quieres? Soy desdichado.
CÉSAR: Pues no ha habido hombre que pase
a hablarle que no me pida
licencia.
LÁZARO: En toda mi vida
hallé cosa que buscase.
Toma, señor, el papel;
y si su gusto codicias,
no perdono mis albricias.
CÉSAR: ¡Ay cielos! ¿Qué dirá en él?
LÁZARO: Necedad de aquél que va,
cuando el reloj está dando,
con gran priesa preguntando,
"¿Sabe usted las cuántas da?"
Cuenta, y no preguntarás
lo que tú puedes saber;
y puesto que sabes leer,
abre el papel, y verás
lo que dice.
CÉSAR: Estoy cobarde.
Tarde me trajiste el bien.
LÁZARO: Pues véngate tú también;
dame las albricias tarde.
CÉSAR: Ponte, Lázaro, el vestido
que hice para la jornada
de Florencia.
LÁZARO: Eso me agrada.
Mil veces los pies te pido.
CÉSAR: Lázaro, en el bien que toco
con causa el sentido pierdo;
hoy debo de estar muy cuerdo,
pues confieso que estoy loco.
¿Doña Ana me escribe a mí
tierna, alegre y amorosa?
¿Hay suerte más venturosa?
¿Cuándo tal bien merecí?
El pecho romper quisiera,
porque en su oculto lugar,
siendo el corazón altar,
el papel la imagen fuera.
¿Dónde pondré este papel?
LÁZARO: Puesto que eso te alborota,
si está la soleta rota,
cálzate, señor, con él.
Un tiempo, con tener fama
que era de las más discretas,
me sirvieron de soletas
los papeles de mi dama.
Mas, ¿sabes qué considero?
Que, aunque el vestido es cabal,
parecerá un hombre mal,
si no lleva algo en dinero.
CÉSAR: Lázaro, a darte me obligo
cuanto me pidieres hoy.
La espada no te la doy,
porque me la dio un amigo.
LÁZARO: (Él sin duda a saber llega Aparte
que es de palo aquesta espada,
pues cuando no niega nada
la espada sola me niega.)
Sale don ARIAS
ARIAS: Como agraviado, quejoso,
don César, buscándoos vengo;
agravios son de amor mío
y quejas de amigo vuestro.
Hoy el príncipe de Parma,
hoy Alejandro Farnesio,
segundo solo en el nombre,
y en las grandezas primero,
me llamó para saber
vuestra tristeza, diciendo
que sólo yo la sabía,
por ser alma en vuestro pecho.
Corrido, entonces, quedé
de ver que en su pensamiento
merezca este nombre, cuando
tan poco con vos merezco.
De su parte y de la mía
vengo a hablaros; y así quiero
deciros como crïado
su recado. Estadme atento.
Dice el príncipe Alejandro
que si a vuestro sentimiento
de sus estados importa
el mando todo, que en ellos
como su señor mandéis,
que dispongáis como dueño,
pues en vuestras manos deja
su poder y su gobierno.
Hasta aquí dice Alejandro,
y yo de mi parte empiezo,
no a ofreceros sus grandezas
sino un ánimo dispuesto
a vuestro servicio siempre.
Merezcan, pues, mis deseos,
para sentirlos en todo,
parte en vuestro sentimiento.
Quejoso el príncipe vive
de vuestro descuido, y vemos
que servicios en señores
son máquinas en el viento;
cuanto aseguran mil años
borra un minuto de tiempo;
que es sola una culpa olvido
a muchos merecimientos.
Divertíos, alegraos,
ensanchad, César, el pecho,
y aunque el corazón se abrase,
finjan los ojos contento.
Como amigo os lo suplico,
como crïado os lo ruego,
como leal os persuado,
como noble os aconsejo.
CÉSAR: Beso a su Alteza los pies,
y a vos las manos os beso,
pues debo a vuestra amistad
lo que a sus grandezas debo.
Y, agradecido a los dos,
iré a los dos respondiendo.
Diréis, pues, al poderoso
Alejandro...
LÁZARO: (¿Qué es aquesto? Aparte
¿Por "poderoso Alejandro"
empieza? Ruego a los cielos
que alguna loa no eche,
con su historia y con su cuento.)
CÉSAR: ...que el cielo su vida aumente
por tantos siglos eternos
que al número de los años
pierda la memoria el tiempo;
que mi tristeza no es causa
para que en un pensamiento
falte a su gusto rendido,
a su obediencia sujeto.
Una gran melancolía
opone al alma estos miedos,
si oculta siempre en la causa,
manifiesta en los efectos.
Mis estudios lo habrán sido;
tanto en ellos me divierto
que, para darme a los libros,
a su presencia me niego.
Esto le podéis decir,
disculpando nobles yerros,
que para solas ausencias
amigos se introdujeron.
Y, respondiéndoos a vos,
porque veáis que agradezco
el cuidado, he de fïaros
lo que guardé de mí mesmo.
Mas no lo agradezcáis mucho,
porque habéis llegado a tiempo
que, aunque quisiera encubrirlo,
os lo dijera el contento.
¡Ay, don Arias, no os espante
verme en un instante haciendo
extremos, alegre o triste;
que el amor todo es extremos!
Quiero deciros la causa...
mas, si os he dicho que quiero,
ni vos tenéis que escucharme
ni yo que deciros tengo.
Bien veréis que esto es amor;
y si es mucho, bien lo muestro,
pues presente no lo digo
cuando ausente lo confieso.
Puse en un cielo los ojos
--disculpado atrevimiento--
que quien glorias busca, sólo
pudiera aspirar al cielo.
En fin la dije mis penas,
que, aunque no consiga efecto,
el intentar grandes cosas
arguye merecimientos.
No os enfadéis si me alargo
en contaros mis sucesos;
que vos me dais ocasión
con oírme tan atento.
Respondióme con oírme;
que en tan arrogante empleo
bastó, sin gozar favores,
el no padecer desprecios.
Dos años ha que la sirvo,
sin que en todo aqueste tiempo
perdiese al sol de su honor
un átomo de respeto.
Amor, del llanto ofendido,
si no obligado del ruego,
con no merecidas glorias
coronó mis pensamientos.
Hoy tuve suyo un papel;
que nada encubriros puedo;
que contentos repetidos
son duplicados contentos.
Éste fue el primer favor,
y yo el amante primero
que mereció por humilde
lo que intentó por soberbio.
Diréis que encarezco mucho
lo que tan poco encarezco;
mas vos me disculparéis
cuando sepáis el sujeto.
Al decir quién es, me turbo;
mas poco en esto la ofendo;
y más estando advertido
que aspiro a su casamiento.
Mirad, don Arias, que os fío
mucho, y que no soy de aquéllos
que, por alabarse, venden
a pregones sus secretos;
que a saber en qué consiste
de una mujer la honra, creo
que hicieran sus mismas lenguas
mordazas de su silencio.
Discreto sois, en vos pongo
el alma misma, advirtiendo
que, a querer yo que supiera
Alejandro mis intentos,
pues dos recados trajisteis,
y a entrambos voy respondiendo,
aquesta respuesta os diera
en el recado primero.
Doña Ana de Castelví
--ya he dicho quién es, ya puedo
aun más allá del discurso
pasar encarecimientos--
es quien me tiene en su amor
de mí mismo tan ajeno
que no siento lo que digo,
aunque digo lo que siento.
No fue tanta mi tristeza
como mi divertimiento;
porque en su amor sólo vivo
y sólo en sus gustos pienso.
No diga que quiere bien
quien libre, alegre y contento
piensa o habla en otra cosa;
que amor es del alma dueño,
y yo, que de veras amo,
por pensar en sus extremos,
quisiera pasar a siglos
las breves horas del sueño.
Mucho he dicho y mucho callo,
y ahora sólo pretendo
que leáis este papel,
para obligaros de nuevo
a que sintáis mis pesares,
a que gocéis mis deseos,
a que celebréis mis glorias,
a que alabéis mis intentos,
y a que el secreto paséis
desde los labios al pecho;
que de la boca al oído
está a peligro un secreto.
ARIAS: Con causa contento os veo.
CÉSAR: Pues tomad, leed el papel;
veréis mi ventura en él.
ARIAS: Por vuestro gusto lo leo.
"Ya el confesarme querida
es empezar a querer;
que es favor en la mujer
el estar agradecida.
Mas no es favor lisonjero
lo temeroso que estás,
pues sabe el amor que, más
que tú me estimas, te quiero.
Si acaso, por encubrirlo
Amor, venganza ha buscado,
bástame el haber pasado
la vergüenza de decirlo.
Ven en pasando la tarde
a la calle, y te diré
lo que apenas sentir sé.
A Dios, mi bien, que te guarde."
Vos estáis bien empleado.
CÉSAR: Al príncipe le diréis
la otra respuesta; y si hacéis
que yo quede disculpado,
lo veré.
ARIAS: Que he de serviros
tened por cierto.
CÉSAR: Lucero,
que amante fuiste primero,
muévante tantos suspiros,
corre con curso violento;
que yo sé que adelantaras
el ocaso si llevaras
a Dafne en tu pensamiento.
Vanse CÉSAR y LÁZARO
ARIAS: De dos secretos cargado,
aunque uno mismo en rigor,
obligado de un señor
y de un amigo obligado
me hallo, y en tanto disgustos
no sé cuál a cuál prefiere.
¡Mal haya el necio que muere
por saber ajenos gustos!
Si a César el amor digo
del príncipe, sus desvelos
le han de dar celos, y celos
no se han de dar a un amigo.
Pues si al príncipe el afeto
digo de César, no sé
si lo acierto, pues la fe
rompo a César del secreto.
Si callo la voluntad
del uno al otro, en rigor
soy a la lealtad traidor
o traidor a la amistad.
Hoy del príncipe ha nacido
el amor y, aunque el cuidado
esté tan enamorado,
no está tan favorecido.
Él a César quiere bien,
y si su amor le encarezco,
y sus favores, me ofrezco
a que sus manos le den
la prenda, que un desengaño
con tiempo hace tal efeto,
y yo no falto al secreto,
por remediar mayor daño.
Confusas máquinas son
éstas que dudoso sigo;
porque, ignorando, un amigo
mata con buena intención.
[Vase.] Salen ALEJANDRO, don FÉLIX, doña ANA
y acompañamiento
ALEJANDRO: Licencia me habéis de dar.
ANA: Vuestra Alteza no esté así,
o no pasaré de aquí.
ALEJANDRO: Yo os tengo de acompañar
hasta que el cuarto dejéis
de mi hermana.
ANA: No haga eso
Vuestra Alteza, que es exceso
de mercedes.
ALEJANDRO: Pues, ¿no veis
que es justa obligación mía,
debida por ser mujer,
y que en mí no puede ser
exceso de cortesía?
ANA: Muy bien la que habéis tenido
vuestro heroico pecho muestra;
mirad que soy criada vuestra;
y así, como tal os pido
que mitiguéis los enojos
de tan dulce resplandor,
que, como sois sol de honor,
me vais cegando los ojos.
ALEJANDRO: Mal de mis rayos infiero
ese luciente arrebol,
que voy delante del sol
por blasonar de lucero;
mas porque no me acobarde
el fuego que en vos se ve,
por fuerza me quedaré.
Guárdeos Dios.
ANA: El cielo os guarde.
Vase
Nadie fíe su secreto, part 3
Electronic text by Vern G. Williamsen
and J T Abraham
vwilliam@u.arizona.edu