This file last updated July 15, 1999

NADIE FÍE SU SECRETO


Personas que hablan en ella:


JORNADA PRIMERA


Salen ALEJANDRO y don ARIAS
ALEJANDRO: Vila al dejar la carroza y, haciendo su estribo oriente, o fueron los soles dos o el uno alumbró dos veces. ¿Nunca has visto errante al viento preñada nube encenderse y, parto de luz, un rayo hacer giros diferentes, que amenazando soberbios la torre más eminente, la más levantada punta ambiciosos desvanecen? Tal es el rayo de Amor; con llama dulce, aunque ardiente, por tocar lo más supremo, deja el cuerpo, el alma enciende. Yo, que desde el corredor la miré, confusamente vi engendrar rayos de fuego en una esfera de nieve; y confuso entre dos luces de dos soles diferentes, al más superior entonces le tuve por menos fuerte. Entró doña Ana en palacio, que a ver a mi hermana viene, con más donaires que nunca, tan hermosa como siempre. Seguí su luz con la vista, notando curiosamente que, si el hombre es breve mundo, la mujer es cielo breve. Al fin se puso a mis ojos, y yo quedé como suele temeroso caminante que el camino en el sol pierde. Mas no quedé tan ajeno del suyo que no creyese --tal fue la imaginación-- que la adoraba presente; porque pintor el deseo dio a la memoria pinceles, al pensamiento colores, con que desmintió lo ausente. No sé si es amor, don Arias, este fuego que me ofende; que tiene mucho de amor el que tanto lo parece. ARIAS: ¿Nunca la habíais visto? ALEJANDRO: Sí. ARIAS: Pues, ¿de qué, señor, procede esa novedad? ALEJANDRO: Preguntas bien, aunque ignorantemente. ¿Tú no sabes que en el mundo un átomo no se mueve sin particular precepto, que rigen causas celestes? Lo que ayer se aborrecía hoy con extremo se quiere; y hoy una cosa se adora que mañana se aborrece. Todo vive en la mudanza; y así, don Arias, sucede lo que se trata, conforme la disposición que tiene. Otras veces la había visto; pero que hoy estuve, advierte, menos ciego o ella estaba más hermosa que otras veces. Yo he de servirla, y de ti he de fïar solamente este amor y este secreto. ARIAS: Dos novedades me ofreces a un tiempo; la una es el verte hablar tiernamente en cosas de amor. ALEJANDRO: No son iguales los hombres siempre, ni es de un príncipe defecto amar tan honestamente; que quien una vez no amó nombre de incapaz merece. Ni tan necio, dijo un sabio a un hombre, que no quisiese alguna vez, ni tan loco que haya querido dos veces. ARIAS: Es la otra que conmigo trates tu amor; y aunque excede esta honra a mi esperanza, lo que me obliga me ofende. Don César, tu secretario, de quien fías dignamente el gobierno de tu estado, y a quien con extremo quieres, es mi amigo, y es razón, señor, que en tu gracia deje desocupado lugar, pues él solo le merece. Llámale y dile tu amor, y hoy a tu gracia le vuelve; que no es razón que se diga que yo gano lo que él pierde. Mi amistad paga con esto lo que a mi nobleza debe; pero, aunque ofenda a un amigo, será fuerza obedecerte. ALEJANDRO: Don Arias, a César quiero con los extremos que siempre lo he querido; y si es tu amigo, honrarte no es ofenderle. Juntos nos hemos crïado, fiándonos de una suerte en las penas los disgustos, en las glorias los placeres. Hícele mi secretario, dile mi pecho, fïéle el alma misma, por ser discreto, sabio y prudente. De unos días a esta parte no sé qué trata o qué tiene; que ni a mi servicio acude, ni despacha mis papeles. Mil veces en mi presencia, si le hablo, se divierte, sin propósito responde y, hablándome, se suspende. Y ya que tratamos de esto, su mayor amigo eres; de mi parte y de la tuya procura saber qué tiene. Dile que de mis estados disponga, pues solo puede, como absoluto señor, dar preceptos, poner leyes; y dile al fin lo que el alma verle tan ajeno teme; porque, sabiendo la causa, o la sienta o la remedie. ARIAS: No en vano te llama el mundo Alejandro dignamente, pues a quien el nombre igualas las alabanzas excedes.
Sale LÁZARO
LÁZARO: (A César traigo un papel, Aparte y no le hallo; claras pruebas de mi desdicha crüel; que a traerle malas nuevas, luego encontrara con él. Hoy que esperé galardón, no le he de hallar, cosa clara; mas cuando las nuevas son albricias de mala cara, presagios de un mojicón, luego al instante le hallo. Pues, ¡por Dios que he de buscallo, aunque entre...!) ALEJANDRO: ¿Quién está allí? LÁZARO: (El príncipe me vio. Aquí Aparte escondo el papel y callo.) ALEJANDRO: ¿Quién dices que es? ARIAS: Un crïado de César que acaso ha entrado hasta aquí y, como te vio, luego, señor, se volvió. ALEJANDRO: Llámale, porque he pensado que éste me declare aquí de su señor la tristeza. ARIAS: Dices bien. ¡Lázaro! LÁZARO: ¿A mí? ARIAS: A ti te llama su Alteza. ALEJANDRO: Llegad. LÁZARO: Bien estoy así, aunque, si mi dicha es tal que merezco llegar a besar tus reales pies, no me hartaré de besar cordobanes en un mes. Buscando a César--perdona si te ofendo--hoy he llegado a tus pies. ARIAS: Su humor le abona. ALEJANDRO: ¿Sírvesle? LÁZARO: Soy su crïado, y tu tercera persona. ALEJANDRO: ¿Cómo tercera? LÁZARO: ¿Pues, no? César contigo privó, yo con César, por mi trato; luego es nuestro triunvirato César, Alejandro y yo. ALEJANDRO: Tu humor conozco. LÁZARO: (Eso ha sido Aparte despejar.)
Quiere irse
ALEJANDRO: ¿Por qué te vas? LÁZARO: Porque, si me has conocido, señor, no me comprarás, y yo estoy como vendido. Entretenerme no quieras; porque, si bien consideras mi condición por su indicio, ha mucho rato que en juicio estoy condenado a veras. ALEJANDRO: Tu gusto alabo, y condeno el que tan continuo sea; que el que de donaires lleno siempre en las burlas se emplea no es para las veras bueno. Saber de César querría la causa y el fundamento de tanta melancolía, que como suya la siento y la lloro como mía; pero fue contrario efeto el que he venido a mirar; que, aunque seas más discreto, es necio quien piensa hallar entre burlas un secreto. LÁZARO: Antes por sacarle de ellas, hace bien, si allí se ofusca, y mal por necio atropellas al que en las burlas le busca, sino al que le pone en ellas. Y pues César ha mostrado discreción, no hay presumir que a mí me le habrá fïado; mas con todo, por cumplir la obligación de crïado, que de un sirviente hablador es el precepto mayor, entre todos los demás, el cuarto, "no callarás defecto de tu señor," te diré lo que he alcanzado en lo que yo he discurrido de su pena y su cuidado, muchos menos que sabido y algo más que murmurado. De España vino con nombre, opinión, noticia y fama a Parma--esto no te asombre-- cierto juego que se llama, señor, el juego del hombre. César el juego aprendió y un día que le jugó, teniendo basto, malilla, punto cierto y espadilla, la tal polla remetió. Acabando de perder, hubo voces, y el senado mirón tuvo en que entender, si fue bien o mal jugado, si pudo o no pudo ser. Con esto nos fuimos luego, y estando durmiendo yo en mi cama y mi sosiego, desnudo se levantó, dando y tomando en el juego; y, habiéndome despertado, cuanto encendido, resuelto, me dijo muy enojado, "Si aquella baza le suelto, reparto y quedo baldado; luego le atravieso yo, y con cuatro tengo hartas, y hago tenaza, o si no, vuélvanme mis nueve cartas, y venga el que lo inventó." De aquí, sin duda, ha nacido su tristeza. ALEJANDRO: Yo me he holgado de haberla de ti sabido, pues con eso has castigado la culpa de haberte oído. No quiero creer que fuera tan necio César que a ti su secreto te dijera, pues hoy me pesara a mí, cuando de ti lo supiera; que tu condición extraña claramente desengaña que es para burlas ociosas no más. LÁZARO: Como de esas cosas vienen cada día de España. Dios te guarde; y yo prometo, con la ocasión que me has dado, de buscarte más discreto. (Bien las burlas me han librado Aparte de descubrir el secreto.)
Vase
ALEJANDRO: Notable hombre; si estuviera con más gusto, le tuviera en oírle. ARIAS: Pues si a ti te agrada, siempre está así, que es hombre de esta manera; en su vida estuvo triste. ALEJANDRO: No será muy entendido; que en saber sentir consiste parte del alma. ARIAS: Ha nacido de esta suerte. ¿Nunca oíste sus cuentos? ALEJANDRO: Nunca llegó a mi noticia. ARIAS: Pues yo sé que, si aquí te contara, alguno, que te agradara. ALEJANDRO: ¿De qué manera? ARIAS: Perdió conmigo el dinero un día y yo le empecé a jugar sobre prendas que traía; y en fin le vine a ganar la espada que se ceñía. No quise entonces volvella, por ver lo que hacía sin ella, y él buscó sin dilación una vieja guarnición, y poniendo un palo en ella, le metió en la vaina. Así le trae hoy día. ALEJANDRO: Yo espero burlarme dél... ¡Ay de mí! Mal con burlas vencer quiero el fuego en que me encendí. Ve a hablar a César, allana tristezas de agravios llenas; que yo estaré con mi hermana, sintiendo de César penas y rigores de doña Ana. Iré a ver los rayos rojos, testigos de mis enojos. Y si tengo de morir ausente, más vale ir donde me maten sus ojos.
Vanse. Salen don CÉSAR y LÁZARO, dándole un papel

Nadie fíe su secreto, part 2

Return to COMEDIA home page

Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham

vwilliam@u.arizona.edu