Last updated November 2, 1997


ACTO TERCERO


Sale todo el acompañamiento, y don GUTIERRE y el REY

GUTIERRE: Pedro, a quien el indio polo coronar de luz espera, hablarte a solas quisiera. REY: Idos todos.

Vase el acompañamiento

Ya estoy solo. GUTIERRE: Pues a ti, español Apolo, a ti, castellano Atlante, en cuyos hombros, constante, se ve durar y vivir todo un orbe de zafir, todo un globo de diamante; a ti, pues, rindo en despojos la vida mal defendida de tantas penas, si es vida vida con tantos enojos. No te espantes que los ojos también se quejan, señor; que dicen que amor y honor pueden, sin que a nadie asombre, permitir que llore un hombre; y yo tengo honor y amor. Honor, que siempre he guardado como noble y bien nacido, y amor que siempre he tenido como esposo enamorado; adquirido y heredado uno y otro en mí se ve, hasta que tirana fue la nube, que turbar osa tanto esplandor en mi esposa, y tanto lustre en su fe. No sé cómo signifique mi pena; turbado estoy... y más cuando a decir voy que fue vuestro hermano Enrique contra quien pido se aplique de esa justicia el rigor; no porque sepa, señor, que el poder mi honor contrasta; pero imaginarlo basta, quien sabe que tiene honor. La vida de vos espero de mi honra; así la curo con prevención, y procuro que ésta la sane primero; porque si en rigor tan fiero malicia en el mal hubiera, junta de agravios hiciera, a mi honor desahuciera, con la sangre le lavara, con la tierra le cubriera. No os turbéis; con sangre digo solamente de mi pecho. Enrique, está satisfecho que está seguro conmigo; y para esto hable un testigo; esta daga, esta brillante lengua de acero elegante, suya fue; ved este día si está seguro, pues fía de mí su daga el infante.

REY: Don Gutierre, bien está; y quien de tan invencible honor corona las sienes, que con los rayos compiten del sol, satisfecho viva de que su honor... GUTIERRE; No me obligue vuestra majestad, señor, a que piense que imagine que yo he menester consuelos que mi opinión acrediten. ¡Vive Dios!, que tengo esposa tan honesta, casta y firme que deja atrás las romanas Lucrecia, Porcia y Tomiris. Ésta ha sido prevención solamente. REY: Pues decidme; para tantas prevenciones, Gutierre, ¿qué es lo que visteis? GUTIERRE: Nada; que hombres como yo no ven. Basta que imaginen, que sospechen, que prevengan, que recelen, que adivinen, que... no sé como lo diga; que no hay voz que signifique una cosa, que no sea un átomo invisible. Sólo a vuestra majestad di parte, para que evite el daño que no hay; porque si le hubiera, de mi fíe que yo le diera el remedio en vez, señor, de pedirle. REY: Pues ya que de vuestro honor médico os llamáis, decidme, don Gutierre, ¿qué remedios antes del último hicisteis? GUTIERRE: No pedí a mi mujer celos, y desde entonces la quise más; vivía en una quinta deleitosa y apacible; y para que no estuviera en las soledades triste, truje a Sevilla mi casa, y a vivir en ella vine, adonde todo lo goza, sin que nada a nadie envidie; porque males tratamientos son para maridos viles que pierden a sus agravios el miedo, cuando los dicen. REY: El infante viene allí, y si aquí os ve, no es posible que deje de conocer las quejas que de él me disteis. Mas acuérdome que un día me dieron con voces tristes quejas de vos, y yo entonces detrás de aquellos tapices escondí a quien se quejaba; y en el mismo caso pide el daño el propio remedio, pues al revés lo repite. Y así quiero hacer con vos lo mismo que entonces hice; pero con un orden más, y es que nada aquí os obligue a descubriros. Callad a cuanto viereis. GUTIERRE: Humilde estoy, señor, a tus pies. Seré el pájaro que fingen con una piedra en la boca.

Escóndese. Sale el infante don ENRIQUE

REY: Vengáis norabuena, Enrique, aunque mala habrá de ser, pues me halláis... ENRIQUE: ¡Ay de mí triste! REY: ...enojado. ENRIQUE: Pues, señor, ¿con quién lo estáis, que os obligue? REY: Con vos, infante, con vos. ENRIQUE: Será mi vida infelice; si enojado tengo al sol, veré mi mortal eclipse. REY: ¿Vos, Enrique, no sabéis que más de un acero tiñe el agravio en sangre real? ENRIQUE: Pues, ¿por quién, señor, lo dice vuestra majestad? REY: Por vos lo digo, por vos, Enrique. El honor es reservado lugar, donde el alma asiste; yo no soy rey de las almas; harto en esto sólo os dije. ENRIQUE: No os entiendo. REY: Si a la enmienda vuestro amor no se apercibe, dejando vanos intentos de bellezas imposibles, donde el alma de un vasallo con ley soberana vive, podrá ser de mi justicia aun mi sangre no se libre. ENRIQUE: Señor, aunque tu precepto es ley que tu lengua imprime en mi corazón, y en él como en el bronce se escribe, escucha disculpas mías; que no será bien que olvides que con iguales orejas ambas partes han de oírse. Yo, señor, quise a una dama --que ya sé por quién lo dices, si bien con poca ocasión--; en efeto, yo la quise tanto... REY: ¿Qué importa, si ella es beldad tan imposible? ENRIQUE: Es verdad, pero... REY: Callad. ENRIQUE: Pues, señor, ¿no me permites disculparme? REY: No hay disculpa; que es belleza que no admite objección. ENRIQUE: Es cierto, pero el tiempo todo lo rinde, el amor todo lo puede. REY: (¡Válgame Dios, qué mal hice Aparte en esconder a Gutierre!) Callad, callad. ENRIQUE: No te incites tanto contra mí, ignorando la causa que a esto me obligue. REY: Yo lo sé todo muy bien. (¡Oh qué lance tan terrible!) Aparte ENRIQUE: Pues yo, señor, he de hablar. En fin, doncella la quise. ¿Quién, decid, agravió a quién? ¿Yo a un vasallo... GUTIERRE: (¡Ay infelice!) Aparte ENRIQUE: ...que antes que fuese su esposa fue...? REY: No tenéis qué decirme. Callad, callad, que ya sé que por disculpa fingisteis tal quimera. Infante, infante, vamos mediando los fines. ¿Conocéis aquesta daga? ENRIQUE: Sin ella a palacio vine una noche. REY: ¿Y no sabéis dónde la daga perdisteis? ENRIQUE: No, señor. REY: Yo sí, pues fue adonde fuera posible mancharse con sangre vuestra, a no ser el que la rige tan noble y leal vasallo. ¿No veis que venganza pide el hombre que aun ofendido, el pecho y las armas rinde? ¿Veis este puñal dorado? Geroglífico es que dice vuestro delito; a quejarse viene de vos. Yo he de oírle. Tomad su acero, y en él os mirad. Veréis, Enrique, vuestros defetos. ENRIQUE; Señor, considera que me riñes tan severo, que turbado... REY; Tomad la daga...

Dale la daga, y al tomarla, turbado, el infante corta al REY la mano

¿Qué hiciste, traidor? ENRIQUE: ¿Yo? REY: ¿De esta manera tu acero en mi sangre tiñes? ¿Tú la daga que te di hoy contra mi pecho esgrimes? ¿Tú me quieres dar la muerte? ENRIQUE: Mira, señor, lo que dices; que yo turbado... REY: ¿Tú a mí te atreves? ¡Enrique, Enrique! Detén el puñal, ya muero. ENRIQUE: ¿Hay confusiones más tristes?

Cáesele la daga al infante don ENRIQUE

Mejor es volver la espalda, y aun ausentarme y partirme donde en mi vida te vea, porque de mí no imagines que pudo verter tu sangre yo, mil veces infelice.

Vase

REY: ¡Válgame el cielo! ¿Qué es esto? ¡Ah, qué aprensión insufrible! Bañado me vi en mi sangre; muerto estuve. ¿Qué infelice imaginación me cerca, que con espantos horribles y con helados temores el pecho y el alma oprime? Ruego a Dios que estos principios no lleguen a tales fines, que con diluvios de sangre el mundo se escandalice.

Vase por otra puerta el REY, y sale don GUTIERRE

GUTIERRE: Todo es prodigios el día. Con asombros tan terribles, de que yo estaba escondido no es mucho que el rey se olvide ¡Válgame Dios! ¿Qué escuché? Mas ¿para qué lo repite la lengua, cuando mi agravio con mi desdicha se mide? Arranquemos de una vez de tanto mal las raíces. Muera Mencía; su sangre bañe el lecho donde asiste; y pues aqueste puñal

Levántale

hoy segunda vez me rinde el infante, con él muera. Mas no es bien que lo publique; porque si sé que el secreto altas victorias consigue, y que agravio que es oculto oculta venganza pide, muera Mencía de suerte que ninguno lo imagine. Pero antes que llegue a esto, la vida el cielo me quite, porque no vea tragedias de un amor tan infelice. ¿Para cuándo, para cuándo esos azules viriles guardan un rayo? ¿No es tiempo de que sus puntas se vibren, preciando de tan piadosos? ¿No hay, claros cielos decidme, para un desdichado muerte? ¿No hay un rayo para un triste?

Vase don GUTIERRE. Salen doña MENCÍA y JACINTA

El médico de su honra part 8

Return to COMEDIA home page

Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham